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29 mayo 2013

Colección de desengaños

La vida alrededor (Cuentos de cine)

VV. AA.

Zut, 2013

ISBN: 978-84-616-3074-5

220 páginas

15 €

Edición de Miguel Ángel Oeste

Prólogo de Antonio Garrido


Fran G. Matute

Toda colección de relatos compuesta por varias voces debe enfrentarse inexorablemente al mismo dilema: el de su coherencia interna. En el caso de La vida alrededor diríamos que ese es casi su único objetivo, pues la solvencia de los autores que componen esta edición está mas que asegurada. Todos los relatos aquí incluidos son válidos desde el punto de vista literario (bueno, menos uno), están bien escritos, son sugerentes, pero vistos en su conjunto no siempre parten de las mismas premisas. Y tenía uno la sensación, tras la lectura de la presentación que hace Miguel Ángel Oeste (editor de esta edición), de que las coordenadas eran claras: estos cuentos de cine debían retratar, desde la ficción, los recuerdos autobiográficos que los autores eligieran siempre que pusieran de manifiesto el impacto que tuvo el cine en sus vidas.

Así que, si damos por buena la anterior afirmación, nos topamos con que en La vida alrededor los “grandes nombres” han hecho lo que les ha dado la gana. Por ejemplo, ahí tenemos a Juan Bonilla con su “Tú sigue por donde vas que no vas a ninguna parte”, que es pura ficción (sólo que no es cinematográfica, salvo que lo que esté pretendiendo Bonilla sea homenajear películas del tipo De tal astilla… tal palo) pero que contiene cero elementos de realidad (esto, más que una aseveración, es algo que espero de corazón que sea así, porque si no la próxima vez que vea a Bonilla por la calle me va a dar mucho miedo cruzármelo).

La otra modalidad es la de pasarse la ficción por el forro, como hace Marcos Giralt Torrente que nos cuenta la historia de su estrafalaria tía Carmen a la que le gustaban las películas (¿y?) en una especie de apéndice familiar de su laureado Tiempo de vida y cuya única relación con el cine podría decirse que pasa por reconocer que la tía Carmen era verdaderamente un personaje y que tuvo una vida de película.

Luego está Ignacio Martínez de Pisón que en sus “Mayores con reparos” sí que aborda desde un punto de vista autobiográfico una sentida historia relacionada con el cine, con el hecho de crecer en la Zaragoza de Buñuel con el que se establecerá una curiosa relación de admiración en la distancia y la ensoñación. No obstante lo anterior, y ya que estamos en modo tiquismiquis, también hemos echado en falta en el relato de Martínez de Pisón, al igual que en el de Marquitos, esa conexión con la ficción, esa que da al cine toda su razón de ser y fundamental para conformar ese género al que llamamos “relato”.

Sí que se presenta más atinado, al menos se permite la osadía de tocar todas las cuerdas que se requerían en primera instancia para formar parte de esta colección de cuentos de cine, José Antonio Garriga Vela con “El juego del ahorcado”, en un profundo homenaje a esa figura seminal que todos hemos tenido, de una forma u otra, y que es la que te enseña a amar el cine para siempre.

Y sobre el inofensivo texto de Ángeles Caso, la verdad es que me cuesta mucho poder comentar algo.

Muchas menos pegas podemos poner a las nuevas generaciones. Será que el ego o el valor del tiempo no se les ha subido todavía a la cabeza, pero los relatos de José Ángel Barrueco, Sara Mesa y Carlos Pardo son, en nuestra humilde opinión, los más atinados, al menos desde el punto de vista de la coherencia intrínseca de esta obra, pues todos ellos aúnan con gran equilibrio las experiencias cinematográficas con los elementos autobiográficos y de ficción que requiere el texto.

En el caso de Barrueco, reconocido cinéfilo empedernido, su relato “El reino de las arañas” se presenta como una historia evocadora que remite, por un lado, a esa pasión desmedida por el cine que padecemos algunos, en virtud de la cual la verborrea del ‘connosieur’ viene a poner de manifiesto una visión del mundo que confunde realidad y ficción, haciendo que el cine (la ficción), sus frases, sus escenas, formen parte de tu vida con la misma fuerza e impacto que el día a día (la realidad). Y en estos sentimientos encontrados, Barrueco recupera un romance inadvertido de juventud que cuajará -o no- gracias a la pasión por las películas.

De “La niña que vio Los Gremlins con 35 años”, duro pero enternecedor relato sobre una chica aparentemente sin infancia, escrito por nuestra estadista Sara Mesa, no vamos a decir nada para evitar suspicacias corporativistas y/o de otra índole. Si acaso aportar una advertencia: eviten alimentar a la escritora pasada la medianoche…

No deja de resultar curioso que el relato que cierra La vida alrededor, escrito por Carlos Pardo y titulado “Dandis”, haya terminado resultando el más memorable.  Se trata, a nuestro parecer, del texto que mejor integra cine y vida de la colección, en una narración brillantemente escrita con destellos de humor soterrado y cierta visión irónica (como ese hallazgo verbal que es enfrentar la “capa y espada” con la “gabardina y maletín”) propia del hecho de que un joven mileurista pretenda ser un ‘dandy’ en los tiempos que corren. Carlos Pardo es, por tanto, el encargado de poner el gran letrero de “FIN” a esta entretenida pero desigual película de nueve rollos.

Pero vosotros, lectores, que sois de esos cinéfilos que se quedan en la sala hasta que terminan los títulos de crédito, para vosotros os dejo el comentario del relato de Ángel Castro, el más original de todos, y en el que hemos encontrado las mejores reflexiones sobre el cine y la vida, sobre la ficción y la realidad. Disfrazada de última conferencia escrita por un ficticio director de cine español que alcanzará la fama mundial una vez fallecido en accidente -en uno de esos giros del destino tan cinematográficos-, Castro propone una especie de juego metaliterario (un ‘fake’ en términos cinéfilos) a través del cual se explica que el cine es “un sueño prestado, un sueño al revés, porque entras despierto y vives lo que no tienes sin tener que dormir. De la vida entras al sueño y no despiertas de él a la vida” e introduce ese concepto que nos ha encantado, el cine como “colección de desengaños” que es justamente lo que ofrece La vida alrededor: desengaños cinéfilos escritos por autores desengañados que producen, a su vez, (algunos) desengaños en el lector.

