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14 marzo 2012

De Litteraria Expeditione et Sophortia


Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Tusquets, 2012. Colección "Fábula"

ISBN: 978-84-8383-385-8

960 páginas

12,95 €

Traducción de Jordi Fibla



Fran G. Matute

A simple vista, poca enjundia parece ofrecer el trazado de una demarcación geográfica. Pero todo tiene su historia. Y en el caso de la llamada Línea Mason-Dixon hasta podríamos decir que mucha. Todo fue fruto de una disputa territorial entre cuatro de las antiguas colonias británicas americanas: Delaware, Virginia (en aquel entonces, West Virginia), Pennsylvania y Maryland. Una frontera imaginaria que separara el Sur del Norte allá por 1767. Esclavos sí o no, era la verdadera cuestión de fondo. Un encargo que fue acordado otorgar por la Royal Society a un astrónomo y a un topógrafo, ambos de origen inglés: Charles Mason y Jeremiah Dixon.

A la hazaña de Mason y Dixon le han cantado Johnny Cash, Waylon Jennings y hasta The Long Ryders, por lo que no se trata de un evento totalmente ajeno a la memoria colectiva norteamericana. Pero si dicho momento de la historia, tan puntual como tangencial, es retratado por Thomas Pynchon, la cosa cambia. Enormemente. Se suele apuntar que Mason y Dixon (1997) es la obra a la que más años de trabajo ha dedicado su autor. Lo cierto es que cuando se publicaron sus cerca de 800 páginas (en la versión original), Pynchon contaba ya con 60 años. Y Mason y Dixon se convertiría -hasta la publicación de Contraluz (2009)- en su segunda novela más voluminosa.

Quizás resulte pertinente enfocar, antes que nada, el planteamiento que utiliza Pynchon para contar la epopeya de Mason y Dixon. No nos parece desafortunado afirmar que Mason y Dixon es una novela histórica. Con tintes postmodernos, por supuesto, pero histórica por encima de todo. Aunque bien es cierto que Pynchon no pone el acento en las vicisitudes territoriales que dieron lugar a la expedición sino que le preocupa, en esencia, la relación de amistad entre sus dos protagonistas. El "historicismo" de Pynchon recae, básicamente, en un elemento: la novela está escrita al estilo de las grandes obras del Siglo XVIII. Es un esfuerzo por recrear una literatura ya histórica en sí misma. Hacer creer al lector que se encuentra verdaderamente ante un texto contemporáneo a los hechos que se narran en él. Para ello se apoya en un subterfugio: la historia de Mason y Dixon es contada por un personaje de la novela, el Reverendo Wicks Cherrycoke, que asegura haber conocido en primera persona a los verdaderos protagonistas y se encarga de relatar, a todo aquel que le quiera escuchar, la odisea que vivieron estos dos particulares científicos.

"Los hechos son juguetes con los que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando...", pone Pynchon en boca de Cherrycoke. Y esta frase ejemplifica a la perfección el segundo juego metaliterario que ofrece Mason y Dixon. Porque Pynchon juega con el lector del mismo modo -o, mejor dicho, a la vez- que el Reverendo lo hace con su cálida audiencia. Pues la narración tornará folletinesca cuando las mujeres estén deambulando por la casa o incidirá en los aspectos más fantasiosos y aventureros si, por ejemplo, los jóvenes gemelos se sientan al calor de la chimenea. Y gracias a este sutil y constante juego de espejos, Mason y Dixon se convierte en un carrusel de estilos narrativos y anacronismos.

Si bien el enfoque "historicista" que toma Pynchon en Mason y Dixon puede llegar a resultar novedoso hasta para el más pynchonita, no lo son, en cambio, el resto de elementos que salpimentan la novela. No se sorprendan si en el marco de esta narración dieciochesca surgen perros sabios que hablan o patos robóticos junto a personajes históricos en situaciones comprometidas. O incluso si creen leer alguna alusión, por muy velada que esta sea, a la invención del 'ketchup' o a una abdución extraterrestre. Tampoco echarán en falta las típicas disquisiciones cientificistas, tan del gusto del autor, pues hay páginas y páginas de discusiones sobre las herramientas y técnicas utilizadas por Mason y Dixon en sus mediciones topográficas así como profusas explicaciones sobre el cálculo de vectores, latitudes y meridianos, para determinar los cuatro segmentos en los que se compuso el área a demarcar: la línea Este-Oeste, la línea Norte, la Tangente y ese contradiós geométrico derivado de aplicar un radio de doce millas alrededor de New Castle (Delaware), conocido como "el Arco". Y durante el trabajo, una constante sucesión de debates entra la ciencia y la creencia, la astronomía y la geomancia, la astrología y las fuerzas magnéticas.

