Mostrando entradas con la etiqueta Blanes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Blanes. Mostrar todas las entradas

27 septiembre 2012

Un Mike Hammer castizo

Tom Z Stone

J.E. Álamo

Dolmen, 2012

ISBN: 978-84-15-29602-7

320 páginas

18,95 €

Premios Pandemia 2012 y Torno Negro 2012



Joaquín Blanes

¿Quién recuerda a Stacey Keach y su inseparable bigote dando vida a Mike Hammer? ¿Quién recuerda la trompetita del 'opening' con esa tonada 'sweet jazz'? ¿Quién recuerda cómo amartillaba la pistola, cómo echaba humo como una fogata hecha con leña húmeda? Aquello sí que era un tipo duro y no lo que se ve ahora en los gimnasios. Tanto duro de proteína y aminoácidos sin un pelo en el pecho que llevarse a la boca. ¿Cómo olvidar el Philip Marlowe creado por Raymond Chandler, que interpretaran Humphrey Bogart en El sueño eterno o Robert Mitchum en Adiós muñeca? Esa dureza reflejada en la piel tosca, agrietada y curtida, esos rostros impasibles ante un revólver que les apunta a la cabeza, esa desgana e ironía natural a la hora de hablar, esa misoginia atávica que les llevaba a detestar a cualquier ser humano, salvo a las mujeres de piernas afiladas y generoso escote enarcado en un vestido sugerente a modo de rica ofrenda. Y es que hay que ser muy hombre para enfrentarse a la muerte, hay que ser muy varón para sobrevivir a los ataques y encerronas de los villanos, soltando una deslenguada frase que termina en bronca, tortazo, cabezazo o patada en las costillas.

J.E. Álamo recupera a ese tipo de detectives, pero no deja que la dureza sea sólo cosa de investigadores privados o de salvajes psicópatas capaces de meter en una alfombra persa el cadáver de uno de los suyos; también Mati, la ayudante de Stone, tiene los mismos modales que un doberman en ayuno. Aquí todos tienen unas maneras y unos protocolos más propios del Príncipe Harry que de casta nobleza.
 
J.E. Álamo los recupera de forma original, porque el protagonista es un Zeta, un reanimado, un muerto que ha vuelto a la vida, como los Beatles o como el mítico futbolista George Best, todo después del FR, el Fenómeno de Reanimación, al que diversos científicos quieren aplicar la lógica de probetas y manuales, mientras Tom Z Stone, se enfrasca en un complicado caso de chantaje, secuestro y, como no, asesinatos. 

Lo más destacable de este personaje, lo más destacable de la novela, es la fugacidad con la que se deja leer, el gozo con el que uno recupera a esos detectives imposibles. Todos sabemos que la mayoría de detectives son personas familiares, con una desarrollada alopecia difusa a modo de cartón o frente despejada, que sufren de varices, halitosis, aerofagia, hernia de hiato, dispepsia, cólicos nefríticos, alergias a los ácaros o a los pijamas de franela… en definitiva, que son mortales y por ende humanos. Pero Stone, amigos míos, no lo es, y por eso le trae al pairo lo que piensen los borregos, digo, las personas comunes, las que siguen vivas. Él es un muerto viviente y tiene un carácter que da gusto, llama a las cosas por su nombre, al gato lo llama Gato, al Gran Louie orangután y a Garrido, gilipollas, pero con cariño.

La trama es de lo más interesante, agarra, aprisiona y atrapa, además, el autor, va colgando algunos detalles que hacen sospechar al lector ducho en este género de quién es el culpable de todo y en este caso, lo siento mucho, no es el mayordomo, a ese se lo cargan.

Dolmen ha apostado fuerte por una línea Z que está dando gran satisfacción a sus editores y a un buen número de lectores que adoran este género, y es revelador observar las vueltas de tuerca que pueden darse a un tema aparentemente manido y sobado como son el de las madalenas en el desayuno de un niño y el de los Zombis, zombies para los más cultos.

Y lo mejor de todo, es que esto es sólo el comienzo, porque Tom Z Stone, será pronto una serie a tener en cuenta y seguirá dando por saco en la ciudad, resolviendo casos o, en su defecto, metiéndose en fregados que ahuyentarían al más pintado, incluyendo a esos tipos de gimnasio hinchados como el corcho y depilados como una brasileña.

07 septiembre 2012

Literatura artesana




Revividos

Ralph Barby

23 escalones, 2011. Selección "Pulp Ficción"

ISBN: 978-84-15104-80-3

106 páginas

3,5 €

 

 
Joaquín Blanes

A pesar del olvido y la mala memoria, todavía hay personas que se acuerdan de aquellos “bolsilibros” de Bruguera, los libros de a duro que primero vendían en los quioscos y luego intercambaban ávidamente lectores como mi abuelo, del que heredé una gran colección de estos libros.

Algunos recordamos a Clark Carrados o Curtis Garland, autores que tenían que firmar con pseudónimo anglosajón para ser más vistosos, para vender más, para que pareciera que nuestra literatura artesana venía de otros lares y era más internacional, más cosmopolita, más culta. Otros tuvieron que cambiarse el nombre por cuestiones políticas, pero esto es otra historia y además una historia negra de nuestra España más sucia.

Ralph Barby ha sido, durante años, uno de esos escritores que cambió su nombre original por un pseudónimo para poder publicar cerca de 1.000 novelas y y vender casi 15 millones de ejemplares, que no es moco de pavo, si dejamos de lado todos los 'Best Seller' que nos llegan de EE.UU. y que se venden como rosquillas a pesar de su calidad ínfima, basta recordar El código Da Vinci, insufrible libro infamemente escrito.

Ralph Barby es un autor sin duda de lo más prolífico, porque en una edad, digamos avanzada más allá de los cincuenta, sigue teniendo la energía y la vitalidad para escribir cada día algo nuevo, sin dejar que su imaginación envidiable se agote. Ha escrito todo tipo de libros y de géneros, desde el Western, haciendo sombra a Marcial Lafuente Estefanía, pasando por la Ciencia Ficción, por el terror, por la novela juvenil, hasta incluso, como es el caso, por tratar el tema de los zombies de una forma racional, siempre justificada; porque como él bien dice, un zombie no piensa, lo que no da juego para crear un personaje y en el espacio, resultaría ridículo sacar un revólver.

He leído y disfrutado de varios libros de Ralph mucho más que de algunas novedades que han recibido unas críticas honorables y que me han parecido un ladrillo insoportable. Ralph barby posee una agilidad en la descripción y en el diálogo que convierten sus novelas en pura adrenalina, porque además, es capaz de incluir puntos de giro en el momento oportuno. cuando sabe que el lector está empezando a sospechar de algo o de alguien, ¡zas!, rompe la dinámica y genera un punto de giro tan inopinado como alentador.

Contar de qué va esta novela es atentar contra la integridad de la emoción de lo desconocido, pero puedo adelantar que los seis personajes que aparecen en escena están tan bien definidos que, evidentemente, cada uno de ellos se moverá según su idiosincrasia. Dennis Hammon  es un rico ególatra, pero su mujer Laura puede llegar a ser peor que él. Así como Helen es una secretaria aparentemente poco atractiva pero con una delicadeza que llega a embaucar al fornido deportista Jack J. Jubal, digamos que el héroe más sensato de esta historia. Y luego está Erka, la ama de llaves, que como en todas las historias conocidas, como Rebeca o El jovencito Frankestein, resulta tan inquietante como misteriosa, siendo como es, aparentemente, una mujer sencilla.

Podríamos denominar esta historia como una historia de zombies, porque de algún modo los muertos vivientes están presentes y van a resultar de lo más temido; pero Ralph Barby tiene la cualidad admirable de dar una razón sólida a lo que en otras circunstancias sería una historia de zombies gratuita, como esa pesadez de The Walking Dead.

Es una lástima que la editorial 23 escalones fracasara en el intento de renovar los "bolsilibros" con la colección "Pulp Ficción", de la que sólo pudo editar tres números y que, de momento, parece estar en standby, a la espera de un golpe de suerte o de una nostálgica recuperación de lo que son unos libros verdaderamente entretenidos, de fácil y fugaz lectura, absorventes y de una calidad literaria que ya le gustaría tener a otros 'Best Sellers' de gran renombre y abultados números de venta pero carentes de una prosa cuidada y de un temática lo suficientemente interesante como para adentrarse en su lectura y no querer abandonarla, como le sucede a este libro del indomable Ralph Barby.

Recuperemos la memoria y la tradición de estos libros que dieron tantas horas de satisfacción a personas como mi abuelo y que siguen estando en una posición destacada, a pesar de nuestra mala memoria, ya que tienen una agilidad literaria que a más de uno le gustaría poseer.

18 abril 2012

'Sitcom' en viñetas

Memorias de un hombre en pijama

Paco Roca

Astiberri, 2011

ISBN: 978-84-15163-31-2

140 páginas

16 €


Joaquín Blanes

Existen tantos nombres para la historieta o el cómic que es difícil saber a cuál de ellos aferrarse para describir determinadas obras de este género. Si narrativa gráfica, como proponía Will Eisner, por ser un arte secuencial; si viñeta por dibujarse en este tipo de marcos; si tira cómica, por su gracia; si TBO, si la madre que parió al cordero. En cualquier caso, lo que importa es el contenido de la obra y no su definición exacta, que es más cosa de semióticos e ínclitos entusiastas de catalogarlo todo, como hace mi madre con los 'tuppers' que guarda en el congelador.

