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26 enero 2012

'Road movie' literaria

De ciudad en ciudad. Sombras y huellas

Nedim Gürsel

Alianza, 2011

ISBN: 978-84-206-5259-7

352 páginas

22,70 €

Traducción de María Dolores Torres París y Carmen Torres París



Ilya U. Topper

No me gustan los libros de viajes, pero de todos los libros de viajes, éste es el que más me gusta. Iba a poner esto como conclusión al final de la reseña, pero por qué no empezar por ahí y así les ahorro a ustedes el resto de la lectura, por si tienen prisa.

No pretendo pontificar respecto a mi aversión hacia los libros de viajes: puedo dar fe, para escoger un ejemplo cercano, que el compañero Alejandro Luque ganara con su Viaje a la Sicilia con un guía ciego no sólo un premio sino además un puñado de admiradoras de las que algunas incluso aseguran que el libro es útil como guía de viaje. No seré yo quien les contradiga. De manera que no voy a extenderme con boutades como que los libros de viaje los escriben quienes no tienen talento para novelas ni disciplina para reportajes ni paciencia para una tesina. Además, por lo que dicen de Nedim Gürsel, turco afincado en París, es un gran novelista. Y no todo el mundo puede ser Kessel, capaz de firmar las mejores novelas de la literatura francesa tras un viaje por Afganistán o Kenia.

Digamos mejor que eso de escribir libros de viajes recuerda a un viajero de los antiguos, antes de que se inventara la palabra turismo. Imaginamos a Gürsel caminando, con abrigo y sombrero, por las calles para comprar en un mercadillo de segunda una postal antigua, en tono sepia, que muestre el perfil de un famoso escritor de la ciudad en cuestión. Dostoyevski, en San Petersburgo. Kadaré, en Tirana. La alegre muchachada de Bowles y Burroughs en Tánger. Gogol, en Kiev. O por supuesto Kafka, en Praga. Luego garabatea en el dorso algunas palabras sobre las callejuelas encantadoras, la fina lluvia y si se tercia, algún verso, y a Correos.

Eso, pero en versión literaria ―nada de garabatear: Gürsel traza una letra fina, precisa, cuidada al extremo― y en 300 páginas. Quince ciudades dan para mucho. Y no siempre son escritores los personajes en los que se fija el viajero. En Rotterdam puede ser el fotógrafo Breitner, y de ahí hay saltos a Marguerite Duras y a Hiroshima. En Roma es Caravaggio (un perfil trazado a claroscuros fuertes, como le gustaban a ese pintor: confieso que nunca supe quién era realmente Caravaggio, por qué marcó siglos, hasta leer este perfil a brochazos de Nedim Gürsel). En Buenos Aires es Carlos Gardel y toda la cultura del tango, aunque desde luego también asoman Borges y Martín Fierro. En Nueva Orleans es la Blanche du Bois que viaja en un tranvía llamado deseo. Y algunas ciudades merecen doblete: no sólo Kafka escribió en Praga, sino también Paul Leppin. Kiev es también la ciudad del pintor y poeta Taras Chevchenko, no sólo la del duro Taras Bulba, casi insuperable en su dureza gogoliana. Del Ahundov de Bakú pasaremos rápido; si ustedes conocen a Izet Sarajlic de Radimlia, les felicito, yo aún tengo que enterarme bien de Ivo Andric, el de Sarajevo. Ah, y a que no adivinan quién es el de Bruselas? Baudelaire.

Acabaremos en Estambul, o en una casa en Rochefort, costa atlántica francesa, con reminiscencias de Estambul: aquí vivió Pierre Loti, desde aquí se carteaba con un sultán otomano, desde aquí revolucionó la literatura francesa con su historia de amor clandestino con Aziyadé, la circasiana de Estambul. Novelas orientalistas, por supuesto, una mirada de extraño que dibuja un mundo exótico como él quiso verlo, pero que sí abrió a los escritores franceses un nuevo mundo (Isabelle Eberhardt, que no fue orientalista sino auténtica, transubstanciada en argelina, se inspiró en Loti; lástima que Nedim Gürsel no tocara Argel en su periplo). Nazim Hikmet, el poeta nacional turco, fue muy severo con Loti, al que acusó de todos los males colonialistas, pero es ahí donde Gürsel discrepa de su maestro, un duelo postumo por el honor de un colega.

Nazim Hikmet es algo así como el guía de Gürsel a través de Europa: de Praga a Kiev y Bakú, los versos del poeta pespuntean el recorrido. Pero también está Can Yüzel o el griego Giorgos Seferis. Y Apollinaire que, por cierto, protagoniza Basilea.

No todo es literatura. En Albania, Gürsel escucha de primera mano el relato sobre la caída y la ejecución ―dicen que suicido― de Mehmet Shehu, camarada y mano derecha de Enver Hoxha: un dictador no puede dejar que nadie crezca bajo su sombra. Y no le perdona al gran Kadaré ―el único escritor con el que se encontró personalmente― que llamara “presidente” y defendiera al general golpista turco Kenan Evren, que acababa de prohibir dos libros de Gürsel y le obligara a exiliarse.

El de Albania, de todas formas, es mi capítulo preferido: la visión de un país recién liberado de una dictadura obsesiva, lleno de búnkeres inútiles, entre los que las chicas pasean “con pantalones rosa fuerte o azul índigo: sus camisetas y sus blusas son tan cortas que dejan el ombligo al aire”. El primer país del mundo con un museo del ateísmo en el que ahora todos están en busca de una divinidad. “¿Quiere usted ser católico o musulmán? Si prefiere el protestantismo, también disponemos de él en nuestros stocks. ¿Y qué le parece la religión ortodoxa? Basta con pedirlo, no se preocupe de nada, nosotros nos encargamos de todo”. El futuro está a la vuelta de la esquina: “El ateismo preconizado por Enver Hoxha sólo será un recuerdo. Y las guapas albanesas llevarán o un crucifijo o el velo islámico”.

En el otro lado del mundo, en Nueva Orléans, la otra cara de la moneda: el carnaval rompe las rígidas barreras, premia con collarcitos a las chicas que, siguiendo la costumbre, estos días se suben la camiseta para mostrar las tetas desde el balcón y desatan la furia, bajo la mirada escéptica de un escritor turco afincado en París, que compara este tabú americano del cuerpo con las playas de Niza, donde las mujeres toman todos los días el sol en topless. Sin collares.

Una mirada antropológica, una observación aguda, pero siempre desde la esquina de la calle: el viajero no forma parte de todo aquello y el máximo diálogo recogido con los figurantes anónimos de esta 'road movie' por entregas es el que le vincula a aquella camarera de San Petersburgo: Do svidania.

