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31 mayo 2013

Nuevos caminos para la vieja novela


Historia de una mirada

Rebeca García Nieto

Eutelequia, 2013

ISBN: 978-84-9404-124-2

328 páginas

18 €




Daniel Ruiz García

Hay muchos aspectos interesantes en Historia de una mirada. Además de estar muy bellamente escrita, con momentos de una sensibilidad deslumbrante (creo que Rebeca García Nieto está especialmente dotada para la metáfora), me ha interesado de forma especial porque plantea una propuesta sólida del género novelístico para este siglo XXI, que asume y recoge la herencia de la novela arquetípica incorporando elementos propios de los nuevos tiempos.

El planteamiento de partida, de hecho, no puede resultar más clásico: narrar la historia  intergeneracional de una familia (los Montaraz), para más inri enclavada en el escenario terruñero de la Castilla rural de Delibes. Lo que viene siendo una novela decimonónica de las de toda la vida. Sin embargo, aunque no pueda decirse que no estamos ante una historia realista, al mismo tiempo es una historia muy moderna por el enfoque y la forma de la narración. Porque hay naturalismo a raudales, pero es un naturalismo muy impresionista y caprichoso, que rehúye la forma convencional de narración (presentación-nudo-desenlace), y que plantea una linealidad con una diacronía totalmente disfuncional. Es una novela con un empaque clásico pero con una forma muy moderna, que evita los planteamientos iconoclastas o postmodernos tan propios de la nueva novela “que se lleva” en beneficio del armazón estructural y la sustancia narrativa.

En cierta medida, ocurre con Historia de una mirada lo que ocurre con las novelas de Rafael Chirbes: aunque aparentemente en las novelas de Chirbes no se percibe una estructura, la intensidad narrativa y la densidad derivada de la superposición de los flujos de conciencia acaban desprendiendo una sensación lectora muy cercana a la que nos reporta la lectura de una novela clásica. En Historia de una mirada hay de hecho algún personaje que parece arrancado de Crematorio, y el gusto por la digresión intelectual tan propio de Chirbes también está presente en esta novela. Pero comparten algo más, y es, me atrevo a afirmar, cierta concepción de la novela como instrumento contenedor de una forma de ver y de explicar el mundo, con un pie puesto en la Historia y otro pie en lo social.

Como en las novelas de Chirbes, cada personaje de Historia de una mirada representa una actitud frente a la vida, una concepción ideológica, una forma de estar en el mundo. Los personajes están muy bien perfilados y contribuyen a dar solidez a la narración, que está rociada, como toda buena novela naturalista, de un fuerte psicologismo. Así, la abuela Nieves tiene un dibujo tan intenso y matizado como su nieta Sara y como sus dos hijos, que representan cada uno dos formas de ver y de entender el mundo. Sobre estos personajes se construye una historia que revela, sobre todo, la existencia de una voz narrativa de gran originalidad, madurez y carácter, a la que merece seguir la pista muy de cerca. 

13 octubre 2011

Escribir como desangrarse


¡Oh, Janis, mi dulce y sucia Janis! Memorias de una estrella del porno (amateur)

Patxi Irurzun

Eutelequia, 2011

ISBN: 978-84-938733-3-2

208 páginas

16 €



Daniel Ruiz García

Por momentos, con este libro he tenido la sensación de estar leyendo un cómic antes que una novela. Ello es así, primero, por el corte de la historia, las aventuras y desventuras de un pobre currela navarro que de un día para otro se convierte en una especie de estrella del porno especializada en ambientes exóticos. Y segundo, y sobre todo, por el estilo literario de Patxi Irurzun, un tipo no sólo con buen pulso narrativo, sino dotado con gran talento para transformar la realidad en algo deforme, un dibujo grotesco donde no falta la caricatura, la hipérbole, la casquería, la sordidez y el exceso.

La apariencia excesiva del relato, el tono estilístico desmesurado, es lo que invita a pensar que Irurzun, antes que escribir, parece desangrarse con las frases. Abundan las digresiones, los comentarios impertinentes, las observaciones feístas o directamente zafias, pero la prosodia, el estilo del fraseo, hace que todo esté bien lubricado y parezca compacto, dando una unidad al libro que no acaba hasta el final de la novela.

En cierto modo, Irurzun emplea el recurso de su protagonista pornostar trotamundos para mostrarnos realidades nada agradables, en una especie de tour turístico por el Tercer Mundo empaquetado bajo la aparente pátina amable del humor. Con ese humor se permite trasladarnos a realidades miserables como algunos barrios de Manila, Bangkok o Cuba, poniendo siempre en todo una mirada supuestamente desentendida y cafre, pero bajo la que se deslizan los, a mi juicio, mejores momentos de la novela. Mostrar miserias sin que resulte forzado, o sin caer en el maniqueo o el ternurismo, es una de las habilidades más complicadas a la hora de abordar materiales literarios sensibles. Pero en esto Patxi Irurzun se mueve con gran solvencia. ¡Oh, Janis, mi dulce y sucia Janis! es una novela que se sabe gamberra, que se pretende iconoclasta, y que está construida desde el desprejuicio. Pero creo que su principal aportación subyace en los pliegues escondidos de esta declaración de intenciones, mucho más ruidosa, y con capacidad para barrer a su paso todo lo demás. Irurzun es un escritor bien dotado, al que me gustaría leer en registros serios. Si bien es cierto que esta novela me ha hecho pasar más de un buen rato.