A la espera de que el próximo 20 de abril publique su última obra con Astiberri: El juego lúgubre, hacemos un repaso al último libro publicado hasta la fecha por Paco Roca: Memorias de un hombre en pijama.

Esta historieta o cómic está diseñado al estilo de las tiras cómicas que solían publicarse en los periódicos anglosajones. Un ofrecimiento del periódico Las Provincias y que después Astiberri recopiló para transformarlo en libro. No hay nexo entre una historia y otra, no existe una continuidad narrativa, son situaciones cotidianas, autobiográficas, en la vida de un dibujante de cómics que celebra la ofrenda del día laboral en pijama. De hecho, en la presentación del libro, Paco Roca acudió con esta prenda de vestir que tanto le gusta.

Existen, eso sí, un sinfín de estereotipos propios de un hombre madurito, entrado en los 40, cuyas situaciones cotidianas las refleja con una imaginación y un humor que simpatizan con el lector y hace que, los que andamos en esa ominosa etapa de madurez, nos veamos reflejados con facilidad, sonriendo con agrado ante ciertas situaciones de nuestra vida que, por alguna cuestión, todos hemos vivido. Porque todos tenemos un amigo Aries que pasa las noches de soltero acodado a una barra buscando presa fácil, todos nos hemos reunido alrededor de una mesa con viejos amigos para descubrir que la alopecia es una dolencia común entre los hombres, que los que tienen hijos tienen toque de queda, que el ardor de estómago después de una comilona y dos copas de más es un paradigma incuestionable y que, como decía Ambrose Bierce, embriagarse, no es más que "celebrar con ceremonia apropiada el nacimiento de un noble dolor de cabeza".

Y esto es sólo el principio, porque luego están ellas, las mujeres, también con sus estereotipos reconocibles. Porque cuando hacemos oídos sordos a los que nos aconsejan nuestra señora, aunque parezca más bien un mandamiento, después recibimos la consabida sentencia de: "¿Ves como te lo dije?".

Podemos tomar como ejemplo las 'sitcoms' americanas, desde Friends hasta Reglas de compromiso, elaborar un listado de idiosincrasias de cada uno de los personajes y nos daremos cuenta de que si algo así sigue funcionando, es porque los estereotipos son tan ilustrativos como necesarios para tomarse la vida con un poco de sentido del humor y aligerar el peso de los años.

Este libro es un excelente muestrario de esas situaciones habituales y comunes en todos nosotros y si no en nosotros mismos, siempre podremos identificar a Piscis, Aries, Virgo o Acuario con alguno de nuestros conocidos.

Las virtudes de Paco Roca no son puntuales, nada más lejos de la flauta y el asno. Con Arrugas obtuvo el Premio Nacional de Cómic en 2008, porque esa obra, ahora adaptada al cine, posee la dignidad de mostrar una enfermedad como el Alzheimer con un delicado sentido del humor que hace de la obra una joya indispensable para todo aquel que guste de este mundillo de carboncillo y tinta china. Aunque también es cierto que es una historia a la que muchos no han podido acercarse por el miedo a recordar lo que con frecuencia rodea a nuestros abuelos.

Con El invierno del dibujante, realizó una obra bastante digna y con estas Memorias de un hombre en pijama, por poner un par de ejemplos, Paco Roca demuestra que nada es gratuito, que detrás de sus obras hay un trabajo de observación y dedicación muy envidiable. No existe en él un acierto aislado, porque tiene la sensibilidad, el humor y el ingenio de actualizar los roles para potenciar las situaciones cotidianas en los que las cuestiones más elementales de convivencia y trato entre pareja y amistades son tan reales que uno se ve reflejado en ellas sin acritud, asintiendo mientras sonríe al verse en el espejo de las relaciones humanas. Arrugas fue un éxito merecido, El invierno del dibujante debería haber tenido más repercusión de la que tuvo, Memorias de un hombre en pijama parece haber funcionado bien, y a la atenta espera de El juego lúgubre, deseamos que el trabajo de este valenciano no decrezca en calidad y su reconocimiento siga creciendo y no caiga en el olvido, que es lo que suele pasar tiempo después de recibir un honroso Premio Nacional.

No existe la suerte, existe el esfuerzo, el devanarse los sesos continuamente por sacarle punta al lápiz (permítanme esta metáfora tan pueril tratándose de un cómic) y establecer un diálogo continuado con el lector de estas viñetas que puedo asegurar resultan como ese amigo gracioso que todos tenemos que cuente lo que cuente, sólo por el modo en que lo narra, ya nos produce una risa llena de camaradería.

09 abril 2012

Nuevos aires en la dramaturgia



Grooming

Paco Bezerra

Artezblai, 2012

ISBN: 978-84-939657-0-9

65 páginas

9 €




Joaquín Blanes

Sin duda hay una nueva hornada (me gusta esta palabra, me recuerda al pan recién hecho, al tacto crujiente de la corteza y a la ternura de su miga caliente); una nueva hornada de dramaturgos que están abriéndose paso entre la vieja escuela de Sinisterra o Alonso de Santos y genialidad incontestable de Juan Mayorga o Juan Cavestany (sólo hay que ver Hamelín o Urtain para apreciar estos dones).

Autores como Juan Carlos Rubio, que dentro de una corriente, digamos, más comercial, escribe y pone en escena obras con una estructura muy singular (Humo o Tres); otros como David Desola que con La charca inútil o Gracia Morales con NN12 llenan el escenario con problemas sociales enriqueciéndolos con una sensibilidad inusitada y muy atractiva. Hay otros, más bien otra, como Angélica Lidell, que buscan romper la tranquilidad del patio de butacas y hacen que se remuevan los espectadores en sus asientos, incómodos ante la brutalidad de lo que están viendo, que no es más que un reflejo singular de nuestras propias miserias.

El caso de Paco Bezerra es curioso, porque, si no recuerdo mal, es el primer dramaturgo que obtiene el Premio Nacional de Literatura Dramática sin haber estrenado una pieza en condiciones, cuando digo en condiciones me refiero en un teatro conocido y con una compañía formal. Este almeriense sorprendió con su obra Dentro de la tierra, porque tiene la particularidad de afrontar temas sociales bastante delicados de poner en escena, porque hieren la sensibilidad del espectador acomodado, del espectador del teatro comercial, del espectador herencia de la astracanada de Pedro Muñoz Seca y su Don Mendo.

Ahora publica Grooming en Artezblai Editorial y El Teatro de La Abadía, dirigido por José Luis Gómez, estrenó el pasado 1 de febrero en Madrid la puesta en escena de esta obra. Paco Bezerra carece de poética, tiene un lenguaje directo, lleno de referencias cinematográficas y actuales, no escribe pensando en lo onírico sino en la expresión directa. Juega con el secreto dramático, bastante previsible en esta obra, y con el intercambio de roles, protagonista-antagonista, el hombre es un lobo para el hombre, nadie es candoroso 'per se', nadie es malo sin una disfunción atávica. Esto ya lo mostró hace mucho Tenesse Williams con sus complejos personajes de El zoo de cristal o en Un tranvía llamado deseo, la bondad y la maldad habitan en el interior de las personas y se muestra o aflora según qué condiciones.

Sin embargo, Paco Bezerra tiene un don, que es el ritmo en los diálogos, la propensión a presentar con humor situaciones frágiles o molestas; aunque realizar una felación en el teatro ya no es cosa de asombro, acostumbrados a La Fura del Baus o a la mismísima Angélica Lidell. Una cuestión que resulta más gratuita que necesaria para el desarrollo de la trama, tal vez por esa tendencia postmoderna de poner en guardia o desagradar al público para llamarle la atención; hay otras maneras para incomodar al público, basta con el tema que se trata, hubiese bastando con la tensión que se genera en ese 'chat' que mantienen los dos protagonistas. En este caso la obra no precisa de ese detalle felatorio porque la obra en sí es molesta por el tema, el ciberacoso sexual a menores, es decir, 'grooming', anglicismo que agrada tanto a la psicología moderna. Como bien dice la protagonista: “Te diré por qué: este país está lleno de paletos que piensan que el castellano es poco técnico y que estas cosas quedan mejor en un idioma que nadie entiende.”

El cambio de roles es esperado en todo momento, porque con sólo dos personajes en la obra, se sabe, que la sumisión y la dominación se intercambiarán en cualquier momento. La cuestión es en qué momento y por qué razón, y para eso, tendrán que leer la obra, ir a verla al teatro o ambas cosas.

En este caso y aunque se trate de una crítica del libro, como en todo lo referente al teatro, una obra se escribe con la intención de ser representada. Ningún dramaturgo escribe para publicar, esto es un extra que, tal y como está el mundo de la edición teatral en este país, es una hazaña que sólo se atreven a realizar determinadas editoriales: Alianza porque tiene a los clásicos, Tusquets porque tiene, entre otros a Dürrenmatt, La uÑa Rota en pequeñas dosis y Ñaque y Artezblai porque tienen una vocación y una valentía que ni siquiera el mal momento que pasa la publicación teatral les hace perder la ilusión y el arrojo que deberían tener otras editoriales.