27 febrero 2013

Acierto pleno


Hijos de Babel. Reflexiones sobre el oficio de traductor en el siglo XXI

VV. AA.

Fórcola, 2013

ISBN: 978-84-15174-73-8

176 páginas

17,50 €




Antonio Rivero Taravillo

Son catorce los participantes en este volumen, y como en mi infancia (no tengo ni idea de cómo será ahora) componen una quiniela en la que todas las casillas -uno, equis, dos- son un acierto. Abordan lo que promete el subtítulo: "Reflexiones sobre el oficio de traductor en el siglo XXI", y lo acometen desde diferentes ángulos y sobre distintas trayectorias. Como es lógico, y en el ámbito de la traducción literaria, que es el que me importa, las páginas que resultan interesantes son las que firman los traductores que son a su vez escritores, ya sea en prosa (Mercedes Cebrián, Amelia Pérez de Villar, Juan Arnau, Berta Vías Mahou y Pablo Sanguinetti ), ya en verso (Xavier Farré, Eduardo Moga, y Martín López-Vega). Uno de ellos, Eduardo Iriarte, que lo es en ambos géneros, escribe acerca de la rara integración del creador y su recreador: "Hay ocasiones, tal vez no tan frecuentes como sería de desear, en que autor y traductor llegan a ser uno y lo mismo. Stephen Spender, poeta que vertió al inglés obras de autores como Rilke, Altolaguirre y Lorca, lo sintetiza a la perfección en unos versos dedicados a su traductor al japonés", y cita los emocionantes versos del autor de Mundo dentro del mundo: "Mi escritura inglesa asciende por tus ojos / luego reaparece por las yemas de tus dedos / [...] A medio camino entre ambos, nuestras lenguas / nos transforman a ti en mí y a mí en ti."

Farré se ocupa lo mismo que de poetas rusos (los casos de Nabokov y Brodsky) que de Yourcenar o del traductor polaco Stanisław Barańczak, cuyos dos preceptos que reproduce ("No traduzcas la poesía a prosa" y "No traduzcas buena poesía en mala poesía") parecen perogrulladas, pero no siempre fue así. Y es que como se cita en otro lugar del volumen, «la significación no es de ningún modo lo que constituye un poema» (Yves Bonnefoy). El cómo es, en definitiva, tan importante como el qué. La prosificación de un poema es la formación de un trombo, de un coágulo espeso que atasca lo que fluía naturalmente, y que suele ser mortal para el cuerpo que latía vivo. Puede llegar a contar, como una lápida funeraria, las hazañas del difunto, pero no nos engañemos: separada del ritmo, de la presentación versal, de sus blancos, ahí lo que hay es un cadáver. Una traducción que no atienda a la forma (la cual no necesariamente ha de ser la misma que la de partida, pero sí operar en la misma onda), incluso si el original es de prosa, será una traducción malograda. Cuántas veces un mal traductor afea, haciendo que el invitado, el texto que lo visita, se tienda en el lecho de Procusto. El traductor no tiene que embellecer, pero sí evitar que, como en esos programas de distorsión de voz propios de las películas con secuestro, quede amortiguado, irreconocible el tono, el decir del autor, aunque el mensaje sea el mismo.

En Miseria y esplendor de la traducción, José Ortega y Gasset escribió que "en el orden intelectual no cabe faena más humilde" que esta que nos ocupa. Es frase que me recuerda al relato que Borges hace en Literaturas germánicas medievales de la muerte de Beda el Venerable. Tras alabar que el autor de la Historia eclesiástica del pueblo inglés muriera traduciendo, glosa el argentino que aquel lo hizo cumpliendo "la menos vanidosa y la más abnegada de las tareas literarias". Puede que Borges leyera el artículo de Ortega cuando se publicó en La Nación de Buenos Aires en 1937 y le quedara un eco en la memoria al escribir su libro, pero desde luego no le hacía falta que el filósofo lo esclareciera sobre ese extremo: él mismo fue un traductor esforzado y humilde, y a veces de lenguas que aprendió para acceder directamente a sus originales, haciendo buena la máxima de que la traducción constituye la más profunda de las lecturas.

Los otros experimentados lectores-traductores y colaboradores de Hijos de Babel son David Paradela, Paula Caballero, Rafael Carpintero, Lucía Sesma y Marina Bornas, que se ocupan respectivamente de las retraducciones (los textos que reencarnan en más de una traducción a lo largo del tiempo), el traslado de los clásicos grecolatinos, el curioso caso del esquizofrénico Louis Wolfson y su distorsión del lenguaje y, 'last but not least', la traducción audiovisual, que cada vez cobra más importancia -ya sea mediante el doblado o con subtítulos-, dada la ingente presencia de películas y series extranjeras.
           
Estoy a punto ya de finalizar esta reseña y a enviarla cuando caigo en algo que me  desbarata su símil quinielístico de la apertura, no sé qué contrariedad conocida como "pleno al quince". Confieso que en juegos de azar me quedé en el golpe de dados de Mallarmé, pero no pasa nada: el decimoquinto en juego es Javier Jiménez, el editor de Fórcola, autor del prólogo.

20 febrero 2013

La gran cosmópolis


Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York

VV. AA.

Fundación José Manuel Lara, 2012. Colección "Vandalia"

ISBN: 978-84-96824-95-9

336 páginas

19,90 €

Edición de Julio Neira



Antonio Rivero Taravillo

Aunque no fue publicado en vida de su autor, Poeta en Nueva York (1940) es el Rubicón (con la mezcla de aguas del East River y del Hudson) que delimita como una baliza el interés por la megalópolis estadounidense en nuestra poesía. Antes de ese libro hay textos de desigual valía y difusión; después, el inevitable magnetismo de un título emblemático y poderoso, que puede llegar a erigirse no tanto como acicate como obstáculo: remontar el gigante Federico García Lorca, también él mismo un rascacielos.

