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23 julio 2013

Literatura de piscina

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Jöel Dicker

Alfaguara, 2013

ISBN: 978-84-204-1406-5 

666 páginas

22 €

Traducción de Juan Carlos Durán Romero

Premio Goncourt des Lycéens, Gran Premio de la Academia Francesa y Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa 2013


José Martínez Ros

Con el buen tiempo, llegan los bikinis, pareos y bañadores. Al mismo tiempo, los informativos de la tele se llenan de noticias de relleno, porque a la gente no le gusta pensar en los grandes males que afligen a la humanidad cuando los termómetros pasan de treinta y cinco grandes centígrados, y las librerías de novelas que, legítimamente, podemos llamar como “literatura de piscina”, porque cuando estamos en la de nuestra comunidad de vecinos, comentando entre susurros y risitas que el vecino del ático está criando una considerable barriga o que la vecina del segundo se ha hecho tatuar un dragón chino en su nalga izquierda, no nos hallamos en las mejores condiciones para atender a filigranas literarias.

Una de las estrellas del verano de 2013 es La verdad sobre el caso Harry Quebert, escrita por un jovenzuelo suizo, Jöel Dicker, que así plantea sus credenciales para convertirse, en el mejor de los casos, en el Ken Follett del siglo XXI y, en el peor, en el multimillonario autor de un solo éxito. La verdad sobre… puede leerse de dos maneras. En primer lugar, como un entretenido subproducto que cumple todas las condiciones para arrasar en las listas de 'best-sellers': una escritura que, siendo muy generosos, puede calificarse como transparente y, en el peor, como totalmente impersonal, carente de cualquier rasgo de estilo: el autor puede ser Dicker, a sus veintisiete años, o un redactor competente de folletos de Mercadona o Viajes de El Corte Inglés. Luego, posee un protagonista atractivo, Marcus Goldman (a pesar de sus orígenes, el autor lo ha ubicado en Estados Unidos, probablemente porque es el país que, sin duda, tiene más resonancia en la imaginación global), un joven escritor con una crisis literaria (ya no sabe de qué escribir, vaya por dios). Goldman es simpático e inofensivo. Carece de tendencias depresivas, rarezas irritantes, manías absurdas y obsesiones megalomaníacas: es decir, no se parece en nada a cualquiera de los muchos escritores de carne y hueso que conoce quien escribe esta modesta reseña y no inquieta en absoluto a un lector medio. Su crisis literaria es igualmente irreal y tópica (si quieren leer una descripción genuina de una, les aconsejo echar un ojo a Mao II de Don DeLillo); le lleva a viajar a una Nueva Inglaterra reducida a unas cuantas agradables postales turísticas, donde reside su mentor, Harry Quebert, un legendario sabio y escritor que también es muy simpático y agradable: mientras leía, a ratos me lo imaginaba con la cara de Jack Lemmon y, a veces, con la de Robin Williams, aunque la trama pergeñada por Dicker no estaría a la altura de tan notables intérpretes, sino más bien correspondería a uno de los muchos telefilmes de intriga que suelen (o solían) emitir en la tele a primera hora de la tarde o de madrugada. Bien: resulta que el bueno de Quebert guarda un gran secreto en su pasado. Mientras estaba redactando su primer novelón, mantuvo una relación con una jovencita llamada Nola (que es ciertamente menor de edad, pero no tanto como para convertirla en una peligrosa y pederástica lolita y por lo tanto agitar la adormecida conciencia del citado lector medio) que, además de inspirar su obra, fue, al poco tiempo, asesinada o, al menos, se supone que fue asesinada, porque nadie ha encontrado su cuerpo… hasta ahora. Lo que sigue es el acostumbrado juego de pistas falsas, vueltas de tuerca, engaños y personajes-que-no-son-lo-que-parecen, con unos policías que actúan exactamente como lo hacen los policías en los telefilmes, unos cuantos palurdos estadounidenses que corresponden con toda exactitud a la imagen que tenemos de ellos tras cientos de referencias cinematográficas y la gran, gran sorpresa final, que es todo menos sorpresa, si hemos leído antes unas cuantas novelas de esa hábil prestidigitadora que fue doña Agatha Christie, cuyo talento para los finales inesperados supera en mucho al del joven Dicker.

En una escala 'best-seller', colocaríamos La verdad sobre… por encima de engendros infumables como 50 sombras de Grey o las obras completas del muy infame Dan Brown, pero decididamente por debajo de (Stieg) Larsson que, al menos, fue capaz de colocar a una auténtica friki casi autista en el corazón de su trama y a varios años luz de la mejor versión de Stephen King.

Hay otra manera de leer esta novela: como la ganadora de un Premio Goncourt des Lycéens, de un premio de la Academia Francesa y del Premio Lire. Como una novela “de verdad”. No lo aconsejo. Resulta, francamente, descorazonador y deprimente. 

11 marzo 2013

Los abuelos, ¿no follan?



la máquina de hacer españoles

valter hugo mãe

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-2040-750-0

304 páginas

18,50 €

Traducción de María José Arregui




Ilya U. Topper

Recuerdo que Marchante traía cara larga al entrar en la redacción. No se explicaba, porque iba ilusionado componiendo su primer importante trabajo fotográfico –acabaría premiándolo Canal Sur– titulado El sexo en la tercera edad. Pero aquel día resoplaba como alguien resignado a una realidad inmisericorde. Qué te pasa, le pregunté. Teníamos veinticuatro años los dos.
Quillo, que me he dado cuenta de que los viejos follan más que tú y yo.

Era palabra de reportero, y visto la carrera de Marchante, testigo siempre preciso de los hechos, podemos darla por inapelable. Tal vez a hugo valter mãe (así, en minúscula) le faltó por ver este reportaje, porque lo máximo que ocurre entre hombres y mujeres en la residencia de ancianos que es el escenario de la máquina de hacer españoles son unas cuantas frases galantes y unos tímidos intentos de tocar la mano entre dos personajes secundarios. El lector que se fíe de la ilustración de portada sufrirá la desilusión habitual en el sector.

Cualquier lector necesita algún motivo para seguir leyendo, una vez pasadas las primeras cincuenta o cien páginas. hugo valter mãe nos ofrece dos: por una parte nos intrigará cómo se resolverá el asesinato que investiga el inspector Isaltino de Jesús, aparecido de repente en escena para tomar muestras de sangre bajo la cama de una anciana, hincha del Porto, y por otra no podemos morirnos sin averiguar por qué demonios el libro se llama la máquina de hacer españoles. Cómo se acabará muriendo el héroe de la novela, antónio silva, a esas alturas ya importa bastante menos.