La puesta en escena que ha realizado José Luis Gómez es excepcional, tal vez el tempo, como dice un buen amigo, el “tempo Abadía” la haga en determinados momentos excesivamente lenta; pero Gómez le ha sacado partido en varias cuestiones: la primera en el universo onírico que la obra original no destaca, el tema de Alicia en el país de las maravillas, ese comienzo con el conejo es formidable; la segunda es que ha sabido interpretar con sabiduría el humor que esconde el texto y que José Luis Gómez ha querido mostrar con algunos guiños muy divertidos como el detalle del coche. Lo que es cierto es que el teatro afronta un nuevo reto y es que tiene que abrirse a las nuevas tecnologías, algo que ya está en la obra de Bezerra y que la dirección de escena ha sabido incluir justificadamente como un elemento más que ayuda a la historia a completarla y no a proyectar elementos anodinos que no apoyan el texto sino que lo entorpecen o acallan.

07 septiembre 2010

Inmundicias

Los demonios del edén
El poder que protege a la pornografía infantil


Lydia Cacho

Debolsillo, 2010

ISBN: 978-84-9908-333-9

207 páginas

8,95€



Joaquín Blanes


Si existe algo más lesivo para nuestra sociedad que la estulticia del poder es, sin duda, la inmunidad que concede el poder. Si pudiéramos conocer el contenido de algunas valijas diplomáticas seguramente nos llevaríamos las manos a la cabeza. Recuerdo, con inquietud, una boda a la que un diplomático trajo como presente un extraño roedor australiano imposible de obtener de modo legal. Esto es sólo un ejemplo nimio de lo mucho y temible que puede llegar a contener una valija diplomática. Alguna que otra vez se ha sabido que en dichas valijas viajan piezas de arte de incalculable valor y otras excentricidades de las que gustan los diplomáticos, basta con echarle imaginación y acertarán.
La corrupción en la política no es únicamente conocida sino también consabida y tolerada por el ciudadano como un tributo más de los muchos que soportamos. Algunas encuestan admiten la corrupción como cosa habitual entre nuestros políticos sin menoscabar en la firmeza política de un candidato, de otro modo sería impensable que Berlusconi siguiera gobernando Italia, que el señor Camps volviera a ser candidato por Valencia o que algunos políticos ya condenados por prevaricación formen parte del Consejo de Administración de una conocida empresa de aguas.
En definitiva, nada nos salva del naufragio pero, al menos, nosotros, occidentales de clase media, sufrimos con cierta dignidad esta ignominia; con dignidad y sosiego, porque hace tiempo que dejamos de actuar a pesar de todas las vejaciones que cometen con nuestros salarios, nuestras pensiones, con el dinero o la enseñanza pública, etc.
Sin embargo hay otras personas indefensas que sufren el embate execrable de estos vándalos del poder. No quisiera parecer una plañidera de sepelio o un contertulio de ese conocido canal de televisión incendiario, sólo quisiera hacer notar la importancia de libros que reflejan la realidad, a modo de crónica o artículo de fondo bien documentado, con nombres y apellidos, con los que podamos ser conscientes de la gravedad del asunto y, como ciudadanos, tomar cartas en el asunto, si es que todavía nos queda capacidad de maniobra.
Lydia Cacho es una periodista mexicana, activista de los derechos humanos y atenta combatiente del feminismo razonable. Ha sido amenazada de muerte en varias ocasiones, siempre después de desenmascarar las tropelías de gente con mucho poder. Tras publicar Los demonios del edén fue secuestrada por orden del gobernador del estado de Puebla bajo la amistosa petición del empresario libanés Kamel Nacif Borge, socio y compadre del también libanés, nacionalizado mexicano, Jean Thouma Hanna Succar Kuri, el “Johnny”, protagonista del libro en el que la periodista saca a la luz el entramado obsceno de pornografía infantil que existe en Cancún, como parte del turismo sexual que tanto placer ha dado a varones descerebrados, un quiste difícil de estirpar mientras proporcione tan pingües beneficios a mucha gente.
El libro va desmenuzando, con exhaustivos detalles y testimonios, la red de pederastia y pornografía infantil desarrollada por Succar Kuri con la anuencia, incluso participación, de los poderes políticos del momento, personajes de la vida política de México que en la actualidad ostentan (no se me ocurre otro verbo más definitorio) cargos de renombre en el gobierno mexicano.
Es demoledor encontrar los testimonios reales de niñas que desde los trece años fueron forzadas a practicar sexo con Jean Succar que, a su vez, grababa dichos encuentros para luego enviar dichas grabaciones a sus amigos y a su esposa, Gloria Pita, que diseñaba páginas web con este material. Del mismo modo, guardaba los vídeos para poder extorsionar a las víctimas, algunas hijas de familias acomodadas que prefirieron olvidar esa época atroz antes que denunciar al libanés y verse envueltas en el torbellino de los medios de comunicación.
Sólo el valor de una de esas niñas, nombrada en el libro como Emma, que tuvo el coraje de denunciar los abusos de Jean Succar, consiguió destapar el entramado que había montado el libanés en Cancún, un hombre con dinero rodeado de amistades poderosas que le dieron una inmunidad vergonzante.
Delatar a Jean Succar no fue fácil para Emma porque tuvo que recordar los encuentros abominables con este individuo y porque luego fue esquilmada públicamente por la prensa y por los políticos que mencionó en su declaración. La víctima pasó a convertirse en culpable ante la opinión pública y el trabajo y la tenacidad de Lydia Cacho y otras personas y organizaciones con el coraje que nos falta a la mayoría, consiguieron sus frutos después de mucho empeño; aunque sólo fuera una victoria parcial, conseguir la extradición de Jean Succar a México desde Estados Unidos, donde se había refugiado y donde fue detenido, y poder juzgarlo y condenarlo por estupro, abuso de menores y pornografía infantil.
La parte final del libro trata de hacernos reflexionar sobre la visión androcéntrica que predomina en nuestra sociedad, sin ser una proclama feminista sino una sencilla y sincera declaración de principios éticos que deberíamos poseer y transmitir de forma natural y que, por el contrario, todavía no poseemos.
Comprendo que una crítica debería ser aséptica, pero ante un libro tan sentido como éste es imposible abstraerse de condenar públicamente los hechos, a las personas involucradas y dar un toque de atención a comportamientos que todavía nos parecen normales y que seguimos consintiendo, estigmatizando, por ejemplo, a las prostitutas y salvando de la quema a los individuos que utilizan sus servicios.
Pocos nos detuvimos a pensar que el último libro de García Márquez en realidad sublima el abuso sexual infantil, porque Memoria de mis putas tristes comienza del siguiente modo: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. (...) Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible”; y ya no vale excudarse en que es literatura, porque el teatro también es literatura y Juan Mayorga en Hamelín trata el tema de la explotación infantil, del abuso del poder y de la intromisión dañina que pueden provocar los medios de comunicación, y lo hace de una manera también literaria, como García Márquez, pero sin complaciencia, sin permisividad, con un discurso duro, reflexivo y directo, que noquea al espectador.
Leer Los demonios del edén deja un devastador sentimiento de impotencia cogido al estómago, porque muestra lo que todos sabemos, la inmundicia del poder que se sabe protegido e inviolable.

01 septiembre 2010

Lecturas de verano

Testigo de cargo

Agatha Christie

(Trad. C. Peraire del Molino)

RBA Bolsillo, 2010

ISBN: 9788498676761

176 páginas

8 €


Joaquín Blanes

Está en la naturaleza humana el pecado capital de la Pereza y nada hay de vergonzoso en ello, menos aún si el verano es excusa para practicarla. Especialmente extendido durante este periodo, la Pereza se crece con la canícula y la astenia, el calor asfixiante ralentiza los movimientos y el cerebelo se vuelve más denso, perdiendo tensión y ritmo. En esos casos, nada mejor que hacerse con una lectura liviana. Dejárse de voluminosas injundias metafísicas o farragosos Bestsellers y meterse de lleno en los clásicos más ligeros.

La profusa creatividad de Agatha Christie tiene, como toda materia dominada por la abundancia, momentos excelsos y momentos peripatéticos, pasajes de una lucidez abrumadora y párrafos de un ripio deleznable -por algo Agatha Christie dedicó parte de su trabajo a la novela rosa bajo el pseudónimo de Mary Westmacott-; pero su vida estuvo dedicada a la intriga, a la confabulación, al complot, al contubernio e incluso obró con el ejemplo. Existe un episodio enigmático en su vida, en 1926, en el que la escritora desapareció durante once días dejando una simple nota a su secretaria diciéndole que se iba a Yorkshire. Los motivos de su desaparición nunca fueron esclarecidos, algunos biliógrafos sostienen que se marchó después de una crisis nerviosa cuando su marido confesó tener una amante y le pidió el divorcio, otros creen que todo fue un montaje, una treta publicitaria de la escritora. En cualquier caso, la ironía de Agatha Christie consistió en hospedarse en un hotel cercano a Yorkshire bajo el nombre de Teresa Neele, cuando la amante de su marido se llamaba Nancy Neele, lo que nos permite discernir el carácter sátiro y libresco de la escritora británica. El episodio de suspense y misterio existió, la prensa se hizo eco y los fanáticos seguidores de la escritora se estremecieron ante la posibilidad de una ausencia definitiva.

