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30 julio 2013

Retrato de familia

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta

Edmund de Waal

Acantilado, 2012

ISBN: 978-84-15277-71-2

366 páginas

26 €

Traducción de Marcelo Cohen


Rafael Suárez Plácido

En muy poco tiempo este es el segundo libro que me interesa mucho y que ha sido traducido por Marcelo Cohen. Es llamativo porque apenas conozco nada del autor argentino. Los dos libros, el anterior fue Ciudad abierta, de Teju Cole, han sido editados por Acantilado. Quizás haya que buscar ahí la razón de esta coincidencia. El anterior era una novela que a veces se podía entender como un ensayo sobre el cosmopolitismo o la interculturalidad; en este se nos cuenta un caso práctico del asentamiento de una familia de banqueros judíos, procedente de Odessa, en la Europa más elitista de finales del siglo XIX y principios del XX: se trata de una historia contada como si fuera una novela.

Todo comienza en los pasados noventa, cuando el joven Edmund de Waal recibe una beca del gobierno japonés para perfeccionar sus estudios, es artesano, en Tokio. Cualquier historia que comience en Tokio me interesa. Entonces empecé a leer con avidez. Allí conoce a su tío Ignace que le enseña la joya de su colección de arte: la colección familiar de doscientos sesenta y cuatro 'netsukes', que han ido heredando en la familia desde hace más de un siglo, y que posteriormente, cuando fallezca el tío Ignace, heredará el propio Edmund, dueño actual de la colección. ¿Qué es un 'netsuke'? Son esculturas pequeñas, del tamaño algo mayor que un botón occidental, realizadas en alguna madera noble o en marfil, con las que los japoneses se cerraban el obi o algunas bolsas que usaban a modo de carteras. Algunos 'netsukes' pueden ser valiosísimos. Desde luego estos de la colección De Waal lo son. Hay maestros escultores de 'netsukes'. Se usaron a partir del siglo XVII en Japón, y se pusieron de moda en Europa en el siglo XIX, cuando Japón se abrió al resto del mundo y los salones más refinados de París y Viena se llenaron de "japonerías".

Pero, claro, la familia de Edmund de Waal no era una familia normal. Se trata, ni más ni menos que de los Ephrussi, los fundadores y dueños de la banca Ephrussi, una de las tres o cuarto entidades financieras más importantes en la segunda mitad del siglo XIX y, hasta la llegada de Hitler al poder, durante la primera mitad del siglo XX. Sólo así se concibe que Charles Ephrussi reuniera esta fantástica colección de más de doscientas figuritas de diferentes maderas, patrimonio cultural de un país que se distingue, precisamente, porque sabe valorar sus tradiciones. Este Charles Ephrussi fue amigo y mecenas de algunos de los artistas más celebrados del París de su tiempo. En su colección personal tuvo cuadros de Renoir, a quien sin embargo disgustaban los judíos, de Monet, de Degas, de Moreau, de Watteau. Aparece, como un personaje habitual, en los libros de Proust —camuflado en los salones de Odette— o en los diarios de Edmond Goncourt; fue amigo de poetas.  En fin, todo un personaje en el París de su tiempo. De Waal se preocupa por mostrar que su importancia no era sólo por su capacidad económica. De hecho, el propio autor traza cuatro historias en este libro: una historia de la familia, en la que se interesa por casi todos los personajes, sus motivaciones y sus intereses; una historia del arte europeo, que está vinculada a la de la propia familia, que no sólo son lectores ávidos y coleccionistas, sino incluso escritores y participan de forma activa en la elaboración de catálogos y publicaciones; una historia, sin más, de Europa: París, Viena, intervalos en Odessa, Inglaterra, las dos guerras mundiales con el intervalo del periodo de entreguerras y, finalmente, la devastación que supuso el auge del nazismo. La cuarta historia que encontramos en este libro es la de esa colección de 'netsukes'. La liebre con ojos de ámbar del título se refiera a uno de ellos.