Lo mismo les puedo adelantar el resultado: El inspector hace un par de cameos más, pero acaba desapareciendo sin dejar rastro y sin resolver nada, ni aprovechando las pistas que le susurran los ancianos sobre la supuesta costumbre de la dirección de ir matando a los inquilinos demasiado viejos en aras de hacer lugar a nuevos clientes con más pecunio. Y el título se intenta explicar un poco al final con una genérica referencia al deseo de todos los portugueses de parecerse a españoles, es decir ciudadanos de un país con sueldos aceptables, servicios públicos correctos y un bienestar genérico (no me miren así, sé que esto queda fatal decirlo después de que los bancos se propusieran, y ejecutaran con pleno éxito, el plan de hundir España en la miseria, pero hasta 2010, cuando valter hugo mãe escribió el libro, aún duraba esta impresión generalizada, no tan equivocada durante la década anterior, al menos en comparación con varios países vecinos). Pero qué tiene que ver con esa percepción la fantasmagórica máquina que el protagonista sueña (?), no nos quedará claro ni al llegar a la última línea.

(Tampoco averiguaremos en ningún momento si el título –como sopesaba Alejandro Luque– pretende ser un homenaje a Washington Cucurto y La máquina de hacer paraguayitos (1999); y si lo fuera sería uno fallido, porque no cabe imaginar mayor contraste que el que hay entre el libidinoso barroco barriobajero del argentino y el perfectamente controlado pulso pequeñoburgués de los ancianos que nos presenta el del Minho –hugo valter mãe nació en Angola pero se crió y vive en Vila do Conde–, cuya máxima transgresión es arrancarle las palomas a una imagen de la Virgen María y llamarla Mariazinha, como una coleguilla cualquiera. Eso, a manos de un ateo confeso, oigan).

¿No les ha quedado claro de qué va la novela? No, no, a mí tampoco. El planteamiento es sencillo: un señor de 84 años, al que se le acaba de morir su amantísima mujer, es ingresado en una residencia de ancianos y debe acostumbrarse a pasar el resto de sus días en ese lugar, pese a que se creía algo mejor. Quiero decir: algo menos inútil. Hay unas cuantas subtramas, como la apariencia de un colega centenario que inspiró un poema de Pessoa, unas cartas de amor falsificadas, pesadillas y aves fantasmagóricas varias, intentos de asesinatos sonámbulos, un recuerdo de silencioso valor y traición silenciosa bajo la dictadura de Salazar, un español que reivindica su derecho a ser portugués de Badajoz. Pero nada de eso se trenza en una acción mínimamente coherente. Es como si el famoso diablo de aquel increíble relato de Félix J. Palma hubiera vaciado su saco de elementos literarios sobre la mesa del escritor, pero sin indicarle cómo componerlos.

Porque veamos: ¿para qué sirve escribir una novela entera en minúscula, sin punto y aparte, con voces que se confunden todas –todos los viejos hablan igual, hay que estar muy atento para deducir quién dice qué, no hay registros de expresión diferentes, apenas opiniones distintas– y luego intercalar tres veces unas cuantas páginas con sintaxis, mayúsculas, rayas y toda la pesca clásica del idioma, y un clásico policía rastreador de asesinatos, si luego no se hace nada con ese personaje? Si el autor quiso demostrar que domina el truco de escribir una novela en dos planos, se ha quedado corto. Uno sopesa si la sensación de 'cogitus interruptus' es intencionada y el autor se quiso mofar de nuestra necesidad de buscar tramas de detective, colocar a Isaltino de Jesús en una fila con Brahim Llob y Kostas Jaritos. Pero entonces tendría que haberlo dejado más claro: no me importa que me tomen el pelo, pero al menos díganme en qué momento me tengo que reír.

Leyendo la solapa del libro se me aclara que valter hugo mãe compuso esta novela como final de una tetralogía que versa sobre infancia, juventud, edad madura y, 'eccola', vejez. Eso explica muchas cosas: cuando uno necesita terminar un ciclo propuesto, lo hará, tenga o no algo que contar. Lo que no explica es por qué el libro viene acompañado de alabanzas de José Saramago; esperamos que sea en honor a anteriores obras, probablemente mejores, del autor, y no porque el Nobel pensara que imitar su manía de escribir sin pausa ni párrafo sea indudable sello de calidad.

Y no, tampoco se puede salvar valter hugo mãe aduciendo que simplemente quiso reflejar el día a día en una residencia de ancianos. Para eso, el libro es demasiado metafórico. Porque el héroe vive enclaustrado, con una muy literaria sensación de aprisionamiento, pero en la vida real, una residencia de ancianos no es una cárcel, y un señor, así tenga 84 años, si no ha sido declarado incapacitado mental por sus hijos, puede salir a la calle, tomarse un café en un bar cualquiera, charlar con la chica de la floristería de enfrente, observar el trajín del mercado. Puede al menos intentarlo. Estaría dispuesto a bajar mi umbral de la incredulidad al nivel de no darme cuenta, si el autor me ofreciera algo a cambio, pero no me basta con las pesadillas y la tumba de Laura.

'Summa summarum', me retrata mejor la vida de los ancianos en una residencia aquel breve del Frankfurter Allgemeine Zeitung que leí en una escala de avión en Munich, al tiempo que intentaba con sincero empeño seguir los banales debates de comedor de valter hugo mãe: “Detenido un anciano nonagenario en la plaza central de Munich, al intentar dirigirse en pijama al Hofbräuhaus para celebrar sus 90º cumpleaños con una jarra de cerveza; al ser devuelto por la policía, a la que le llamaba la atención por llevar una jeringuilla de la sonda en el antebrazo, la directora de la residencia, enternecida, le autorizó a tomarse una caña en el salón”. Deseaba que el clímax de la máquina... al menos se asemejara. Lástima.

31 diciembre 2012

El escritor antes conocido como Pérez-Reverte



El tango de la Guardia Vieja

Arturo Pérez-Reverte

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-2041-309-9 

504 páginas

21 €




Fran G. Matute

A Arturo Pérez-Reverte le honra, por encima de todo, que sabe perfectamente cuál es su rol en la literatura española. Él es el macho alfa de las letras. La gallina de los huevos de oro para su editorial. Al que hay que besarle el culo. Y se lo tiene bien merecido. Nadie le va a negar a estas alturas que esa posición se la hayan regalado. El hombre tiene carisma y poca vergüenza. Un tándem fundamental para triunfar en esto. También tiene cicatrices de guerra que no se cansa de enseñar, como marcando territorio. Es el escritor más aguerrido y apuesto. El favorito de ellas; el amiguete de ellos. El que no se calla y defiende al desvalido de las injusticias. Y lo más importante: es el que la tiene más larga (me refiero a la cola de lectores que esperan siempre incansables a que el académico les firme un ejemplar de su, seguro exitosa, última novela).

