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19 marzo 2013

Nada humano nos es ajeno


Las cataratas

Eliot Weinberger

Duomo, 2012. Colección "Perímetro"

ISBN: 978-84-15355-25-0

216 páginas

16,80 €

Traducción de Aurelio Major




Rafael Suárez Plácido

Empezar a leer a Eliot Weinberger es una gozada para los sentidos y para la curiosidad: es un premio para quien lo merezca. Para los sentidos, porque su prosa adquiere aparentemente sin esfuerzo el don, la agilidad y el ritmo de la mejor poesía. Para la curiosidad porque su conocimiento del mundo (antropología, filosofía, filología, etnología, sinología, teología y algunas más "gías" que se nos irán ocurriendo) parece abarcar todas las materias humanas: nada humano le es ajeno, ni presente ni pasado, ni reciente ni remoto. Ni humano ni casi divino. La imagen de las cataratas simboliza con brillantez lo que quiero decir: en el primer ensayo -en realidad, en casi todos los ensayos, el único que me deja absolutamente igual es “Los farunferes”- Weinberger superpone fragmentos que van rebosando el uno del anterior y así sucesivamente. De manera que siempre hay flecos por los que continuar avanzando. Y es así aunque el autor nunca parece sentirse desbordado. Al contrario: parece que va administrando el flujo de las corrientes que nos hace ir de William Jones (el descubridor del pre-idioma “indoeuropeo”, para muchos hasta el final de la segunda guerra mundial: “ario”) y de su intento de conciliar sus descubrimientos con el Génesis, a Alexander Hamilton, que da clases de sánscrito a los hermanos Von Schlegel, y de estos a Franz Bopp y de él a Max Müller, “incansable propagandista de la raza aria”. Lo tremendo es que el objeto de estudio de todos estos intelectuales, de finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX, no era otro que el sánscrito y su papel dentro del árbol genealógico de las primeras lenguas conocidas. El valor simbólico de las cataratas está ahí latente, pero al final del ensayo comprendemos que Weinberger nos quiere trasladar a una de las grandes debacles de finales del siglo XX, quizás la menos estudiada al ser una de esas “guerras” olvidadas, pero deberíamos recordar las palabras de Peter Handke, al respecto de algunas de estas guerras africanas: “¿guerras olvidadas por quién? No desde luego por ti, ni por mí, ni por los millones de víctimas mortales que dejaron.” Al final son sólo un par de páginas las dedicadas a la masacre de los tutsis en Ruanda pero nosotros, los que empezamos a leer ese ensayo, ya no somos los mismos.

Cuando miro entre las novedades de una librería, a veces me tropiezo con libros que llaman mi atención aunque no conozca al autor. Entonces, los cojo, los miro atentamente, incluso los huelo (ya lo he escrito: una gozada para los sentidos) y paso a leer algo de lo que está escrito en la contraportada y las solapas. Notas de algunos de mis escritores de referencia: Javier Marías, Vila-Matas, Felix de Azúa o Rafael Argullol. Últimamente leo y releo con pasión Visión desde el fondo del mar, de este último, publicado por El Acantilado, en 2010. Quizás sea el mejor libro español que se ha publicado en el siglo XXI. Es difícil imaginar un elenco tan interesante para un libro que desconozco. Duomo es la editorial que ha publicado en España de los libros de David Mitchell. Hace un par de años disfruté su novela Mil grullas muchísimo, una historia de amor ambientada en el Japón pre-Meiji entre un joven holandés y una estudiante de Medicina japonesa. No sé si con estos avales convencería a alguien más, pero el hecho es que lo compré. Y aquí estoy, tratando de hacerme con otros libros que el autor ha ido editando en distintas editoriales españolas y esperando a encontrarme a mi amigo Iñaki para contarle que he conocido a un experto en culturas orientales, hindú y china especialmente, aunque intuyo que me dirá que ya tiene sus libros en inglés, pero por intentarlo no se pierde nada y el orgullo de que otros conozcan y valoren a un escritor así gracias a tu invitación a la lectura, es muy gratificante.

