
El sueño del celta
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2010
ISBN: 978-84-204-0682-4
440 páginas
22 euros
Premio Nobel de Literatura, 2010.
José Martínez Ros
Llegó el Premio Nobel, se produjeron las aclamaciones de costumbre (mezcladas con algunas críticas de aquellos para los que no compartir determinadas convicciones políticas o una cierta visión de la sociedad te convierte de manera automática en un peligroso delincuente) y ahora aparece un libro… tal vez en el peor momento para ser juzgado con ecuanimidad.
El sueño del celta tiene, de antemano, un gran problema: es la primera novela que publica Mario Vargas Llosa tras el Nobel. Lo que significa que probablemente miles de personas hojearan este libro (quizás también lo lean), buscando los motivos de tal distinción. Lo que es injusto para el autor y, sobre todo, para el libro. Pues, seamos francos, es dudoso que los encuentren. Roger Casement es, desde luego, un auténtico personaje de novela, alguien que pudo ser nombrado caballero del Imperio británico (por su labor de denuncia de las terribles matanzas que sufría la población indígena en el corazón de África a manos de los esbirros de ese genocida decimonónico que fue Leopoldo II de Bélgica y en la Amazonía por las compañías caucheras peruanas e inglesas) y condenado a muerte por traidor al mismo Imperio británico pocos años después, cuando militaba en las filas de los rebeldes irlandeses. Se trata de una biografía correcta, está bien escrita y bien narrada (tampoco esperábamos menos), pero nada más. Digámoslo claro: El sueño del celta no apasiona, no encontramos en sus páginas ninguno de los alardes literarios y estructurales con los que nos sorprendía Mario Vargas Llosa en otros libros, sólo una lección de historia, una vida compleja y ejemplar que se nos cuenta de modo repetitivo (habrían venido bien unas cuantas elipsis) y convencional. Si tenemos en cuenta el paupérrimo nivel de la mayoría de las novelas históricas que se publican, El sueño del celta destaca, y mucho, pero queda muy lejos de obras de arte como Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar o Bomarzo de Mújica Láinez. ¿Merece, entonces, el señor Llosa, su Nobel?
Respuesta del autor de esta reseña: por supuesto que sí. Y lo afirmo porque devoré la primera gran obra de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, a los catorce años (y me sigue pareciendo un libro excelente para descubrir en la adolescencia), sobrecogido, sintiendo que esa novela ambientada en un colegio militar de Lima se refería directamente a mi vida de entonces; porque Conversación en La Catedral o La fiesta del chivo, dos de las más altas novelas que se han publicado en nuestra lengua durante el pasado siglo XX, me han hecho entender la miseria moral y la íntima opresión que significa una dictadura para los que la padecen mejor que tantas torpes películas españolas sobre el franquismo; porque La guerra del fin del mundo (una narración que transcurre en Brasil del XIX) me parece lectura obligatoria para entender el auge de los fundamentalismos religiosos y étinicos. Y, desde luego, porque novelas menores como Lituma en Los Andes o Pantaleón y las visitadoras me han divertido enormemente. Así pues, si lo desean, compren El sueño del celta. Es una novela correcta. Pero no dejen de ir a una biblioteca o una librería para encontrarse con las maravillas que ha escrito Vargas Llosa y que (esperamos) siga escribiendo.
Respuesta del autor de esta reseña: por supuesto que sí. Y lo afirmo porque devoré la primera gran obra de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, a los catorce años (y me sigue pareciendo un libro excelente para descubrir en la adolescencia), sobrecogido, sintiendo que esa novela ambientada en un colegio militar de Lima se refería directamente a mi vida de entonces; porque Conversación en La Catedral o La fiesta del chivo, dos de las más altas novelas que se han publicado en nuestra lengua durante el pasado siglo XX, me han hecho entender la miseria moral y la íntima opresión que significa una dictadura para los que la padecen mejor que tantas torpes películas españolas sobre el franquismo; porque La guerra del fin del mundo (una narración que transcurre en Brasil del XIX) me parece lectura obligatoria para entender el auge de los fundamentalismos religiosos y étinicos. Y, desde luego, porque novelas menores como Lituma en Los Andes o Pantaleón y las visitadoras me han divertido enormemente. Así pues, si lo desean, compren El sueño del celta. Es una novela correcta. Pero no dejen de ir a una biblioteca o una librería para encontrarse con las maravillas que ha escrito Vargas Llosa y que (esperamos) siga escribiendo.