En relación a la producción de novelas de misterio, todo el mundo conoce, al menos de oídas, alguna de las historias de Agatha Christie: Diez negritos, Asesinato en el Orient Express o Un cadáver en la biblioteca (probablemente este libro fuera el origen de ese juego de mesa tan conocido); o bien, inevitablemente ligados a las series televisivas, todo el mundo debería conocer personajes como Hercule Poirot y Miss Marple. El género por excelencia de Christie fue el Whodunit (Who['s] done it? - ¿Quién lo hizo?), que aquí, menos originales en nuestra designación de géneros denominamos novela policiaca o novela negra. En este estilo sería harto complicado no repetirse en los modos de acabar con una víctima, los asesinos de ficción tienen una imaginación limitada y en muchas ocasiones un leitmotif que provoca reiteración, no hay que olvidar que Agatha Christie trabajó en el dispensario de un hospital durante la Primera Guerra Mundial y eso la acercó a conocer el prodigioso mundo de los venenos y a terminar con la vida de muchos de sus personajes con este silencioso método.

Entre su magna producción existe un libro de relatos indispensable para entender el ingenio de la escritora y fundamental para introducirse en el universo intrigante de su creación. Testigo de cargo, que primero fue un relato breve, después una obra de teatro y, finalmente, una magnífica película dirigida por Billy Wilder en 1957; presenta nueve relatos en los que, de alguna manera, puede intuirse la escritura de otros talentos con malaleche como Roald Dahl y sus Relatos extraordinarios.

El relato que da nombre al libro genera en el lector la desazón incómoda la cuál no puedo desvelar, naturalemente, sin fastidiar las vueltas de tuerca que contiene el relato. "La señal roja" es un intrincado e interesante relato conspiratorio muy apetecible de adaptar al cine o a la televisión. "El cuarto hombre" retoma los encuentros fortuitos en un tren de varios conocidos que hablan sobre teología y un cuarto individuo, totalmente desconocido que les narrará la extraterrenal historia de Felicie Bault. "La radio" es uno de los mejores relatos del libro e irradia una malevolencia y una mordacidad infrecuente en la racionalidad de Agatha Christie; recuerda mucho la perversidad de algunos relatos de Dahl, y en el mismo estilo continúa "El misterio del jarrón azul", al que se añade la misoginia inofensiva de Patricia Highsmith, que pasa a ser ofensiva y truculenta en el siguiente relato, "Villa Ruiseñor", título sarcástico, sin duda, que continúa en esa línea en "Accidente", con un excelente final.

"El segundo gong" cierra el libro y presenta un caso típico del inspector Hercule Poirot, quizás sea el relato más desabrido e insustancial, porque retoma la línea tradicional basada en explicar, punto por punto, los motivos del asesino y el procedimiento que ha seguido para acabar con una o varias de las víctimas. Prescindiendo de este relato, el libro es un magnífico entretenimiento estival o, si se prefiere, un fantástico relajante muscular antes de regresar al tajo y poner en tensión el cuerpo, la mente y el extracto bancario, como hacemos cada principio de septiembre.

26 abril 2010

Contra la vanidad

Tarde o temprano
(Poemas 1958-2009)

José Emilio Pacheco

Tusquets, 2010

840 páginas

ISBN: 978-84-8383-236-3


28€





Joaquín Blanes

Somos la vanidad más burda e insensata, prueba de ello está en algunas cadenas de televisión que fomentan la estulticia como forma de vida y el entretenimiento insustancial, la lobotomía mediática, como confort y recompensa a nuestra vida agitada. El protagonista es ahora el más idiota, la sensatez es repudiada y la cultura se repele como si fuera una mosca cojonera. La razón es relegada a un segundo plano, a la caverna de horarios imposibles; salvo honrosas excepciones. El que quiere cultura debe adentrarse en los guetos de las cadenas menores. Quedan sobre la superficie los diletantes del cotorreo, el bullicio y la desmedida, la palabra soez, el chiste guarro y el modelo a seguir es una Barbie de cara postiza que escribe Alhambra como le da la gana y se reafirma en su gracia. “Cámaras y micrófonos testimonian qué triste y sórdida es la existencia humana”, dice el poeta humilde, José Emilio Pachecho, el poeta que se fue poniendo triste con los años, dejando de lado la ironía de sus primeros poemas, como en “Ya todos saben para quién trabajan”:

“Traduzco un artículo de Esquire
sobre una hoja de la Kimberly-Clark Corp.,
en una antigua máquina Remington.
Lo que me paguen irá directamente a las arcas
de Gerber, Kellogg's, Procter and Gamble, Nabisco, Heinz,
General Foods, Colgate-Palmolive, Gillette
y California Packing Corporation.”

La deuda creativa de los escritores queda al descubierto cuando deciden traducir a otros autores. Las traducciones se convierten en una declaración de principios, en una encendida poética y en un homenaje sincero a la herencia directa de sus propios escritos. Cortázar tradujo a Edgar Allan Poe y se nota en sus cuentos; del mismo modo que Ángel Crespo respiraba Pessoa por los cuatro costados y, en España, no se puede entender Pessoa sin Crespo ni la poesía de Crespo sin Pessoa. Que José Emilio Pacheco haya traducido a T.S. Elliot, Oscar Wilde y Samuel Beckett, entre otros, explica su propensión al pesimismo y la ironía jocosa en una misma balanza. Pacheco desmonta el antropocentrismo y deja constancia de la mísera particula que en realidad es el ser humano frente a un universo que, ya lo decía Woody Allen en Annie Hall, inevitablemente se expande, pero Brooklyn está aquí, protestaba su madre, y Brooklyn no se expande. Pacheco pertenece “a una era fugitiva, mundo que se deshace ante mis ojos.”
Tusquets Editores en su colección Nuevos textos sagrados compila los catorce poemarios publicados por el poeta desde Los elementos de la noche (1958-1962) hasta La edad de las tinieblas (2009), su último poemario en prosa. Una edición delicadamente cuidada en la que se puede contemplar la evolución del último Premio Cervantes. Poeta de lo cotidiano, sin llegar a ser tan terrenal como Neruda, Pacheco no es la alabanza del pan, de la madera, del sudor, de la cebolla o del congrio, es la oposición de la naturaleza frente al uso impúdico que hace el hombre de estas esencias. Su poesía se balancea entre el abismo de la desdicha y el aprecio a las cosas mínimas. “Elogio del jabón”, poema que abre La edad de las tinieblas, enfrenta la pureza natural del jabón oval con el destino trágico que le depara su utilidad: “Duele que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.”
Menos melancólico y mucho menos egocéntrico que Sabines, menos carnal si se quiere en el muestrario de su ars amandi, Pacheco despliega su palabra con sobriedad y contención, midiendo cada verso, haciendo que la pulcritud y el ritmo brillen con explendor. A lo largo de los años, la poesía de José Emilio Pacheco se ha ido desnudando de elementos futiles, convirtiéndose en una herida sincera y tangible, obcecada en su idea de lo efímero, lo inevitable y el desencanto como parte esencial de la belleza si se sabe convivir con estos componentes de la existencia humana.

“Goza de tu victoria porque un día
Tú serás como yo el intruso,
El viejo asqueroso.
El señor Morón
Que va en pos de un deseo imposible”.

Pacheco se sirve de diferentes géneros como la epístola o la fábula (ingeniosa crítica de la vanidad de los poetas la fábula del sapo Ibis) e incluso de la crónica, recordando la matanza de Tlatelolco en uno de sus poemarios más conocidos y logrados: No me preguntes cómo pasa el tiempo. consiguiendo una diversidad de estilos en sus poemas que lo convierten en un autor versátil sin abandondar el tono característico de su verso.
La poesía de José Emilio Pacheco tiene la consistencia de un manjar, debe disfrutarse con mesura, para saborearla en toda su amplitud; una lectura acelerada, sin degustación y deleite, produciría el efecto contrario, un rápido empacho, una lectura superficial y ciega de lo que en realidad esconde cada verso. Debe leerse con detenimiento y cuidado, con el fin de paladear e ir descubriendo cada uno de los ingredientes que aderezan, uno sobre otro, cada poema, hasta descubrir el ingrediente principal, el secreto escondido de todo tesoro; en José Emilio Pacheco la honradez.

22 marzo 2010

El magnetismo de la violencia

El cobrador

Rubem Fonseca

RBA, 2009

ISBN 978-84-986-7604-4

176 páginas

16 €

Traducción: Basilio Losada

Joaquín Blanes



Ernesto Sábato, ese optimista bien informado, comenzaba uno de sus libros más alegres del siguiente modo: “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días”. La resistencia, publicado en 2000, abría sus páginas de un modo esperanzador, exhortaba al lector para que resistiera ante la amenaza fantasma del lado oscuro, la misantropía recalcitrante, la displicencia social, el aislamiento, la pérdida de la comunión esencial entre personas, la que se da en los cafés, en los bares a altas horas de la madrugada, cuando el ardor despiadado de la música a todo volumen ha dejado paso al silencio y el camarero advierte: “estamos cerrando”; la misma que se da en las barbacoas domingueras. Sábato hablaba de una resistencia humana a través de la comunicación; por su parte, Rubem Fonseca (1925) habla de todo lo contrario, habla de la resistencia activa, la del cobro de una deuda antigua, porque el determinismo social es tan despiadado que permite el hacinamiento en el extrarradio de las ciudades, en esas chabolas, chamizos o favelas de cartón piedra, de chapa y plástico, de mampostería rudimentaria, que son las primeras en deshacerse, como en el cuento de los tres cerditos, al primer golpe de viento, con las primeras lluvias torrenciales.