Como bien señala Julio Neira en su extensa y documentada introducción "Fabulosa como un Leviatán" (palabras que toma de Luis Cernuda en Ocnos), varios factores han contribuido a que Nueva York haya concitado toda una montaña de poemas: el exilio de la Guerra Civil, la oleada de jóvenes poetas profesores que fueron allí a ganarse la vida y, de paso, salir de un país alicorto durante los años del franquismo, la relativamente generalización de los viajes por avión, el prestigio literario adquirido por la urbe y, hace poco más de una década, el suceso de impacto mundial, contemplado por no pocos en directo, que fue el atentado terrorista contra el World Trade Center.

Una y otra vez hace mención Neira en su estudio preliminar al capitalismo deshumanizador del que es protagonista Wall Street, sinécdoque de Manhattan y, en suma, de toda Nueva York, y de cómo muchos poetas han reaccionado a esa contradicción entre la riqueza rampante y la reptante miseria de la gran ciudad, casi siempre desde posturas independientes (como José Moreno Villa), a veces afines al marxismo (Rafael Alberti) e incluso, caso curioso, desde un falangismo como el del poeta onubense Jesús Arcensio, un raro que para muchos será uno de los descubrimientos de este libro. "El planteamiento es coherente con el obrerismo del ideario joseantoniano de este poco conocido autor, que pretendía una revolución contra la opresión capitalista y la defensa del valor individual de los trabajadores", observa Neira. Y habría que añadir que Arcensio poesía un extraño tinte profético, por lo que respecta a la caída de las torres gemelas. En el poema aquí incluido escribe: "De tus escombros de sangre, ya con sangre / saldrán los hombres -rojos, negros, blancos- / en hermandad de pulso y oraciones. / De entre tus derrumbados rascacielos, / vuelo alzarán la flor, la mariposa, el ave..."

Muchas cosas se han dicho de la ciudad que conocemos como "la gran manzana", y aquí hallamos varias de estas fórmulas de variada expresividad e invención: "El marimacho de las manos sucias" la llama Juan Ramón Jiménez, "el mayor decorado de los siglos de los siglos" Abelardo Linares o "la gran cosmópolis", Rubén Darío. Neira, que también ha firmado recientemente una Historia poética de Nueva York (Cátedra), como todo antólogo se ha visto obligado a escoger y deja claro su criterio: "La calidad y relevancia de los poemas de Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Rafael Alberti o José Hierro justificarían una presencia más amplia en el índice, pero son sobradamente conocidos y he preferido que dejaran espacio a otros textos mucho más difíciles de encontrar, bien por la juventud de sus autores bien por su publicación fuera de los canales de distribución habituales".

Solo lamento que "Réquiem" de Hierro, aunque es mencionado por Neira, no forme parte de la selección. Con el fondo de bajo continuo del rito en latín, se trata de uno de los poemas más conmovedores del santanderino, escrito tras la lectura en un periódico neoyorquino de la esquela de un compatriota llamado Manuel del Río, cuyo cadáver está depositado en la funeraria: "Y en D'Agostino lo visitan / los polacos, los irlandeses, / los españoles, los que mueren / en el week-end." Pero no es un poema para citar versos aislados.

"La llegada", "Geografías", "La ciudad del cheque", "Culturas y "Despedida" son las cinco secciones que cobijan los textos (algunos en prosa como los del juanramoniano "Espacio") de las varias decenas de poetas representados, que llegan hasta alguno nacido en los años ochenta, como Nacho Escuín. Dejando aparte lo más insustancial y postalístico (permítaseme el neologismo), que lo hay, también hallará el lector momentos de íntimo lirismo, como lo que se entrevé en la relación clandestina de uno de los grandes ya citados o en la pincelada final del malogrado José Elías, quien, tras serle solicitadas noticias y detalles de un viaje a NY confiesa que los otros nada entenderían: "Pues yo hubiera callado el nombre clave / de mis desorientadas andanzas", el nombre que pronuncia nada más regresar asiendo por primera vez el teléfono. Y no falta tampoco la fina observación, uno de los ingredientes de la buena poesía. Así, la profusión de rótulos luminosos de Broadway hace que Juan Ramón Jiménez se pregunte ante la visión de la luna entre dos rascacielos: "¿Es la luna, o es un anuncio de la luna?". Y siguiendo con la mirada a lo alto: "Nuestro apego a la tierra / hoy se afianza, en este carecer / de un vértigo hacia arriba", descubre Lorenzo Oliván.

Pero también hay otros tonos. En su habitual versículo que tan bien se presta a lo narrativo se presenta el extenso "Nueva York" de Manuel Vilas procedente de Resurrección, con el exceso, la virulencia y la incorrección política o moral que son ya marca de la casa. Y con toque de humor, jugando con la proporción, escribe Rafael Guillén al sobrevolar en avión la ciudad: "Como es de noche, desde aquí no veo / a los negros. Da risa. / Si yo fuera gaviota, dejaría / caer un huevo sobre Brooklyn. Pienso / lo fácil que fue aquello / de Hiroshima. Inclino el ala izquierda / y se encogen de miedo veinticinco / rascacielos. Con el dedo meñique / podría desviar el East River".

No faltan el jazz, Walt Whitman, el recuerdo del propio García Lorca, el metro, los museos, Central Park o el cinematográfico puente de Brooklyn. No sé si la distribución comercial de este libro alcanzará a los Estados Unidos, pero yo creo que se vendería entre los españoles ilustrados (algo que cada vez más va a tender a ser un pleonasmo) que estén de paso. Lo comprobaré en la Barnes and Noble de Union Square o en The Strand la próxima vez que pase por allí a darme un garbeo. Uno, como el autor de Nadie conoce a nadie, puede afirmar, o casi: "Me llamo Juan Bonilla / y vivo en las afueras de New York / (para ser más exactos en Sevilla)." Y, naturalmente, también yo escribiré mi poema. No iba a ser menos.