Las cataratas es un conjunto de once ensayos seleccionados de entre la amplia bibliografía del autor por Aurelio Major, que también los ha traducido. El primero de ellos, “Las cataratas” nos coloca ya en situación. Valdría por sí solo para justificar la lectura y recomendación del libro. Está incluido en Rastros kármicos, editado por Emecé en 2002 y donde nos encontramos otra maravilla que es el ensayo del mismo nombre: “Rastros kármicos”, donde se trata del efecto evocador de algunos objetos u olores (sensaciones) que el autor relaciona con los vasanas hindúes o con el 'déjà vu' actual. Aun así, para los que llegamos a este libro a partir de la literatura -y más concretamente de la poesía- el ensayo de referencia podría ser “La invención de China”, en el que tomando como referencia la figura de Ezra Pound se va analizando la percepción que de China y su cultura -y por ende, de Oriente- ha ido teniendo Occidente a lo largo de los siglos, especialmente en los dos últimos siglos y, más concretamente aún, en  Pound, de quien T. S. Eliot dijo que era el “inventor de la poesía china de nuestra tiempo”, lo que para Eliot Weinberger era decir poco y añadió que podríamos sustituir el gentilicio “china” por cualquier otro (“el inventor de la poesía de nuestro tiempo”).

Lo que ya pueden ir sospechando es que el motivo central de cada uno de los ensayos es interesante por sí mismo, pero también porque es una excusa para ir desplegando la inteligencia y la erudición del autor por partes iguales, en el caudal laberíntico de su prosa. Los hispanohablantes podemos pensar en Borges, en la obra ensayística de Borges, que acoge esa visión del género como un híbrido entre ficción y no ficción, o entre poesía y prosa. No obstante, Weinberger ha sido uno de los principales traductores de Borges al inglés. Tendríamos que recordar esa frase de Pound que dice que la poesía tiene que estar tan bien escrita como la prosa. En principio, mi interés por la Antropología no se concreta en demasiadas lecturas especializadas, ni va más allá de una curiosidad necesaria para vivir por casi todo lo que es humano, y se concreta en dos o tres nombres esenciales, pero eso no impide que los ensayos: “La tribu cámara”, sobre cine documental y antropología, y “Fotografía y antropología” (es un pleonasmo, ya lo sé: la fotografía es en sí misma antropología), me supongan al mismo tiempo dos oportunidades de conocimiento y disfrute. De ambos a la vez, como casi todos los ensayos incluidos en Las cataratas, de Eliot Weinberger, una antología de un autor que hay que tener muy en cuenta: tendríamos que leerlo completo. Bueno, yo ya lo estoy haciendo.

21 febrero 2013

Un 'blockbuster' global



El atlas de las nubes

David Mitchell

Duomo, 2012. Colección "Nefelibata"

ISBN: 978-84-9272-3-799

608 páginas

21 €

Traducción de Víctor V. Úbeda


José Martínez Ros

Incluso antes de que se anunciara su adaptación al cine por los responsables, respectivamente, de la Trilogía de Matrix Corre, Lola, corre, la novela de David Mitchell El atlas de las nubes estaba destinada a convertirse en una de las más extrañas criaturas de pueblan el mundo editorial: un 'best-seller' de culto, una de esas raras obras que son devoradas casi compulsivamente por cientos de miles de lectores y alabadas por su complejidad y una escritura que, ciertamente, está por encima de la media. Muy, muy por encima. Una novela de la misma especie que, por ejemplo, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

