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11 enero 2012

Decadencia y fascismo


Tenían veinte años y estaban locos

VV. AA.

La Bella Varsovia, 2011

ISBN: 978-84-939329-7-8

188 páginas

14,25 €

Edición y prólogo de Luna Miguel




José Martínez Ros

¡Oh! Nada más y nada menos, que una antología de poetas veinteañeros… buenos, en algunos casos, casi adolescentes. ¡El equivalente lírico a una película de Larry Clark! Bien, no nos excedamos: ante una iniciativa tan programáticamente absurda es fácil, incluso demasiado fácil, adoptar un tono satírico o liarse a echar jeremianadas. Dediquémonos al libro en sí.

Pero antes, señalar un par de cosas que me vinieron a la cabeza cuando supe de la existencia de esta peculiar antología. La primera fue un breve, pero esclarecedor, ensayo de Félix de Azúa en torno a Rimbaud. El profesor de Azúa nos explicaba en él que, antes de la explosión del fenómeno romántico, el prototipo de poeta era, más o menos, un señor de mediana edad muy culto, con un gran conocimiento de los clásicos griegos y latinos, dotado de una cierta fortuna, un protector acomodado o un puesto de enseñanza o eclesiástico, que le permitiera disponer de tiempo libre para el estudio y la escritura. Según la época, ese señor puede ser Virgilio, Rostand, Góngora, John Donne, Baudelaire, Antonio Machado, Luis Cernuda o Wallace Stevens, pero -con lógicas diferencias- responden a ese retrato. Pero en cierto momento llegó Rimbaud, y ese asombroso jovencito creó por sí mismo un nuevo modelo que han seguido (con éxito) una innumerable pléyade de estrellas del rock y (más precariamente) algún aspirante a literato. Eso sí, como señalaba con sorna el profesor de Azúa, el hambre, el vagabundeo y la escandalosa bohemia de Rimbaud no tardarían en ser sustituidos por alguna que otra borrachera o una higiene personal dudosa. Y por supuesto, la segunda etapa de la vida de Rimbaud, como traficante de armas y esclavos en Abisinia -lo que demuestra que, además de un excepcional poeta era un ser humano bastante despreciable- quedaría en el olvido, puesto que ninguno de los actuales discípulos de Rimbaud desea correr el riesgo de que se olviden de él.

El otro texto que recordé es de uno de libros de Sebastian Haffner sobre el Tercer Reich, una frase en concreto. No he localizado la cita exacta, pero era algo así: “El culto a la juventud es propio de las épocas de decadencia y conduce al fascismo”.

Sobre los participantes en la antología, hay que hacer una distinción muy básica: los que saben que un poema es algo más que una colección de lugares comunes sentimentales o un chiste de escasa gracia cortado en renglones muy cortos y los que no. Prácticamente todos los que lo saben ya han publicado, y su presencia en esta antología no creo que les haga ningún favor, aunque tampoco lo necesitan, puesto que su escritura se defiende (o se defenderá) por sí misma. David Leo García es un poeta técnicamente superdotado, de la estirpe de un Alberti o un Antonio Carvajal; aún no sabemos si su talento verbal se quedará en meros fuegos de artificio, pero, desde luego, es un autor a seguir. De la granadina María Salvador ya me habían hablado, aunque hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer nada. Lo que he visto -en la antología y en Internet- me demuestra que tiene una auténtica sensibilidad y lecturas; sus poemas, cuajados de referencias contemporáneas, indican que, además, conoce la tradición. No me supone ninguna sorpresa, pues, que ambos ya hayan sido publicados y premiados.

Acerca de la antóloga, Luna Miguel, no voy a añadir nada a la excelente reseña que ya le hizo Juan Carlos Sierra en esta misma página.

No hay mucho más. Confío en el criterio de otros estadistas, que me indican que Laura Casielles es una autora de valía y les daría una oportunidad al culturalista Unai Velasco o quizás a Cristina Fernández o al imaginativo Álvaro Guijarro, pero lo demás es directamente espantoso, oscilando entre el malditismo infantil, los aspirantes a letristas pop y las confesiones de diario de quinceañera. Más que eso, es un desperdicio de papel. Como máximo nos sirve para recordar algunas viejas verdades: la literatura, como cualquier arte, exige experiencia, esfuerzo y lecturas; por eso los talentos precoces -como Rimbaud, Truman Capote o Claudio Rodríguez- son excepcionales, es decir, una excepción en la regla; es mejor dejar ciertos textos en borrador -o en la carpeta del instituto- que avergonzarse un tiempo después.