Si piensan hacerse un viaje por Europa, no lo duden.

[Advertencia a la editorial: revisen urgentemente su programa de edición. No sólo porque es la segunda vez que me encuentro las notas al pie de página partidas por la mitad, con la frase acabando 30 páginas después, sino porque me han vuelto a colar el nombre de Skanderbeg, Iskender Bey, Jorge Castriota para los historiadores, el héroe albanés, convertido en Skanderberg, al igual que en El Cerco de Kadaré. Tómense otra Carlsbeg, pero háganselo mirar.]

20 octubre 2011

'Making of' desenfocado


La casa donde se esconde el sol

Kike del Olmo

Alcalá Grupo Editorial, 2010.

ISBN: 978-84-15009-01-6

144 páginas

14,90 €

Prólogo de Javier Nart


Ilya U. Topper

Es con mucha ilusión que uno abre un librito con el extraño título de La casa donde se esconde el sol, cuando le dicen que se trata de un viaje hacia el pueblo gitano. Concretamente del viaje de un fotógrafo que va desde España hasta la India (y vuelta) buscando en cada país a los de la raza calé y rodando un filme documental sobre sus vidas.

Uno, que es plumilla y ha visto lo suyo entre los compañeros, está dispuesto a perdonarle a un fotero ―Kike del Olmo es fotógrafo de profesión― la ortografía, las haches mal colocadas y los topónimos transcritos con más fonética que corrección, no sin cierta nostalgia por el venerable y ¿extinto? oficio del corrector de pruebas. Lo que importa, en fin, es la historia.

Y esa historia la va buscando uno conforme pasan las páginas y el fascinante arranque en un bar de mala muerte, pero no suficientemente mala, en Calcuta, deja paso al viaje. Uno se impacienta un poco cuando acaba sabiendo ya todo sobre los achaques del todoterreno de segunda mano con el que la pareja protagonista hace el camino de Barcelona a Delhi, los humores de la policía en los Balcanes y los ritmos vitales de la acompañante, antes de haberse encontrado con un solo gitano. Cuando por fin aparecen algunos representantes, uno celebra por supuesto, la delicadeza del fotógrafo en asignarle “a la mayoría” nombres supuestos, para evitarles consecuencias indeseadas, pero dado que no hay más explicaciones, uno se queda sin saber si las diputadas gitanas, activistas o víctimas de la discriminación se han quedado con su nombre auténtico o no: no será fácil utilizar el libro como documentación.

De todas formas, documentación no hay. Si aparecen cifras de porcentaje de población gitana en los países recorridos, o número de hablantes del romaní, o legislación referida a grupos étnicos o estudios sobre discriminación, es por casualidad. Durante algunas páginas, uno tiene la sospecha de que si aparecen gitanos es por casualidad. Y cuando por fin la pareja se queda a vivir tres días en casa de una familia rom, la experiencia se ventila en mucho menos líneas que la que merece un arreglo mecánico del coche.

No negaré que el viaje tiene su emoción ―cruzar Asia en un viejo cuatro por cuatro lo tiene― pero no es eso lo que nos prometieron en la portada. Aquí no hay nada de la mirada antropológica de Isabel Fonseca (Enterradme de pie). Partíamos de la idea de que la India es la patria de los primeros gitanos y una lista al inicio del libro documenta el parentesco entre las lenguas hindi y el romaní, pero cuando por fin la expedición llega al subcontinente y explora las tribus que tal vez más cerca estén de esa supuesta población de origen, el autor no tiene inclinación en volver a indagar en la cuestión lingüística.

Y pese a la emocionante y gráfica descripción de las familias que desfilan ante la cámara del fotógrafo, nos quedamos con más dudas que certidumbres. Cuando el autor dice que esta gente, de muy modesta vida, raramente puede echar a la cazuela un trozo de pollo o de carne ¿eso significa que son musulmanes? ¿o son hindúes que no cumplen las normas vegetarianas? ¿O tal vez paganos que no se reconocen en ninguna de las grandes religiones indias? Si usted buscaba aquí el origen de los gitanos, cuyas camaleónicas costumbres religiosas nos asombran en Europa ¡ahora nos podría haber ilustrado!

Menos mal que queda la vuelta: Irán, Turquía, Balcanes... Oportunidad para añadir unas pinceladas a un cuadro que ha dejado grandes espacios en blanco en la primera parte. Pero las anécdotas con payos siguen ganándole en varias páginas a las experiencias con gitanos. Es sólo en Finlandia, donde se toca por un momento la cuestión de la integración de los romaní en la sociedad paya y el obstáculo que constituye el propio código gitano, el romanipen: las gitanas no pueden trabajar en centros comerciales de varios pisos porque ese código impide que una mujer se halle físicamente por encima de un hombre. O así lo asegura una gitana finlandesa. Y el autor se queda ahí, y nos deja solos con la pregunta si los gitanos nunca pueden vivir en bloques de pisos ―en Sevilla lo hacen― o si el romanipen no es tan universal como dicen, o qué demonios pasa.

Y eso no lo arregla la escena final, por bella, por emocionante, por arrebatadora que sea: la de una gitana en Algeciras vibrando al ritmo de una canción ajena. Se acabó el viaje y uno se pregunta qué ha aprendido.

Uno desea ver el filme que ha grabado Kike del Olmo: ¿tal vez todo eso esté explicado ahí, mientras este librito nos sea más que el 'making of' desenfocado, una serie de instantáneas graciosas del 'set' de rodaje? Tal vez. Pero los lectores nos quedamos con las ganas. Hay libros tras cuya lectura uno impondría al autor una orden de alejamiento de papel y lápiz. En este caso, no: uno le condenaría a repetir el viaje, fijarse mejor, documentarse y contárnoslo de verdad. Es que hace falta, ¡por mis muertos que hace falta!

25 abril 2011

Piedras en el riñón


Diario de viaje a Italia

Michel de Montaigne

Cátedra, 2010. Colección "Letras Universales"

ISBN: 978-84-376-2696-3

392 páginas

14 €

Edición de Santiago R. Santerbás



Alejandro Luque

Puede que los devotos de Montaigne, los atentos y gozosos lectores de sus Ensayos, se sientan decepcionados al no encontrar en estas páginas el torrente de lucidez y sapiencia que de aquéllos emana. Es posible también que los amantes de Italia, seducidos por el título, lo acaben juzgando también negativamente si se compara, por ejemplo, con el Viaje de Goethe, o el de Stendhal. Y, sin embargo, el libro que nos ocupa, a buen seguro no concebido para su publicación, y desde luego no escrito pensando en la posteridad, reserva tantas jugosas revelaciones y puntos de vista que su recomendación está más que justificada.