Sin embargo, tenemos la sensación de que Pérez-Reverte ya no está confortable en este pedestal. O, al menos, eso da a entender en sus últimas entrevistas o presentaciones. Queremos pensar que el célebre autor está empezando a mirar hacia atrás y no le termina de gustar lo que ve. Tanto barco, tanta novela histórica, tanta literatura alimenticia, en definitiva, tanta quincalla literaria, que brilla en el instante pero que pierde su valor con el paso del tiempo. Porque, en el fondo, Pérez-Reverte es un gran lector. Nos consta lo anterior. Disfruta con la prosa entrada en carnes, la musculosa, la que, precisamente, él no practica por más que la admire. Así que, parafraseando a mi amigo el pintor Máximo Moreno, parece como si "la edad le hubiera cogido desprevenido" y quisiera enmendar errores, cuidar un poquito su legado literario.

Entrado ya en su sexta década vital, nos imaginamos a un Pérez-Reverte deseoso de reinventarse, aunque sea ligeramente. De probar suerte en otros lances del juego literario, de explorar nuevos mundos en los que poner a prueba su capacidad como escritor, de testar esa voluntad de prosa que siempre ha sido capaz de reconocer en otros a los que ha profesado en público su devoción. Y en una huida hacia delante, con reminiscencias de sus orígenes, el académico se presenta ante el mercado con una novela, cómo no, académica como pocas, que sorprende en el mismo grado que desconcierta.

En primera instancia, El tango de la Guardia Vieja se sustenta en un armazón complejo, en el que tres historias distantes en el tiempo y que comparten protagonistas se engarzan elocuentemente, de forma eficiente y efectista, en una estructura que bebe mucho de la cinematografía. Encontramos también una historia solvente, a medio camino entre el folletín y la novela de espías, que nos recuerdan a la novelística clásica de principios del siglo XX,  gracias a unos personajes profundamente trazados y una prosa normalizada que ofrece destellos momentáneos de poderío (los pasajes barriobajeros en el Buenos Aires de finales de los años 20 son, justo es reconocerlo, excelentes). Nada que reprochar desde el punto de vista estético y, precisamente por ello, la novela termina siendo demasiado plana, demasiado pulida.

¿Dónde radica, a nuestro entender, el problema de El tango de la Guardia Vieja? En el miedo al cambio. Hay que tener en cuenta que para poder reinventarse Pérez-Reverte necesita romper con muchos años de escritura mecánica. Que tiene argumentos como escritor para hacerlo, nadie lo pone en duda. Pero si no lo ha logrado es porque parece tener miedo de que el cambio de registro provoque, a su vez, perder número de lectores. Pues esta novela, de fuerte temática romántico-canallesca, dejará fuera a muchos seguidores del autor, ávidos de aventuras y batallas historicistas, aunque probablemente se congratule con cierto sector del público femenino. Hay un riesgo que correr y la editorial lo sabe, de ahí la sorprendente campaña publicitaria que se está montando alrededor de esta obra.

Pero en la búsqueda de ese delicado equilibrio entre encontrar a un nuevo Pérez-Reverte como escritor -más atrevido literariamente hablando- y no alienar a sus legiones, es donde la novela hace aguas. En qué poca consideración parece tener el académico a sus lectores cuando, atemorizado por el hecho de que la estructura que plantea la novela sea demasiado alambicada, se dedica a salpimentar -torpemente, a nuestro juicio- las distintas escenas que van alternándose en el tiempo con detalles de época tan superfluos como identificar marcas al azar, ya sean de perfumes, relojes o vestimenta con los que el autor atavía a sus personajes. ¿No se da cuenta el autor que si, como teme, sus lectores no son capaces de seguir la estructura de El tango de la Guardia Vieja, por compleja, no serán tampoco capaces de identificar en qué época estamos por el mero hecho de que el personaje mire un escaparate de camisas Gath y Chaves? Este recurso, que se utiliza hasta la extenuación para garantizar la ambientación de la novela, nos resulta demasiado artificioso y cansino, pues suele ir acompañado de un exceso de descripciones innecesarias, desde nuestro punto de vista, ya que al lector moderno no hay que tutelarlo en demasía en estas lides descriptivas pues está sobradamente expuesto a lo audiovisual. Resulta pues que, en este caso, salvo que la voluntad del autor haya sido la de homenajear los "novelones" de principios del siglo pasado a las que hacíamos referencia anteriormente (en los que el escritor se tomaba su tiempo en dibujar cada estancia, cada gesto, cada pensamiento, cada detalle del personaje y su entorno), consideramos que la exhaustiva labor de documentación ha sido llevada al extremo y ha comprometido la fluidez de la narración.

Ni que decir tiene que, precisamente, el abuso de dicha técnica de ambientación ha provocado que la primera edición de esta novela haya visto la luz con un imperdonable error de ‘raccord’ (permítanme tomar prestado este término para hablar de literatura) pues, en un determinado momento de la historia (página 80), observamos a la protagonista leyendo El filo de la navaja de Somerset Maugham varios años antes de su publicación (error que el propio Pérez-Reverte ha reconocido en ese blog 'ad hoc' que se ha montado para promocionar la novela). A más inri, esta errata, que pretende ser corregida en futuras ediciones, convertirá la primera edición en una suerte de pieza de coleccionismo para tontos. Y sacamos este gazapo a la palestra no para hacer innecesariamente sangre sino porque creemos que viene a ejemplificar la queja que apuntábamos antes respecto al juego abusivo que ha practicado Pérez-Reverte con el asunto este de la ambientación espolvoreada, toda vez que el hecho de que la protagonista hubiera estado leyendo tal o cual novela no era relevante para la trama en absoluto. 

En cualquier caso, está claro que a estas alturas nadie le va a decir a Pérez-Reverte si escribe mejor o peor, si debe mejorar tal o cual aspecto, pues estamos ante un escritor por encima del Bien y del Mal. Pero lo cierto es que tras leer El tango de la Guardia Vieja nos ha decepcionado no tanto el armamento literario como el débil posicionamiento del autor. No hemos encontrado, por tanto, una verdadera rebeldía por parte de Pérez-Reverte en esta novela, cuyo único riesgo que presenta es una cuestión meramente temática o estilística. No hemos vislumbrado ese afán por trascender como narrador (esa cuestión que parece ir pregonando allá donde va presentando esta novela), por acercarse a esa prosa sonora que practican, por ejemplo, sus admirados Juan Manuel de Prada o Montero Glez. La realidad es que El tango de la Guardia Vieja, a pesar de mostrarse impoluto como artefacto literario, se queda estancada en la categoría de obra anodina que, si bien no insulta al lector en ningún momento -más allá de protegerlo en exceso- no brilla, para nada, en su conjunto.