13 febrero 2013

Un tapiz con tapires


Guarani purahéi / Cantos guaraníes

VV. AA.

Impronta, 2012

ISBN: 978-84-940205-6-8

72 páginas

10 €

Edición de Cristian David López y José Luis García Martín



Antonio Rivero Taravillo

Quien visite las cataratas del Iguazú, entre la Argentina y el Brasil, se encontrará con unos simpáticos animales que le disputarán la comida o que desfilarán en sosegada hilera ante él como un tren antediluviano de mercancías con su cargamento de exotismo. Son los coatíes. También verá una selva espesa a la que se encaminan tras la pitanza. Tal vez se tope con otros mamíferos como los osos hormigueros o los tapires en medio de la fronda. Y allí, en una alta rama, un tucán huidizo; un tucán de verdad, de pluma y vuelo, no en una ilustración como las que los bebedores de cierta cerveza de Dublín estamos acostumbrados a disfrutar en la mercadotecnia añeja de la marca.

A menos de catorce kilómetros de distancia (de las cataratas, quiero decir; no del río Liffey, al que todos los caminos me conducen siempre) se halla la frontera del Paraguay, el país del que proceden los cantos de este libro y la lengua que los teje y que bautiza con más líquido (incluso vapor) del que se acostumbra a aquel impresionante conjunto de saltos de agua. “Agua grande” es precisamente lo que significa Iguazú en guaraní. Es el mundo que conoció en la cercana provincia argentina de Misiones Horacio Quiroga, muchos de cuyos cuentos huellan el territorio de los antiguos compositores de estos cantos, autores anónimos para los que nunca fue importante el sentido de propiedad sobre las palabras y cuyos nombres, en cualquier caso, habrá engullido el follaje hace ya mucho tiempo.

La lengua indígena, de transmisión oral, tuvo un primer cultivo como lengua escrita durante la época de las misiones jesuíticas, momento en que se normalizó el idioma y pasaron a la tradición elementos procedentes de la cosmovisión cristiana, como los demonios (que los hay en diferentes culturas) pero sobre todos los ángeles, que nacen del raigón judeocristiano y revolotean por algunos de los poemas antologados en este tapiz de versos. Hoy, el guaraní es lengua cooficial del Paraguay, y es hablado por casi toda la población del país

La belleza de estos poemas no se debe solo a la fauna que conjuran (jaguares, colibríes, los ya mencionados tapires) sino sobre todo a la poesía que encierran, con la presencia de los sueños, el amor y el desarraigo. Sin ser extensa la muestra, son varios los ejemplos que se pueden citar de cada una de estos temas. En “Canto del jaguar” hallamos lo inquietante onírico: “En la noche, de un salto, / entro en el corazón / de los que duermen / y no despiertan nunca.” En el poema “El verano” leemos que en el paraíso siempre se goza de esta estación para a continuación matizar: “Pero también allá / hay ángeles traidores / que abren la puerta a las alimañas /  del invierno / como tú, mi niña, cuando sonríes a otro / en medio del verano.” En “Más humanos”, finalmente, se presentan diferentes animales con actitudes propias de nuestra especie, y la voz del poeta cierra la composición con estos versos: “Con lápices de colores / yo lo voy dibujando todo / para que mi niño / en este cuarto oscuro, / en estas calles sucias / sin árboles ni cielo / sepa que allá en su país / hay hermosos animales / más humanos que el hombre.”

En alguna ocasión, la voz es femenina, como en tantas tradiciones populares. Así sucede con “La fiel servidora”. Pero predominan los guerreros, los cazadores, como el poeta venatorio que se lamenta en “Cuando tú me querías”. Tras dibujar un 'locus' o 'tempus amoenus' en que volvía con grandes piezas y era celebrado por los niños y había fiesta en la aldea y se danzaba, dice: “Ahora cazo sapos / y murciélagos negros / y hago encantamientos / y acaricio serpientes / y vivo en la oscuridad.” Y añade en la estrofa con que concluye: “Cuando tú me querías, / yo era el rey del mundo. / Ahora que no me quieres, / soy el señor de los infiernos.”

El joven Cristian David López (Lambaré, Paraguay, 1987) es poeta en las dos lenguas representadas en esta edición bilingüe y el reconocido José Luis García Martín lo es en español, así como traductor de varios idiomas entre los que no se hallaba hasta ahora el guaraní. El primero habrá proporcionado el conocimiento de primera mano de los originales, y el segundo el acabado, la calidad rítmica, marca de la casa que ya viene  demostrando desde hace lustros en versiones de poetas orientales o de diversa y plurilingüe estirpe. Lo que firman juntos aquí son eso, versiones, “recreación personal de poemas tradicionales” como dicen ellos; y lo cierto es que se leen tan bien que parecen desde siempre escritas no en la lengua que siguen utilizando seis millones de personas en territorios que no conocen el mar, sino en esta otra, transatlántica, que ya alcanza los quinientos (con los que se solapan los hablantes de aquella). Pequeño y grácil, este libro que liba en el néctar de una colorida flor, sabe a poco y se lee casi vertiginosamente. Me pregunto si es libro o colibrí.