Estamos en 1580, diez años después del retiro de Montaigne en su torre, y doce antes de su muerte. El escritor, aquejado de cálculos renales, flatulencias y estreñimientos, inicia un largo periplo por los balnearios de Alemania, Suiza e Italia para curarse. Lleva en su séquito a un secretario que irá tomando puntual nota de cuanto vaya sucediendo en el camino; y, cuando más adelante sea despedido por motivos que ignoramos, será el propio Montaigne quien tome la pluma para proseguirlo.

Así, no se trata de un relato precursor del Grand Tour, un viaje a la semilla de la civilización occidental, sino de un itinerario donde en principio hay más piedras de riñón que mármoles y terracotas; más baños termales y salutíferas ingestas que iglesias esplendentes o paisajes bucólicos. Paciencia, pues, para internarse en unas páginas que muy poco a poco van desvelando curiosos aspectos de la personalidad de Montaigne, desde su gusto por adaptarse a las costumbres del lugar al que llega –lamentaba no llevar consigo a un cocinero, no para que guisara para él, sino para que aprendiera los platos que fueran probando– hasta su inclinación por las muchachas, pues allí donde desembarca nunca deja de registrar su valoración de la belleza femenina... Y rara vez pone buena nota.

Tampoco puede decirse que caiga Montaigne rendido ante las más famosas ciudades italianas, aunque se reserve el derecho de ir corrigiendo su juicio. Venecia le defrauda, Florencia aún más. Y Milán es para él simplemente grande. Lo seguro es que el prestigio de esas grandes urbes no le impide desarrollar opiniones propias, y casi siempre prefiere los lugares menos trillados. “En cuanto a Roma, adonde los demás ansiaban ir”, dice el secretario, “él deseaba verla menos que otros lugares, pues todo el mundo la conocía, y no había lacayo que no pudiera darle noticias de Florencia y de Ferrara”.

Pero si hay una razón de peso para zambullirse en estas páginas es su notable valor histórico, pues Michel de Montaigne, católico moderado y conciliador, describirá como pocos la ensalada de creencias que era la Europa de finales del XVI: no sólo por las conocidas controversias entre católicos y hugonotes, sino la abundancia de supercherías y falsos milagros que infestaban la vida pública.

No es raro que le refieran el caso de la chica que guardó un trozo de hostia en una caja, y al poco lo encontró convertido en carne; o que al tipo que pidió una oblea grande se le abrió la tierra bajo los pies y por poco no lo cuenta; se habla de gente que se vuelve invisible a sus enemigos cuando rezan a la Virgen de turno y de cementerios romanos que expulsan a los paisanos enterrados. Con la misma naturalidad consigna el francés la visión del rabino que chupa la sangre del niño judío recién circuncidado, lo que según la leyenda protegerá su boca de los gusanos (acaso refiriéndose a las caries) que el exorcismo de un pobre diablo en trance.

Tampoco le falta ocasión a Montaigne para comprobar cómo se las gastaba la Iglesia Católica del momento, ora recibiendo con fastidio la reprimenda del censor –que no tolera, por ejemplo, que se use en los Ensayos la palabra Fortuna en lugar de Providencia–, ora postrándose a besar la sandalia del Santo Padre, que le recibe junto a otros nobles y, según se registra en estas páginas, no puede reprimir el impulso de “levantar un poco la punta de su pie”, gesto que estudiosos como Jorge Edwards interpretan como una patada en los morros a duras penas reprimida.

Mención especial merece el pasaje en el que narra las atroces torturas y ejecuciones públicas de reos que ha presenciado entre el público impasible, y refiere sobre la marcha algunos casos que invitan a pensar que de todo hace ya cinco siglos, aunque algo sí hemos avanzado: por ejemplo, el caso del travesti avant-la-lettre de Montier-en-Der, aquella muchacha que pagó con la horca su determinación de vestirse como un hombre y actuar como tal, incluido el matrimonio con una mujer; o de los hombres de cierta “secta portuguesa” que fueron quemados por decidir casarse “varón con varón”.

Se desprende de esta lectura, en fin, que Europa no sólo libraba unas feroces luchas de poder: estaba jugándose su futuro entre la senda del oscurantismo –nunca del todo derrotado, como se empeña en recordarnos la Conferencia Episcopal y el mismo Vaticano– el camino humanista que tan bien encarnaría el propio Montaigne en sus Ensayos, como con la curiosidad, el sentido común y la falta de prejuicios que despliega en este felizmente rescatado cuaderno de viaje.


[Publicado en www.mediterraneosur.es]

18 marzo 2011

El viajero introvertido


Mani. Viajes por el sur del Peloponeso

Patrick Leigh Fermor

Acantilado, 2010

ISBN: 978-84-92649-67-9

416 páginas

24 €

Traduccion de Agustina Luengo


Luis Manuel Ruiz

Existen tantas modalidades de libros de viaje como viajes en sí, pero pienso fundamentalmente en dos. En una, extrovertida, el autor, que es también el peregrino, registra todo cuanto le ha acontecido durante su periplo, sin dejar de consignar, casi notarialmente, el sabor de las comidas, el número de chinches de cada colchón y las conversaciones con las gentes que ha ido encontrando en cada paso; en el otro, más concentrado, el viaje en realidad es sólo un pretexto para una ensalada de recuerdos personales, lecturas, conjeturas peregrinas o no, que se van sumando a la descripción del recorrido y le prestan sostén y variedad. Autor del primer tipo sería, por ejemplo, Paul Theroux; del segundo tenemos muestras excelentes en las monografías sobre ciudades de Paul Morand y, sobre todo, en Patrick Leigh Fermor. No hace tanto que se reeditó su excursión épica, a pie, de Londres a Constantinopla, con los títulos sucesivos de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), y que se nos ofreció la oportunidad de comprobar qué personalísima alquimia de elementos integran para él la crónica de viajes. Dichos ingredientes incluyen la investigación antropológica, el retrato de personajes, el paisajismo, la digresión en todo lo más variado, sabroso y profundo que dicho término pueda significar, el brillo de la prosa, la filología, los estudios estéticos, el humor, la gratitud de estar en el mundo, de que haya un mundo y uno lo pueda recorrer para escribir libros. Leyendo los acendrados y casi perfectos relatos de Leigh Fermor, uno tiene la sospecha de que el viaje no constituye más que una coartada: el fin verdadero no es conocer otras latitudes, sino servirse de ellas para la literatura.