28 noviembre 2012

'New Age'

Dioses sin hombres
 
Hari Kunzru
 
Alfaguara, 2012
 
ISBN: 978-84-2040-313-7
 
448 páginas
 
19,50 €
 
Traducción de María Fernández Soto
 
 
 
José Martínez Ros
 
La primera novela que leí del autor anglo-indio Hari Kunzru se titulaba Leila.exe. Di con ella por casualidad en la estantería de un compañero de piso y, excepto el título, no recuerdo nada más, así que como mínimo puedo decir que ni me dejó una gran impresión ni me pareció muy memorable. Su nueva obra, Dioses sin hombres, es, sin duda, mucho más ambiciosa, y por ello ha merecido varios premios y los parabienes de la crítica anglosajona; se trata de un nuevo ejemplo de una de las formas novelísticas que parece tener un mayor porvenir en nuestra época: la novela compuesta por diversos cuentos o micronovelas entrelazadas, la novela de pretensiones globales en la que personajes de distintos lugares e, incluso, épocas convergen en torno a un núcleo central, normalmente oculto. Podemos citar, por ejemplo, obras recientes y magníficas como Las horas de Michael Cunningham, El tiempo es un canalla de Jennifer Egan o El atlas de las nubes y Escritos fantasmas de David Mitchell, la portentosa 2666 de Roberto Bolaño y, remontándonos un poco más, novelas pioneras de la postmodernidad como V de Thomas Pynchon.

El centro narrativo y físico de Dioses sin hombres son tres rocas en el desierto de Mojave, en California que “brotaban disparadas hacia lo alto, como los tentáculos de alguna criatura antiquísima. Eran apéndices desgastados por la erosión que sondaban el cielo”. Hacia ellas se dirigen, en distintos tiempos y espacios, un jesuita español del siglo XVI, un místico buscador de oro, un etnólogo interesado en las leyendas de los indígenas de la zona, una pareja que pierde a sus hijo en el peor momento de su relación, un predicador convencido de que sólo los extraterrestres pueden salvar a la humanidad del desastre en la era atómica, una estrella del rock británica de tendencias autodestructivas y muchos otros personajes… Kunzru, siempre en tercera persona, demuestra una sorprendente capacidad para variar la música de su prosa acuerdo a la óptica y la lógica de sus personajes, que buscan en ese misterioso afloramiento rocoso una respuesta a sus miedos, su soledad, su locura.

Toda la novela -hay que advertirlo- está impregnada de un tono milenarista, entre épico y espiritual que, en ocasiones, resulta algo forzado, sobre todo cuando Kunzru entreteje la tupida red de casualidades y ecos que unen a todos los protagonistas en ese escenario desolado (por momentos, creemos que nos hallamos de un "remake" literario de esa temprana obra maestra de Spielberg titulada Encuentros en la Tercera Fase). Pero, a mi juicio, las ligeras incongruencias y las coincidencias exageradas que comprometen nuestra credulidad -un poco como en las primeras películas de Iñarritu, de Amores Perros a Babel-, no terminan por derrumbar ese inmenso castillo de naipes narrativo gracias al buen hacer del autor.

Dioses sin hombres es una novela recomendable, a ratos apasionante, pero lo que muchos lectores no perdonarán a Kunzru es, probablemente, el final. Toda la obra sostenida sobre un enigma se dirige, por muchas vueltas que vaya dando su trama, hacia su inevitable desvelamiento… y en este caso el autor ha jugado con nosotros con cartas marcadas. Digamos que si ustedes odiaron el último capítulo de Lost, sentirán deseos homicidas con lo que les ha preparado este (muy) talentoso fabulador.

05 septiembre 2012

Dependencias bernhardianas

Sara Mesa

Escribo esta reseña inmersa hasta el fondo en el universo Bernhard. Este verano he leído una decena de sus libros, devorándolos obsesivamente, y todavía sigo. Autor que me cautiva, que me perturba, que me hace querer saber más de su mundo, de su literatura, de su vida. Autor que derrumba gran parte de los prejuicios literarios establecidos, dando vueltas y vueltas sobre los mismos temas sin que por ello termine de agotarse. Autor visceral, peligroso si uno no pone la suficiente distancia. Como dijo su traductor Miguel Sáenz (Premio Nacional de Traducción), leer a Bernhard, además de poder cambiar la vida a una persona, produce dependencia, “y hay quien cree que no se trata sólo de una dependencia psicológica, sino también física”.

Como en este blog reseñamos novedades, me centraré en dos reediciones recientes de dos de sus más famosas novelas: Trastorno, de 1967, y El malogrado, de 1983, ambas tan recomendables como pudiera serlo cualquier otro libro del austríaco.

Trastorno

Thomas Bernhard

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-204-0747-0

201 páginas

17 €

Traducción de Miguel Sáenz



Trastorno es una de las primeras grandes novelas de Berhard, probablemente la que lo lanzó definitivamente a la fama (y también al ostracismo en su propio país). En ella se relatan las visitas de un médico en la región de la Estiria a través de la narración de su hijo, un joven estudiante que pasa con él el fin de semana. Al principio uno se acuerda de las visitas médicas que recogió Bulgakov en Morfina, aunque en este caso la ternura y comprensión hacia los enfermos queda excluida por completo. El mundo descrito por Bernhard es brutal y claustrofóbico: el paisaje de la alta montaña austríaca, con sus estrechos valles, cumbres nevadas, ríos tumultuosos y construcciones aisladas (molinos, pabellones de caza, transformadores de energía), alberga a una sociedad enferma en su conjunto. El mismo médico, se dice, “se había acostumbrado ya a ser víctima de una población básicamente enferma, propensa a la violencia y al desvarío”, o incluso, más concretamente, “los hombres de la Estira nororiental tienen características inconfundibles, una tendencia ilimitada a la mística de la consanguinidad, un ritmo de lenguaje y movimientos especialmente apáticos y abúlicos” (no es de extrañar que con afirmaciones de este tipo, que abundan en las novelas de Bernhard, el escritor se conviertiese de inmediato en un personaje 'non grato' en su propio país).