Fonseca pone voz a la violencia de los desheredados y crea ese personaje explosivo, fulminante y brutal que es El cobrador. Un ser desahuciado que decide cobrarse lo que una sociedad del bienestar le debe en realidad: “Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, bocadillo de mortadela en la tasca de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de fútbol." Lleno de violencia, el relato que da título al libro es uno de los más desgarradores que se puede encontrar en la narrativa breve. Que tenga cuidado el lector porque Fonseca tira a matar y sus relatos, a la vez que inquietantes, resultan dolorosos.

En este relato Rubem Fonseca consigue acercarnos a lo sublime, entendido como belleza extrema la experiencia dolorosa imposible de asimilar que, probablemente, el griego Longino diera en el siglo III a. C. en su tratado “Sobre lo sublime” y que, tiempo después, Kant describiría en su Crítica del juicio.

Para adentrarse en la obra del autor brasileño este volumen es un magnífico comienzo, porque en este libro de relatos confluyen las constantes del escritor: la violencia, el sexo explícito (que en ocasiones recuerda las sucias descripciones eróticas de Henry Miller), la novela negra y las descripciones meticulosas de los elementos del crímen. Fonseca no es un autor poético, es más bien árido y desabrido, pero sus narraciones tienen unas semillas muy adictivas. Entrar con placer en la literatura del brasileño obligará al lector a perseguir sus libros con denodado ímpetu y encontrar sus libros es tarea de coleccionista, habría que consultarle a un entendido como el Mendel de Stefan Zweig, alguien que conociera al dedillo los lugares sagrados de los libros usados para encontrar alguno de los libros imprescindibles de Fonseca como El gran arte, su mejor obra. Bruguera, en su colección de Libro Amigo, se atrevió a publicar El cobrador en 1985 con una traducción de Basilio Losada, pero pronto quedó relegado a la pecera de los libros de saldo. Sólo desde hace unos pocos años, algunas editoriales se han atrevido a rescatarlo. El gran arte fue publicado en 2008 por las editoriales Txalaparta y Tajamar. Seix Barral publicó en 2003 Bufo & Spallanzani, una novela entretenida con un final sobrecogedor. Ahora RBA se envalentona y publica El cobrador.

En este libro encontramos el origen de Mandrake, un claro homenaje al Philip Marlowe de Raymond Chandler, de hecho entre los cuentos encontramos un guiño a La dama del lago y a El largo adiós y unos diálogos tan lúcidos, lúdicos y efervescentes como los Peta Zetas. Mandrake es un abogado criminalista, seductor y arriesgado que resuelve casos de asesinatos de un modo poco ortodoxo, saliendo malparado de todas sus aventuras. No hay que olvidar que la profesión inicial de Fonseca fue la de inspector de policía en el Distrito 16 de Río de Janeiro.

“Pierrot de la caverna”, el primer cuento del libro, presenta a un pedófilo incurable que graba sus reflexiones en una grabadora. Sin duda una narración incómoda pero certera al mostrar la naturaleza inequívoca de algunos seres humanos, mal que le pese al bondadoso Rosseau; como Anísio, uno de los personajes de “El juego del muerto”, capaz de cualquier cosa por ganar una apuesta, aunque sea encargar la muerte de uno de sus compadres de tasca y pasatiempo.

En el libro de Rubem Fonseca hay cuentos con mayor o menor acierto, pero ninguno tiene desperdicio, en todos se puede encontrar una veta para el disfrute de la lectura y la reflexión y aunque sea únicamente por leer el cuento que da título al libro, habrá merecido la pena.

28 octubre 2009

La tradición del cuento

Quédate donde estás

Miguel Ángel Muñoz

Páginas de Espuma, 2009

ISBN: 9788483930342

154 páginas

14 €


Joaquín Blanes

Tradicionalmente la fama del cuento en español (o en castellano, táchese lo que no proceda) se asociaba con los autores del “cogollito” del boom hispanoamericano (como lo llamaba el chileno José Donoso), sin embargo, en España, hemos tenido siempre una buena cosecha de cuentistas y en el último decenio del siglo XX se abrieron paso narradores que hicieron del cuento una profesión de fe. Si hablamos del sur tendríamos que hablar, entre otros y a bote pronto, del siempre afable Hipólito G. Navarro, con libros como El cielo está López (1990) o El aburrimiento, Lester (1996). Seix Barral recogió en 2005 gran parte de su divertido imaginario en el libro Los últimos percances. Recuerdo también al inigualable Félix J. Palma, con una capacidad para la fabulación extraordinaria y magistral, ejemplo inexcusable del cuento en español (o en castellano, táchese lo que no proceda). Deslumbró con El vigilante de la salamandra (Pre-Textos, 1998) y se fue confirmando en el universo particular de los certámenes literarios porque ha ganado infinidad de ellos (oneroso o envidiable, táchese lo que no proceda).

Siguiendo en el sur, surge en esta década del XXI un cuentista almeriense que no es relevo sino suma de la devoción por el texto breve y los tramos cortos, en ocasiones más difíciles de llevar a cabo que una novela porque no admiten dudas, ni altibajos.

Miguel Ángel Muñoz (no confundir con MAM el de Un paso adelante) se dio a conocer en 2006 con El síndrome Chéjov, entre otras cuestiones por la valiente apuesta que ha hecho Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, que con perseverancia ha ido editando libros de relatos de autores destacados que, probablemente, otras editoriales no se atrevían a publicar porque, sostienen, que el cuento no vende.

Miguel Ángel Muñoz vuelve a publicar un libro de cuentos con Páginas de Espuma, Quédate donde estás es el título, un libro que intercala relatos de una extensión, digamos, larga, con otros textos más breves que pueden leerse como poéticas particulares del autor o como anécdotas literarias (“Las dos hermanas” o “Vaivén”). Abre fuego una vocacional declaración de intenciones llamada: “Quiero ser Salinger” y le sigue “Ropa de verano”, un cuento sosegado, casi tierno, lleno de nostalgia, una nostalgia triste y metafórica sobre la soledad y el aislamiento. “Vitruvio” es uno de esos relatos extraños e inquietantes que todo cuentista decide acometer con osadía, sin reparar en la dificultad que entraña conseguir que el lector admita la premisa de que a un hombre le injerten dos brazos nuevos, sin prescindir de los que vienen ya de fábrica, con los genes. Una variedad de Shiva dedicada a la escritura. Sin embargo, Miguel Ángel Muñoz, hace que lo fantástico parezca cotidiano, hasta normal, y el cuento sea uno de los más destacables del libro, junto con el entrañable “El reino químico”, evocador de la infancia, retrata los miedos que atormentan la infancia y las relaciones familiares complejas (vamos, las de todo quisque).

Un libro de cuentos, a diferencia de una novela, tiene la peculiaridad de ser un muestrario de historias de las que el lector rescatará del olvido algunos cuentos, no todos, llevado por el arbitrio y la singularidad del que afronta la lectura. Los cuentistas escriben un buen puñado de relatos con la intención de salvar del olvido alguno de ellos, pero nunca se salvan los cuentos del mismo modo; para salvar un conjunto razonable de cuentos hace falta asentarse, lentamente, en la tradición, que tu nombre se vaya sedimentando en el inventario de autores indispensables, como el vino añejo, y el de Miguel Ángel Muñoz, por su tenacidad y su escritura esmerada, comienza a formar parte de esa taxonomía.

Muy recomendable para todo cuentista es visitar su blog: El síndrome de Chéjov.

19 octubre 2009

En busca de los clásicos


El inspector.

Nikolai Gogol

Alianza Editorial, 2009

ISBN: 978-84-206-8254-9

264 páginas

8€

Traducción: José Laín Entralgo




Joaquín Blanes

Es natural que una obra se convierta en clásica cuando mantiene su vigencia por encima del tiempo, cuando se puede decir que está de rabiosa actualidad (mostrenca frase periodística que traigo aquí para que vean su efecto demoledor). Es cierto que una obra clásica ha de ser inmortal porque posee una lectura profunda que nos hace reflexionar, hayan pasado tres años, cinco lustros, una década o incluso un puñado de siglos. También es cierto que no es muy complicado crear una obra que perdure a lo largo del tiempo si se plantea en ella alguna de las constantes del ser humano: el poder, el honor, el amor por encima de los prejuicios, la duda metafísica, etc. Pero un clásico debe tener, además, una cuidada escritura y una aceptación generalizada por parte de la crítica o del público, porque el público también genera clásicos y si no que se lo digan a Georgie Dann y su barbacoa.

El inspector es una obra dramática de Gogol (Mogol para el corrector de Word) y Gogol es un clásico después de su prolífica obra y su ingenio peculiar para ironizar sobre la sociedad burguesa del momento (de su momento y del nuestro).
La historia cuenta la visita de un inspector a una pequeña localidad donde, hasta el momento de la llegada de dicho inspector, los tres poderes del estado municipal han hecho lo que les ha venido en gana, disfrutando de una grata impunidad que se verá coartada con la llegada del inspector, del que sospechan que viene a pedir cuentas de una mala gestión. Es curioso como la sola noticia provoca la inquietud en los mandatarios que comienzan a acusarse unos a otros porque saben que todos han actuado de manera indecorosa con los bienes públicos. Mucho antes de la presencia física del inspector, el temor se adueña de ellos, mostrando al público su evidente culpabilidad.