Quizás la clave se encuentra en la propia personalidad literaria del autor: si uno ha seguido la carrera de David Mitchell, desde su magnífico debut, Escritos fantasmas, en el que ya ensayaba una descripción de las marañas de un mundo global, a la más reciente, Mil otoños, una melancólica novela histórica ambientada en el Japón del siglo XVIII que devuelve su dignidad a un género que suele presentar un devaluado, subterráneo, nivel literario, comprende que por encima de su admirable capacidad de experimentación con distintas voces y técnicas, lo que es Mitchell es, ante todo, lo que se suele llamar “un narrador nato”. Normalmente, esa expresión se utiliza para definir a un escritor para el que la narrativa no ha evolucionado ni un ápice desde Tolstoi, cuando no desde el anónimo (o no) autor de El Lazarillo, pero que en el caso de Mitchell adquiere todo su sentido: Mitchell es un escritor postmoderno, incluso cabría decir que muy postmoderno, que ha leído -y asimilado-, por decir dos nombres, a Thomas Pynchon o Vladimir Nabokov, pero que emplea todas sus argucias y trucos postmodernos con el noble fin de seducir y atrapar al lector.

El atlas de las nubes está compuesto de seis historias sutilmente entrelazadas que abarcan del siglo XIX a un futuro aún lejano y apocalíptico, todas ellas narradas en primera persona por una serie de personajes que van de un joven notario que viaja por el Pacífico y se topa con los devastadores efectos de la colonización europea a uno de los últimos supervivientes de la humanidad, reducida a habitar en un estado de poco más que tribal unas pocas islas dispersas por el globo cuando el resto del planeta ha sido devorado por las radiaciones nucleares y otros desastres ecológicos. Un conjunto de protagonistas que también incluye, entre otros, un compositor bohemio y bisexual, un anciano editor encerrado contra su voluntad en un asilo e, incluso, una clon. Con el salto de historia a historia, muta igualmente la voz narradora, que pasa de los ecos de Melville Conrad de la primera secuencia a disfrazarse de Evelyn Waugh, Nabokov, J. G. Ballard o, incluso, ¡John Grisham! (si, una de las historias imita de forma consciente el estilo de las novelas de los 'best-sellers' de suspense, y no lo hace nada mal). Quizás el único problema sea que, al colocar en paralelo seis historias, unas compiten involuntariamente con otras en la mente del lector, algo casi inevitable.

No quiero desentrañar la clave de su particularísima estructura: sólo afirmar que Mitchell, a pesar de sus continuas metamorfosis narrativas, consigue convencernos de que todas las mininovelas que conforman El atlas de las nubes están entrelazadas en una unidad mayor que, además, comparte una serie de temas: la solidaridad entre los seres humanos, el amor a la naturaleza, la libertad de pensamiento frente a la opresión del hombre por el hombre, el consumismo desaforado y la adoración de la tecnología. Es probable que Mil otoños sea una mejor novela, pero, desde el punto de vista estrictamente literario, un libro como El atlas de las nubes es una pequeña hazaña.

Llévenselo a la playa este verano. No creo que se arrepientan. Compite en una categoría donde no hay nadie mejor.