El comienzo de la novela (la muerte de una posadera a causa de un golpe que le atiza un minero borracho, sin motivo alguno) muestra desde el inicio la crueldad y el absurdo de la existencia. La vida rural es despojada de toda idealización (“en el campo, la brutalidad, lo mismo que la violencia, era la base de todo”), el sobrecogedor paisaje de la montaña excluye toda imagen de tranquilidad (“la Naturaleza, cuando más pura e imperturbada está, tanto más siniestra resulta”). La palabra “siniestro” se repite incansablemente: todo resulta siniestro, los personajes, los lugares, lo que sucede y lo que no llega a suceder pero se piensa. El mundo de la enfermedad -que tan bien conoció el propio Bernhard, devastado por males pulmonares toda su vida- es un mundo de miseria moral, y la medicina una ciencia sin humanidad y sin sentido, algo que reconoce el mismo médico: “no hay nada más siniestro que la medicina”, confiada “al azar y la insensibilidad total”.

En Trastorno aparecen todos los grandes temas bernhardianos: el suicidio, los dramas familiares, la figura de la hermana oprimida, la corrupción de los sistemas educativos, la búsqueda obsesiva del aislamiento para la consecución de un anhelo artístico que lleva a la locura. Sin embargo, a diferencia de otras de sus grandes novelas (Helada, La Calera o Corrección), el estilo, al menos en la primera parte, es más diáfano, carece de las repeticiones que caracterizan al autor y está construido con frases sencillas e incluso puntos y aparte, toda una rareza en su literatura. En la segunda parte, formada casi al completo por el discurso del príncipe Saurau (un noble decadente y trastornado, pero con destellos de genialidad), el estilo se adensa y se complica, con repeticiones y circunloquios, palabras marcadas, verbos de dicción situados de forma anómala: en definitiva, el ritmo asfixiante que se ha relacionado con la propia respiración enferma del autor.

Todo en la narrativa de Bernhard apela a la decadencia y a la putrefacción; el ritmo vital es perturbado, la calma es enfermiza, el aire siempre está estancado, o es tan frío que impide la respiración. Puede encontrarse, sin embargo, belleza en escenas como la de los pájaros exóticos estrangulados y dispuestos ordenadamente sobre un tablón para ser disecados, o en discursos de personajes tan dementes como lúcidos, siempre marcados por el deseo de suicidio, el aislamiento y la aniquilación. También hay, cómo no, humor, un humor soterrado y negrísimo que no es más que la otra cara de la tragedia, como el mismo príncipe Saurau admite: “el elemento cómico o divertido de los hombres se manifiesta más marcadamente en su sufrimiento, lo mismo que el sufrimiento se manifiesta en lo cómico…”, y también “cuando veo hombres, veo hombres desgraciados. Son personas que arrastran por las calles su sufrimiento y convierten así el mundo en una comedia que, naturalemente, hace reír”.

Opuestos encontrados: otro rasgo bernhardiano. Atracción y repulsión. Delicadeza y crueldad. Lucidez y locura. El discurso del príncipe Saurau es atrayente e inquietante por su capacidad de aunar lo estúpido con lo genial. Recorriendo con el médico y su hijo las murallas de su castillo, el príncipe monologa sin descanso. “En mi cabeza -dice- existe realmente una devastación inimaginable”. La fascinación que ejercen sus palabras sobre el hijo del médico es enorme, y apuntan a una extensión (o contagio) de su trastorno. Mucho cuidado.

El malogrado

Thomas Bernhard

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-204-0690-9

146 páginas

16 €

Traducción de Miguel Sáenz



El malogrado es una novela breve, que se lee de un tirón pero que tiene efectos duraderos, como casi todo Bernhard. Posterior a Trastorno, su estilo es ya plenamente reconocible: circular, obsesivo, fatigoso, trabado. Si uno prueba a leerlo en voz alta, se siente la asfixia: así vivía y respiraba Bernhard. El narrador, en este caso un hombre maduro, pianista en su juventud, rememora su relación con dos compañeros del pasado, estudiantes de piano: uno que alcanzó la fama por su genialidad (representado por el histórico Glenn Gould) y otro que acabó suicidándose, a pesar de su virtuosismo, precisamente por su falta de genalidad (Wertheimer, que representa al “malogrado”). La historia pivota sobre los tres extremos, y abarca temas como la obsesión por el arte, la necesidad de aislamiento y de autodestrucción, la desesperación y, cómo no, otra vez el suicidio.

Precisamente comienza la novela con una autocita: “Un suicidio largo tiempo calculado, pensé, no es un acto de desesperación espontáneo”, lo cual recuerda a las palabras del príncipe Saurau en Trastorno: “todo en la vida del suicida -ahora sabemos que durante toda su vida ha sido siempre un suicida, que ha llevado una vida de suicida- es causa o motivo de su suicidio”. El narrador bucea en la biografía de su ¿amigo? Wertheimer para concluir que, desde el inicio, estaba abocado a matarse. El malogrado se somete al proceso de aniquilación propio de otros personajes de Bernhard, como el Roithamer de Corrección, aunque desprovisto de su genialidad. Como él, deja cientos de miles de papeles escritos pero, a diferencia de él, nadie podrá estudiarlos, porque han sido quemados.

Los tres personajes se dedican a la música como una acción contra sus familias y contra el público, de una manera obsesiva y “monstruosa”, pero únicamente Glenn Gould alcanza la maestría, lo cual ocasiona la destrucción y el abandono de Wertheimer. El malogrado, “ese hombre de callejón sin salida”, como lo define el narrador, se convierte en un personaje déspota y demente, que tiraniza a su hermana en una relación que recuerda a la del matrimonio de La Calera.

Repetidamente se nombran las Variaciones Goldberg de Bach como detonante del suicidio del malogrado, y no es difícil atisbar una relación entre estas variaciones y la prosa repetitiva de la novela a partir del mismo tema de fondo: la obsesión artística y sus consecuencias. Las variaciones incluyen paisajes diferentes, entre otros el mesón en la alta montaña como lugar siniestro, conducido por una mujer embrutecida y lasciva (como sucedía ya en Helada), el pabellón de caza reconvertido en lugar para el encierro voluntario, y la ciudad de Salzsburgo, contra la que vuelve a cargar las tintas al considerarla como “contraria a todo lo que hay en el ser humano, al cual aniquila con el tiempo”.

Con todo, lo mejor de El malogrado es sin duda su impactante y simbólico final, un turbio desenlace para una historia de devastación que debe leerse sin temor porque, a pesar de todo, quién lo diría, supone una exaltación de la vida.