16 enero 2013

Ventanas a Polonia


Poesía a contragolpe. Antología de poesía polaca contemporánea (autores nacidos entre 1960 y 1980)

VV. AA.

Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012

ISBN: 978-84-15274-52-0

396 páginas

30 €

Selección y traducción de Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Xavier Farré



Antonio Rivero Taravillo

Leer poesía extranjera (traducida o no) en equilibrio con la lectura de la más cercana, del propio idioma o país, es algo que amplía la perspectiva de los aficionados al género y los enriquece; para el poeta, además, constituye un ejercicio impagable, nunca suficientemente ponderado. Los tres responsables de la selección y traducción de los poemas incluidos en este libro han ido vertiendo hasta ahora a nuestra lengua a los más importantes poetas polacos del siglo XX, entre los que descuellan Tadeusz Różewicz, Cesław Miłosz, Wisława Szymborska y Zbigniew Herbert (este en flamante traducción de su Poesía completa a cargo de Xaverio Ballester, reseñada hace pocas semanas en Estado Crítico). Ahora dirigen su atención a los herederos de aquellos, muchos de los cuales no han aceptado la testamentaría e, hijos y nietos díscolos, han salido del despacho del señor notario para codiciar los bienes de otras familias, particularmente, como se expone en el bien documentado prólogo, la norteamericana.

La lista de poetas incluidos es extensa (sesenta y uno), cada uno de ellos representado con ocho poemas, aunque hay excepciones a esta norma, así la de Wojciech Bonowicz (1967), autor de poemas en su mayoría breves, como el estupendo “Dos movimientos”, o la de Jolanta Stefko (1971). Quizá sean demasiados los elegidos; los poetas, quiero decir, no el cupo de textos por cabeza. Hay algunos autores de los que agradeceríamos una muestra más amplia, pues dejan tan excelente sabor de boca que uno desea seguir paladeándolos. Se echan por otra parte en falta voces femeninas, de las que solo hemos contado trece, sorteando la dificultad de los nombres. Algo podrá decir sobre ello la sociología. Y por no abandonar lo sociológico, produce asombro la gran cantidad de poetas de Cracovia, que aporta a la antología la cuarta parte de los integrantes de esta, pese a que su población es como la de una ciudad hermanada con ella, Sevilla (aunque Cracovia tiene más habitantes, es cierto, en su área metropolitana).

Pero entremos en materia. Como sucede con cualquier poema, en el cual la elección del primer verso es siempre decisiva, la antología se abre con “La colchoneta”, del muy premiado Jarosłav Mikołajewski (1960), una elegía que es a la vez muchas otras cosas. Estos son sus primeros versos: “Mi padre la inflaba todos los veranos. / Tiene treinta años, quizá incluso más. / De entre los pliegues sigue cayendo arena./  En las cavidades todavía respira el aire de sus pulmones. // Mientras yo no la tire, mientras las ratas no la mordisqueen, / mi padre seguirá yendo a la playa.” Del mismo autor es el brillante “En el fragor del juego”, con su sabia interrogación sobre las identidades, y, volviendo al tema paterno-filial, el soberbio “Poema de cumpleaños en el decimoquinto aniversario de la muerte de mi padre”, donde el hijo se permite dar consejos al progenitor como si de un quinceañero –vivo– se tratara. En su más breve “El pingüino”, por otro lado, los traductores se han atrevido con la rima (quizá hubiera sido preferible optar por otro poema).

Marcin Baran (1963) escribe en “Inscripción copta”: “Bendito sea el desgaste del cuerpo, / gracias a él lo imperfecto no dura.” Jarosłav Klejnocki (1963) firma “A Tadeusz Różewicz”, con su estupendo final: “habito en mi rostro Lo importante habita /fuera de él.” Krzysztof Koehler (1963) está muy atento a la geografía y la historia en composiciones como “Cracovia”, “Martin Heidegger predice el Gran Reich”, “Fukuyama’s Song” o “God’s Playground. A Historical Outline for the Beginners”, donde habla así de Polonia: “cuando el sol de la hostia consagrada / se ponía sobre la nación.” A otro poeta nacido en el mismo año que los que lo preceden en el párrafo, Piotr Maur, que elude los títulos en los poemas así como en general las mayúsculas y la puntuación, debemos dos de los mejores textos de la antología: uno que resulta ser un tétrico juego de escondite y otro, redondo, que comienza “esto pudo haberle sucedido a cualquiera / pero me sucedió justo a mí”. También de 1963, Anna Pikowska, autora de una magnífica sinestesia (“los tintineantes colores de las bicicletas”), nos entrega “El río Moscova”, con su historia de amor en medio del hielo: “hasta que se entrecrucen las marcas de sus patines, líneas del destino, / caminos y constelaciones, cualquier cosa menos / la soledad, la muerte prematura o el tedio del alma.”

De Mirosław Dzień (1965) destacaría “Esta gota de agua” (“Esta gota de agua, que corta / el aire y entre como el / frío escalpelo de un cirujano / en el cuerpo turbio del charco”, comienza); de Darek Foks (1966), “Tormento y éxtasis”, con su afilada repetición prosaica, factual, permutatoria. Michał Sobol (1970) resplandece en “Vida cotidiana” con una escena íntima que tiene  el correlato histórico de un libro sobre los etruscos y “Jabón blando”, con su indagación sobre la realidad y la impostura. Hay poetas inclinados a la experimentación, como Tomasz Majeran (1971) o, menos, Marta Eloy Cichocka (1973), quien asegura que “la poesía acaba allí donde yo empiezo” y titula uno de sus textos “No tengo tiempo de escribir poemas”. “La goma de borrar” de Rafał Rżany (1974) es otro poderoso poema, tan simple como eficaz, imborrable.