Como siempre, la clarividencia de Pynchon y su verborreica prosa inunda toda la novela, convirtiendo un, 'a priori', frío y aburrido encargo en una aventura de lo más excitante. Pues a lo largo de su recorrido -casi en paralelo al río Potomac-, Mason y Dixon, y toda su expedición, van topándose con la fauna más variopinta. Una sucesión de personajes que recuerdan al extraño viaje que proponía Donald Barthelme en El padre muerto (1975), y que es utilizado por Pynchon para ofrecernos toda una lección de historia sobre los nativos de América.

Y todavía no hemos hablado de lo más fascinante que tiene Mason y Dixon que no es otra cosa que el retrato que nos regala Pynchon de los dos protagonistas. La forja de una amistad caballerosa, de respeto profesional y personal, de admiración y aprendizaje, de camaradería al fin y al cabo. Pues en el fondo, lo que Pynchon nos ofrece, bajo tantas capas de metaliteratura, es la radiografía de dos seres de carne y hueso que son manipulados hasta la extenuación por un escritor en estado de gracia. ¿Cómo es posible hilar tan fino en la construcción de una personalidad en medio de tanto caos creativo? Ahí reside el genio de este autor capaz de humanizar el desorden y de domar la incongruencia. Por ello Mason y Dixon es la obra más equilibrada de Thomas Pynchon hasta la fecha. La que mejor aúna el ansia experimentalista de su autor con esa ingente capacidad narrativa y descriptiva que tiene. No se me asusten por el tamaño pues Mason y Dixon es, dentro de las obras maestras de Pynchon, probablemente la más lineal y accesible. Por eso creemos firmemente que si quieren empezar a leer a Pynchon, este es el lugar adecuado: en algún punto entre la latitud 39°43′15''N y la 23''N.

12 julio 2011

Pynchon al sol

Epítome del postmodernismo. Incomprensible para algunos. Clarividente para unos pocos. Leer a Thomas Pynchon no puede dejar indiferente a nadie. José Martínez Ros tuvo las agallas suficientes para enfrentarse en soledad a su obra más polémica y aclamada: El arco iris de gravedad (1973), un gazpacho literario tan indigerible como adictivo. Comprobemos si su lectura le costó a nuestro crítico tanto como al Brigadier Pudding tragarse una...


José Martínez Ros

Leí las mil doscientas (más o menos) páginas de El arco iris de gravedad, la novela más famosa de Thomas Pynchon, a los veinticuatro años, cuando realizaba uno de los oficios que suelen despertar más curiosidad a mis amigos cuando rememoro esa época de trabajos cutres/precarios/mal pagados, una etapa casi inevitable en una biografía de un joven de mi generación y mi clase social. Acababa de volver a mi desangelado pueblo de Cartagena, tras nueve meses de estancia en Córdoba, becado por la Fundación Antonio Gala, con el manuscrito de un libro de poemas y mucha incertidumbre acerca de mi futuro inmediato. Algunos de los chicos y chicas que conocí en Andalucía pensaban recalar en Madrid en otoño, al comienzo del curso universitario, debido a un par de azarosas circunstancias –a) que se encuentra más o menos en el centro y b) que ninguno éramos de allí-, y la idea, dar un corte de mangas a mi vida anterior y empezar en otro sitio, me gustaba, así que necesitaba encontrar trabajo y ganar algo de dinero en el verano intermedio. Un vecino de mi abuela me propuso uno, después de un absolutamente desafortunado intento de ser mozo de cocina: trabajar para el dueño de una cantera, controlando el número de camiones que extraían de ella materiales para una construcción no demasiado distinguida, un vertedero de basuras, según creo recordar. Por favor, imaginadlo: un monte pesado y desértico, rodeado de más montes desérticos, feos y pelados, junto a una carretera que no llevaba en particular a ningún sitio, por lo menos a ningún sitio interesante. A un lado, había un camino de tierra que descendían hasta la cantera y, en la cima, un pino solitario bajo el que me apostaba cada día, desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde. Mi padre me dejaba en ese monte con una nevera con el almuerzo y una botella de agua, una silla plegable, una pequeña libreta donde anotaba la matrícula de los diversos camiones y su número de viajes, haciendo básicamente palotes, y por último, un libro muy grueso, negro, de Tusquets cuyo título no dudo que adivináis. Y yo, un veinteañero barbudo en bañador, pasando un solitario estío con la obra maestra de Thomas Pynchon.