En el teatro hay, en esencia, dos formas de plantear la situación: de una manera seria que arrastre a los personajes a la tragedia o de un modo caricaturesco que ironice la situación. Gogol opta por la diversión, que es la mejor manera de entretener al espectador para que la galleta que le vas a dar no le duela demasiado. Además, los temas políticos casan muy bien con el tratamiento sarcástico, porque no hablamos de cuestiones individuales sino de cuestiones colectivas que están, por desgracia, en el pan nuestro de cada día.

¿Y dónde reside el elemento clásico, lo universal de la obra? ¿Qué permite la permanencia de esta obra a través de los tiempos? Es suficiente con recuperar aquí una parte de la conversación entre dos protagonistas.

Ammós Fiódorovich
¿Qué entiende usted por pecadillos, Antón Antónovich? Hay pecadillos y pecadillos. Yo no me retraigo en decir que acepto presentes, pero ¿De qué presentes se trata? De galgos jóvenes. Eso es completamente distinto.

Corregidor
Tanto da que sean galgos como otra cosa. Todo es cohecho.

Ammós Fiódorovich

No, Antón Ivánovich. Por ejemplo, si alguien le regala a usted un abrigo de pieles de quinientos rublos, o un chal para su esposa…

Corregidor
¿Y qué importa que usted no acepte más que galgos jóvenes?

Nada más leer este fragmento en seguida vienen a la mente acontecimientos muy concretos, de candente actualidad (por continuar con el estilo periodístico), que ruborizan la conciencia ciudadana, porque no es de recibo que tengamos que mantener políticos, asesores y consejeros como parásitos (Scardias, Capillarias, Tremátodos o Coccidios), para poder disfrutar de una democracia. Es un estigma que, por desgracia, en nuestros días, en lugar de ser la excepción comienza a ser la regla.

Otro parlamento sobre la gestión política, el de un comerciante quejándose a Jlestakov, el supuesto inspector, del corrupto Corregidor:

“Nunca se vio un Corregidor como él. Nos hace objeto de tales atropellos, que nadie podría describirlos. Las cargas nos abruman. Nos ha llevado al borde de la ruina. No obra conforme es debido. Le agarra a uno de las barbas y le cubre de insultos. ¡Pongo a Dios por testigo de que lo que digo es cierto! Si es que no le guardásemos la consideración debida… Nosotros nos portamos siempre como corresponde. No nos negamos a regalarle un corte de tela para un vestido de su mujer o de su hija. Pero a él todo le parece poco, como lo oye.”

Cuando decimos supuesto inspector, significa que esa suposición es la clave de la obra. El malentendido de tomar a un joven amigo de las juergas y el desatino por el serio inspector que viene para ponerlos en su sitio. Desde luego que intentar agasajar a un joven licencioso da siempre buen resultado y lleva a los personajes a situaciones muy divertidas.

El inspector es una pieza que podría perfectamente ponerse en escena hoy en día y funcionaría con la misma eficacia con la que funcionó en su época. Aunque Gogol no pensara lo mismo.


Completan el libro unos textos del propio Gogol con motivo de la representación, para él fallida, de El inspector, en los que analiza y propone, con una serie de “Advertencias a los que quieran representar como es debido El inspector”, la manera correcta de poner en escena su obra. Con una advertencia inicial muy precisa que lanza como una amenaza: “Hay que evitar, sobre todo, el caer en la caricatura”. Esto genera un conflicto esencial entre autor y director de escena. La virtud del teatro reside, precisamente, en la multiplicidad de interpretaciones que se pueden hacer de un texto dramático, que no deja de ser una herramienta para poner en escena. Si el autor quiere que se represente la obra tal y como él establece, entonces tendrá que ser el autor el que asuma la dirección. De otro modo, tendrá que permitir que sea el director el que imagine y confeccione la puesta en escena. Habrá ocasiones en que el universo creado a partir de su texto le guste y otras veces no, pero en el terreno de la representación, el autor deja de serlo para convertirse en espectador y ahí, claramente, es una cuestión de gusto.

02 octubre 2009

Un babel muy cercano

Una habitación en Babel.
Eliacer Cansino

Anaya, 2009

ISBN: 978-84-667-8445-0

256 páginas

10 €.
VI Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil.


Joaquín Blanes


Esta novela es un homenaje a un barrio variopinto, rico en su diversidad y en su característica de ciudad dormitorio, pero también es una crítica a lo que bajo ese colorido abanico racial conlleva la marginalidad y al modo en que nos comprometemos con nuestros vecinos, al nivel de implicación que debemos o queremos tener con los que nos rodean.
Alfarache tiene la dualidad de lo hermoso y lo terrible y Eliacer Cansino lo conoce bien porque, aunque sumergido en la ficción de una trama, sigue dando clases en el instituto más emblemático de la zona: el Mateo Alemán.
Quien conozca el barrio, quien lo haya transitado, conoce el cruce de la avenida 28 de febrero, conoce la torreta (la torre de Babel del libro) donde lamentablemente se hacinan los emigrantes y donde la convivencia comienza a ser difícil.Quien conoce el Alfarache descrito en Una habitación en Babel, sabe lo que es El Monumento, lo que significa ese Sagrado Corazón, lo que se cuece en la Esquina del gato, lo que se fragua en la plaza de Correos. Quien no lo conozca, se puede hacer a la idea porque todas las ciudades tienen una periferia en la que crece la emigración y el paisaje de ropa tendida adquiere un colorido mosaico y el olor a especias se esparce por el ambiente como señal inequívoca del mestizaje, pero no se puede olvidar, forzosamente, la idea de lo marginal, de lo conflictivo.
La virtud de esta novela es que no hay buenos ni malos, hay héroes porque en la ficción tiene que haberlos, pero estos héroes tienen una complejidad que resalta sus virtudes y debilidades.
La novela es coral, pero parece centrarse a medida que avanza la trama en un personaje, un profesor de filosofía llamado Ángel Martínez. De una forma involuntaria se verá envuelto en la necesidad de un tercero, Nor, un inteligente muchacho que decide dejar el instituto para ir a buscar a su hermano pequeño.De alguna manera esta novela es una novela de aprendizaje, lo que en literaturan llaman Bildungsroman, es lo que, en el fondo, les sucede a Marcos y Berta, cuando se enfrentan directamente a la realidad de su barrio.
Eliacer Cansino es uno de esos autores que trabajan como la hormiga de la fábula y cuya constancia es la que, tarde o temprano, le concederá el reconocimiento público merecido a una escritura brillante, imaginativa y pulcra. Su estilo es de una corrección abrumadora y su imaginación tiene la capacidad de crear historias complejas plagadas de avatares para los personajes. Siempre preocupado por su condición de profesor, no puede evitar incluir elementos didácticos más o menos camuflados, teorías filosóficas que ayudan al lector más juvenil a la reflexión y al más adulto al recuerdo de su tiempo de estudiante.
Nada es gratuito y eso se agradece, la complejidad de la trama se completa con unos personajes bien dibujados, llenos de contradicciones, miedos y actitudes irracionales que serán motivo de acciones un tanto alocadas.
A diferencia de otros libros de Cansino, éste tiene una clara vocación juvenil, se nota en el trato con el que el autor se aproxima al lector y aunque es más natural cuando escribe para sí, sin pensar en el público juvenil, como sucede en el excelente libro La apuesta de Pascal; no quita para apreciar y disfrutar de un libro que nos acerca a una realidad cada vez más tangible y conflictiva como la propia convivencia exige.
Es una pena que el libro, tal vez por las prisas editoriales, no haya pasado una corrección más detallada, porque esta primera edición está llena de erratas que, es comprensible, se le pueden escapar al autor y se convierten, para el lector, en incómodas tachas de café. entre las páginas . Es una lástima porque la edición está muy cuidada y además tiene un precio muy razonable.

07 septiembre 2009

El secreto dramático

Las heridas del viento.
Humo. Arizona.

Juan Carlos Rubio

Editorial Fundamentos, 2009

ISBN: 978-84-245-1179-1

158 páginas.

8, 65 €



Joaquín Blanes


Juan Carlos Rubio pertenece a la nueva hornada de autores dramáticos que con inteligencia y oficio están mostrando a la crítica más tradicional que sigue habiendo vida escénica en nuestro país después de Valle-Inclán, Buero Vallejo, Alonso de Santos o Sinisterra. Por supuesto no podemos hablar de una generación, porque sería incluir estilos muy diversos en una faltriquera cultural; de eso se encargará la crítica dentro de unos años. Desde luego no es lo mismo ver Caricias de Sergi Belbel, que Animales nocturnos de Juan Mayorga, aunque tengan una violencia verbal y física parecida. No creo en lo generacional, salvo por el hecho de que los autores hayan nacido en un periodo relativamente próximo y haber compartido ciertas modas culturales del momento.

En absoluto es igual ver una puesta en escena de una obra de Rodrigo García frente a una de Juan Carlos Rubio. El primero trata de agredir, de alguna manera, la conciencia burguesa, es el clásico ejemplo vanguardista de épater le bourgeois, mientras que el segundo se acerca más al teatro tradicional en su concepción de puesta en escena, arropándola con un toque poético, como demuestra Las heridas del viento, la primera de las obras que recopila este libro. Una obra que con sólo dos personajes es capaz de mantener la atención del lector/espectador. Su puesta en escena ha sido un éxito en Miami y en el offside de Nueva York bajo un montaje de Juan Manuel Cifuentes.