06 septiembre 2012

Vivir sin troneras


Dura la lluvia que cae

Don Carpenter

Duomo, 2012

ISBN: 978-84-15355-16-8

362 páginas

21 €

Traducción de Ramón de España

Prólogo de George Pelecanos



Fran G. Matute

Dura la lluvia que cae (1966) es una obra aparentemente sencilla, un texto sin aspavientos estéticos o temáticos, y por ello es de difícil catalogación. Estamos ante la novela de debut de Don Carpenter, desconocido autor norteamericano -al menos por estos lares- que escribió esta potente historia de delincuencia juvenil y redenciones imposibles, que vio la luz justo cuando el movimiento ‘beat’ perdía fuelle y empezaba a despuntar la nueva ‘intelligentsia’ literaria americana. Así que Dura la lluvia que cae se nos queda en una especie de tierra de nadie si lo que queremos es contextualizarla dentro de algún movimiento histórico o cultural. Digamos, pues, que estamos ante una obra imponente y punto.
En el fondo, esta férrea novela tiene más en común con el ‘pulp’ que con la novela academicista, de ahí que se le asocie con el género negro más que nada. Pero si bien es cierto que en Dura la lluvia que cae hay crímenes, drogas, violencia y bajos fondos, no son elementos estos de los que se abuse en pos de la trama. No hay ‘exploitation’ en esta novela. Y tampoco sería justo afirmar que nos encontramos ante un producto meramente de consumo si tenemos en cuenta la profundidad de las reflexiones que inserta el malogrado Don Carpenter -se suicidó en 1995 emulando a su amigo Richard Brautigan, al ser incapaz de soportar por más tiempo las numerosas enfermedades que le aquejaban-, así como la calidad de la prosa que las sustenta.
Estamos pues ante un extraño híbrido temático. Nos atreveríamos a afirmar que lo que consigue Don Carpenter con esta obra es escribir una novela abiertamente norteamericana usando para ello los mimbres de la novela rusa por antonomasia. Dostoievsky está presente en Dura la lluvia que cae, no sólo porque la historia que plantea pivota sobre el crimen y el castigo, sobre la vida y el juego, sino porque se menciona al autor de Los hermanos Karamazov expresamente en el texto como símbolo de la culturización que ansía el protagonista de la novela.
Asimismo, Dura la lluvia que cae es una novela con un fuerte calado filosófico. Filosofía de la calle. De las salas de billar, que es donde transcurren gran parte de los acontecimientos de la novela. Pero Carpenter se ocupa de dar entidad a sus personajes, balas perdidas, tahúres de medio pelo engullidos por un sistema que aceptan y comprenden mejor que nadie, pues son ellos las víctimas y han decidido participar conociendo plenamente las reglas del juego. No hay aquí filosofía barata. No hay lamentaciones demagógicas. Sino una complejidad relacional, casi cósmica, de interconexiones entre los seres humanos en busca de estabilidad, de amor en definitiva, por muy manido y cursi que esto pueda sonar. De ahí que, indirectamente, se aluda al juego del billar como metáfora de dicha interconexión. La carambola como motor de la vida. El encuentro fortuito, el deambular sin sentido del ser humano sobre un tapete que no ofrece salidas fáciles, que no tiene troneras.
Carpenter ofrece, por tanto, un texto intachable lleno de personajes tridimensionales a los que tritura haciéndolos pasar por toda la maquinaria del sistema, ese pasapuré que son las instituciones sociales: desde el reformatorio a San Quintín pasando por las salas de billar, el mundo de la droga y la prostitución. Tiene esta novela ecos precursores de la obra carcelaria de Edward Bunker, así como similitudes estéticas con las novelas de Nelson Algren y el Cool Hand Luke (1965) de Donn Pearce (que, por cierto, alguien se debería preocupar de rescatar) y cómo no, con El buscavidas (1959) de Walter Tevis. Y no hemos podido dejar de canturrear el cancionero del primer Kris Kristofferson a medida que nos sumergíamos en esta odisea de jóvenes atrapados involuntariamente por su pasado.
En realidad, la publicación de Dura la lluvia que cae viene a cubrir el mismo hueco que ocupó hace un par de años el rescate de la exquisita Stoner (1965) de John Williams. De hecho, ambas obras fueron seleccionadas por la New York Review Books y a dicha institución se debe la feliz recuperación de estos textos aparentemente sencillos en su concepción y narración pero que esconden múltiples aristas interpretativas de eso que llamamos vida. Es este, a nuestro juicio, el gran don de la literatura norteamericana. Exponer los grandes temas de nuestra existencia desde la sencillez. Así que, déjenme tomar prestadas las palabras de mi compañero y amigo Dani Ruiz, al hilo de su valoración de la citada Stoner y afirmemos, sin más contemplaciones, que Dura la lluvia que cae es una de las mejores novelas que he leído este año. Y barrunto que en mucho tiempo.

