J.E. Álamo
Dolmen, 2012
ISBN: 978-84-15-29602-7
320 páginas
18,95 €
Premios Pandemia 2012 y Torno Negro 2012
Joaquín Blanes
Memorias de un hombre en pijama
ISBN: 978-84-8383-236-3
Quédate donde estásEn absoluto es igual ver una puesta en escena de una obra de Rodrigo García frente a una de Juan Carlos Rubio. El primero trata de agredir, de alguna manera, la conciencia burguesa, es el clásico ejemplo vanguardista de épater le bourgeois, mientras que el segundo se acerca más al teatro tradicional en su concepción de puesta en escena, arropándola con un toque poético, como demuestra Las heridas del viento, la primera de las obras que recopila este libro. Una obra que con sólo dos personajes es capaz de mantener la atención del lector/espectador. Su puesta en escena ha sido un éxito en Miami y en el offside de Nueva York bajo un montaje de Juan Manuel Cifuentes.
El punto de partida no es nuevo, pero sigue siendo interesante este tipo de incidente incitador. Tras la muerte de su padre, el protagonista, David, descubre entre sus pertenencias unas cartas de amor escritas por otro hombre y dirigidas a su progenitor. Desde ese momento, David decide buscar la verdad sobre la figura de su padre. Pero lo que aparentemente parece obvio para el lector/espectador en realidad no lo es, de ahí la riqueza de la trama que construye Juan Carlos Rubio en esta obra, llena de poética en los discursos vitalistas, aunque en el fondo agotados y amargos, del otro protagonista: Juan, el hombre que le escribía cartas de amor al padre de David. El final es insospechado y deja una sensación desoladora porque buscar la verdad de alguien extinto puede ser un problema.
La segunda obra es, seguramente, la más exitosa de Rubio, gracias a un plantel de actores que participaron en su estreno: Juan Luis Galiardo y Kiti Manver, un acierto en la elección de estos dos actores para los papeles protagonistas.
La historia recuerda en cierto modo a San Manuel Bueno Mártir, alguien que predica algo en lo que no cree, es el caso de Jack. Esta obra tiene un juego de diálogos muy ingeniosos en réplicas y contra-réplicas, así como una historia que se basa en el secreto dramático.
El secreto dramático es uno de los elementos esenciales en el teatro del siglo XX, podría decirse que es un como un McGuffin, haciendo una vaga analogía con el cine. Existe un secreto que silencian los personajes al espectador, un secreto del que no quieren hablar, pero que se respira en el fondo. Como el secreto de Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, el de Tío Vania de Chéjov, etc. Los secretos van dejando de serlo poco a poco y tienen mucho que ver con el sentimiento de culpa, con el psicoanálisis, con Freud y con sus reminiscencias oníricas.
La obra que cierra el libro es Arizona, una obra corta, de nuevo con dos únicos personajes (George y Magaret) donde se habla del miedo hacia el otro, hacia el inmigrante. En Arizona se habla del devastador desierto, una de las puertas de entrada de los emigrantes, concurrida y trágica. En lo que llevamos de 2009 han fallecido 161 personas intentando alcanzar un sueño que ciertamente no se logra nada más llegar, cruzar la frontera es sólo el comienzo de una vida ardua y maltrecha. Esta obra es una alegoría sobre la defensa de nuestras tierras de la llegada del otro, ese otro que, decimos, nos quita el trabajo, el dinero y a nuestras mujeres. Es una diatriba contra las fronteras. Breve e intensa, directa y sincera, dramática.
Como ya dijimos en la reseña del libro de Rodrigo García, publicar teatro es un acto de valentía, de otro modo, es difícil acceder a nuevos textos dramáticos. Por eso creo necesario el reconocimiento de editoriales como Fundamentos en su colección Espiral/teatro, Ñaque o la tan denostada SGAE, que publica obras de teatro a un precio más que asequible. Este libro nos da a conocer a un autor que comienza a ser de obligado seguimiento.
Joaquín Blanes
Hay tantas formas de enfrentarse al amor como a un acantilado. Según la manera de enfrentarnos a él variará el desenlace. No es lo mismo acercarse a un acantilado para admirar su esplendor que abordarlo para lanzarse por él hacia el abismo insondable –o tal vez tangible de unas rocas–.
Stefan Zweig.
Acantilado, 2009
ISBN: 978-84-96834-90-3
64 pág.
9 €
Traducción: Berta Vias Mahou.
Joaquín Blanes
Acantilado nos regala dos delicatessen del prolífico Stefan Zweig: Mendel el de los libros y Viaje al pasado. En ambas encontrarán el estilo cultivado, poético y refinado del austriaco.
Rodrigo García
Editorial La uÑa RoTa
ISBN: 987-84-95291-13-4
510 páginas.