He ido anotando las referencias a España en esta antología, y constato que Grzegorz Wróblewski (1962) ha escrito el poemario Noche en el campamento de Cortés, al que pertenece el antologado “La noche triste (1520)”, donde muestra la misma fascinación por Hernán Cortés que ya acreditaran John Keats en “Al asomarme por vez primera al Homero de Chapman” o Luis Cernuda en “Quetzlacóatl” y en la correspondencia que permanecía inédita con Salvador de Madariaga. Miłosz Biedrzycki (1967) recuerda a Federico García Lorca en “Homenaje (agosto de 1936)”, donde el tricornio de la Guardia Civil mejor hubiera sido traducirlo como “charolado” en vez de “laqueado”. Marcin Kurek (1970), que sitúa el fragmento seleccionado del largo poema “Adelfa” en “una casa alquilada / hace quince años en la parte alta del Albaicín”, ha traducido a Joan Brossa. Y ya que cito al poeta catalán autor de tantas sextinas, uno de los más jóvenes polacos, Adam Zdrodowski (1979), exhibe aquí dos ejemplos de esa composición y en una de ellas (la “Sestine Mon Amour”) engasta los nombres de Guadalajara, Sevilla y Pamplona. Majeran habla del “sueño en brazos de una española lasciva”. Edward Pasewicz (1971) ofrece un “Diario del Prat de Llobregat”. Doctora en Filología Hispánica y traductora de Roberto Juarroz, Cichocka, por su parte, evoca “la catástrofe del prestige en las costas españolas”. Ignoro hasta qué punto esta presencia de lo español se manifiesta espontáneamente en la poesía polaca contemporánea o si los antólogos han potenciado de algún modo la presencia de poemas en los que se dan estas referencias. En cualquier caso, gratifica ver que las culturas no caen en el solipsismo y que la polinización literaria es bienvenida.

Se pueden contar con los dedos de una mano los descuidos y erratas en las casi 400 páginas del volumen, tan sobria como elegantemente diseñado y sabiamente presentado y traducido en autoría conjunta de Murcia, Beltrán y Farré, más que merecedores de nuestra gratitud. Hubiera sido deseable un índice de poemas, y salvo para el especialista o bilingüe, que los extrañarán, el lector de estos pagos no echará en falta los textos originales. El polaco es una lengua tan aparentemente impenetrable que gusta de engañar: por ejemplo, Planeta de Ewa Sonnenberg (1967) se puede traducir como Planeta; pero el libro de Darek Foss Misterny tren, pese a lo que un osado podría intuir, incluso asegurar, no significa Tren misterioso, sino Treno refinado.

04 diciembre 2012

Materiales para la reflexión


CT o la Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española

VV. AA.

Debols!llo, 2012

ISBN: 978-84-9989-694-6

246 páginas

5 €



Rafael Suárez Plácido 

Un libro colectivo que responde al concepto de cultura vertical al que se refiere su título. Un libro colectivo, pero en el que asoman premisas que han seguido la mayoría de los articulistas: la primera, que la cultura que hemos vivido en este estado en los últimos treinta y cinco años obedece, de forma casi castrante, a condiciones impuestas por el poder; la segunda, la casi absoluta sumisión de los nombres de esta cultura dominante, a esas condiciones; la tercera es que en los últimos años se están abriendo brechas en ese concepto de cultura, que se canalizan a través de internet y convergen en el 15M. Una última premisa, mucho más coyuntural, en la que inciden varios de estos autores es que como consecuencia de la Cultura de la Transición, en adelante CT, el grado de libertades en España es comparable al de Corea del Norte.

Menciono estas premisas porque el lector se las irá encontrando, y me niego a pensar que sea casual, a lo largo del libro coordinado por el periodista y novelista Guillem Martínez, que ha llevado a cabo casi toda su carrera en el diario El País, principal órgano de difusión de esta CT. Ante todo destaca el lenguaje coloquial, desenfadado, a veces humorístico, con el que se afrontan estos textos. Como muestra, un botón: cuando Guillem Martínez menciona a Sánchez Ferlosio -intuyo que Rafael-, escribe: “un señor muy citado, por lo que veo, en este volumen y al que, por tanto, deberíamos enviar un jamón”. Este es el tono que van a seguir la mayoría de los autores de este libro, que se ha editado directamente en edición de bolsillo a un precio más que asumible, con vocación de panfleto o de página web. La mayoría de los autores publican en internet y escriben como lo harían en sus bitácoras personales. Además citan textos de la red, e incluso ocurre que quien ha mantenido el registro más elevado, la magnífica narradora y ensayista Belén Gopegui, utiliza ese mismo registro en internet. Esta vocación de panfleto no resta dignidad ni interés al libro; al contrario, recupera así una de las principales funciones que pensamos que tiene la cultura: llegar al mayor número de receptores posibles y ofrecerles materiales para la reflexión.

Todo comenzó en los años posteriores al fallecimiento del dictador Franco, en los pactos de la Moncloa. Aunque Ignacio Echevarría señala que Vázquez Montalbán considera que el inicio de la Transición se da ya en vida del dictador, en los años de apertura al mundo. Los principales medios de la CT consideran a la Transición como un proceso no ya legítimo y democratizador, sino ejemplar. Es evidente que no es así. No sólo a nivel económico y social todo lo esencial permanece igual, sino que los productores de cultura, que deberían ser agitadores del pensamiento, han transigido en no cuestionar ninguno de estos términos. Los autores, hay que reconocer que sin demasiado rigor, pero sí amparados por la razón, comentan y opinan sobre los diferentes campos de la cultura (cine, música, política, igualdad, literatura, crítica o humor) y su relación con la CT. No dudo que su lectura es interesantísima para cualquiera que quiera reflexionar de verdad sobre estos temas, aunque el lector avezado encontrará pocas aportaciones realmente novedosas. ¿En estos años, nadie se ha salido de la dictadura de la CT? Pienso en Agustín García Calvo, por ejemplo. Uno espera, eso sí,  que este libro y el trabajo de sus autores sea un aldabonazo que marque la publicación de otros ensayos con más rigor, históricos, sociológicos y quizá, ¿por qué no?, filosóficos. 

18 octubre 2012

Cuba en tres tiempos

Alejandro Luque

Aunque en medio de las últimas convulsiones mundiales Cuba aparezca como desenfocada, relegada a los márgenes de la actualidad política y cultural, la mayor de las Antillas no ha perdido su magnetismo irresistible, y su longeva Revolución sigue siendo un motivo de controversia inagotable, capaz de levantar pasiones desbordantes y rechazos viscerales. He aquí tres lecturas que no dejarán indiferentes a ningún interesado en la isla y sus circunstancias. 