18 enero 2012

Doble viaje por el tiempo

Solo

Rana Dasgupta

Duomo, 2011. Colección "Nefelibata"

ISBN: 978-84-9272-373-7

416 páginas

21,90 €

Traducción de Marta Alcaraz Burgueño

Gran Premio de la Commonwealth 2010



José Martínez Ros

Como explicaba el premio Nobel hindú V. S. Naipaul en el curso de una de sus desconcertantes entrevistas, la novela india nació tras el impacto de la modernidad -y del colonialismo- en el subcontinente: eso fue, junto a las diversas conmociones que sufrió tras la independencia, lo que creó una generación de escritores indios que tuvieron la necesidad de explicar su país, que estaba cambiando de forma acelerada. Yo agregaría otra influencia, y en este caso no social, sino puramente literaria: el realismo mágico de autores hispanoamericanos como Rulfo, Alejo Carpentier o García Márquez, que encontrarían unos insospechados discípulos en un país lejano e inmenso, tal vez porque en sus obras encontraban las herramientas narrativas que necesitaban para una sociedad con bastantes semejanzas de fondo: una estructura familiar patriarcal, grandes diferencias sociales, sojuzgamiento de la mujer, la convivencia de diferentes etnias y religiones, una escasa distancia de una hipermodernidad absoluta con bolsas ingentes de atraso y pobreza.

Su mayor adalid, y donde más perceptible, quizás, se advierte es, sin duda, en Salman Rushdie, cuyas primeras, espléndidas y mejores novelas, Hijos de la medianoche y Vergüenza, son descendientes bastardas de los Cien años de soledad garciamarqueños, pero también se aprecia en otros destacados novelistas como Vikram Seth (Un buen partido), Amitav Ghosh (El cromosoma Calcuta) o Arundhati Roy (El dios de las pequeñas cosas). Solo es el debut novelístico de otro joven autor angloindio, Rana Dasgupta, por lo que recibió el Gran premio de la Commonwealth 2010 y los elogios del mismo Rushdie, sobresale precisamente por su originalidad, aunque presenta algunas de las características comunes de estos autores: nos hallamos ante una novela voluminosa, de gran ambición, cuya trama atraviesa décadas y complejas relaciones familiares.

Pero, para nuestra sorpresa, no está ambientada en Asia, ni siquiera en Inglaterra, sino en el este de Europa, en Bulgaria, donde Ulrich, un centenario que ha perdido la vista y se prepara para la muerte rememora su vida, cruzada por los grandes cataclismos de la historia del siglo XX: las encarnizadas guerras balcánicas, las dos guerras mundiales, la época de dominación nazi y la soviética y su fascinación por la ciencia química y la música. A lo largo de ese periplo, perderá sucesivamente a su padre, a su mejor amigo, a una esposa que lo abandona con su único hijo y a su madre: se encuentra, pues, completa y absolutamente solo. El personaje de Ulrich nos recuerda poderosamente, además, a uno de los prototipos más habituales de la novela rusa clásica: el del hombre sin especiales cualidades, el ciudadano anónimo arrastrado por el temporal de la historia, pero que, a pesar de los pesares, intenta salvaguardar su dignidad y una mínima libertad personal: hay mucho, por ejemplo, del Doctor Zhivago de Pasternak en el Ulrich de Daguspta. La novela, asimismo, destaca por otro elemento más imprevisible: a partir de cierto momento, pasamos de los recuerdos del protagonista a sus ensoñaciones, ambientadas en el mundo contemporáneo, en las que los personajes que ha conocido, amado, perdido u odiado adquieren nuevos roles. El cambio resulta sorprendente e inesperado: digamos que de ir montados en el transiberiano, de repente nos encontramos en una superautopista californiana; y del mundo soviético pasamos al Glamourama de Easton Ellis; y las páginas se llenan de sexo, drogas y rock. Si la primera parte de Solo podría haber sido filmada por David Lean, la segunda podría servir de base a una película de Danny Boyle o incluso Gaspar Noé.

Aunque existen bastantes paralelismos entre una parte y otra, podemos afirmar con justicia que estamos leyendo otra novela, incluida en el mismo tomo, pero autónoma. Desde luego, este quiebro puede desconcertar, y mucho, a un lector desprevenido, aunque ambas novelas se sostienen en la prodigiosa capacidad inventiva de Dasgupta.