No se trataba del primer libro de Pynchon que leía. Hacía casi dos años me había topado con una edición barata de una novela posterior, Vineland, una anfetamínica historia acerca del legado de los dorados sesenta en los sombríos ochenta que me confundió y no pude, por aquel entonces, acabar, pues había extraños conceptos de la narrativa del extraño siglo XX que aún eran un misterio para mí como “Super Ficción”, “hipertexto”, “postmodernismo”, “entropía” y tantos otros, pero sí me sonaba el nombre de Thomas Pynchon, y conocía el halo de leyenda que lo rodeaba: el escritor más invisible de la literatura norteamericana, en la que tanto abundan ilustres auto-reclusos, siempre con un recuadro en blanco en lugar de una foto bajo una biografía de cuatro líneas que incluía asistencia a las clases de literatura de Vladimir Nabokov, redacción de folletos técnicos para Boeing y una larga estancia en México. En Córdoba, me había animado a leer su primera obra, V, porque, en el curso de una visita a la Fundación, Arturo Pérez-Reverte nos lo recomendó enfáticamente, y yo, que siempre lo había considerado un personaje de ideas antediluvianas, además de muchas otras cosas negativas que no escribiré aquí, pensé algo así como “si le gusta hasta a este capullo, es que debe ser de verdad muy buena” , y por tan peregrino ejercicio de lógica, busqué un ejemplar –Córdoba es una ciudad tan fantástica que hasta hay librerías con novelas de Thomas Pynchon- y me puse con ello. La nueva experiencia en el mundo pynchonita fue mucho mejor: la novela alternaba la historia de una serie de personajes ruinosos en una ruinosa New York contemporánea con una serie de exquisitas escenas escritas con una prosa de increíble belleza (y joder, ese libro lo escribió con menos de treinta años) ambientadas en diversos lugares del mundo a lo largo de las primeras décadas del siglo XX, relatándonos entre crisis internacionales, matanzas históricas y conspiraciones disparatadas, la vida de una extraña mujer, V, que en un capítulo podía ser una jovencita remilgada que perdía la virginidad en El Cairo o una cortesana en Florencia a una 'cyborg' disfrazada de sacerdote, y que podía considerarse un símbolo de la rebelión de las fuerzas de maquinismo inanimado (y el fascismo/capitalismo) contra el espíritu humano. Así que me consideraba preparado para enfrentarme a un reto mayor.

A lo largo de aquel verano, leí El arco iris de gravedad dos veces. Hay un chiste genial en Los Simpson. Lisa se hace pasar por universitaria y una de sus nuevas amigas “intelectuales” lleva el tochazo de Pynchon. “¿Estás leyendo El arco iris de gravedad?”, le pregunta Lisa, sorprendida. Su nueva amiga sonríe. “No, lo estoy releyendo”. Yo lo releí –cada lectura me ocupó, más o menos, un mes- no por alardear, ni nada parecido, sino porque, tras el primer combate, 'round' a 'round', Pynchon me había machacado: no había entendido casi nada. Pero tenía un montón de pasajes clavados en mi mente, girando ahí sin cesar así que me interné de nuevo en el oscuro, lóbrego y resplandeciente bosque verbal del gran T. P. en busca de un hilo conductor, un sendero oculto entre miríadas de personajes y escenarios de una versión definitivamente alucinógena y megafriki de lo que fue la Segunda Guerra Mundial (la que orquestó Tarantino en Malditos bastardos palidece en comparación) que me permitiera ir de una a otra. Creo que lo conseguí, y salí de la selva con muchos rasguños, pero sin ninguna herida mortal, como suele suceder con los grandes libros y como sucede, según el célebre poema de Kavafis, con los grandes viajes, lo que más recuerdo de El arco iris de gravedad son esos pasajes que tanto me impresionaron la primera vez, más que el famoso inicio (“llega un grito a través del cielo”) y el apocalíptico final del libro o el difuso argumento general. Me acuerdo del primer encuentro de los amantes adúlteros, Roger y Jessica, con el sonido de fondo de las explosiones de los cohetes nazis, las V-2, en Londres, y que él declara tranquilamente “mi madre es la guerra”. Me acuerdo del descenso del joven Slothrop por un retrete lleno de un sinfín de cosas repugnantes tras una armónica, escena plagiada en Trainspotting. Me acuerdo del honorable y coprófago Brigadier Pudding, protagonista de la escena sexual más bizarra de un libro lleno de sexo bizarro. Me acuerdo de que a lo largo de todo el libro suena "La gazza ladra", de Rossini, y que esa pieza suena igualmente en La crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami. Me acuerdo de la comuna de judíos masoquistas que se niega a abandonar el campo de concentración. Me acuerdo del pulpo amaestrado del doctor Pointsman y de la bellísima y atormentada Katje… Thomas Pynchon soñó de nuevo la Segunda Guerra Mundial y nos invitó a recorrer la más sangrienta pesadilla que ha conocido la humanidad de un modo único. Es decisión de todos ustedes enfrentarse o no a ella, a esta novela que ganó el National Book Award (por supuesto, Pynchon no fue a recogerlo y mandó a un cómico en su lugar) en 1974, fue considerada obscena por el jurado del premio Pulitzer y un libro “ilegible” que “humillará, confundirá y espantará al lector”, por el distinguido George Steiner.