24 €
Joaquín Blanes
Leer teatro es ciertamente complicado porque un texto dramático, por regla general, está escrito para ser representado. Habitualmente, como sucede con los guiones cinematográficos, se suelen publicar a posteriori, una vez comprobado su éxito y su solvencia cinematográfica o escénica. Lope, Calderón o Shakespeare no escribían para publicar sino para representar y, salvo algunos certámenes literarios que premian con la publicación y no con la puesta en escena, el texto dramático nace con la vocación aristotélica de la representación. Así que leer teatro significa visualizar de alguna manera la puesta en escena, las acciones y gestos que respiran bajo el texto. Esa es la gran dificultad de leer teatro, porque el texto es evidente, pero el sub-texto depende de la puesta en escena, de la interpretación, de las acciones físicas, incluso de las cuestiones técnicas: decorado, iluminación, sonido, etc.
Para más inri, existen muy pocas editoriales que se atrevan a publicar teatro, si exceptuamos las clásicas con los clásicos (Espasa, Cátedra y Alianza con Valle-Inclán, Lorca y Brecht, entre otros) y no digamos ya la escasez de librerías especializadas en teatro, después del cierre físico de La Avispa/Ñaque (librería-editorial) que cerró su local en Madrid el pasado junio y que subsiste únicamente como librería on-line.
Todos estos elementos no ayudan a la publicación de autores más actuales, salvo los que llevan una dilata carrera y aún así, porque no todos los textos de Juan Mayorga están publicados, y eso que hablamos de un Premio Nacional, de un autor dramático imprescindible hoy en día.
La uÑa RoTa se atreve a publicar las Cenizas escogidas de Rodrigo García, uno de los dramaturgos más prolíficos, controvertidos e interesantes del panorama escénico europeo, y digo europeo porque la mayor parte de su obra se representa fuera de España, en festivales tan notables como el de Aviñón, Delfos o París y en bienales de arte tan punteras y extravagantes como Venecia. De hecho, desde hace diez años, Rodrigo García suele preparar sus obras en la Bretaña francesa. Y digo panorama escénico porque su concepción del teatro tiene que ver con la puesta en escena y no con el decorado, con la escenografía tradicionalmente artificial.
Hace tiempo que su forma de trabajar consiste en la intuición, en la preparación de acciones físicas con los actores y, una vez construido el universo escénico, comienza a trabajar el texto dramático, siempre con esas constantes atávicas y filosóficas: la violencia, el aislamiento, la provocación, la poesía. A Rodrigo García le encantaría hacer como hacía Tadeusz Kantor, modificar la escena con el público delante, sin embargo le basta con acudir a todas las representaciones porque su concepto de puesta en escena tiene que ver con la reacción emocional del público y necesita estar presente en ese cruce entre el espectador y su espectáculo.
Rodrigo García llama Cenizas escogidas a sus obras recopiladas en este volumen porque considera que sus textos dramáticos son las cenizas que quedan después del espectáculo, pero es evidente que para entrar en el universo nihilista de García estas obras escogidas son un buen comienzo.
En este libro podemos encontrar la evolución natural de su formación, desde unas primeras obras más formalistas con tendencia a lo experimental (Notas de cocina o Carnicero español), pasando a una etapa de concienciación política casi panfletaria (Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo o Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba) hasta llegar a un presente en el que persigue un texto menos explícito, más abierto a la interpretación del espectador, incluso incitador, inductor de la reacción más visceral del público (Accidens. Matar para comer, Versus o Esto es así y no me jodáis).
Para Rodrigo García, que últimamente se siente más atraído por las artes plásticas que por el teatro, la materia con la que trabaja son los cuerpos de los actores, por eso el texto ha dejado de ser lo principal, sin embargo, le resulta imprescindible trabajar sin texto, aunque sea proyectado, como sucede en Accidens, esa polémica performance en la que se enfrentan un actor y un bogavante.
Cenizas escogidas abre dos puertas: La primera es la de reconocimiento, transitada por los espectadores incondicionales de su teatro que quieren recuperar, a través de la lectura, aquel momento único de la representación. La segunda puerta que se abre es para nuevos lectores, los que tengan curiosidad por entrar en el mundo particular de Rodrigo García y a través de esa peculiar cosmogonía, tiempo después, acercarse a ver una puesta en escena de este autor original e inteligente.
No es tan difícil encontrar obras de Rodrigo García representadas en nuestro país por compañías independientes, la última que tuve oportunidad de ver, con una propuesta arriesgada por parte de la compañía Teatro A’llado y una buena interpretación del actor Pedro Aguilera, convertía en monólogo Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo y reproducía muy bien el universo ancestral de Rodrigo García.
Julio Cortázar
Alfaguara, 2009
ISBN: 9788420423319
488 pág.
21,50 €
Joaquín Blanes
¿Traicionó Max Brod el deseo último de su amigo Kafka? Sin duda, pero esa traición nos dio singular placer a los lectores. ¿Traicionó María Kodama la voluntad inédita de Borges cuando manifestó que prefería mantener escondidos en gavetas sus escritos de juventud antes que verlos publicados (irónica visión)? Seguramente; y sin embargo el error no fue de Brod o de Kodama, sino de Kafka y de Borges por no tener el impulso destructor y quemar ellos mismos sus escritos. Cuando Cortázar deja como albacea de sus textos a Aurora Bernárdez, está claro que concede todos los derechos para que ella disponga libremente de sus escritos, así que en este caso no hay traición alguna, sólo falta de decoro.