No es una obra exenta de errores -se trata de una primera (doble) novela-: hay diálogos pobres, escenas demasiado esquemáticas, personajes tan bondadosos o inevitablemente malvados que suenan a tópico. No obstante, la demoledora imaginación de Dasgupta resulta tan abrumadora que no queda sino dejarse llevar y uno comprende que el venerable New Yorker la haya designado como una de las mejores novelas de 2011.

16 diciembre 2011

Todo el mundo leerá a David Mitchell


Mil otoños

David Mitchell

Duomo, 2011. Colección "Nefelibata"

ISBN: 978-84-927-2377-5

640 páginas

23,80 €

Traducción de Victor V. Úbeda




José Martínez Ros

¿Por qué es tan poco conocido en España David Mitchell? ¿Por qué demonios, en el metro, no he visto todavía a nadie leyendo una de sus novelas? Por edad, pertenece a la misma generación que otros novelista Franzen, Lethem, Chabon, Eggers o Toby Litt procedentes del mundo anglosajón, hijos bastardos, confesos o inconfesos de la postmodernidad que salen en portada en las revistas culturales y en los suplementos de libros, aunque, desde mi punto de vista, me parece un narrador muy superior a cualquiera de ellos. ¿Por qué aquí no se lo lee más?

Supongo que, en ciertas raras ocasiones, tienes la oportunidad de adelantarte al 'hype'; en mi vida paralela como lector, me he encontrado un par de veces leyendo libros de autores que, pasados unos años, estarían en la cresta de la ola mediática, pero que en ese momento eran ignorados. La primera vez fue, cuando encontré de adolescente, un libro fascinante con un misterioso título La literatura nazi en América en una pretérita edición de Seix-Barral; a pesar de que, en apariencia, se trataba de un ensayo, no tardé en darme cuenta de que, en realidad, eran pequeños relatos borgianos acerca de escritores ficticios. Algún tiempo después, Bolaño ganó el Herralde con Los detectives salvajes y lo demás es historia. Hasta la llegada de Mil otoños se habían publicado tres novelas de Mitchell, que fueron editadas y descatalogas sin pena ni gloria. Escritos fantasmas, que comienza y termina en el metro de Tokio, cuando se producen los atentados con gas de la secta “Verdad Suprema”, pero que en el curso de su trama atraviesa todo el planeta. El atlas de las nubes, en la que el recorrido es temporal y va desde un siglo XIX con ecos de Melville y Conrad a un futuro diatópico inspirado en Ballard y Orwell. Y, por último, El bosque del cisne negro, en la que narra su propia infancia en una localidad rural de la Inglaterra tacherista de los ochenta. Y, créanme, las tres son magníficas.

Ahora que, de momento, sólo lo conocen fans de la ciencia-ficción y 'freaks' varios, quiero anunciar que en un par de años a los sumo, quizás no tanto (en parte, porque los hermanos Wachowski están rodando una adaptación de El atlas de las nubes con un lujoso reparto que incluye a Tom Hanks, Halle Berry y Susan Sarandon) todo el mundo leerá a David Mitchell. Esperemos que la publicación por Duomo de esta magnífica novela, Mil otoños, acelere el proceso. Y sirva para que pronto se reediten sus -excelentes, sin excepción- obras anteriores.

En Mil otoños, Mitchell reformula la vieja novela de aventuras en ambiente exótico, a lo Stevenson (con quien se le puede comparar por su manera de definir a los personajes por sus diálogos y su economía descriptiva) y Conrad (europeos aislados al borde de un mundo extraño e incomprensible), pasados por el tamiz de la mejor literatura del siglo XX: Nabokov, Borges y compañía. Jacob de Zoet, un escribano holandés que llega a Nagasaki en 1799 para obtener una fortuna que le permita casarse con su prometida Anna; ha de pasar un mínimo de seis años aislado en una factoría comercial situada en la minúscula isla de Deshima, frente a la ciudad japonesa, frente a un imperio hostil a todo contacto con extranjeros. Pronto conocerá a sus compañeros de “cautiverio”, con escasas excepciones, la hez de Europa. Y a una comadrona japonesa, uno de los pocos nativos que tiene acceso al enclave, Orito, marcada por una deformidad en el rostro…