15 abril 2011

Poema sinfónico para banda de surf y orquesta


Vicio propio

Thomas Pynchon

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-301-8

422 páginas

21 €

Traducción de Vicente Campos González



Fran G. Matute

Por algún sitio había leído que la última novela de Thomas Pynchon era su producto más ligero, más "comercial", más accesible, hasta la fecha. Y discrepo soberanamente sobre esta idea. La única gran diferencia existente entre Vicio propio y, por ejemplo, sus dos últimas publicaciones (las descomunales Mason y Dixon y Contraluz), es que tiene un número más engullible de páginas. Si esto, en el mundo de Thomas Pynchon, significa ser más 'light', podríamos llegar entonces a acordar, de forma más o menos pacífica, que su última novela ha sorprendido a los lectores más que nada por su prontitud en su publicación con respecto a la anterior. Pynchon nos tenía acostumbrados a que sus referencias viesen la luz con cuentagotas, pero de un tiempo a esta parte parece que el abuelete juguetón en el que debe de haberse convertido ya goza de una segunda juventud creativa.

Por estos lares, no nos da vergüenza reconocerlo, somos fanáticos de este huidizo autor, que reniega de la fama que indudablemente tendría si se dejara entrevistar, fotografiar y/o premiar. Pero Pynchon lleva muchos años en el anonimato por voluntad propia y su modelo de negocio literario parece funcionar. ¿Quién está detrás de sus libros? ¿Cómo es el hombre tras la cortina? Estos interrogantes nos parecen pertinentes en el caso de Thomas Pynchon, justo ahora que muchos artistas tienden a "ofrecerse" a su público a través de las redes sociales y discutimos sobre la legitimidad o utilidad de mostrarse en demasía cotidiana, so pena de hacer perder el halo de misterio e intelectualidad que rodea al creador al que nos gusta imaginar como alguien especial y no como un 'everyman' que tiene que llevar a su hija al colegio o que se emociona con el reencuentro de una antigua y querida profesora de la infancia.

Pero insistimos en que este discurso sí nos parece relevante en el caso de Thomas Pynchon porque forma parte del juego metaliterario que propone. Sumergirte en una novela de Pynchon es como buscar a Wally. Uno tiende a buscar identificantes dentro del texto con la esperanza de poder determinar cuál de esos personajes o situaciones son reales o están basados en experiencias propias del autor. Asumimos que Pynchon no siempre ha vivido apartado del mundanal ruido. De hecho nos consta que se trata de un ser humano que se relaciona, que posee un conocimiento enciclopédico sobre el mundo, que ha experimentado con su cuerpo y su mente y que participa activamente de esto que llamamos Vida. Pynchon es un autor real y como tal debemos ser capaces de encontrar en la interlinealidad de su obra destellos biográficos, por poco que sepamos de él. De esto trata, en nuestra humilde opinión, la literatura de Pynchon, y sobre esta premisa, Vicio propio no sólo es una de sus novelas más estimulantes y complejas sino que termina siendo una de las más divertidas.