18 julio 2012

'Hot'

José Martínez Ros
Crisis, rescates financieros, paro, caos... Es obvio que necesitamos un pequeño respiro, y el verano nos invita a ello. Las editoriales españoles así parecen haberlo entendido, y nos ofrecen una nueva generación de novelas eróticas. Aquí  me permito seleccionar tres de ellas, para que podáis elegir el destino literario y carnal que sea más de vuestro gusto: sociología sexual del XIX -Lolita secreta-, el archianunciado “porno para señoras” -Cincuenta sombras de Grey- o el erotismo intelectualoide de nuestros vecinos galos -El sistema Victoria-. Haz el amor y no la crisis.
El abuelito de Lolita

Lolita secreta
Anónimo
melusina [sic], 2012
ISBN: 978-84-1537-300-1
184 páginas
10 €
Traducción de Elisabeth Falomir Archambault




Este curioso libro -'Confesion Sexuelle d´un Ruse du Sud'- fue publicado anónimamente en París en la década de los años veinte del pasado siglo. Recogido mucho tiempo después en los apéndices de un monumental estudio de psicología sexual editado en el mundo anglosajón, fue redescubierto por el distinguido crítico y literato norteamericano Edmund Wilson, quien se la envió a uno de sus mejores amigos, un exiliado ruso llamado Vladimir Nabokov que, por aquel entonces, sobrevivía en los Estados Unidos dando clase en un instituto femenino. El texto presenta algunas curiosas similitudes con la mundialmente famosa novela que ese mismo exiliado ruso publicaría seis años más tarde y que convertiría el nombre de su precoz protagonista, Lolita, en un santo y seña del erotismo -y la tragedia contemporánea-. Pero más allá del hecho de que Nabokov lo utilizara como fuente o no, posee valor en sí mismo.
A través de esta Lolita secreta recuperado ahora por Melusina conoceremos la iniciación sexual -bastante patológica- de un joven ruso a finales del siglo XIX y, por lo tanto, entronca con una fértil corriente narrativa dedicada a revelar el transfondo oscuro de la sociedad burguesa de la época, con ejemplos como Pétalo Carmesí de Michael Faber o Falsa identidad de Sarah Waters. Nos muestra un mundo desconocido y casi asombroso en el que, bajo el ominoso régimen zarista, las pulsiones sexuales se desarrollaban con asombrosa libertad, aunque con un claro ingrediente de depredación de las clases favorecidas por la fortuna sobre criadas, campesinos y desheredados varios. Resulta especialmente interesante la relación que mantiene el anónimo protagonista con Nadia, la prometida de un joven desterrado en Siberia por formar parte de uno de los partidos revolucionarios que proliferaban en el país, así como sus obsesivas reflexiones, cargadas de fatalismo decimonónico “doctoievskiano”.
La obra adquiere tintes dramáticos en su último tramo, con el personaje perdido en los vastos lupanares del sur de Europa, realizando lo que ahora llamaríamos turismo sexual, indicándonos de paso que para un europeo de finales del XIX España o el sur de Italia representaban algo parecido a Tailandia o Senegal para el imaginario contemporáneo.
Sexual Personae

Cincuenta sombras de Grey
E. L. James
Grijalbo, 2012
ISBN: 978-84-2534-883-9
544 páginas
17 €
Traducción de Pilar de la Peña Minguell y Helena Trías



Cincuenta sombras de Grey, ¡el libro del que habla todo el mundo! Bueno, a lo mejor no-todo, pero casi: el primer gran éxito global de la Era del e-book comenzó, paradójicamente, como un modesto homenaje a la saga Crepúsculo para, al final, independizarlo sus orígenes de fanfic, adquirir su propia categoría de fenómeno superventas y, quizás, inicio de una nueva tendencia "best-sellera".
Por un lado tenemos a Amanda, una estudiante de una universidad de élite norteamericana, virginal (se nota que no estudio en la misma facultad que la protagonista de Yo soy Charlotte Simmons de Tom Wolfe) y notablemente ingenua; por el otro, Christian, un multimillonario de gustos refinados -¡incluso toca el piano!-. Ella se enamora (por supuesto) de él, pero hay un problema: él. Su alma llena de demonios, producto de toda una serie de traumas infantiles, le lleva a que sólo esté dispuesto a iniciar una relación con ella con sus propias condiciones, que incluirán generosas dosis (bueno, a decir verdad, no tanto) de sumisión y sadismo.
Cincuenta sombras sobre Grey ha sido machacado por buena parte de la crítica feminista anglosajona, aunque no estoy muy seguro de que tengan razón: su, a ratos simpática, a ratos tontorrona, protagonista, no sólo procede de Historia de O, 9 semanas y media y otros clásicos del subgénero, sino también de un linaje literario mucho más honroso. A su manera, es una lejana, remota, vástaga de las grandiosas heroínas de Clarissa, La letra escarlata, Retrato de una dama o Jane Eyre. ¿Por qué? Porque, como ella, son mujeres indomables, animadas por una fe en sí mismas capaz de transcender cualquier circunstancia adversa y transformar al más satánico de los amantes en un santo varón, aunque sea en el lecho de muerte. E.L. James está lejísimos, por supuesto, de esos referentes -la novela oscila entre una prosa telegráfica y un estilo pseudo-gótico a lo Anne Rice bastante risible-, pero si es el inicio de una nueva moda me parece más respetable y simpática que los vampiros metrosexuales, cementerios de libros, códigos lo-que-sea, catedrales marinas y demás bazofia que ha copado las listas de ventas en los últimos años.
Ella lleva los pantalones

El sistema Victoria
Éric Reinhardt
Alfaguara, 2012
ISBN: 978-84-2041-141-5
432 páginas
19,50 €
Traducción de Manuel Serrat Crespo




El sistema Victoria es una novela muy francesa: hay mucho sexo, pero también mucha política, a ratos resulta brillante, en ocasiones excesivamente farragosa y un pelín plúmbea; y de fondo, sentimos constantemente la sombra del novelista francés de más éxito de los últimos años, el gran Michel Houellebecq.
El autor nos sitúa en un París distinto al que conocemos por tantas novelas y películas -nada que ver con Amelie o Los amantes de Point Neuf-: estamos en La Defense, el distrito financiero, uno de los centros nerviosos del capitalismo global, y los protagonistas se conocen en un centro comercial, lo que ya es sintomático de todo lo que vendrá a continuación: David es un arquitecto casado, con niños, un izquierdista sentimental que vive en su pequeña burbuja familiar; Victoria es una superejecutiva de una multinacional, una mujer sin raíces que se encuentra a sus anchas en un universo de salas VIP, hoteles de lujo, limusinas y viajes constantes. Rodeada de escenarios en fuga, por supuesto, su relación tendrá consecuencias catastróficas. La novela está bien escrita: Éric Reinhardt es un narrador meticuloso y elegante, aunque sus diálogos son algo plomizos. Pero la sombra de Houellebecq es demasiado alargada: a la hora de describir la “economía sexual” de nuestra época El sistema Victoria no admite comparación con Plataforma o Ampliación del campo de batalla que, además, son mucho más divertidas, y a ratos lamentamos que lo mejor de la novela, la propia Victoria -una semidiosa del capitalismo, “facha”, orgiástica, neocom, ardiente, desprejuiciada y cruel- no apareciera en ninguna de esas novelas.

