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10 mayo 2013

Espíritu 'country', sangre 'noir'

Los huesos del invierno (Winter's Bone)

Daniel Woodrell 

Alba, 2013

ISBN: 978-84-842880-3-9

216 páginas

18 €

Traducción de Concha Cardeñoso Sánez de Miera



José Martínez Ros

Estamos en los Ozaks, una región montañosa de Missouri, conocida por ser una de las más pobres y aisladas de Estados Unidos. Durante mucho tiempo fue refugio de bandidos y fanáticos religiosos; ahora, abundan en ella los “cocineros” de metanfetaminas, protegidos por los rígidos lazos familiares, clánicos, que existen entre la mayoría de los habitantes de la región. Ree Dolly es una adolescente de los Ozaks con graves problemas y también una de las heroínas de ficción más impresionantes que ha producido la literatura contemporánea: un personaje tan vívido y, al mismo tiempo, de un coraje y una entereza tan ejemplares que dudo que ningún lector mínimamente sensible sea capaz de olvidarlo. Vive con su madre, una enferma mental, y cuida de ella y de sus hermanos pequeños. Su padre ha desaparecido, y si no se presenta en el juzgado, su casa, la garantía de su fianza, será subastada y vendida. Y ellos no tendrán ningún lugar adónde ir. Ree Dolly cifra todas sus esperanzas en llegar a la mayoría de edad y alistarse en el ejército, y de esa manera escapar del increíblemente opresivo mundo en el que le ha tocado vivir. Su posesión más valiosa es una escopeta de caza. Pero no está dispuesta a dejar a su familia en la estacada. Más aún, está dispuesta a ir hasta el mismísimo infierno para salvarla y, antes de que hayamos pasado la última página de esta magnífica novela, habremos conocido algunas de sus antesalas más terribles. 

Hace algunos años vi una de las mejores películas norteamericanas de la última década. Se titulaba Winter's Bone, y era una poderosa combinación de la sombría poesía de las primeras películas de Terrence Malick -Malas tierrasDías de cielo- con la firme estructura de 'noir' más clásico. La protagonizaba una jovencísima actriz que, actualmente, goza de una fama casi universal –la recientemente oscarizada Jennifer Lawrence- y resulta absolutamente recomendable. No recordaba que estuviera basada en una novela, quizás porque su autor -de forma incomprensible-, Daniel Woodrell, continuaba inédito en España. Por fortuna, la Editorial Alba ha optado por el mejor tarde que nunca y nos ha traído en 2013 Los huesos del invierno (Winter's Bone). Después de su lectura, puedo afirmar con total seguridad que por muy buena que sea su adaptación al cine -que lo es- la novela la supera; y que el hecho de que un autor de la talla de Woodrell no hubiera sido publicado antes en España es algo que merecería, si existe algún responsable, un juicio sumarísimo.

Los huesos del invierno es una novela magistral que recuerda a las mejores -insisto en lo de “mejores”- obras de Cormac McCarthy. Escrita con una prosa a la vez austera y enérgica, deudora del Hemingway más sentencioso y lacónico y del Faulkner más lírico y extraviado, Los huesos del invierno tiene sus puntos fuertes en los personajes -en especial, Ree Dolly y su tío Lágrimas, al que conviene no provocar-, en una estructura itinerante tan antigua como la Odisea de Homero, pero que funciona con una perfecta acumulación de tensión puntualizada por bruscos, imprevistos y salvajes estallidos de violencia y en el modo en el capta el paisaje físico y humano, agreste y desolador, de los Ozaks.

Por lo que he podido leer en internet, Woodrell es oriundo de esa región, en la que se circunscriben casi todas sus obras. En su juventud se alistó en los marines, asistió durante un tiempo al famoso taller literario de la Universidad de Iowa, el más prestigioso del país, y en la actualidad sigue viviendo en su Missouri natal, en una granja, y afirma que “sus vecinos no permitirían que mintiera sobre ellos en lo que escribo”. Es autor de otras siete novelas y un libro de relatos. Si son la mitad de buenas que Los huesos del invierno sería un auténtico crimen que nunca se publicaran en nuestro idioma.

20 abril 2011

Herejes, mentiras y programas de televisión

Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía

Michael Shermer

Editorial Alba, 2010

ISBN: 978-84-8428-590-8

440 páginas

25 €

Traducción de Amado Diéguez



Luis Manuel Ruiz

Pese a lo que pueda parecer a primera vista, definir ciencia no es tarea fácil; igual de escurridizo resulta demarcar del todo qué pertenece al ámbito de la certeza científica y qué barruntos simplemente la simulan o la rondan. Cosas que en el pasado se tenían por verdades académicas, de las que merecían el pedestal y la orla, ahora son meras majaderías: la frenología, aquel intento insensato de inferir la personalidad de los individuos a partir de la estructura del cráneo; el espiritismo, o la posibilidad, comúnmente aceptada durante medio siglo, de conversar con las almas de hombres muertos; el mesmerismo, o la capacidad de actuar sobre la voluntad ajena a través del fluido magnético que envuelve a todos los seres, y tanto más cuanto más sensibles se muestran. Inversamente, atrocidades del pasado se han convertido en moneda cotidiana y canon del sentido común: el evolucionismo, la idea de que el universo nació de una esfera del tamaño de una liendre, la idea de que una partícula del mismo tamaño puede ocupar dos espacios alternativos a un mismo tiempo, la idea de que el gato prisionero en una caja puede estar muerto y vivo y las dos cosas, como quería la parábola de Schrödinger.