En esta ocasión, el autor nos conduce a un rincón poco transitado por las guías turísticas del que, según es común en su vena, él es capaz de entresacar paletadas y más paletadas de anécdotas, referencias eruditas y postales de relumbrón. Para el lego, Grecia es islas, yogures, casitas pintadas del color de los pitufos, bailes en círculo y un par de equipos de fútbol y baloncesto; para la persona leída, la sombra apabullante de los grandes filósofos, los estadistas y los trágicos del mármol, amén de una raza de bigotes que ha dado poetas y cineastas de cierto prestigio. Pero hay más: oculto en una de la penínsulas del sur del Peloponeso que la civilización apenas ha rozado, existe un exótico universo en miniatura de pasión, violencia y atavismo. Mani (tal es su nombre, derivado quizá del título de cierto castillo fundado durante el reino franco llamado Magne) ocupa imprecisamente las tres o cuatro puntas de tierra más meridionales de la Grecia continental, y es patria de hombres rudos y hermosos, jamás romanizados, opositores de un imperio turco que tampoco logró asimilarlos y no convertidos al cristianismo hasta la fecha sorprendente del siglo VI o VII después de Cristo.

El territorio que Leigh Fermor recorre en este libro no abarca más de unos pocos centímetros sobre el mapa; ello contrasta con la inmensidad de la información que aporta y la amplitud de su visión: casi con un vértigo, el lector es arrastrado del último Bizancio de los Paleólogos a las formas más populares del canto fúnebre, puramente orales, de las luchas intestinas entre clanes mediterráneos a la diáspora griega por Córcega y las Baleares, de la entrada al infierno antiguo a través de cuevas y recovecos minerales a la participación de poetas del norte en la Guerra de la Independencia helénica. Y sobre todo ello gravita, envasado en el pulcro estilo del autor, el paisaje crudo del último Peloponeso, una desnudez casi abstracta que se compone exclusivamente de costas a pico, llanuras de sal y rocas peladas. Y de las que un excelente escritor de viajes sabe hacer fluir, como la piedra de Moisés, todo un manantial de aguas felices, que aquí son felices horas de lectura.

[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

01 marzo 2011

Un vallisoletano en la corte del rey Poseidón

Notas de un viaje a Oriente

Julián Marías

Páginas de Espuma, 2011. Edición de Daniel Marías y Francisco Javier Jiménez

ISBN: 978-84-8393-028-1

208 páginas

21 €

Epílogo de Javier Marías


Alejandro Luque

"Ciudad de Cádiz" se llamaba el barco que salió de Barcelona el 15 de junio de 1933, con el objeto de recorrer el Mediterráneo con casi dos centenares de estudiantes y docentes españoles a bordo. Empezaba así la singladura del legendario Crucero Universitario que, impulsado por la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, pasaría por distintas ciudades de Túnez, Malta, Egipto, Turquía, Israel, Grecia e Italia a lo largo de un mes y medio. Su trascendencia se debe al hecho de que entre los jóvenes cruceristas se encontraran nombres que con el tiempo tendrían no poca relevancia en el ámbito intelectual español, como el profesor Lasso de la Vega, Jaume Vicens Vices, Gregorio Marañón, Isabel García Lorca, Gonzalo Menéndez Pidal, Guillermo Díaz-Plaja, Salvador Espríu o Julián Marías.

De éste último nos llegan las Notas de un viaje a Oriente, la crónica de aquel periplo que, gracias a un concurso organizado entre los pasajeros para premiar al mejor diario de viaje, vio la luz de un modo fragmentario en prensa y luego en el libro colectivo Juventud en el Mundo Antiguo (1934). Tantos años después, Páginas de Espuma ha tenido el acierto de rescatarlo en edición anotada y acompañada de generoso material gráfico, correspondencia relativa al viaje –donde sabremos, por ejemplo, de la visita que recibieron de Valle-Inclán desde Roma–, la lista completa de los participantes y un pliego de curiosísimas Prevenciones generales de obligada observancia.

Para los estudiosos, el interés principal de estos textos es la definitiva decantación de su autor hacia la Filosofía, el modo en que el Mediterráneo, escenario de las grandes preguntas de la Humanidad, señaló al joven Marías la senda de una vocación que ya habían alentado Zubiri y Ortega. Y el muchacho estaba predispuesto desde la partida: “Este viaje es, para mí, un intento de aproximación a Grecia y Judea [...] El viaje es, pues, vertical, hacia lo hondo de nuestros espítitus”, escribía.

No obstante, hay un muro en su sensibilidad, que no sabemos si atribuir a su procedencia castellana, que le impedirá conectar con el mismo fervor con otra significativa parte del Mare nostrum. “De lo egipcio y lo árabe –algo ya completamente distinto– habría mucho que decir; pero es mejor, como motivo no central, dejarlo para más adelante”. ¿Habría acaso un andaluz percibido la vibración de lo propio en la orilla sur mediterránea? Tampoco es seguro. Lo cierto es que la brecha psicológica entre lo judío y lo helénico de un lado, y lo árabe del otro, estaba bien abierta en el pensar colectivo de la época, hasta el punto de que Marías considere que en Alejandría “no hay nada egipcio”, o que Palermo le resulte esencialmente “normanda y española”, pero nada árabe.

No obstante, la narración del viaje discurre sobre una prosa exquisita, salpicada de observaciones inteligentes, por más que se trate lógicamente de un cuaderno de aproximaciones, conjeturas, intuiciones, y no de conclusiones rotundas. Tan pronto ensaya agudas consideraciones sobre lo clásico, como ve –todavía candorosamente– en el fascismo italiano “algo que trasciende absolutamente de lo político para entrar de lleno en el modo de ser, en el tono de las cosas”.

Y, al mismo tiempo, se percibe en estas páginas una ausencia notable: salvo alguna anecdótica, casi accidental pincelada, apenas se habla de la gente. De esta manera, Pompeya no está más muerta que Jerusalén, Kairuán o Atenas. El mar y las arenas, las ciudades y las ruinas acaparan tanto la mirada de Marías que la presencia humana es casi nula, y no porque estuvieran aislados: en una de las cartas a sus padres, por ejemplo, asegura que “hemos hecho trato con más sefarditas que pelos hay en la cabeza de cualquiera de ellos”. Tal vez creyera que la materia no sería de interés para sus lectores; en todo caso, es revelador que un chaval concentrado en la narración “de lo que le pasa a uno” al ponerse frente a las cosas, no reparara en lo que le pasa al ponerse frente a las personas; lo que nos induce a pensar que ya en la Segunda República española el germen del turismo futuro estaba ya enseñando uno de sus peores vicios.