En un género -la novela histórica- atestado de tópicos, lleno de mamotretos con personajes que se expresan como si conocieran con un par de siglos de antelación la declaración universal de los derechos humanos o que aprovechan cualquier distracción por fusilar el manual de turno acerca del periodo en cuestión, Mitchell nos introduce en un espacio sensorial desconocido, en sus colores, sabores y formas, sin resultar pesado, y nos atrapa -después de una pausada presentación de los personajes- con una trama que alterna los elementos bélicos, amorosos, psicológicos e, incluso, sobrenaturales de forma maestra.

Mil otoños se acoge a los moldes de la novela histórica y abandona, en parte, las piruetas postmodernistas y las alambicadas estructuras de sus anteriores entregas de narrativa. Por lo que, tal vez, sea la novela ideal para iniciarse en su obra. Así que, después de leerla, busquen sus libros anteriores (tal vez tengan suerte). Y esperen los próximos.

09 noviembre 2011

El camino de baldosas amarillas lleva a Brasil


Lecciones para un niño que llega tarde

Carlos Yushimito

Duomo, 2011. Colección "Nefelibata"

ISBN: 978-8492-723-91-1

256 páginas

16,00 €




José Martínez Ros

Ha dado mucho que hablar (y cotillear) una selección de jóvenes narradores de España y Latinoamérica realizada por la revista Granta. El mayor beneficio que puede encontrar un lector en una antología forzosamente incompleta, esquemática y tal vez injusta como la de Granta es la de encontrar algún escritor del que nada sepa, una voz desconocida, por la que el hipotético lector se sienta atraído (es posible que “atraído” no sea el verbo más adecuado, sino “vinculado” o “identificado”, es muy difícil explicar lo que siente un lector más o menos fantasmal cuando halla ese escritor que parece que ha escrito para él desde siempre). Desde luego, es pronto para esperar el sucesor de un fenómeno literario global como Bolaño; pero si puede ser interesante para descubrir, al menos, un nuevo Fresán o un nuevo Ray Loriga o un nuevo Rey Rosa.

Carlos Yushimito es un joven (1977) escritor peruano, de origen japonés (y afincado en Estados Unidos), que hasta la fecha ha editado dos colecciones de relatos, ninguna de las cuales nos había llegado y, sin duda, gracias a su selección por el jurado de Granta, la misma editorial que se encarga de la revista en España, Duomo, ha tomado la iniciativa de publicarle en España. Los cuentos de Yushimito, singularmente, se ambientan en Brasil, lo que añade una dosis extra de extrañamiento al conjunto; incluso en los más realistas, hay un cierto aire onírico, artificial, sin resultar chirriante, y que es probable que se deba a que el Brasil de Yushimito procede tanto de la “realidad” como de las lecturas y el cine. Tenemos esa impresión hasta en un relato como "Seltz", una impecable historia en la que una banal seducción nocturna se vuelve una afirmación personal, en la que no hay rastro de elementos fantásticos. En cierto modo, como lector, he llegado a la conclusión de que todos, sin excepción son cuentos de hadas y que el país de el "Ordem e Progresso" es el Nunca Jamás de Yushimito. La localización es uno de los nexos de unión de este heterogéneo libro de relatos, en el que se mezclan distintas temáticas, el otro es la prosa, una prosa rica y detallista al servicio de un estilo muy clásico. Yushimito se toma todo el tiempo (las páginas) que considera necesarias para plantear la situación y describir a los personajes, lo que en algún caso juega en su contra, ya que sus cuentos llegan a volverse morosos, pequeñas micronovelas (que es algo distinto a un cuento), excepto en los más logrados, el citado "Seltz" y una pequeña joya gótica, el relato que da título al libro, una cruel y muy bella fábula de aprendizaje infantil con un final memorable. Precisamente los protagonizados por niños, en los que el autor da más rienda a su fantasía (pienso en Oz o Madureira) se cuentan entre lo mejor de Lecciones para un niño que llega tarde.