El punto de partida no es nuevo, pero sigue siendo interesante este tipo de incidente incitador. Tras la muerte de su padre, el protagonista, David, descubre entre sus pertenencias unas cartas de amor escritas por otro hombre y dirigidas a su progenitor. Desde ese momento, David decide buscar la verdad sobre la figura de su padre. Pero lo que aparentemente parece obvio para el lector/espectador en realidad no lo es, de ahí la riqueza de la trama que construye Juan Carlos Rubio en esta obra, llena de poética en los discursos vitalistas, aunque en el fondo agotados y amargos, del otro protagonista: Juan, el hombre que le escribía cartas de amor al padre de David. El final es insospechado y deja una sensación desoladora porque buscar la verdad de alguien extinto puede ser un problema.

La segunda obra es, seguramente, la más exitosa de Rubio, gracias a un plantel de actores que participaron en su estreno: Juan Luis Galiardo y Kiti Manver, un acierto en la elección de estos dos actores para los papeles protagonistas.

La historia recuerda en cierto modo a San Manuel Bueno Mártir, alguien que predica algo en lo que no cree, es el caso de Jack. Esta obra tiene un juego de diálogos muy ingeniosos en réplicas y contra-réplicas, así como una historia que se basa en el secreto dramático.

El secreto dramático es uno de los elementos esenciales en el teatro del siglo XX, podría decirse que es un como un McGuffin, haciendo una vaga analogía con el cine. Existe un secreto que silencian los personajes al espectador, un secreto del que no quieren hablar, pero que se respira en el fondo. Como el secreto de Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, el de Tío Vania de Chéjov, etc. Los secretos van dejando de serlo poco a poco y tienen mucho que ver con el sentimiento de culpa, con el psicoanálisis, con Freud y con sus reminiscencias oníricas.

La obra que cierra el libro es Arizona, una obra corta, de nuevo con dos únicos personajes (George y Magaret) donde se habla del miedo hacia el otro, hacia el inmigrante. En Arizona se habla del devastador desierto, una de las puertas de entrada de los emigrantes, concurrida y trágica. En lo que llevamos de 2009 han fallecido 161 personas intentando alcanzar un sueño que ciertamente no se logra nada más llegar, cruzar la frontera es sólo el comienzo de una vida ardua y maltrecha. Esta obra es una alegoría sobre la defensa de nuestras tierras de la llegada del otro, ese otro que, decimos, nos quita el trabajo, el dinero y a nuestras mujeres. Es una diatriba contra las fronteras. Breve e intensa, directa y sincera, dramática.

Como ya dijimos en la reseña del libro de Rodrigo García, publicar teatro es un acto de valentía, de otro modo, es difícil acceder a nuevos textos dramáticos. Por eso creo necesario el reconocimiento de editoriales como Fundamentos en su colección Espiral/teatro, Ñaque o la tan denostada SGAE, que publica obras de teatro a un precio más que asequible. Este libro nos da a conocer a un autor que comienza a ser de obligado seguimiento.

24 agosto 2009

Delicatessen Zweig (y II)

Viaje al pasado.

Stefan Zweig.

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-96834-99-6

91 pág.

9 €

Traducción: Roberto Bravo de la Varga.

Joaquín Blanes

Hay tantas formas de enfrentarse al amor como a un acantilado. Según la manera de enfrentarnos a él variará el desenlace. No es lo mismo acercarse a un acantilado para admirar su esplendor que abordarlo para lanzarse por él hacia el abismo insondable –o tal vez tangible de unas rocas–.

Viaje al pasado es uno de esos múltiples acercamientos que tiene Stefan Zweig de aproximarse al amor, al universo sentimental y pasional de algunos de sus personajes. En la línea de la célebre e imprescindible Carta de una desconocida (altamente recomendable la versión cinematográfica que hizo Max Ophüls en 1948). El modelo confesional –bien epistolar bien declaratorio–, el amor diletante e inalcanzable y la intensa reflexión conviven en la obra del austriaco y respiran profundamente en este relato que narra el reencuentro entre dos individuos que alguna vez se amaron fogosamente y todavía creen guardar ese mismo sentimiento a pesar del tiempo y de los inconvenientes.
Podría decirse que tiene cierta afinidad con Carta de una desconocida cuando se habla de un amor surgido entre dos clases sociales a priori distantes, que no pueden convivir de forma natural, como dos líquidos inmiscibles; pero también tiene mucho que ver con la fulgurante Novela de ajedrez, por ese elemento externo que provoca la tragedia en los personajes y que, como sabemos, en Zweig ese componente consiste en la brutalidad de la guerra, en la inconsciencia del nazismo, en el destrozo físico y emocional que producen en el ser humano los desastres de la guerra.
“Su marido había muerto justo al principio de la guerra, casi no se atrevía a lamentarlo, porque así se había ahorrado ver su empresa amenazada, la ocupación de su ciudad y la miseria de su pueblo ebrio de victoria antes de tiempo” (53).
Viaje al pasado comienza con una crítica sobre el determinismo social capaz de generar en una persona un prejuicio que alimenta el orgullo más bobalicón y que, en realidad, atenta contra los propios intereses, para después centrarse en el drama de la separación y el reencuentro siempre postergado, hasta regresar al momento del reencuentro en el que los personajes parecen no reconocerse después de tanto tiempo.
Zweig es un maestro de la trama, tiene la virtud de justificar todo lo que sucede en sus relatos, en demostrar que el texto avanza hacia un final consistente y determinado y aunque el lector pueda percibir hacia dónde camina la historia, sin embargo, no deja de tener momentos sorprendentes, inesperados, así como frases de un lirismo y una ternura capaces de estremecer.

Es evidente que Zweig fue un hombre de una sensibilidad prodigiosa, de una escritura virtuosa y prolífica y de una pulcritud espiritual que uno no tiene más remedio que suscribir las palabras de André Maurois:
“Muchos hombres de buen corazón deberían reflexionar sobre la responsabilidad de todos nosotros y sobre la vergüenza existente, en una civilización, que ha creado un mundo donde Stefan Zweig no ha podido vivir”.

21 agosto 2009

Delicatessen Zweig (I)


Mendel el de los libros.

Stefan Zweig.

Acantilado, 2009

ISBN: 978-84-96834-90-3

64 pág.

9 €

Traducción: Berta Vias Mahou.

Joaquín Blanes

Acantilado nos regala dos delicatessen del prolífico Stefan Zweig: Mendel el de los libros y Viaje al pasado. En ambas encontrarán el estilo cultivado, poético y refinado del austriaco.


Mendel el de los libros es un relato emotivo sobre la bibliofilia. Aunque el protagonista no sea más que una especie de catálogo viviente de todo lo publicado, se respira en la narración esa pasión intangible que provoca la lectura en el ser humano. Jakob Mendel es el librero o bibliotecario ideal, conoce todos los datos necesarios de cualquier publicación (autor, título, año de edición y editorial) y la fascinación que produce una persona así en un joven estudiante.
Este relato tiene un pulso narrativo tan certero que la historia conduce, indefectiblemente, hacia el final que esperamos y que, sin embargo, es absolutamente inevitable y necesario para que el relato sea efectivo. El mismo Stefan Zweig explicaba en su autobiografía ciertas claves para su arte narrativo: “Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos, los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo". Nada en Zweig parece gratuito, todo el armazón es una estructura arquitectónica tan compacta que es imposible deshacerse de algo sin dañar la estructura, sin que se venga abajo el edificio.
Jakob Mendel es un viejo que pasa todo el día sentado en un rincón de una cafetería bajo una luz tosca, concentrado en memorizar toda nueva publicación. Hasta él llega cualquiera que necesite encontrar bibliografía fuera de lo corriente, porque Mendel, “el de los libros”, lo sabe todo sobre las ediciones. En ese café vienés es una eminencia, es como la estatua de Pessoa en la cafetería La Brasileira, respetado por todos e inamovible. La trama se complica cuando a Zweig lo buscan por ser un indocumentado en un estado austriaco con ínfulas nacionalsocialista. Es inevitable para Stefan Zweig recurrir a su leitmotiv, a su principal preocupación existencial, a su temática obsesiva: la destrucción europea por culpa de nacionalismos exacerbados y obsesivos, lo que lleva a una pérdida de los valores esenciales del ser humano. Zweig resalta la figura del otro, de lo singular, como paradigma, como bien escribe en el relato refiriéndose a Mendel: “todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme” (29). Esa uniformidad frente a la diversidad es una constante angustiosa en el autor austriaco, que como bien se sabe, terminó suicidándose junto a su esposa en la ciudad de Petrópolis, Brasil, en 1942. Ese desconsuelo vital nace del terror que sentía Zweig ante la posibilidad de que el nazismo intransigente se extendiera como una pandemia por todo el mundo, además de poseer un talante de natural afligido: “¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”

30 julio 2009

Leer teatro

Cenizas escogidas (Obras 1986-2009)

Rodrigo García

Editorial La uÑa RoTa

ISBN: 987-84-95291-13-4

510 páginas.