No se puede, en fin, ser severo con el Marías de entonces. Tenía 19 años, y toda la vida por delante para afinar sus criterios y crecer. No hay duda de que aprovechó ese tiempo. Nunca consintió reeditar sus notas, dicen que porque en el crucero viajaba el compañero que le denunció tras la Guerra Civil, lo cual le costó meses de cárcel y casi el paredón. Pero ahora sabemos que fue en el Mediterráneo donde ese muchacho que no sabía nadar encontró, más que la tan cacareada cuna del pensamiento occidental, un desafío crucial a su arrojo y a su inteligencia.

25 octubre 2010

Viejo centro del mundo

Guía literaria de Roma

Varios autores

Ático de los Libros, 2010

ISBN. 978-84-937809-3-7

192 páginas

16 euros

Edición y prólogo de Iria Rebolo




Alejandro Luque

¿Siguen conduciendo todos los caminos a Roma? Me temo que, en esta era en que circulamos a toda velocidad por las autopistas de la información, ya no. La llamada Ciudad Eterna parece haber quedado varada, en cierto modo, en la cuneta de la Historia, reducida a postal de vacaciones. Ni siquiera el poderío del Vaticano es lo que era (y me refiero al Estado Pontificio, físico, caminable) desde que el dinero se mueve por internet.

Y es precisamente en esta tesitura cuando más oportuno se antoja volver a Roma, como lo es también volver a Atenas. No a profesar el culto a la ruina, pretexto de los más grotescos desmanes turísticos, sino a practicar el antiguo deporte de preguntarnos de dónde venimos para columbrar hacia dónde queremos ir.

Eso hicieron, de un modo u otro, los quince autores reunidos en esta suerte de antología, un múltiple paseo, también a través del tiempo, por la emblemática capital del Lacio. Tras el texto de Estrabón que sirve como pórtico, el encargado de abrir fuego es Montaigne, que acudió a Italia en busca de remedio para su mal de piedras y encontró, entre cúpulas y joyas de la ahora reabierta Biblioteca Vaticana, el paradigma del cosmopolitismo: “Yo decía de las ventajas de Roma, entre otras cosas, que es la ciudad más abierta del mundo, en la que a la extranjería y a la diferencia de nacionalidades se le da poca importancia, pues por su misma naturaleza es una ciudad hecha de remiendos de extranjeros; todos están en ella como en su casa”.

A un fragmento de Historia del declive y caída del Imperio romano de Gibbon le suceden unas notas del diario de Tobias Smollett, ejemplo pionero del visitante decepcionado y criticón –que Sterne parodiaría más tarde en su Viaje sentimental–, y al que el Panteón le parece “un corral de gallos de pelea abierto por el techo”. Mucho más felices fueron en sus calles y plazas los viajeros Goethe y Chateaubriand, y Stendhal encontró allí la metáfora del amor perfecto. Todos ellos contribuyeron a asentar el prestigio de Roma entre la intelectualidad europea, hasta hacer de ella un destino imprescindible.

Pero en estas páginas también es posible descubrir no sólo cómo va cambiando Roma, sino cómo se transforma la mirada del mundo sobre la ciudad. Melville observa agudamente que “el propio Vaticano es el índice del mundo antiguo, igual que la Oficina de Patentes de Washington lo es del mundo moderno”. Y Mark Twain, con su genuino sentido del humor, lamenta ya en 1867 que Roma fuera una ciudad trillada, en la que resultaba imposible descubrir nada nuevo. A él le debemos los pasajes más divertidos de esta colección, especialmente aquél en que, harto de toparse por doquier con la firma del “eterno pesado” de Miguel Ángel, y dice no haberse sentido nunca tan bien como “ayer, cuando me enteré que Miguel Ángel había muerto...”

De los acertados apuntes arquitectónicos de Henry James a los ataques de melancolía de Rilke, pasando por las descripciones de ambiente de Dickens o Pedro Antonio de Alarcón, el recorrido por esta Roma de papel se acompaña con las ilustraciones de Vasi, Piranesi y Rossini, que ayudan al lector a acomodarse un poco mejor al contexto histórico que corresponda. Los muy entusiastas bien pueden ampliar el disfrute acudiendo a otras fuentes, como la Roma de Gogol, o el muy ambicioso y suculento El viaje a Italia, de Attilio Brilli, ambos de reciente traducción al español.

Amena y útil, esta guía de all stars de la peregrinación a Roma debería también ser completada con al menos dos entregas adicionales: una, dedicada a las visiones de los escritores italianos, mucho menos divulgadas que las de estos ilustres trotamundos. Y otra, que recogiera la mejor poesía que ha inspirado la capital del Tíber, desde los clásicos latinos a Rafael Alberti o Federico García Lorca. En todo caso, se trataría de las únicas guías que vale la pena leer: aquellas que, lejos de querer llevar al viajero de la mano, le invitan a perderse gozosamente.

04 octubre 2010

De Algeciras a Estambul

Las columnas de Hércules. Un viaje en torno al Mediterráneo.

Paul Theroux

Punto de Lectura, 2010
ISBN: 9788466324694

742 pág.

11,95 euros

Traducción de Alejandra Devoto




Alejandro Luque

Después de trasegar el África negra, la India, la Patagonia o la China profunda –y regresar para contarlo– Paul Theroux se dio cuenta de que en su vida todavía faltaba un viaje: el primigenio, el homérico, el inexcusable recorrido por el Mare Nostrum. Fue así, con esa mezcla de curiosidad y sentido de la obligación, como se embarcó en una aventura que le llevará, con diversas rectificaciones, de Algeciras a Ceuta a través de todo el arco mediterráneo, o sea, de una a otra de las columna de Hércules que dan título a este libro, que acaba de reeditar en bolsillo Punto de Lectura.

Acaso por primera vez, el célebre trotamundos se enfrentaba a un espacio trillado, que muchos de sus lectores habrían conocido antes que él. Por ello, en busca de un enfoque original escogió viajar fuera de temporada, a salvo de las hordas de turistas estivales. “Dicen aquí, en Occidente, que no hay mucha diferencia entre los turistas y los simios: sin embargo, en el peñón de Gibraltar vi juntos a turistas y simios y aprendí a distinguirlos”. Con este tono desenfadado comienza el viaje cuya primera etapa le llevará por una costa española desfigurada por la especulación urbanística, saltará a Mallorca tras las huellas de Robert Graves y volverá a la Península para consignar la crueldad de las corridas de toros.