¿Es una novela? No, pero podría leerse como si lo fuera. Lo que ocurre es que todo lo que cuenta Edmund de Waal ha ocurrido, para bien o para mal. Es la constatación de que lo que está más alto puede caer, en cualquier momento, y de que de la nada se puede construir todo un imperio que controle la economía de países y, casi del mundo. Los personajes, prácticamente todos, son tratados con el cariño que muestra quien desciende de ellos. No sólo los familiares sino, muy especialmente, los criados y todo el personal de servicio. Edmund de Waal ha rastreado en la literatura y prensa de la época los rastros que podían llevarle a entender no sólo aspectos relevantes de la economía y política del momento, que le interesaban obviamente. Pero lo más interesante es el acercarse con los ojos bien abiertos y el cerebro bien amueblado a los autores que tuvieron alguna relación con su familia. Además de los ya citados, habría que mencionar a Musil y a Rilke. El principal orgullo que exhibe De Waal no es el poder que llegaron a alcanzar sus ancestros, sino el buen gusto a la hora de valorar todo la belleza del mundo. Yo antes ni sabía qué eran los 'netsukes'. Había leído la palabra en algunos libros de autores japoneses, pero no tenía idea de la trascendencia que podían tener esos objetos. Ahora veo 'netsukes' por todas partes. Igual que antes no sabía que existiera Edmund de Waal y ahora estoy pendiente de cualquier referencia nueva que aparezca sobre él. 

26 julio 2013

Lucidez panfletaria

El camino de Wigan Pier

George Orwell

Austral, 2012

ISBN: 978-84-233-2900-7

232 páginas

7,55 €

Traducción de Ester Donato



Coradino Vega

Eric Arthur Blair, mucho más conocido como George Orwell, nació en la India británica en 1903, se educó en un terrible internado a tenor de lo que luego contaría en “Ay, qué alegrías aquellas”, fue alumno con beca en Eton, en 1922 ingresó en la policía imperial de Birmania y, en un acto de contrición y desclasamiento voluntario que recuerda en algo al extremo mártir de Simone Weil, decidió vivir unos años entre mendigos, desempleados y obreros precarios hasta que se enroló en las milicias del POUM para luchar en la guerra civil de España. Moriría en 1950 de tuberculosis, y aunque deba su fama a las ficciones alegóricas Rebelión en la granja y 1984, puede que la obra más valiosa de Orwell se encuentre en sus ensayos literarios y políticos, en sus reportajes, reseñas, textos autobiográficos y artículos de opinión a los que el lector español sólo tiene acceso de una forma desordenada y fragmentaria. A esa naturaleza de escritos mezcla de testimonio personal, alegato político y crónica periodística, pertenece este libro de 1937 rescatado ahora en formato de bolsillo sin que se aprecie el menor esfuerzo editorial por actualizar su forma y contenido.

En la primera parte de El camino de Wigan Pier, Orwell da fe rigurosamente de las condiciones deplorables en las que vivían los mineros del norte de Inglaterra en los años treinta. Las descripciones oscilan entre un naturalismo minucioso y el inventario casi científico de la brutalidad del trabajo en una mina de carbón, de las viviendas proletarias de Sheffield, Leeds o Wigan, de la desmoralización de las familias desempleadas, de sus hábitos de consumo o alimenticios, de cómo se puede estirar el subsidio social para garantizar la supervivencia, de la fealdad industrial de los paisajes de Lancashire y Yorkshire, y en definitiva de los objetos físicos con sus detalles y huellas invisibles de trabajo humano. En esa forma de observarlo todo, que ve además de mirar, radica el modo que tiene Orwell de ir por el mundo, con los ojos abiertos y sin pelos en la lengua, y que es también su legado moral: “Hay como una obligación de ver y oler estos lugares de vez en cuando, especialmente de olerlos, para no olvidarse de que existen”. Se trata de registrar la factura que pasaron los años veinte, esa “edad de oro del rentista” o “periodo de irresponsabilidad”, como el propio Orwell los denominó en el ensayo de 1940 “En el vientre de la ballena”, y que guarda un paralelismo ominoso con el presente. Pero al contrario que la fascinación por el obrero a lo Chesterton o Shaw, o su defensa abstracta por parte del marxista de verbo enrevesado y confortable dormitorio, el acercamiento de Orwell guarda la misma dosis de idealismo que de sentido autocrítico de la realidad. A diferencia del “que cada uno haga su trabajo” de Camus, considera un error suponer que a todo el mundo le gusta por regla general hacer lo que hace. “No soy un trabajador manual y quiera Dios que nunca haya de serlo”, dice antes de reconocerse como un burgués de clase media lastrado por los prejuicios recelosos de su extracción educacional. Y en una de sus pocas coincidencias explícitas con Marx, apunta: “Cuando se trata a la gente como ha sido tratada la clase obrera inglesa durante dos siglos, no es de extrañar que estén resentidos”.