Maestro cantor

José Ángel Valente y José Lezama Lima

Renacimiento, 2012

ISBN: 978-84-151-7740-1

216 páginas

16 €

Prólogo de Juan Goytisolo


Fue María Zambrano la persona que les puso en contacto, pero desde el primer encuentro en una casa llena de libros del Trocadero habanero surgió una amistad que perduraría en el tiempo, a pesar de la distancia geográfica y de las interferencias de los censores. Ahora, en una cuidada edición a cargo de Javier Fornieles Ten con prólogo de Juan Goytisolo, ve la luz el epistolario reunido entre el poeta español José Ángel Valente y el cubano José Lezama Lima, el maestro cantor que da título al volumen.
Estas cartas, a las que se suman otras de personajes cercanos a los poetas, así como los ensayos que se dedicaron mutuamente, ponen de manifiesto la instantánea simpatía que se profesaron, así como el progresivo hallazgo de afinidades, entre las cuales destaca -de nuevo con Zambrano como nexo común- el interés por la mística, con especial atención hacia la figura de Miguel de Molinos, condenado por hereje como, en cierto modo, lo fueron también Valente y Lezama : aquel, desterrado en Europa, éste aislado y ninguneado en una ciudad, La Habana, que cantó como nadie. Una lectura que ayuda a comprender tanto las claves de dos poéticas fundamentales del siglo XX, como algunas de las circunstancias a las que hubieron de enfrentarse los intelectuales en aquellos tempestuosos tiempos. 


Necesidad de libertad
Reinaldo Arenas
Point de Lunettes, 2012
ISBN: 978-84-9650-855-2
384 páginas
16 €




El gran público descubrió la figurar del cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) gracias al filme de Julian Schnabel Antes que anochezca, que le valió a Javier Bardem su primera candidatura al Óscar. Este éxito ayudó a difundir obras como Celestino antes del alba, Otra vez el mar o las memorias que dieron título a la película. La editorial sevillana Point de Lunettes, que dos años atrás publicó la correspondencia de Arenas con el pintor Jorge Camacho y su mujer, Margarita, ahora recupera una serie de textos donde el escritor de Holguín ajusta cuentas de un modo feroz con la Revolución cubana y con sus valedores.
"El intelectual cubano en el exilio está condenado a desaparecer dos veces: primero, el Estado cubano lo borra del mapa literario de su país; luego, las izquierdas galopantes y preponderantes, instaladas naturalmente en los países capitalistas, lo condenan al silencio", denuncia Arenas en uno de estos ensayos, en los que reitera los mil modos de represión -ninguneo, prisión, vejaciones, espionaje- a los que fue sometido antes de sumarse al éxodo de Mariel en 1980, entre el contingente de homosexuales, delincuentes y enfermos mentales a los que el régimen permitió salir a Estados Unidos.
El volumen misceláneo contiene, entre muchos otros testimonios propios, ensayos literarios, fragmentos de discursos de Fidel y las cartas de intelectuales europeos y latinoamericanos que sucedieron al lamentable caso Padilla, artículos de la ley contra el "diversionismo ideológico" y hasta un recorte de la prensa francesa en la que se especulaba con la posibilidad de que Arenas hubiera desaparecido a manos de las fuerzas policiales cubanas.
Otros documentos constatan de manera más expeditiva el divorcio entre el escritor y el castrismo. Así, con una carta al poeta Nicolás Guillén le hace saber que "de acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada fin de año realizo (...) le comunico que usted ha engrosado la lista del mismo". A Alexandra Reccio, miembro del Partido Comunista de Italia, que visitó a Arenas en La Habana sin dejar de pregonar las bondades de la Revolución, la despide diciéndole: "Ojalá algún día comprenda (...) que el único sitio donde el hombre es libre, y por tanto es realmente hombre, es aquel donde puede manifestar su desprecio. Reciba pues sincera y modestamente el mío".
No se queda atrás a la hora de enjuiciar severamente a sus compañeros de letras. Prácticamente todos, salvo a Lezama Lima y a Virgilia Piñera -que, según acredita Arenas, sufrieron presiones y desprecios parejos a los suyos- reciben invectivas del autor. A los cubanos Lisandro Otero, Fernández Retamar y Edmundo Desnoes no los saca de la consideración de esbirros del sistema. Cintio Vitier es un "monje" y un "santurrón", el nicaragüense Ernesto Cardenal es "tan mediocre e hipócrita como su supuesta doctrina religiosa"; Julio Cortázar pertenece a esas "barbudas putonas izquierdistas que desde París inventan o apoyan revoluciones inexistentes", mientras que el Nobel colombiano Gabriel García Márquez una "vedette del comunismo" y "un híbrido entre la demagogia y el folclor".
Y como blanco de sus más furibundos rencores, la figura de Fidel Castro: "Los intelectuales que, como invitados de honor", escribe Arenas, "visitan las tribunas de los países comunistas, si tuviesen el coraje de pensar por sí mismos y la valentía de no servir a otra causa que a la de la razón (como se supone que debe obrar un intelectual) deberían sentirse profundamente perturbados y entristecidos cuando ante ellos y el jefe máximo, el único jefe, sólo se oye un clamoroso sí con sus consabidos aplausos".
Probablemente arbitrario a ratos, tal vez vehemente en exceso, lo cierto es que el autor escribe investido por la autoridad de la víctima. Arenas se suicidó en diciembre de 1990 en su apartamento de Nueva York, estragado por el Sida. "Cuba será libre. Yo ya lo soy", fueron sus últimas palabras. 

Antología. La poesía del siglo XX en Cuba
VV. AA.