Theroux conversa con la tripulación del Rainbow Warrior en Niza, se aburre en Montecarlo, encadena Córcega, Cerdeña y Sicilia y se dirige hacia unos Balcanes todavía incendiados por la guerra, pasando por el Trieste de Joyce y Svevo. A estas alturas del relato, más o menos el ecuador, el autor de La costa de los mosquitos ya se ha revelado como un observador sumamente intuitivo, por más que se obsesione con detalles que pueden parecernos fútiles –la venta de pornografía en los kioskos–, se deje contagiar a ratos por el cinismo anglosajón del Evelyn Waugh de Etiquetas –uno de sus equipajes bibliográficos de mano– o caiga en pomposidades como llamar al Mediterráneo “el gran váter, la cloaca sin mareas del mundo antiguo”.

Sí, a estas alturas Theroux lleva ya un año viajando y se ha ganado al lector. “La mejor manera de analizar un libro de viajes es por su verdad y por su ingenio”, escribe él mismo, y nadie puede negar que ambos atributos le asistan. Su visita a la escalofriante Albania –escalofrío que dará paso a una extraña seducción– continúa con la extrañeza que siempre produce Malta –“la cultura del sur de Londres en un paisaje similar al del Líbano”–, con la comprobación de que Grecia y Turquía son casi la misma cosa, pero Turquía es también “una versión más alegre de Irán”.

Ser escritor famoso tiene sus privilegios. Theroux es recibido en El Cairo por Mahfuz, en Damasco por Abderramán Munif y, cruzando el manicomio de Oriente Medio y evitando jugarse demasiado la vida en Argelia, rematará la faena peregrinando a casa de Bowles en Tánger. Los bocetos que resultan de tales visitas no son gratuitos. Por el contrario, recuerdan que el Mediterráneo es al fin y al cabo un espacio literario, el espacio literario por excelencia. La vitola de cuna de la civilización occidental está ganada a pulso: ha hecho correr mucha más tinta que sangre, y ya es decir.

Tampoco es fácil ignorar, al final de la lectura, una llamativa paradoja. Por un lado, da vértigo pensar en los cambios que ha vivido la zona en los 15 años transcurridos desde el viaje de Theroux, especialmente en lo que se refiere a la antigua Yugoslavia y la órbita de la Unión Europea, aunque también las relaciones con el llamado mundo islámico tras los atentados del 11-S. Y, por otro lado, perdura la sensación de que, con ligeras variantes, todo sigue más o menos imperturbable bajo el mismo sol que calentaba a aquel ciego visionario, el día que empezó a dictar: “¡Oh, diosa, canta la cólera de Aquiles...!”.

23 abril 2010

Por favor, bájenme un piano a la 3ª cubierta

El aprendiz de emigrante

Robert Louis Stevenson

Parentesis, 2009

124 páginas

ISBN: 9788499190402
12 €
Traducción y prólogo de Eduardo Jordá



Manolo Haro

Me reconozco como un ferviente admirador de Stevenson. Viajé a Edimburgo con un volumen de sus artículos (A la luz de una linterna, Cuatro, 2002) por el puro placer de intentar recobrar la escurridiza esencia de las cosas que él vio y que ya no existían. En autobús me acerqué a St. Andrews porque una frase de uno de sus escritos no podía ser desoída: “St. Andrews era un lugar poco adecuado para estudiar; el resonar del viento del Este y el estallido de las olas permanecen en sus aulas somnolientas y confunden las palabras del profesor, hasta que maestro y lección se pierden por igual en el olvido y sólo las gaviotas golpean las ventanas y las corrientes de aire marino susurran en las páginas, ya al aire libre”. Eso encontré, el olvido trenzándose caprichosamente por los únicos vestigios reconocibles de que Robert Louis era escocés. En ese mismo St. Andrews una apergaminada viejecita nos regaló, por sólo seis libras, la flor de Coleridge, el único rastro tangible de que los buscadores de tesoros no siempre se vuelven a casa con las manos vacías: un ejemplar de Poems by Robert Louis Stevenson en la preciosa edición de Everyman´s Library. Pero el autor, como casi siempre constatamos los mitómanos que nos lanzamos al encuentro de los paisajes de los escritores que amamos, está más vivo en sus libros que en las postales y los museos dedicados a su gloria.

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850-Samoa, 1894) fue un hombre de acción. A pesar de su delicada salud, nunca se reclinó en la cama más de la cuenta. Tras su frustrado paso por la universidad, primero como estudiante de ingeniería náutica y luego como abogado, viajó junto a su hermano a Francia con la intención de dedicarse a la pintura. Hace noche en el Hotel Chevillon, en Grez, población a la que llega con la pretensión de contrastar opiniones y colores con la colonia de artistas bohemios que allí estaban establecidos. Es invierno. Un grupo de gitanas sentadas junto a la chimenea se acompañan de dos mujeres, una jovencita y otra adulta. La mayor se llamaba Fanny Osbourne y la pequeña, su hija, Belle. Su vuelta a San Francisco es inminente. El escritor y Fanny, en proceso de divorcio, se enamoran. Ahí empieza todo.

Es más que probable que si las flechas de Cupido no hubieran salido de su carcaj en dirección a estos dos corazones la producción literaria de Stevenson, al menos en sus comienzos, no habría recorrido los mismos caminos por los que se lanzó. Concretamente, El aprendiz de emigrante comienza a gestarse a partir de la travesía que el novelista realiza a bordo del Devonia. Su cometido esencial era ir al encuentro de Fanny, pero el escritor se topó con la posibilidad de vivir un viaje más íntimo y pleno bogando entre las turbulentas aguas de las almas que viajaban en tercera clase. Los diez días que duraría el periplo desde el puerto de Clyde, en Glasgow, al de Sandy Hook, en Nueva York, le aportaron una amplia colección de tipos humanos y unos sólidos puntales para desarrollar una teoría personal sobre la emigración y sobre las clases sociales. Su pasaje en segunda sólo se diferenciaba del de tercera en que tenía una mesa (para escribir) y una vajilla de loza. Las penalidades eran las mismas. En una cubierta llena de escoceses, irlandeses, escandinavos, alemanes y algún que otro ruso, Stevenson fue uno más: “Formábamos una compañía de derrotados: los borrachos, los incompetentes, los débiles, los manirrotos, todos los que habían sido incapaces de sobreponerse a las circunstancias de su país, tenían que huir ahora lastimosamente a otro”.