La segunda parte del libro es una justificación personal de por qué alguien como él decide sumergirse en el proletariado y el desempleo, además de un alegato cargado de razones a favor del socialismo. Parte de su experiencia como policía al servicio del imperio británico y desemboca en una llamada al cambio de mentalidad de la clase media. Y es que, como Dickens o D.H. Lawrence, Orwell no parece un escritor pesimista, sino que insiste a cada paso, con una voluntad encomiable, en que la vida aquí y ahora podría ser mucho mejor si supiéramos “mudar de corazón”, verla de otro modo. Así, para defender el socialismo, lo primero que hace es un esfuerzo por comprender a sus detractores, y posiblemente ahí radique el mejor Orwell: en el crítico de la izquierda desde sus sentimientos de izquierdas, en la clarividencia con que detecta los fallos del progresismo, en la contundencia con que desmontará siempre la deriva totalitaria de cualquier ortodoxia. El análisis de la complejidad transversal de las clases sociales tras el industrialismo, las diferencias casi irreconciliables que las separan, las incoherencias de la ‘intelligentsia’ y su cómodo esnobismo, la pedantería de la jerga comunista, la identificación del socialismo con una noción de progreso maquinista y distópico —cuando habla del futurismo de Bernard Shaw o Aldous Huxley uno ve cómo se va prefigurando 1984—, o la pervivencia del socialismo a pesar de los socialistas y las extravagancias que los alejan de la gente normal y las “personas sensibles” son , a su juicio, algunos de los factores que merman el respaldo que pretende lograr con habilidad propagandística. Orwell es un hombre de su tiempo, que escribe desde un contexto determinado. Para él las prioridades son dos: frenar al fascismo y unificar voluntades en aras de lo que, en más de una ocasión, denomina “lo esencial”: la libertad y la justicia, el sentido común, un socialismo humanizado que garantice unos mínimos indispensables como la comida, poder vivir sin miedo al desempleo, saber que los hijos tendrán una oportunidad para prosperar, un baño una vez al día, ropa de cama razonablemente limpia, un techo sin goteras o una jornada de trabajo tal que a uno le quede algo de energía al terminarla.

En su ensayo de 1946 “Por qué escribo”, Orwell fijó los cuatro motivos que, según él, hacen que una persona coja la pluma: egoísmo puro y duro, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Y aunque los dos primeros estén de algún modo presentes en su obra (hay veces en que —como cualquier escritor— Orwell no controla la vanidad, y su defensa de la precisión del lenguaje y de un arte desvinculado de lo político es más que notoria), es el tercero y sobre todo el cuarto motivo los que marcan la nervadura de sus escritos. Pocos intelectuales han sido capaces de ver con tanta claridad y lucidez su presente. Orwell pertenece a esa estirpe de autores que, como Camus o Chaves Nogales, tuvieron que preservar su coraje entre las balas de dos fuegos cruzados. Que se equivocara estrepitosamente en algunos de sus pronósticos responde al voluntarismo panfletista, nacido de la circunstancia del momento, que preside la recta final de El camino de Wigan Pier o la tercera parte de El león y el unicornio, donde la defensa de lo que él denomina “socialismo democrático” convierte a éste poco menos que en un oxímoron en flagrante contradicción con las ideas vertidas, por ejemplo, en sus “Recuerdos de la Guerra Civil española” de 1942. Hay un antes y un después del paso por el frente de Aragón en la vida y obra de George Orwell: “La guerra de España y otros sucesos de 1936-1937 cambiaron la escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad —dice en El león y el unicornio—. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 fue creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo”.