Al joven Pynchon lo imagino como uno de los amiguetes (o mejor dicho, como una mezcla de todos ellos) de Gnossos Pappadopoulis, protagonista de la novela semiautobiográfica Hundido hasta el cielo (1966) del poeta, activista y cantautor Richard Fariña. Sabemos que Fariña y Pynchon fueron amigos en la Universidad de Cornell (Nueva York) a finales de los años 50 y también sabemos que la obra magna de Pynchon, El arco iris de gravedad (1973) está dedicado a Fariña, así que podemos más o menos extrapolar el anecdotario de la novela de culto del malogrado cantautor a la juventud más barbilampiña y contestataria de Thomas Pynchon. Pero de ese 'angry young man' al alocado detective privado -Doc Sportello- que protagoniza su última novela, hay un pequeño salto 'coast to coast'. Fue en California donde Pynchon ideó todo su imaginario literario y a esa California de finales de los años 60 vuelve con Vicio propio.

Y nos fascina la recreación paisajística que hace Pynchon de ese nostálgico y alterado L.A. que retrata en ésta su última novela. Una urbe en ebullición en la que conviven en aparente "armonía y comprensión" detectives fumetas, sociedades secretas de dentistas y surferos filósofos, hasta la irrupción de Charles Manson en la vida pública, que Pynchon utiliza como símbolo del final de la Era de Acuario. De repente los "colgados" se vuelven más paranoicos que de costumbre, los magnates inmobiliarios viven epifanías pseudo-religiosas y optan por donar todo su capital a la beneficencia y un pirado de la tecnología inventa un prototipo de Internet. Las drogas han abierto las puertas de la percepción pero lo que hay al otro lado no es precisamente el paraíso. Y en medio de toda esa esquizofrenia seguimos a Doc Sportello, un émulo de John Garfield obsesionado con los porros, el cine clásico y el surf instrumental, en su tortuoso encargo, cruzando las avenidas de un Los Ángeles que ofrece demasiadas distracciones. Un lugar perfecto para dar rienda suelta a la imaginación sin límites de Pynchon que nos introduce en esta trama 'noir' que debería traernos a la memoria a los clásicos del género pero que por cercanía estilística y temática nos recuerda más a obras como El gran Lebowski (1998) o la serie John from Cincinnati (2007).

Pynchon ya había retratado, a su manera, el mundo 'hippie' en su obra Vineland (1990) y también había coqueteado con el género-negro-con-banda-de-rock-de-por-medio en su afamada La subasta del lote 49 (1966), así que Vicio propio se nos antoja una extraña mezcla de las dos. Pero como señalábamos antes, la cercancía del retrato que hace Pynchon de ese Los Ángeles decadente y sin embargo lleno de vida nos convierte en semióticos de su propia biografía. Pynchon nos atiborra, como suele ser costumbre en sus obras, de referencias culturales de la época que sirven para contextualizar los gustos del propio autor y su enciclopédico conocimiento del medio. No sólo aparecen citadas por las páginas de Vicio propio personalidades básicas del mundo de la música (como Frank Zappa o Elvis Presley) o del deporte (Kareem Abdul-Jabbar cuando jugaba en Milwaukee Bucks y se llamaba Lew Alcindor) o de la televisión (Art Fleming, presentador del programa Jeopardy!), sino que los personajes de esta novela lo mismo llevan camisetas de Country Joe & The Fish o de Pearls Before Swine, que escuchan por la radio a Rocío Dúrcal (sic) o a Fapardokly.

Pero bajo esa pátina pop, Pynchon desliza su interpretación de las cosas. En todas sus grandes obras se ha intentado explicar el mundo, a su manera (de nuevo), a través de grandes eventos históricos (La Segunda Guerra Mundial, la Exposición Universal de Chicago de 1893, el diseño de la línea Mason-Dixon...) entre los que ahora parece incluir la revolución de la contracultura de finales de la década de los sesenta, de la que él fue partícipe directo. Y se refiere a ella con pesadumbre, de ahí el título de ésta novela que alude a un término legal por el que los actos jurídicos nacen viciados en su origen, llevando internamente una especie de virus, una carcoma, que los convierte en inválidos en el momento en el que se pretenden ejercitar o ejecutar. Es el cáncer de nuestro tiempo, el saber que vivimos tiempos viciados, que nuestras ansias de revolución terminarán cayendo en saco roto porque el ser humano es un ente imperfecto, una crisálida envenenada incrustada inevitablemente en los cimientos de la sociedad.