“Prefiero escuchar la vida de un hombre que vive en medio del riesgo […] porque cada paso que [da] es crítico y revela la vida desnuda y siempre en el vértice del peligro”. Las historias de estos desposeídos, contadas al oído, van conformando una galería de voces de una humanidad azarosa que se jacta de gandulear y de cobrar sin hacer nada. El escocés no es complaciente con algunos de ellos. De hecho, llega a afirmar que las tres causas más generalizadas de la emigración son la bebida, la holgazanería y la incompetencia. No hay épica vana, pues la miseria no la tiene; cuando se encuentra con algún ser que merece la pena, lo notamos, pero no se demora más de la cuenta. No hay concesiones al lirismo; despoblado de oropeles, sólo le dedica algún que otro párrafo apoteósico al mar nocturno. Este librito guarda una humanidad que se trasmina a partir de esos retratos que el escritor construye con tres trazos, como si no hubiera tiempo de más, como si quisiera en un instante atrapar entre los dedos el polvo precioso de cientos de alas de mariposas.

Cesare Pavese afirmaba que Stevenson no se dejó contagiar ni por la obsesión científica del Naturalismo ni por el edulcorado aliento de “el arte por el arte”: “ni verista ni esteta […], fue derecho, por instinto, a lo que de vivo, genuino y eterno había en el fondo de las exigencias de ambas escuelas”. Y seguía diciendo: “Stevenson entra en la prosa narrativa inglesa, y alcanza exótica fascinación, la lección estilística de los naturalistas franceses, la lección de la palabra justa, insustituible, el sentido del color, del sonido, del matiz esencial, del detalle observado con exactitud, y al mismo tiempo la aversión a todo exceso romántico o sentimental, el ejercicio de una sobriedad y un dominio de sí mismo casi estoico”. A veces resulta grato llamar a las puertas del Purgatorio para salvar un párrafo de esta concisión y calado.
Los hermanos Marx viajan desde Italia a Nueva York en un barco cargado de inmigrantes. Harpo y Chico lo hacen como polizones, mientras Groucho consigue para el periplo el famoso camarote de los dos metros cuadrados. La visión idílica y musical de la tercera cubierta en Una noche en la ópera, con arpa y piano incluidos, tal vez sea lo que más se aproxime a la pintura de Stevenson, pues el Devonia era un barco cargado de música, de violines y acordeones, dando igual si era bueno o malo lo que allí se cantaba. Pasen y oigan el agua tempestuosa que se cuela por los imbornales, el estrépito de las gavias y la música gigante de la prosa de Stevenson. No les defraudará. Ah, y feliz Sant Jordi.

17 febrero 2010

Sevilla tiene un color especial


123 motivos para no viajar a Sevilla


Jorge Molina


Jirones de azul, 2010.

ISBN: 978-84-928-6802-5

223 págs.

16,50 euros




Rafael Roblas Caride

Cuentan las crónicas que aquel cristiano converso ejercía su oficio desde tiempo inmemorial. Así, cada mañana, apostado con su mesita, su pluma y su tintero anotaba convenientemente los entierros que salían extramuros y cobraba los impuestos pertinentes. Cierto día, el azar hizo de las suyas y una investigación del Consejo descubrió la inexistencia de su cargo oficial, heredado de padres a hijos a través de varias generaciones. Nadie le explicó su situación administrativa, aunque sí le señalaron convenientemente el camino que conducía a la Cárcel Real. Tres meses permaneció donde “toda incomodidad tiene su asiento y, como no podía ser de otro modo, a su salida, pronto se tomó cumplida venganza: durante más de una semana, un gran lienzo colgado de la muralla anunció al viajero cuál era su destino. “Caminante, llegas a la ciudad de la desorganización y del mal gobierno” rezaba el cartel. Nacía así un subgénero tan cultivado como poco reconocido por la ortodoxia de la vieja Híspalis: la crítica a ese ente intocable e imaginario, mitad celestial mitad arcádico, vergel florido del tópico y “jardín cerrado para pocos”, que responde al nombre de Sevilla.

Casi setecientos años después, esta senda es recorrida nuevamente por Jorge Molina y su originalísimo proyecto “Guías del no viajero”. Amén del valor -que, como al buen militar se le presupone-, el temerario periodista se pertrecha de unas alforjas donde no se escatiman dosis casi letales de sarcasmo, ironía y mala leche, ingredientes indispensables para encarar esta peligrosísima misión y no morir en el intento. Porque suicida ha de ser aquel que se enfrenta, lanza en ristre, a axiomas tan arraigados y definitivos en el complejo inconsciente colectivo del sevillano como los siguientes:

“A los sevillanos se nos acusa de ombliguismo,… pero es que Sevilla tiene un ombligo que es digno de ver”. (Antonio Burgos).

“Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo… lo peor es que puede que tengan hasta razón”. (Antonio Gala).

“Sevilla está donde tiene que estar. Las que están lejos son las demás ciudades”. (Rafael el Gallo).

Atisbado el panorama e informado el lector de la reseña sobre el paño que se gasta en la capital de la Bética, habremos de abundar en que Jorge Molina es ¡encima! casi paisano, ya que, a pesar de que su madre rompió aguas en Cumbres Mayores (Huelva), reside desde hace bastante tiempo en Sevilla. Aunque, olvidando el incorregible masoquismo crónico que debe padecer el autor, deberíamos ya centrarnos en las siguientes incógnitas: ¿qué pretenden realmente estos 123 motivos para no viajar a Sevilla?, ¿a qué tipo de público se dirige este tipo de antiguía?, ¿cuál es su resultado definitivo?... Y, para concluir, la pregunta del millón, ¿continúa Molina residiendo en la “maravillosa urbe andaluza tras la publicación de su libro?

A las primeras cuestiones responde el autor taxativamente en su atinada introducción: “Usted anhelaba sin saberlo una guía de qué no hacer, dónde no ir, y con quién no tratar en el lugar de destino”. Es esta, pues ,una guía “para quienes sólo desean pasar de puntillas por el destino y regresar pronto al origen”. Son los efectos visibles de este endiablado ritmo de vida que convierte el placer viajero en una nueva causa de estrés y tensión con la “parienta y demás adláteres”. Y por algún sitio había que empezar. Desestimadas las mediáticas Cuenca, Cáceres y Teruel, Sevilla prometía. Al fin y al cabo “sólo las ciudades con nivel como Sevilla llegan a tener libros de esta clase. Las guías sectoriales atraen nuevos turistas y Sevilla tiene pocas. Alguien debería escribir una guía-callejero de apariciones y crímenes. Y otra de flamenco y copla”, ha manifestado Molina a Alfredo Valenzuela, en confidencia autoexculpatoria.