Hoy, más que nunca, la libertad de criterio y la valentía de Orwell cobran una pertinencia que sobrecoge. Sus arremetidas contra la clase dirigente de su época, su rabia política ante la injusticia y su búsqueda de una salida para un mundo en crisis resultan de lo más vigente. Del mismo modo, Orwell da lo mejor de sí cuando desentraña el papanatismo y las controversias de chichinabo que asolan a la izquierda. “Los intelectuales a los que tanto gusta cotejar democracia y totalitarismo, pesarlos en la misma balanza, ‘demostrar’ que una es tan perniciosa como el otro, son simplemente unos frívolos que nunca se han visto ante la cruda realidad”, escribió el mismo año que criticó con dureza la poesía de Auden nacida al socaire de la propaganda soviética. Porque si hay algo que rebela a Orwell tanto como el privilegiado parásito que vive de sus dividendos, es el intelectual que siempre está en otra parte cuando se aprieta el gatillo, que justifica la dictadura desde la seguridad de un Estado liberalmente blando, que juega con las palabras desde su inmunidad personal y emplea en sus textos expresiones como “asesinato necesario”. Esa es la mejor versión de Orwell, la que no se cansa de combatir la actitud negativa, quejumbrosa, falta de sugerencias constructivas, calidez emocional y responsabilidad de la inteligencia que jamás ha ocupado ni espera ocupar una posición de poder, que nunca ha estado ni estará en la primera línea del frente, o que vive en un mundo hecho puramente de ideas y tiene un escaso contacto con la realidad física de las cosas. La misma que, con una prosa transparente y precisa que parece el correlato perfecto de la sinceridad de sus propósitos, y aunque incurra en algunos de los vicios que él mismo denunciara, dijo cosas como: “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen a verdad y los asesinatos parezcan algo respetable: para dar solidez a lo que es viento”.    

18 julio 2013

¿Escucho música pop porque estoy triste o estoy triste porque escucho música pop?

Wouldn't It Be Nice. Brian Wilson y la creación de Pet Sounds

Charles L. Granata

Libros de Ruido, 2013

ISBN: 978-84-616-4123-9

223 páginas

23,50 €

Traducción de Julio Fajardo




Fran G. Matute

No se espera de un ensayo, así a primera vista, que le ponga a uno la piel de gallina. Mucho menos que su lectura te obligue, en más de una ocasión, a tragar saliva. O que te lleve a suspirar lánguidamente con determinados pasajes. Desde luego que hay ensayos que, por su naturaleza, pueden provocar reacciones de este tipo. Por la dureza de los hechos narrados. Por el ímpetu con el que están contados dichos hechos. Pero un libro que describe de forma aséptica el proceso de grabación de un disco de música popular a mediados de los años 60 y que está escrito por un tecnócrata, ¿cómo puede generar tal aluvión de sentimientos encontrados? Bueno, ya saldrá alguno diciendo que como aquí el estadista presente es un fan acérrimo de la grabación en cuestión, pues se le ve el plumero. No andará muy desencaminado el que afirme lo anterior. Pero tampoco creo equivocarme mucho si dijera que presenciar el proceso de creación artística de una obra maestra tan incuestionable como es el álbum Pet Sounds (1966) de The Beach Boys es capaz de tumbar hasta al más cínico de vosotros, pérfidos lectores. Sólo hay que arrimar el oído...

Siempre me ocurre que a la hora de reseñar un ensayo termino preguntándome sobre qué debería realmente comentar. ¿Consigue el autor su propósito? Esto es ¿nos enteramos de cómo se grabó este disco? ¿Se realiza algún tipo de valoración, alguna aportación novedosa, respecto a la significación cultural del Lp en cuestión? ¿Es técnicamente viable su lectura, teniendo en cuenta que hablar de música es harto complejo sobre todo si te diriges a un lector no educado musicalmente? ¿Maneja bien las fuentes, está bien documentado? Yo qué sé, la verdad. Podría hablar de todo eso pero mejor lo despacho de un plumazo: Wouldn’t It Be Nice, de Charles L. Granata es el mejor libro escrito jamás sobre el proceso de creación de Pet Sounds. Básicamente porque se encarga de investigar, con hondura, en todas las fases del citado proceso: concepción, composición, grabación, postproducción, comercialización y recepción. ¿Qué más queréis saber de un disco? Yo he quedado sobradamente satisfecho. Y con todo, personalmente, no he aprendido casi nada nuevo leyendo este ensayo porque para eso, como alguien ha recordado en el párrafo anterior, soy un fan irredento de los Beach Boys y de este disco en particular.

