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19 diciembre 2012

La caída del imperio romano contada por uno de sus soldados



Todo empezó con Obdulio

Bosco Esteruelas

El Garaje, 2012

ISBN: 978-84-940285-1-9

370 páginas

18 €




Daniel Ruiz García

Imagino que conocen la historia. Trascendió en los confidenciales: un editorialista de larga trayectoria en El País tuvo la mala ocurrencia de desatar su bilis profesional en un relato, en principio pensado para una difusión íntima y limitada, en el que ponía a caer de un burro a uno de los gerifaltes del periódico, y de pasada a su director. No sé si el protagonista, al que el editorialista bautizó con el nombre de Obdulio, les recordará a alguien: un histórico de El País, cercano a la cúspide de Prisa, de origen canario y voz aflautada, chaparrito y con un gusto por la adulación rayano en lo compulsivo; vinculado a la división editorial del grupo, muy amiguete de Saramago y con una querencia cansina por Serrat. El caso es que el relato, finalmente, por los meandros de la mala sangre, la envidia y el arribismo pasillero tan propio de las empresas reconcentradas de resabio, acabó en manos de quien no debía leerlo, y el editorialista fue sometido a un proceso de mobbing y presiones que derivó, finalmente, en su despido.

Aquella historia bien podría servir de prólogo a todos los infortunios que finalmente han venido acechando al medio que durante varias décadas ejerció como estandarte del periodismo patrio y como hoja de ruta intelectual de la progresía española, y a cuyo lento desmoronamiento venimos asistiendo nadie sabe muy bien si por mala gestión, falta de miras, exceso de vanidad o las tres cosas a la vez.

Todo empezó con Obdulio narra la historia de aquel editorialista y de aquel cuento, que se presenta como la pieza inicial de la novela, como una especie de prueba documental que sirve de base para el desarrollo argumental. Es la historia de una ficción y de una realidad que la supera, a cargo de Bosco Esteruelas, el editorialista que sufrió en sus carnes una caza de brujas interna propia del maestro McCarthy y que se rodea de la rabia suficiente para construir una novela con buen pulso y sobre todo mala leche a raudales, a lo largo de cuya lectura resulta difícil no abandonar la sonrisa maliciosa.

Uno de los retratos más duros y sustanciosos, como no podía ser de otro modo, es el que se hace de Juan Luis Cebrián, rebautizado como Antonio Diéguez (“el Gran Hacedor”), a quien se dibuja con un tono caricaturesco bastante punzante y algo mortadelesco, que vive consagrado al mito de Rosebud, una especie de Ciudadano Kane pero en su versión más indigna y desquiciada. También pasan por el rodillo otros personajes claves de El País, como Javier Moreno o Javier Valenzuela, así como otros muchos como el empresario Jaume Roures o el propio Rodríguez Zapatero.

No hay duda de que a Esteruelas se le da bien la sátira, pero sin duda lo más valioso del libro es la descripción del ambiente profesional opresivo que vivió durante sus últimos meses en El País. Un ambiente que, lamentablemente, muchos profesionales de ese mismo medio y de otros muchos vienen padeciendo en los últimos tiempos debido a la implacable crisis que azota a los medios de comunicación tradicionales y que nos convierte tristemente a los periodistas en uno de los primeros grupos profesionales en el ranking del desempleo. La estrategia de la confusión, del silencio, del secretismo y del rumor que padece Esteruelas a lo largo de sus meses como apestado en el periódico no se me antojan muy distintas de las que muchos colegas me narran a menudo en primera persona. Bien mirado, el propio Esteruelas tuvo suerte de abandonar la nave a tiempo: cada vez existe más conciencia de que en El País hoy sólo quedan despojos.

El libro de Esteruelas me parece un libro valiente. Pero la valentía tiene escasa retribución. Sin desmerecer a El Garaje Ediciones, me cuesta comprender que Todo empezó con Obdulio no haya merecido una difusión y alcance más potente. En realidad es una aseveración retórica: no sólo no me cuesta comprenderlo, sino que es del todo comprensible desde la lógica empresarial e institucional. Aunque se le presupone el valor de hacer bullir ideas, reflexiones y denuncias, el sector editorial no es menos ajeno al miedo que cualquier otro sector empresarial. Más que nunca hoy, me atrevería a decir, cuando el libro, como el periodismo, como en general toda la industria de eso que se llama la producción de contenidos, vive los peores momentos que ninguno recuerda.

Pero está la ética personal. Es la que me anima a recomendar a colega periodistas y lectores este interesante libro. Ayuda a comprender bien la deriva de El País y en buena medida de los medios de comunicación en España.  