Visor, 2011
ISBN: 978-84-989-5076-2
463 páginas
22 €
Edición de Víctor Rodríguez Núñez



He aquí una antología que, tanto por la seriedad de su revelador prólogo como por la suculenta nómina de los seleccionados, podría considerarse casi definitiva. Cierto es que la delimitación geográfica y temporal, la Cuba de los últimos 50 años, ofrece un panorama tan vasto y rico que poco le habrá costado al autor encontrar perlas a montones.
El sumario se abre y se cierra curiosamente con dos mujeres, Fina García Marruz (1923) y Damaris Calderón (1967), y por en medio se despliegan nombres consagrados (Barnet, Retamar, Arrufat, Fernández) junto a otros pendientes de descubrir entre los lectores españoles menos iniciados, como Fayad Jamís, Luis Rogelio Nogueras o Ramón Fernández-Larrea. Entre unos y otros, el juego apasionante de escuelas, influencias y corrientes que tiene en el grupo Orígenes su fuente primordial de inspiración y de disidencia, y en la Revolución cubana un punto de inflexión determinante.
No hay antología sin ausencias, y a éstas se debe el hecho de que escatimemos la consideración de definitiva. La de Visor tiene tres notables: la de Antonio José Ponte, conocido como narrador pero autor de algunos interesantísimos poemarios; la de José Pérez Olivares, en mi opinión el más capacitado de su generación y del que más cabe esperar en el futuro; y la del propio antólogo, Rodríguez Núñez, dueño de una poética propia y personal que hubiera encajado perfectamente en el sumario.

17 octubre 2012

El fútbol y la vida

Un balón envenenado. Poesía y fútbol

VV. AA.

Visor, 2012. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-800-3

253 páginas

12 €

Editado por Luis García Montero y Jesús García Sánchez



Juan Carlos Sierra

Cada uno cumple años y lo celebra según marca cíclicamente el devenir del almanaque. Para algunas editoriales, sin embargo, los cumpleaños y sus fiestas no coinciden necesariamente con la cronología de los aniversarios, ya que su tiempo lo marcan los números que aparecen en el lomo de sus publicaciones. En el caso de la editorial Visor, para celebrar el número 800 de su colección de poesía, su entrenador, Jesús García Sánchez, y uno de sus pichichis, Luis García Montero, se han propuesto dedicar una antología a la relación que a través de los años los poetas en lengua castellana han mantenido con el fútbol.

Como punto de partida de esta antología sus autores escriben al final del prólogo lo siguiente: “Aunque no se trata de una antología de afán minucioso, ni de un trabajo académico, ni de un ejercicio de rigor lírico, sino de una fiesta de aniversario, el poeta y el editor se han puesto de acuerdo en la necesidad de aclarar que algunos nombres brillan aquí por su ausencia. (…) Los jugadores leñeros y sin clase están de sobra en una alineación ideal”.

Teniendo esto en cuenta, el tono de esta reseña se adaptará, para pasar un buen rato, al terreno de juego poético elegido y no se meterá en las marrullerías de los defensas centrales de la literatura, sobre todo por ignorancia. Así que quien espere una muestra de erudición y fino análisis crítico –en caso de que uno pudiera en algún momento alcanzar tales cotas de excelencia- puede ir migrando a la barra de favoritos y teclear algún otro portal de fina y erudita crítica literaria. Hoy no toca, porque hemos venido aquí a divertirnos "con la poesía y el fútbol", “la cosa más importante entre las cosas sin importancia” según apostilla sobre el "deporte rey" el "fútboladicto" confeso Eduardo Galeano.

Y sí, resulta divertido en cierto modo leer los poemas que algunos de los autores del 27 dedicaron al fútbol. Quizá el más célebre sea "Oda a Platko", el texto que Rafael Alberti dedicó al portero húngaro del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey a triple partido que tuvo lugar en 1928. Y digo que resulta divertido y, añado, casi ingenuo el tono utilizado por Alberti al poetizar el fútbol, un fenómeno que entonces olía a modernidad -como el aeroplano, la máquina de escribir,…- y que ahora hiede a corruptelas y blanqueo de dinero. También recoge esta antología la respuesta o réplica que un aficionado de la Real Sociedad de San Sebastián, rival y víctima del Barcelona en aquella final, escribió para defender sus colores; un tal Gabriel Celaya. No sé si les suena. Como los niños en la calle que argumentan a voz en grito sobre quién es mejor, si el Madrid de Mourinho o el Barça de Guardiola, si Cristiano Ronaldo o Messi, los poetas lo hacen en verso con el mismo convencimiento.

Es, por otra parte, ese terreno de la infancia una constante en los poemas antologados. Muchos de ellos recuerdan, con cierto tono de nostalgia a veces, episodios y personajes míticos de los primeros años de vida en torno al fútbol, porque aquellos partidos a vida o muerte en el empedrado de las calles también pertenecen a aquel paraíso perdido. No obstante, -léase el texto introductorio de Joan Manuel Serrat- el paisaje de la infancia futbolera ha cambiado radicalmente y ha perdido su espontaneidad e ingenuidad gracias a la funesta labor de los padres-entrenadores, aquellos que desde la banda de un campo de Regional Preferente gritan a sus hijos su pasado y presente de frustrados futbolistas de Primera División.

Desde un punto de vista más literario, llama la atención que muchos de los poetas convocados a esta selección se presenten sin un currículum de textos anteriores que avalen su interés por la temática futbolística. Da la impresión de que a la invitación del seleccionador se han presentado con la primera equipación que han improvisado en casa, con un uniforme de circunstancias; y ya se sabe que todos los equipos respetables visten con la misma camisola, pantalón y medias, avaladas casi siempre por una marca deportiva de prestigio y calidad.

De entre los que ya han jugado en otras ligas importantes en su carrera poética, quizá uno de los más acertados de cara al marco del lector sea Juan Bonilla. Su poema "Anfield Stadium" está lleno de fútbol mítico, pero también -y quizá más importante- de soledad, del paso del tiempo, de dignidad,… De todas esas cosas de las que habla la buena poesía, en las que el lector se reconoce, con las que se emociona,… el fútbol y la vida.