11 mayo 2011

Diario (impertinente) de a bordo



Asco

José Ángel Barrueco

Eutelequia, 2011

ISBN: 978-84-938256-9-0

176 páginas

15 €




Daniel Ruiz García

Todo aquel que esté barajando seriamente lo de hacer un crucero para estas vacaciones veraniegas, ahora que todavía sale un poco más económico, debería darse una vueltecita por las páginas de este libro. En él encontrará lo que no cuenta ningún touroperador ni ninguna agencia de viajes: una narración pormenorizada y rigurosa sobre la travesía en un crucero por el Adriático, que fuera de todo tinte aventurero o romántico resulta ser un paseo por el infierno. Más concretamente, por el infierno de la gula, del mal gusto y de las actitudes egoístas y dignas de repugnancia. De ahí el título de Asco, con el que el autor sintetiza expresivamente las vivencias más significativas de ese viaje por las raíces marítimas de Europa. Un viaje que se realiza a bordo del mismo buque, el Zenith, que curiosamente sirvió a David Foster Wallace como trabajo de campo para su memorable artículo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, recurrente en el libro que aquí reseñamos.

Nótese que hablo de libro y no de novela. Sin ser una novela, tampoco es un libro de viajes, ni una guía, ni tampoco un reportaje o un ensayo al uso. Aunque de todo eso hay, no vaya a pensarse en que estamos ante un texto disperso, un puchero de párrafos o una adición de retales de ésas que de un tiempo acá se han puesto tan de moda, auspiciadas por el paraguas un tanto displicente de la postmodernidad literaria. El resultado es compacto, sustancial, y ello gracias a la voz narrativa de Barrueco, que cose muy bien toda la estructura y mantiene el fuste rígido en el estilo, ofreciéndonos un texto muy auténtico, por su carácter vivencial y porque la primera persona fija en todo momento el discurso, dejando muy claro que estamos ante un escrito testimonial y realista.

Además de un escritor muy competente (esto puede parecer una perogrullada, pero no: abundan los libros de escritores que no saben escribir), Barrueco es un autor especialmente dotado para el dibujo de personajes. En este caso habría que decir, más bien, para el retrato de personajes de carne y hueso, ya que en todo momento mantiene una posición de observador de una realidad muy –esto sí es de Perogrullo- real. El observador impertinente que no comulga con la fiesta, pero que se mantiene allí, bebiendo en silencio y tomando nota, en la tradición del escritor-observador flaubertiano.

Pertenece sin embargo Barrueco a ese género especial de retratistas con talento para la caricatura, y por este camino su prosa, normalmente fluida, alcanza cotas de fuerte expresividad que, con ánimo sincrético, le hace pensar a uno en los retratos maliciosos de Goya o en las viñetas hiperbólicas de Robert Crumb. También en esto del sincretismo, algunos de los personajes que atraviesan sus páginas parecen haberse escapado de La gran comilona de Marco Ferreri, o de las secuencias más desmesuradas de las películas de Terry Gilliam.

Lo peor, sin embargo, es pensar por un momento que Barrueco no ha sido exagerado. Y que esos personajes que retrata existen de verdad. Hay en este sentido momentos verdaderamente intensos, que mueven irresistiblemente a la hilaridad, como la anécdota de la turista que confunde Venecia con la Roma estival de Audrie Hepburn y Gregory Peck, cuando no a la repugnancia, como la crónica del concurso de bellezas femeninas (digna del mejor Bukowski).

Frente a esta visión implacable, con la que todos los lectores acabamos comulgando (nos hace sentir que estamos de su parte, nunca de parte del resto), Barrueco también muestra compasión por la otra mitad del barco, la tripulación, esto es, la masa trabajadora. En estas ocasiones, el autor muda la piel y se convierte en el compasivo Stevenson que viaja junto a los miserables trabajadores en El aprendiz de emigrante. La relación que mantiene con el trabajador asignado a su camarote, y la forma en que esta relación concluye a la finalización del crucero, es en sí mismo un relato minimalista de eco carveriano y gran potencia lírica. Esa dimensión poética se presenta de forma constante en la imagen del bebé que viaja con Barrueco y sus acompañantes, y que representa, en oposición a la masa abúlica y embrutecida, la inocencia, la pureza, lo bello, lo intocable. Este personaje-símbolo es de hecho el elemento que permite plantear un final abierto, que concluye con una pregunta: una especie de balcón con vistas a la esperanza.

Con esta obra arranca una trilogía que ya está bautizada (Angustia y Alumbramiento serán los siguientes títulos), y con la que Barrueco pretende rendir cuentas con su visión sobre la vida. El primer plato, asqueroso y a la vez sabroso, nos deja con algo de hambre, lo que no es malo: siempre es bueno conservar un poco de apetito al levantarse de la mesa. Para indigestiones pesadas, ya están los cruceros.