29 junio 2012

Escribir para escapar / Demoliendo certidumbres



Escritores delincuentes

José Ovejero

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-20475-08-0

344 páginas

18,50 €





Manolo Haro

La Biblia no deja de ser un relato de ciencia-ficción hasta que en un momento determinado aparece el mal en forma de serpiente. Hasta ese pasaje no hay conflicto alguno. El veneno se inocula por la palabra y así comienza la expulsión, el 'prêt-à-porter' y la fundación de ciudades, espacio natural –tal como lo entendieron los autores de novela negra– para el mal en todas sus manifestaciones. En la tradición judeocristiana el ángel caído es la pieza clave por la cual los lugareños de latitudes tan distantes como Seattle, Albuquerque o Pontevedra sienten que la vida, esa extraña y adiposa pasta que a veces se congracia con nosotros, se abisma en algunos individuos hasta dar obras de dudosa humanidad. La pregunta a la que intenta responder Escritores delincuentes es una cuestión que podría ser tratada en seminarios sobre psicología, criminología y creación: ¿puede un monstruo sublimarse y crear una obra de arte que lo absuelva de su delito? Hasta cierto punto, claro. Adolph Hitler, al ser rechazado por la Academia de Artes de Viena en su examen de ingreso, se convirtió en algo más que un paisajista mediocre y despechado. De alguna manera, cabe interrogarse acerca de si la obra de arte que se convierte en canónica o que, por su interés, figura en las cronologías como un hito dentro de la historia de la cultura universal, finalmente sirve para absolver al delincuente.

José Ovejero ha acometido un trabajo de gran interés para aquellos amigos 'literatis' que saben degustar este tipo de obras. Las historias más o menos truculentas de sus escritores delincuentes vienen presentadas por una introducción que, sin ser sesudísima (tampoco lo ha perseguido), invitan al lector a una reflexión antes de meterle el colmillo a estas vidas excesivas: ¿por qué nos atrae el mal? La pregunta acerca de la gran fascinación que ejerce el mal en nosotros (porque el malditismo es un puerto más al que llegar en nuestras existencias fotosintéticas) lleva a Ovejero a esgrimir ciertos argumentos que el libro intentará fundamentar: muchos (no todos) de los componentes de esta buena cuerda de presos escritores tienen en común la representación-"ambiguación"-tergiversación del acto violento que pasa a convertirse en materia bio-literaria directa o indirectamente, una forma de fuga que parece que deja planteado un lema seguido por casi todos: “escribir para escapar”. Escapar del pasado, de la sospecha, del delito, de la culpa, del recuerdo. El libro se disfruta más cuando se pasa a los casos puntuales y el autor nos despliega datos que o desconocíamos o teníamos remotamente brumosos en algún lugar de nuestra memoria. Vemos a François Villon desenvolverse en el mundo brutal de la Edad Media, asesino, exiliado y desaparecido sin dejar rastro; a la adolescente de 15 abriles Anne Perry (Juliet Hulme por aquel entonces) que junto a su amiguísima Pauline Parker (16 años) matan a la madre de ésta y pasan un lustro en la cárcel; a William Burroughs gritando “va siendo hora para nuestro número de Guillermo Tell” y luego descerrajarle un tiro a su mujer en plena cara cuando sostenía sobre la cabeza una copa; o a Chester Himes, robando, asaltando, encarcelado por asumir un delito que no le pertenecía por efecto del jarabe de palo policial y aficionándose a la literatura en el talego.

Famosos escritores y otros menos afamados van desfilando con sus causas y azares ante nuestros ojos curiosos. Claro está que hay mucho de lugar común en todo este intento de resolver el enigma, tal como anuncia uno de los epígrafes que coloca Ovejero en su libro. ¿Qué parte ocupa la realidad y la ficción en las obras literarias de estos autores? ¿Hasta qué punto se ha destilado la verdad para ofrecerla como un vino dulce cuando realmente deberíamos de ver la zupia bailando en el fondo de la copa? Eso habrán de concluirlo los estudiosos del asunto. A nosotros, como lectores, si la obra luce, nos habría de importar un bledo. O no, pues estas mismas vidas son ya pura literatura por sus detalles escabrosamente humanos y porque forman parte de su historia. Carlos Montenegro, gallego en Cuba, mató a un marinero y pasó una temporadita entre rejas. Allí, además de leer, tuvo la fortuna de conocer y ser aceptado en su tertulia de presidio por José Z. Tallet, que pertenecería, junto a Alejo Carpentier, al Grupo Minorista. Parece difícil juzgar en puridad a estos hombres y mujeres. Evidentemente, sospecho que muchos abanderados de la Escuela del Resentimiento (tal como llamó Harold Bloom en su Canon occidental a los componentes de aquellos departamentos universitarios que prestigiaban una obra a partir de la raza, la religión o el sexo de su autor-autora) habrán expulsado de sus programas a algunos de estos plumíferos. En cualquier caso, todos ellos muestran dos vertientes extremadas de la condición humana: el bien (grandes artistas) y el mal (grandes delincuentes). Jekylls y Hydes regalando al mundo lo mejor de ellos que no habrían logrado hacerlo (tal vez) sin haber pasado por ciertos momentos vitales. Quede claro que no defendemos aquí el asesinato, el robo y otros delitos como fuente principal para escribir gran literatura, pero algo le debemos a estos malhadados encontronazos con la vida de estos humanos

Cierta vez le propusieron en Francia al escritor de novela negra Chester Himes que confeccionara historias de detectives. Ante la imposibilidad confesa de éste para hacerlo, Marcel Duhamel, director de la serie Noire de Gallimard, se lo dejó bien clarito, construyendo, sin sospecharlo, la poética novelística de nuestro siglo, sin cabida para Gracqs, Manganellis ni otros estilistas narrativos: “Coja una idea. Empiece con acción, con alguien que haga algo; con un hombre que saca una mano y abra una puerta, la luz brilla en sus ojos, un cuerpo yace en el suelo. Se vuelve, mira hacia uno y otro lado del corredor… Siempre el detalle de la acción. Retrate. Haga como en el cine. Las escenas siempre son visuales. Nada de flujo de conciencia. Nos importa un bledo lo que piensen quienesquiera que sean. Sólo nos importa lo que hagan. Que siempre estén haciendo cosas. De una escena a otra. No se preocupe si carece de sentido. Eso es para el final. Escríbame doscientas veinte páginas a máquina”. Es más que probable que el bueno de Chester habría escrito novelas de cartón piedra si no hubiera pasado Une saison en enfer. Bien por Ovejero.