Así, el temerario guía afronta, como un Virgilio apócrifo, el socorrido papel de ángel de la guarda del visitante que no sabe a lo que se arriesga… ¡y lo publica! En el recorrido, el forastero descubrirá de su mano los arcanos más ocultos de la ciudad. ¿Por qué es preferible entrar en los bares que más cáscaras de gambas acumulan en el suelo?, ¿qué peligro nos acecha si se hace una inocente pregunta a un solitario capillita que monta un paso?, ¿dónde se puede localizar, expuesta casi como reliquia, la mesa de trabajo del general golpista Queipo de LLano?, ¿qué misterioso ingrediente de la sangría eleva su factura a los quince euros?, ¿cuál es la sutil diferencia que separa una “incienso-taberna de un “incienso-pub? o, finalmente, ¿qué enigmático motivo explica que la única cerveza disponible en toda la ciudad sea la “holandesa Cruzcampo…? Por estos terrenos discurren los 123 recodos –podrían haber sido muchos más- que estructuran la guía. Bueno, los 123 recodos y la coda con “los diez errores más comunes cometidos por los intrépidos visitantes que arriban a la orilla del Guadalquivir”. Para que cada uno sepa a lo que se arriesga.

Por otra parte, y llegados a este punto, sería imperdonable no señalar que, pese al sarcasmo y la crítica ácida que se perciben en bastantes pasajes de la guía, el cariño y el amor a la ciudad constituyen el eje fundamental del volumen. “Se canta lo que se pierde”, cantó otro sevillano escéptico. Parafraseándolo, podríamos afirmar que se critica lo que se ama… ¿con la esperanza del cambio? Puede ser. Sin embargo, seguro que no faltarán mentes obtusas y pacatas que sostengan que Jorge Molina debe ser quemado públicamente en una actualizada pira inquisitorial. O, peor, palmeros borreguiles que aplaudan la guía sin descender al nivel de su “guasa mientras crucifican, por detrás, a su autor. No serán grupo menor. A pesar de todo, vaticinamos que la sangre no llegará al río. No en vano, la hipocresía es otra de las cualidades que maneja con mano siniestra esta difícil ciudad.

Inteligente, sarcástica, irónica, ocurrente, ágil, profunda. Todos estos adjetivos –y algunos más que nos ahorramos para que el autor no levite en demasía- se nos ocurren para calificar este primer volumen de las “Guías del no viajero”. Esperemos que el empeño de Jorge Molina no se estanque y pronto vuelva a sorprendernos con una nueva entrega. Sin embargo, dudamos que supere el nivel alcanzado en estos 123 motivos para no viajar a Sevilla, ya que, por mucho que se esmere, no encontrará otro “marco incomparable” que encierre dentro de sí “un mundo tan entero, radical y perfecto que el que encierra en sí misma esta bendita tierra de María Santísima. He dicho.

Pd- Tras terminar esta reseña, nos han informado que Jorge Molina aún vive –y colea- dentro de los muros de Sevilla. Laus Deo.


29 octubre 2009

Cuando Odiseo no sabe si volver

 
Cuaderno de extravíos. Un viaje a Grecia.


Juan José Tejero

Point de lunettes, 2009

ISBN. 978-84-96508-35-4

50 páginas

10 euros

Ilustraciones de Nani González



Jesús Cotta
Los helenómanos como yo, que vibramos con el mar de olivos que hay en Delfos o con las alturas místicas de los monasterios de Meteora, nos sentimos, con libros como éste, más europeos y mediterráneos que antes.
Este viaje comienza con viento favorable: el bello prólogo de José María Conget. Y luego nos lleva el autor en la barca del azar a las islas, donde el autor es para los lugareños José, el español.
Este es un libro que habla de la Grecia de hoy, que es la de siempre, pues la lengua, el paisaje y un sentimiento común trazan una línea continua entre Homero y Cavafis, entre Platón y Kazantzakis, entre la columna dórica y la cúpula bizantina.
No sé por qué, pero entre España y Grecia hay un puente de mutua simpatía. En Grecia hay interés por lo español, aunque nuestras relaciones históricas han sido más bien escasas. Y son cada vez más los españoles interesados en la cultura griega. Hay incluso asociaciones culturales dedicadas a aprender y enseñar danzas griegas, como la de Crótalos en Sevilla.
Juan José Tejero, a quien ya conocemos por su magnífica traducción del Epitafio de Ritsos, luego romanceada por Manuel García, nos entrega ahora un libro de un magnífico título. Si casi todos llevamos un cuaderno de bitácoras para no perder el rumbo, para no arrojarnos en busca de sirenas, para volver siempre a Ítaca, Juan José Tejero lo tiene para extraviarse en Grecia, para entrar en las tabernas donde un buzuki llena el espacio y un hombre en trance baila con los brazos abiertos.

“y se tambalea al son de la música como un pájaro herido. Ahora la taberna es un barco y él un capitán que apenas se sostiene en mitad de la tormenta”.

El baile viril de los griegos, espontáneo y popular, que surge cuando hace una visita lo que aquí llamamos duende, es algo que en España no existe, pero necesitamos con urgencia y por eso nos produce tanto asombro.
En la pluma del autor los buzukis, el brandy Metaxá, la retsina, los puertos y los pinos no son una estampa pintoresca, sino una realidad viva y hermosa. Nada de lo que nos cuenta el por fortuna extraviado escritor es folclórico y postizo. No nos muestra la Grecia que el turista o el mitómano de la Antigüedad espera, sino una isla llena de marineros viejos, con el kombolói en la mano, sentados en la taberna mirando al horizonte mientras beben ouzo, una Grecia de mercados y de popes casados y con hijos corriendo de un lado para otro, una Grecia más bizantina y marinera que clásica o turca, que son los dos tópicos que sobre ella pesan en estos lares.

Pero lo mejor del libro es su prosa, delicada, precisa, lírica sin alarde, que nos mete de lleno en el paisaje isleño y los hombres que la pueblan.
Hay estampas especialmente deliciosas, como la que nos emociona ante una hidria del Museo Arqueológico Nacional o ante las tumbas sencillas de los héroes griegos, bajo los pinares.
Quien desee sentarse a tomar un frapé helado con mucha espuma frente al mar, volver al ombligo del mundo, volver a los olivos primeros, a la cratera, al sabor acre de la retsina refrescante, aquí tiene a un Ulises náufrago que no sabe si regresar.
Doy, pues, la bienvenida a un libro lírico, claro y transparente como una fuente que bajara de las nieves del Helicón, en el estilo de Juan Ramón o José Antonio Muñoz Rojas, un libro que no es ni diario ni bitácora ni artículo ni libro de viajes, sino un cuaderno de extravíos.