24 €

Joaquín Blanes

Leer teatro es ciertamente complicado porque un texto dramático, por regla general, está escrito para ser representado. Habitualmente, como sucede con los guiones cinematográficos, se suelen publicar a posteriori, una vez comprobado su éxito y su solvencia cinematográfica o escénica. Lope, Calderón o Shakespeare no escribían para publicar sino para representar y, salvo algunos certámenes literarios que premian con la publicación y no con la puesta en escena, el texto dramático nace con la vocación aristotélica de la representación. Así que leer teatro significa visualizar de alguna manera la puesta en escena, las acciones y gestos que respiran bajo el texto. Esa es la gran dificultad de leer teatro, porque el texto es evidente, pero el sub-texto depende de la puesta en escena, de la interpretación, de las acciones físicas, incluso de las cuestiones técnicas: decorado, iluminación, sonido, etc.
Para más inri, existen muy pocas editoriales que se atrevan a publicar teatro, si exceptuamos las clásicas con los clásicos (Espasa, Cátedra y Alianza con Valle-Inclán, Lorca y Brecht, entre otros) y no digamos ya la escasez de librerías especializadas en teatro, después del cierre físico de La Avispa/Ñaque (librería-editorial) que cerró su local en Madrid el pasado junio y que subsiste únicamente como librería on-line.
Todos estos elementos no ayudan a la publicación de autores más actuales, salvo los que llevan una dilata carrera y aún así, porque no todos los textos de Juan Mayorga están publicados, y eso que hablamos de un Premio Nacional, de un autor dramático imprescindible hoy en día.
La uÑa RoTa se atreve a publicar las Cenizas escogidas de Rodrigo García, uno de los dramaturgos más prolíficos, controvertidos e interesantes del panorama escénico europeo, y digo europeo porque la mayor parte de su obra se representa fuera de España, en festivales tan notables como el de Aviñón, Delfos o París y en bienales de arte tan punteras y extravagantes como Venecia. De hecho, desde hace diez años, Rodrigo García suele preparar sus obras en la Bretaña francesa. Y digo panorama escénico porque su concepción del teatro tiene que ver con la puesta en escena y no con el decorado, con la escenografía tradicionalmente artificial.
Hace tiempo que su forma de trabajar consiste en la intuición, en la preparación de acciones físicas con los actores y, una vez construido el universo escénico, comienza a trabajar el texto dramático, siempre con esas constantes atávicas y filosóficas: la violencia, el aislamiento, la provocación, la poesía. A Rodrigo García le encantaría hacer como hacía Tadeusz Kantor, modificar la escena con el público delante, sin embargo le basta con acudir a todas las representaciones porque su concepto de puesta en escena tiene que ver con la reacción emocional del público y necesita estar presente en ese cruce entre el espectador y su espectáculo.
Rodrigo García llama Cenizas escogidas a sus obras recopiladas en este volumen porque considera que sus textos dramáticos son las cenizas que quedan después del espectáculo, pero es evidente que para entrar en el universo nihilista de García estas obras escogidas son un buen comienzo.
En este libro podemos encontrar la evolución natural de su formación, desde unas primeras obras más formalistas con tendencia a lo experimental (Notas de cocina o Carnicero español), pasando a una etapa de concienciación política casi panfletaria (Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo o Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba) hasta llegar a un presente en el que persigue un texto menos explícito, más abierto a la interpretación del espectador, incluso incitador, inductor de la reacción más visceral del público (Accidens. Matar para comer, Versus o Esto es así y no me jodáis).
Para Rodrigo García, que últimamente se siente más atraído por las artes plásticas que por el teatro, la materia con la que trabaja son los cuerpos de los actores, por eso el texto ha dejado de ser lo principal, sin embargo, le resulta imprescindible trabajar sin texto, aunque sea proyectado, como sucede en Accidens, esa polémica performance en la que se enfrentan un actor y un bogavante.
Cenizas escogidas abre dos puertas: La primera es la de reconocimiento, transitada por los espectadores incondicionales de su teatro que quieren recuperar, a través de la lectura, aquel momento único de la representación. La segunda puerta que se abre es para nuevos lectores, los que tengan curiosidad por entrar en el mundo particular de Rodrigo García y a través de esa peculiar cosmogonía, tiempo después, acercarse a ver una puesta en escena de este autor original e inteligente.
No es tan difícil encontrar obras de Rodrigo García representadas en nuestro país por compañías independientes, la última que tuve oportunidad de ver, con una propuesta arriesgada por parte de la compañía Teatro A’llado y una buena interpretación del actor Pedro Aguilera, convertía en monólogo Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo y reproducía muy bien el universo ancestral de Rodrigo García.

13 julio 2009

Cortázar inesperado

Papeles inesperados

Julio Cortázar

Alfaguara, 2009

ISBN: 9788420423319

488 pág.

21,50 €

Joaquín Blanes

¿Traicionó Max Brod el deseo último de su amigo Kafka? Sin duda, pero esa traición nos dio singular placer a los lectores. ¿Traicionó María Kodama la voluntad inédita de Borges cuando manifestó que prefería mantener escondidos en gavetas sus escritos de juventud antes que verlos publicados (irónica visión)? Seguramente; y sin embargo el error no fue de Brod o de Kodama, sino de Kafka y de Borges por no tener el impulso destructor y quemar ellos mismos sus escritos. Cuando Cortázar deja como albacea de sus textos a Aurora Bernárdez, está claro que concede todos los derechos para que ella disponga libremente de sus escritos, así que en este caso no hay traición alguna, sólo falta de decoro.
Cómo bien dice Carles Álvarez Garriga en el prólogo, aquí se enfrentan dos bandos: lectores-héroe que “quieren leer hasta las notas para el panadero” vs. lectores-vinagreta que “consideran una traición a su memoria” la publicación de los descartes que hizo el escritor.
Es natural este enfrentamiento, a veces enconado, cuando el libro no es una novela inconclusa que otro autor decide acabar por evidente interés editorial (como sucede con Asesinatos S.L. de Jack London) o un manuscrito hallado en un bolsillo o en una cartera que se edita por su calidad literaria y documental (como fue el caso de El primer hombre de Albert Camus). Papeles inesperados está formado por una heterogeneidad de textos propia de los libros-almanaque tan queridos para el Cortázar adulto, a ese grandullón que, en vista de las peculiares acciones terroristas de la Joda o las aventuras de su alter ego, ese tal Lucas, uno no puede evitar pensar que Cortázar fue siempre un irrefrenable y simpático niño grande.
El libro contiene textos manuscritos, nunca publicados, y otros que sí fueron publicados en revistas o programas de mano pero nunca vieron la luz como libro. Los editores abren fuego con una colección de relatos inéditos que no son obras maestras pero sí sobradamente reseñables, especialmente la pomposa ironía de “La daga y el lis. Notas para un memorial”. Después continúan rescatando más historias de cronopios, bastante prescindibles (por alguna razón Cortázar no los incluiría en su momento) y un episodio aislado de Libro de Manuel que es como una hoja seca, que desligada del árbol no sirve para nada, salvo para hacer hojarasca. Continúa el libro con algunos textos de la serie Un tal Lucas y volvemos a tener la misma sensación de encontrarnos con textos accesorios e innecesarios, salvo para el lector-héroe que gusta de leer hasta los programas de mano de las exposiciones.
Estos textos, aislados de su personalidad natural (el libro concreto de Historias de cronopios, Libro de Manuel o Un tal Lucas) producen una sensación descorazonadora para quien admira la magna obra de Cortázar. No obstante, el libro alza el vuelo de una manera fulgurante cuando comienzan los “Momentos” y “Circunstancias”. En estas dos secciones encontramos textos de una calidad literaria irreprochable, pero sobre todo de una validez documental imprescindible para el que desee indagar en la figura humana de Cortázar más que en el Cortázar escritor.
Nadie obvia ya su simpatía por el régimen castrista y los movimientos marxistas de América latina, especialmente cuando Cortázar entraba en la senectud. En una carta enviada a Jean L. Andreu en 1982, manifiesta lo siguiente: “Cada día siento más admiración por los nicas; qué gente admirable frente a las dificultades y los peligros. Diariamente están a la espera de una invasión de somocistas manipulados por los USA”. Un año más tarde, después de la pérdida de la osita Dunlop, parece como si no le importara el riesgo y se adentra, junto a Sergio Ramírez, en la frontera con Honduras, para estar en primera línea de fuego y conocer, de primera mano, los avances somocistas.
En Papeles inesperados, encontramos un jugoso escrito para la revista Life en español donde Cortázar no tiene miramientos y manifiesta esa querencia marxista: “Algún otro lector igualmente sobresaltado se estará encogiendo de hombros al darse-cuenta-de-la-verdad: Julio Cortázar es comunista, y por consiguiente ve enemigos escondidos en cada botella de la pausa que refresca” (229), aunque luego aclara que su ideal socialista no pasa por Moscú sino que nace con Marx.
El grueso central de Papeles inesperados es el más interesante para acercarse al universo Cortázar, junto con las “Entrevistas ante el espejo”; incluso son significativos los “Fondos de cajón”, textos breves y poéticos que se acercan al final sosegado y más personal de Julio Cortázar: sus poemas. Hay que querer mucho a este cronopio para gustar de sus poemas. Aunque contienen imágenes hermosas y algunos poemas están correctamente construidos, como “Las buenas conciencias” o “Mi sufrimiento doblado…”, Cortázar siempre incluyó sus poemas en los libros de un modo silencioso, casi inadvertido, para no alertar al lector y alejarlo del epicentro de su obra: la narración.
Este cajón de sastre tiene sus defectos porque es un libro para lectores habituales de Cortázar, lectores-héroe o mitómanos, personas acostumbradas a sus ejercicios de estilo y su trueque con los lados de allá y de acá; pero también posee la virtud de recuperar el entusiasmo por Cortázar, con textos que pueden abrir la puerta a personas osadas que quieran descubrir que la realidad, como nos enseñó Cortázar, tiene más aristas de las que a simple vista podemos ver.