Cómo bien dice Carles Álvarez Garriga en el prólogo, aquí se enfrentan dos bandos: lectores-héroe que “quieren leer hasta las notas para el panadero” vs. lectores-vinagreta que “consideran una traición a su memoria” la publicación de los descartes que hizo el escritor.
Es natural este enfrentamiento, a veces enconado, cuando el libro no es una novela inconclusa que otro autor decide acabar por evidente interés editorial (como sucede con Asesinatos S.L. de Jack London) o un manuscrito hallado en un bolsillo o en una cartera que se edita por su calidad literaria y documental (como fue el caso de El primer hombre de Albert Camus). Papeles inesperados está formado por una heterogeneidad de textos propia de los libros-almanaque tan queridos para el Cortázar adulto, a ese grandullón que, en vista de las peculiares acciones terroristas de la Joda o las aventuras de su alter ego, ese tal Lucas, uno no puede evitar pensar que Cortázar fue siempre un irrefrenable y simpático niño grande.
El libro contiene textos manuscritos, nunca publicados, y otros que sí fueron publicados en revistas o programas de mano pero nunca vieron la luz como libro. Los editores abren fuego con una colección de relatos inéditos que no son obras maestras pero sí sobradamente reseñables, especialmente la pomposa ironía de “La daga y el lis. Notas para un memorial”. Después continúan rescatando más historias de cronopios, bastante prescindibles (por alguna razón Cortázar no los incluiría en su momento) y un episodio aislado de Libro de Manuel que es como una hoja seca, que desligada del árbol no sirve para nada, salvo para hacer hojarasca. Continúa el libro con algunos textos de la serie Un tal Lucas y volvemos a tener la misma sensación de encontrarnos con textos accesorios e innecesarios, salvo para el lector-héroe que gusta de leer hasta los programas de mano de las exposiciones.
Estos textos, aislados de su personalidad natural (el libro concreto de Historias de cronopios, Libro de Manuel o Un tal Lucas) producen una sensación descorazonadora para quien admira la magna obra de Cortázar. No obstante, el libro alza el vuelo de una manera fulgurante cuando comienzan los “Momentos” y “Circunstancias”. En estas dos secciones encontramos textos de una calidad literaria irreprochable, pero sobre todo de una validez documental imprescindible para el que desee indagar en la figura humana de Cortázar más que en el Cortázar escritor.
Nadie obvia ya su simpatía por el régimen castrista y los movimientos marxistas de América latina, especialmente cuando Cortázar entraba en la senectud. En una carta enviada a Jean L. Andreu en 1982, manifiesta lo siguiente: “Cada día siento más admiración por los nicas; qué gente admirable frente a las dificultades y los peligros. Diariamente están a la espera de una invasión de somocistas manipulados por los USA”. Un año más tarde, después de la pérdida de la osita Dunlop, parece como si no le importara el riesgo y se adentra, junto a Sergio Ramírez, en la frontera con Honduras, para estar en primera línea de fuego y conocer, de primera mano, los avances somocistas.
En Papeles inesperados, encontramos un jugoso escrito para la revista Life en español donde Cortázar no tiene miramientos y manifiesta esa querencia marxista: “Algún otro lector igualmente sobresaltado se estará encogiendo de hombros al darse-cuenta-de-la-verdad: Julio Cortázar es comunista, y por consiguiente ve enemigos escondidos en cada botella de la pausa que refresca” (229), aunque luego aclara que su ideal socialista no pasa por Moscú sino que nace con Marx.
El grueso central de Papeles inesperados es el más interesante para acercarse al universo Cortázar, junto con las “Entrevistas ante el espejo”; incluso son significativos los “Fondos de cajón”, textos breves y poéticos que se acercan al final sosegado y más personal de Julio Cortázar: sus poemas. Hay que querer mucho a este cronopio para gustar de sus poemas. Aunque contienen imágenes hermosas y algunos poemas están correctamente construidos, como “Las buenas conciencias” o “Mi sufrimiento doblado…”, Cortázar siempre incluyó sus poemas en los libros de un modo silencioso, casi inadvertido, para no alertar al lector y alejarlo del epicentro de su obra: la narración.
Este cajón de sastre tiene sus defectos porque es un libro para lectores habituales de Cortázar, lectores-héroe o mitómanos, personas acostumbradas a sus ejercicios de estilo y su trueque con los lados de allá y de acá; pero también posee la virtud de recuperar el entusiasmo por Cortázar, con textos que pueden abrir la puerta a personas osadas que quieran descubrir que la realidad, como nos enseñó Cortázar, tiene más aristas de las que a simple vista podemos ver.