13 junio 2012

Amores perros


La niña que hacía llorar a la gente

Carlos Pérez Merinero

El Garaje, 2011

ISBN: 978-84-938214-6-3

390 páginas

20 €






Fran G. Matute

La muerte de Carlos Pérez Merinero, en enero de este año, tuvo relativamente poco impacto en la prensa literaria. Sólo unos pocos seguidores de renombre (Rafael Reig, por ejemplo) y algunos foros especializados en novela negra se hicieron eco del fallecimiento de este sevillano pionero en el género criminal de este país. Personalmente, debo reconocer que soy un recién llegado al mundo de Pérez Merinero y precisamente por eso me erijo como un ferviente defensor de su figura tangencial dentro del mundo de las letras patrias. A Pérez Merinero llego tarde pero con ganas y sirva esta reseña de su última novela publicada en vida (desconocemos si habrá algo por ahí en los cajones de algún editor avispado) como sentido homenaje al autor de Días de guardar (1981), probablemente la novela más cafre de cuantas se han escrito en este país antes llamado España. 

Me gusta citar a las fuentes y por eso debo el descubrimiento de este autor a nuestro estadista Alejandro Luque, esa enciclopedia andante que con su "erudición nunca avasalladora" (Paco Camero 'dixit') me mostró los orígenes del 'noir' ibérico. Carlos Pérez Merinero es, evidentemente, un escritor de la periferia pero es también, en muchos aspectos, una especie de padre literario. Nos cuesta concebir la literatura del citado Reig o, por qué no, del propio Montero Glez sin la existencia de Merinero. Un autor 'pulp' pero con enorme personalidad y estilo en su prosa, construida sobre monólogos intensos como hace en La niña que hacía llorar a la gente. Un soliloquio sin pausas de cerca de cuatrocientas páginas en los que el autor/protagonista juega con la metaliteratura de su propio argumento. Un criminal de esos que lo son más por omisión que por acción que confiesa sus pecados en una narración detallista en la que constantemente se está -permítanme que tome prestada la expresión de otro insigne estadista- "ventilando la tramoya". Un ejercicio postmoderno que puede llegar a resultar agotador por repetitivo pero que en ningún momento resta emoción a la historia que nos cuenta Pérez Merinero en esta novela.

Podríamos discutir, eso sí, el acierto de un título como La niña que hacía llorar a la gente, más propio de esas sagas policíacas tan exitosas que se publican en el norte de Europa, así como el diseño de una portada a todas luces descorazonadora. Por no hablar de la descuidada edición de este libro, repleta de errores mecanográficos y alguna que otra errata imperdonable. Pero la verdad es que todos estos elementos otorgan mayor entidad a la novela, pues Pérez Merinero debe seguir siendo un autor 'underground', de novela de quiosco y así es como lo queremos recordar. Sin ínfulas de gran escritor devorado por el sistema. Un autor coherente del que podemos extraer conexiones sólo con mirar sus portadas. En Días de guardar lucía palmito una 'femme fatale' de gafas oscuras, que bien podría ser un trasunto de la verdadera "niña que hacía llorar a la gente", una actriz infantil, explotada en su juventud que decide romper con todo en venganza por un secuestro que sufrió en su pleno apogeo. Y así, en Sangre nuestra (2005) dos niños angelicales blanden un sangriento cuchillo. Y no podemos dejar de pensar en ellos como las verdaderas víctimas de esta novela. Porque La niña que hacía llorar a la gente va sobre secuestros, amores y perros; sobre una culpa indigesta y unos niños asesinados para saciar una venganza imposible.

Y luego está el componente cinematográfico, pues Pérez Merinero es, por encima de todo, un hombre de cine. Que su texto haga constantes referencias a un futuro guión de cine. Que la protagonista sea una actriz infantil del tipo de Marisol. Que muchas escenas hablen del punto de vista del director. Todo esto encaja a la perfección con la visión literaria del autor por ese bagaje audiovisual que trae consigo el que fuera guionista de obras importantes como Amantes (1991) de Vicente Aranda.

Puede que ya no vea la luz más material literario de Carlos Pérez Merinero, por lo que no nos podemos permitir que el llamado Jim Thompson español (aunque este título lo lleve hoy día a gala Carlos Zanón) caiga en el olvido. Rebusquen por las tiendas de segunda mano. O aprovechen la coyuntura y compren esta novela publicada por la afortunada editorial El Garaje porque pronto será una obra de culto. No digan luego que no se lo advertimos.