La ética de la crueldad

José Ovejero

Anagrama, 2012

ISBN: 978-84-339-6341-3

197 páginas

16,90 €

Premio Anagrama de Ensayo 2012



Sara Mesa

¿Un libro sobre la crueldad en la literatura? ¿Sobre una crueldad ética, es decir, revulsiva? ¿Un ensayo que habla de algunos de los libros que me apasionan, de grandes como Canetti, Elfried Jelinek o Cormac McCarhy? Estaba claro que tenía que leerlo. Se trata de La ética de la crueldad, el último premio Anagrama de Ensayo, un ensayo de José Ovejero tan estimulante como inquietante (o quizá, precisamente, estimulante por inquietante).

El libro se divide en dos partes: en la primera se realiza un panorama general sobre la crueldad y su aparición en las artes -no solamente en la literatura-, así como sobre las diferentes posibilidades de su recreación estética; en la segunda se analizan siete libros “crueles”, a saber, El astillero de Onetti, Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, Auto de fe de Canetti, Historia del ojo de Georges Bataille, Deseo y La pianista de Jelinek, y, como representación española, Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos. Las dos partes están equilibradas y forman un todo coherente; las ideas se anudan entre ellas y se ejemplifican con claridad.

El mayor valor del libro, además de la sencillez y elegancia de la exposición, radica a mi modo de ver en la diferencia que Ovejero establece entre la representación de una crueldad complaciente con el poder frente a una crueldad crítica, que derriba las certidumbres del lector. En el primer caso se trata de una crueldad moralizante, legitimadora, en la que pueden inscribirse desde productos de consumo ('thrillers' con alto contenido de violencia o sexo, por ejemplo), a relatos épicos, pasando también por los supuestos libros comprometidos, que tranquilizan la conciencia del lector ubicando el mal siempre como patrimonio de “los otros”. Por el contrario, la crueldad ética es aquella que funciona como un instrumento para ahondar en las sombras, la que toma forma de espejo y apela directamente al lector, o, en definición del propio Ovejero “aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña”. Esta distinción se explica con numerosos ejemplos tomados del cine y la literatura, también de su propia novela Un mal año para Miki. Quizá uno de los mejores momentos del libro es la comparación entre los cuentos populares La niña que pisoteó el pan de Andersen y Hansel y Gretel de los Grimm, ejemplos respectivos de una crueldad puramente pedagógica, que busca la consolidación de la ideología dominante, y de una crueldad mucho más desasosegante, en la que las certezas se tambalean. Por tanto, la diferencia entre ambos tipos de representaciones puede rastrearse en el origen de las construcciones narrativas de todos los tiempos.

El libro se convierte de este modo en una especie de guía de lectura para nuevos libros “crueles”. Basándonos en sus claves podremos comprender por qué nos inquietan tanto los libros de Coetzee (pienso ahora en Esperando a los bárbaros o en La edad de hierro) o de Rafael Pinedo (la trilogía formada por Plop, Frío y Subte), y es porque en ellos la recreación de la crueldad tiene un efecto directo sobre nuestra propia percepción del mundo, nos implica, no nos deja un resquicio para el consuelo. Hay, en efecto, representaciones de la crueldad mucho más sangrientas, más implacables, pero que sin embargo inquietan menos: sucede así cuando intervienen ingredientes tan universales como el morbo o la tranquilidad (“eso siempre le pasa a otros”, “lo hacen otros”): el producto puede degustarse desde el otro lado de la barrera -contemplación sin salpicaduras-, sin que ni siquiera llegue a rozar nuestras conciencias.

La crueldad ética es molesta, no nos resulta fácil de asumir. Muchos lectores se quejan de que los personajes de este tipo de libros no generan simpatía, o de que muchas cuestiones planteadas quedan sin explicar (en especial las referidas a la responsabilidad o la culpa). Ahí radica justamente la cuestión; Ovejero lo señala: “la indiferencia es también una forma de emoción”. Por eso el silencio juega, más que nunca, un papel determinante en la construcción de este tipo de obras. La violación de Temple Drake se hace a puerta cerrada, el lector no la ve, pero se hace más dolorosa que cualquier relato realista de una violación en un 'best-seller' de aeropuerto. “Las representaciones crueles no hacen por sí mismas que un libro sea cruel”, afirma el autor. En efecto, la diferencia está entre provocar una reacción incómoda en el lector o simplemente en satisfacer sus deseos de espectáculo.

La crueldad, no confundamos, no exige necesariamente la aparición de la violencia física. Lo cruel es una categoría relacionada en cierto grado con la violencia, pero sobre todo con el exceso: lo excesivo, lo exagerado, se convierte en una metodología para la desmitificación. Esto aparece muy bien explicado en los análisis de los libros “crueles”, sobre todo en el caso de El astillero, donde la crueldad se manifiesta no en escenas de torturas o sufrimientos físicos, sino en la absoluta desidia de unos personajes abocados al fracaso, desesperanzados y sórdidos. En general, los comentarios a la selección de libros son de una gran amenidad y rigor; yo destacaría especialmente el de Meridiano de sangre, obra anti épica que pone ante nuestros ojos, sin compasión alguna, el reverso de la iconografía heroica americana a través de un nutrido catálogo de aberraciones.

También es de agradecer la inclusión de una mujer en el análisis de las obras, en este caso Elfried Jelinek, pero no por cuestión de cuotas, sino porque las escritoras “crueles” son quizá peores entendidas que los hombres debido a la extensión popular de no sé qué ideas referidas a las características de una supuesta literatura femenina. Jelinek ha sido catalogada como una escritora enferma, repulsiva, rara (uno de los miembros del comité del Nobel dimitió tras la concesión de su premio); en su análisis Ovejero nos muestra que su obra es de una coherencia innegable y que si sus personajes nos revuelven el estómago es precisamente porque nos resultan demasiado cercanos. Me permito añadir otras escritoras que han sido criticadas o no entendidas del todo por sus “excesivas” representaciones de la crueldad: me refiero a Agota Kristof y, sobre todo, a Herta Müller. No aparecen en este libro, pero leerlas después de este ensayo será, seguro, más enriquecedor. Esta es, sin duda, la mayor virtud de La ética de la crueldad: que ofrece pautas, ideas y conceptos para desarrollar futuras claves de lectura. Eso sí, solo serán válidas para los lectores que no temen mirar al otro lado del espejo: puro desasosiego ante libros incómodos pero imprescindibles.