Dirigido a un público no especializado y eminentemente televisivo (el autor es director y productor de un programa de divulgación en el Fox Family Channel), Las fronteras de la ciencia trata de estudiar, según su propio título indica, los complicados contornos de esa disciplina teórica y de qué modo lo que queda a un lado o a otro de ellos ha ido variando a lo largo de su historia dependiendo de factores tan impredecibles como la política, la economía o las propias convicciones raciales o religiosas de cada investigador. La obra se divide en varios capítulos acumulativos, cuyo fin es desembarazar al lector de esa vieja superstición según la cual el científico es un hombre transparente y neutro entregado a la tarea de buscar la verdad: porque, a menudo, la verdad no consiste más que en un prejuicio puesto en limpio.

Así Michael Shermer pasa revista, en este orden, a la supuesta creencia de que la manipulación genética puede provocar desmanes irreversibles en el orden natural de las cosas, que nadie sabe qué es; a los diversos disparates que intentan explicar todas las cuitas y perplejidades de la vida humana recurriendo a visitas extraterrestres, fórmulas nunca vistas o cuadraturas del círculo en las que hasta la fecha nadie había reparado; a la opinión alegremente mantenida en las barras de los bares de que los negros son más veloces que los blancos y de que, por extensión, hay razas que nacen para correr y otras para perseguir; a la sandez de color verde de que el hombre salvaje vive en armonía con la naturaleza y de que la selva es preferible al jardín público; a la miopía según la que el genio es una criatura cualitativamente distinta de sus congéneres y de que no existe escala que pueda conducir, peldaño a peldaño, de Mozart a una banda de pueblo.

Otras diatribas igual de incisivas y de oportunas amenizan el resto de páginas del libro. La conclusión que parece poder extraerse del recorrido turístico que Shermer propone por los litorales de nuestro conocimiento del universo es que lo mejor es reservarse la opinión propia. Escéptico declarado, el autor no se casa con una ni otra tendencia y en cuestiones más espinosas de la cuenta (por ejemplo, la de los negros y la velocidad citada más arriba, que aún excita ciertas pasiones en círculos yanquis) reconoce de modo expreso que no existen puertas cerradas y que prefiere acogerse al beneficio de la duda. La ideología central de la obra consistiría, pues, en la vieja declaración de que en cuestiones de verdad y mentira todo es cosa de cristales, y de que tan aventurado resulta arrojarse a afirmar una verdad absoluta como ningunear las verdades parciales de los otros. Por norma, Shermer no se fía mucho de esa criatura inconsistente y vana que llamamos ser humano: las fronteras de la ciencia delimitan una pequeñísima provincia en medio del país inmenso de nuestra estupidez.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

30 septiembre 2009

Kafka en Ikea

El mundo formidable de Franz Kafka. Ensayo biográfico.

Louis Begley

Editorial Alba, 2009.

ISBN: 978-84-8428-475-8

240 páginas.

21 euros.

Traducción de Ignacio Villaro.