Este es el universo de Thomas Pynchon. Este es el universo del que probablemente sea el escritor mejor dotado (intelectualmente hablando) vivo. Y como apuntábamos con anterioridad, Vicio propio quizás sea su obra más autobiográfica por lo que el disfrute literario es doble. Nunca se había mostrado tan desnudo como hasta ahora (hasta el punto de que grabó con su propia voz -la segunda vez que se oye tras su aparición en Los Simpsons- un anuncio comercial para promocionar la novela que podéis encontrar en YouTube). Pynchon se nos hace mayor y quizás algún día nos deje ver al Mago de Oz. Pero mientras eso ocurre, tened por seguro que la visión más certera que podáis llegar a tener de él está en las páginas de Vicio propio, la última obra maestra de Thomas Pynchon: el puto amo.

22 septiembre 2010

El secreto de nuestro mundo


Contraluz

Thomas Pynchon

Tusquets, 2010

ISBN: 9788483832073

1.340 páginas

32 €

Traducción de Vicente Campos


José Martínez Ros

Si hay un autor “secreto”, de “culto” en el mundo, éste es, por supuesto, el gran Thomas Pynchon, objeto como tal de un culto cada vez más oficial (algo que coincide con el semiolvido de compañeros de generación como Gaddis, John Barth o Bathelme) y de alguna flagrante omisión de aquellos para los que la gran novela americana se tiene que mover en las coordenadas del realismo más epidérmico. Si hubiera que describir como es su escritura (pues nos acaba de llegar su penúltima novela, la enorme, enciclopédica, Contraluz) , tendríamos que imaginar una mezcla mutante de Borges (en su concepción gnóstica del Universo como una serie de capas superpuestas que nos van alejando de una verdad oculta e imprevisible), Joyce (en su abrumador torrente verbal) y Nabokov (en su exquisito preciosismo: incluso traducida –espléndidamente traducida- apreciamos la belleza de la prosa de Contraluz, en la que es difícil hallar una frase que no suene acabada y perfecta) por el filtro alucinógeno de Philip K. Dick y William Burroughs. Si tuviéramos que explicar de qué van las novelas de Thomas Pynchon, podemos afimar que todas ellas son “representaciones” del mundo contemporáneo: un mundo en el que cualquier tipo de identidad se vuelve extremadamente dudosa, la ciencia se vuelve una disciplina esotérica y a veces aterradora y los individuos se ven sometidos a la presión asfixiante de las grandes estructuras empresariales y estatales (no por nada, George Orwell es uno de los escritores favoritos de Pynchon, que parece dudar que no vivamos realmente en una sutil versión disneylanesca de 1984).

Y, en concreto, Contraluz, ¿de qué va? A lo largo de más de mil oceánicas páginas ambientadas a finales del siglo XIX e inicios del XX, hay varias líneas argumentales, entre las que destaca un irreprochable western protagonizado por los cuatro hijos, tres varones y una chica, de un minero anarquista Webb Traverse, asesinado por un par de matones al servicio de un magnate. Mientras que ella se vincula sentimental y sexualmente con uno de los asesinos, la venganza de los restantes Traverse se prolongará a lo largo de varias décadas y continentes.

Pero, además de sus andanzas, encontramos a aeronautas cuyas aventuras son recogidas en folletines, espías de turbulentos apetitos sexuales, matemáticas con vocación de 'femme fatale', las intrigas políticas de una época en la que Europa era poco menos que un polvorín a punto de estallar, la mística Shambala en el corazón de Asia, incluso el famoso incidente de Tugunska, incluso piojos parlantes y adictos a la sangre humana, viajes por el subsuelo terrestre y un perro gourmet… Si alguna de estas cosas (o mejor aún, todas ellas) son de su interés, no dejen de perderse en esta obra.

Los que ya son adictos a sus novelas tal piensen que sus últimas obras –Contraluz, Mason & Dixon- son más líricas, amables y convencionales (los buenos son unos chicos estupendos, los malos una gentuza de la peor ralea) que las iniciales y apocalípticas V o El arco iris de la gravedad, que el último acto de la venganza de los Traverse resulta algo desvaído, que aunque las páginas finales son muy bellas se echa en falta algo más. Y tal vez estén en lo cierto. Pero no es menos que verdad que un párrafo al azar de la última novela de este genial setentón es más original, vanguardista y muchísimo más divertido que mil “nocillas”.