¿Es lo que estábamos buscando? La respuesta a esta pregunta es necesariamente personal. Hay textos excelentes en Lecciones para un niño que llega tarde y lo que si queda claro es que Yushimito es un fabulador con un nada ordinario talento para cambiar de escenario y tono, con una especial sensibilidad hacia la infancia. Tendremos que seguirle la pista.

09 mayo 2011

Un hombre, muchas vidas


Amor y obstáculos

Aleksandar Hemon

Duomo, 2011

ISBN: 978-84-92723-58-4

224 páginas

18 €

Traducción de Damià Alou



José Martínez Ros

Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) había recibido una beca para pasar un año estudiando en la Universidad de Chicago cuando empezó la guerra que hizo estallar Yugoslavia; por aquel entonces, quería ser crítico de rock y tocaba en un grupo. De pronto, se encontró que su país no existía, su ciudad natal había sido sitiada y sufría terribles bombardeos y su familia y amigos corrían peligro de muerte. Veinte años después, es uno de los principales escritores vivos en lengua inglesa, se le compara habitualmente con Nabokov o Milan Kundera y cada uno de sus libros es recibido con elogios casi unánimes. Pero su gran tema corresponde al gran trauma de marcó su vida: el de los perdedores de la historia, los expatriados, los nómadas por obligación, empujados a reconstruir una y otra vez su identidad. Después de un par de títulos en Anagrama, Duomo retomó la publicación de la obra de Hemon en español el año pasado con El proyecto Lázaro, una novela que nos contaba en paralelo el asesinato de un joven anarquista procedente del este de Europa por la policía de Chicago a principios de siglo y el viaje en la actualidad de un escritor bosnio a su tierra natal. Ahora nos trae su última obra, Amor y obstáculos, una novela compuesta por cuentos independientes o un conjunto de cuentos que también se pueden leer como una novela, y es una auténtica obra de arte.

El protagonista, Bogdan, es un bosnio al que, en cada uno de los ochos relatos que componen el libro, encontramos en un lugar distinto, en una etapa de una vida zarandeada por un destino fuera de su control. Puede ser el hijo adolescente de un diplomático en el corrupto Zaire de Mobutu, donde aprende unas cuantas cosas acerca de Conrad y de Led Zeppelin; un joven obsesionado por el sexo enviado por su familia a una remota localidad de la Yugoslavia comunista en busca de un nuevo frigorífico; un exiliado que vive en los barrios bajos de una gran ciudad norteamericana, entre estafadores, mafiosos, locos y crápulas, que se gana la vida vendiendo suscripciones de revistas cutres. Puede dedicar un extraordinario capítulo a recordar a su padre, un hombre que quedó marcado por la pérdida, durante la guerra, de las colmenas que constituían el más antiguo y querido patrimonio de su familia (en el que homenajea indirectamente la obra maestra de uno de sus maestros, el genial Danilo Kis, Jardín ceniza). Y en el último, encontrarse en la Sarajevo de la postguerra con un escritor norteamericano, Macalister (una figura en la que satiriza a Norman Mailer, Hemingway y otros “tipos duros” de las letras de Estados Unidos) y ofrecernos una magnífica lección final acerca de la conflictiva relación entre la ficción y la realidad. Consigue que cada uno de los capítulos esté dotado de la autonomía de un buen relato y, al tiempo, funcione como una pieza más de un conjunto mayor: la vida de un hombre que puede ser la de muchos hombres, desplazados de un lugar a otro, empezando de nuevo en sociedades que los ignoran o rechazan.

Amor y obstáculos es un libro lleno de ternura hacia sus desvalidos protagonistas y de indignación contra la brutalidad y la ignorancia, tan admirable por su estilo ligero e irónico, capaz de adaptarse asombrosamente a cada uno de los escenarios de esta proteica narración, como por el hecho de que aplica su sabiduría y talento para hablarnos de un mundo cambiante y extraño: el nuestro.