Javier Mije
Que la obra de Kafka se venda en el mismo profiláctico recinto que los libros trazados por el resto de los mortales sólo puede atribuirse a un perverso malentendido. ¿Acaso puede adquirirse un patinete en un concesionario de coches, suministran las joyerías asimismo tornillos? ¿Qué tiene en común este escritor extraordinario, este ser humano excepcional, con los productos que el marketing eleva a la categoría de fenómenos literarios cada nueva temporada? Por otra parte, ¿no es injusto, como se hace habitualmente, considerar a Max Brod un traidor? El legatario de la obra de Kafka –que había advertido a su amigo que no atendería ninguna petición encaminada a la destrucción de sus escritos- preservó para la historia del arte, y de todo lo digno que los hombres han hecho, una de sus cumbres. ¿No es una traición más profunda a la literatura apilar aparatosos tornillos en las mesas de novedades? ¿Sería publicado hoy Kafka o el bosque de los patinetes –que educa a golpe de talonario nuestro gusto- no nos dejaría ver su grandeza? Un dato: las obras completas de Kafka traducidas al checo no se publicaron en su país natal hasta el otoño de 2007. Gracias a Kafka usted y yo tenemos un adjetivo para esto.
Tal como la cuenta Louis Begley en este soberbio, sobrio y emocionante ensayo, la biografía de Kafka puede condensarse de manera similar al modo en que aquel mandamiento final de los viejos catecismos reducía la ley de Dios a una sola regla: amarás a la Literatura sobre todas las cosas. En el fondo de su torturada alma, este hombre tan inseguro no debió de albergar ninguna duda acerca de su portentoso talento –“antes mil veces verme hecho añicos que retenerlo y sepultarlo dentro de mí”, dejó escrito en su diario a modo de programa vital-. Todo lo subordinó Kafka a la escritura, aunque pagara por ello el precio de llevar “una doble vida espantosa”. El azar puede depararnos extraños compañeros de oficina. No es difícil imaginar que las que frecuentó Kafka – vinculado laboralmente al mundo de los seguros- fueron un tormento para él: “estaba tan dispuesto a morir que de buena gana me habría hecho un ovillo sobre el suelo de cemento con los documentos en la mano”. Otro obstáculo para quien necesitaba unas condiciones muy precisas para escribir, “recluirme no como un ermitaño, sino como un muerto”, era la atosigada vida familiar a la que sólo en contadísimas ocasiones logró sustraerse: no tuvo una habitación propia hasta los 22 años, y esta no era más que un estrecho pasadizo entre el dormitorio de sus padres y el cuarto de baño. Y es que el azar puede también depararnos extraños hijos. Comer con sus padres era repugnante para él. Sentía horror hacia su intimidad. Afirmó: “la sola visión de aquellos de los que procedo me llena de consternación”. Aunque matizó cortésmente: “no es porque sean mis parientes, es porque son personas”. Qué decir de su vida amorosa, ¿acaso no puede el azar depararnos extraños compañeros de cama?
Es sorprendente la cantidad de energía que Kafka dedicó a las mujeres. Begley lo resume así: “los hechos que más destacan en la vida de Kafka son las peripecias de sus andanzas tras las mujeres, seguidas de intentos desesperados de escapar de ellas”. Como una muy entretenida novela de aventuras rastrea en este punto el ensayista las complicadísimas inmersiones de Kafka en el universo femenino. Un quiero y no puedo, un amagar y no dar. Por un lado deseaba casarse, convencido de que el matrimonio era “su única vía para una felicidad tranquila”; por otro, su erotismo oscilaba pendularmente entre el deseo y el temor, y pese a la cantidad de prostíbulos que visitó, es muy probable que Kafka necesitara de unas condiciones muy concretas para no ser impotente. Y como es lógico, albergaba serias dudas de que la vida “normal y burguesa” fuese compatible con su vocación. Una anécdota y una desgracia iluminan este proceso de forma esclarecedora. Fue a comprar unos muebles con Felice, uno de sus amores epistolares, y ante la visión de un aparador pensó que aquel objeto era una especie de lápida bajo la que sepultarse. Uno no puede dejar de sonreírse al pensar que, mientras Felice alababa las virtudes de alguna madera noble, Kafka “sentía doblar a lo lejos una campana funeraria”. Cuando esta finalmente sonó, en forma de un severo diagnóstico de tuberculosis, Kafka se sintió liberado de todo compromiso con el sexo femenino: “una parte buena de mí había deseado casarse, una parte mala quería impedirlo”. Y achaca su padecimiento hético no a la tisis, sino a “una puñalada decisiva asestada por uno de los contendientes”. Hay enfermedades que vienen en auxilio del alma. Kafka lo expresó así: “mi cerebro y mis pulmones llegaron a un acuerdo sin mi conocimiento”.
Pero este libro es mucho más de lo que aquí reseño, e invito fervorosamente a leerlo si desean descubrir qué circunstancias –familiares, históricas, religiosas, psicológicas- hicieron a Kafka ser Kafka. Pero quizá la pregunta que se impone es otra. ¿Qué hizo a nuestro mundo ser también Kafka? ¿Por qué la mente de una persona tan singular se reveló tan coherente con la realidad? Entre otras cosas, como otro grande entre los grandes, Marcel Proust, Kafka reveló que el reverso del anhelo universal de solidaridad humana es una verdad igualmente universal: “cada uno está completamente solo”. El hombre que en 1915 escribió El proceso, una novela que se adelantaba al totalitarismo, a las leyes secretas y al terrorismo de estado, tuvo la fortuna de no vivir para ver a Elli, Valli y su querida y confidente Otta, sus tres hermanas menores, gaseadas en Auschwitz. Es emocionante leer el elogio fúnebre que Milena le dedicó en un diario de Praga: “Era tímido, ansioso, manso y bueno (...). Demasiado clarividente, demasiado inteligente para poder vivir y demasiado débil para poder luchar. Era débil del modo en que lo son las personas nobles y bellas, incapaces de combatir su miedo a la incomprensión (...). Su conocimiento del mundo era extraordinario y hondo; el mismo era un mundo extraordinario y hondo”.
Tenía 40 años y, como el agrimensor K., había venido a esta tierra desolada con el deseo de quedarse. Después de leer este ensayo he corrido a la biblioteca a rescatar mis libros de Kafka. Era un impulso falso: lo que realmente deseo es abrazar a Kafka y llorar sobre su hombro.