¿Y entonces? Si los fans no van a descubrir casi nada nuevo -bueno, tomen esta afirmación de forma subjetiva pues todo dependerá del grado de fanatismo de cada uno, claro- ¿por qué hay que leer este libro? ¿Sólo lo deben leer los neófitos? Pues veréis. Este libro hay que leerlo porque es la excusa perfecta, una vez más, para introducirse en la cabeza de ese genio absoluto, ese niño grande, triste y acomplejado, frágil y lúcido, que fue (y sigue siendo) Brian Wilson. Y los que han intentado entrar ahí dentro alguna vez a través de sus canciones ya saben que la travesía te puede llegar a cambiar la vida (¿verdad, Dani? ¿Moraga?). Insisto, sólo hay que arrimar el oído, que es lo que vamos a hacer a continuación.

¿Qué es Pet Sounds? Sí, es el título de un disco. Pero conceptualmente, digo. ¿Dónde reside el interés por esta grabación? ¿Por qué es unánimemente reconocida como una obra maestra sin parangón? ¿Por qué muchos lo consideran el mejor álbum de la historia de la música popular? Por si alguno no lo sabe, el disco Pet Sounds de los Beach Boys se publicó el 16 de mayo de 1966, en el sello Capitol Records. Era el undécimo disco del grupo. Contenía originariamente trece canciones, todas compuestas por Brian Wilson salvo una, que era una adaptación de un tema ‘folk’. Las letras de la mayoría de las canciones están escritas por Tony Asher, un auténtico desconocido. Temáticamente, dichas letras suponían un cambio de registro con respecto al repertorio habitual del grupo que, como muchos sabéis, estaba formado por canciones que hablaban de surf, playas, chicas y coches. En Pet Sounds se habla, fundamentalmente, del amor. Del amor adolescente, pero desde una perspectiva distinta al chico-gusta-chica. Son letras que hablan de sentimientos profundos. Que abarcan todo el proceso de enamoramiento febril que padecen los jóvenes (y los no tan jóvenes, para qué nos vamos a engañar). Desde la ilusión primigenia al dolor por la pérdida. Son letras verdaderamente introspectivas. Que hablan de susurros al oído. De confesiones a medianoche. De nudos en el estómago. De noches sin dormir. Y ofrecen, al que así lo quiera ver, una poética completa del ‘falling in love’ sin caer en ñoñerías o sentimentalismos. Podríamos afirmar que es la primera vez que la música popular se toma en serio las inseguridades del adolescente. Nadie, y digo bien alto esto, con un mínimo de sensibilidad puede salir ileso tras la escucha de Pet Sounds. Y si encima estás enamorado o desenamorado, amigo… este disco te va a desgarrar literalmente por dentro.

Pero si uno lee estas letras a palo seco no le dirán nada. Son letras que sólo funcionan en el lugar para el que fueron concebidas. Dentro de una carcasa sonora compleja y fascinante. Y es que musicalmente, Pet Sounds es también un punto y aparte. Tanto la composición como la instrumentación alcanzan unos grados de sofisticación que no se habían visto hasta la fecha. Es un punto de inflexión en la forma de grabar discos. Se emplean varios meses en su facturación, varios estudios de grabación, con decenas de músicos de sesión que trabajaron sin apenas partituras. Porque el disco estaba entero metido en la cabeza de un chiquillo, y de ahí tenía que salir. Es también revolucionario porque puso de manifiesto la potencialidad de la canción ‘pop’ como vehículo para la experimentación. Es un punto de inflexión en la historia de la música, sí, pero más que nada porque el responsable de todo el proyecto no dejaba de ser es un chaval con el pelo lacio, retraído y sordo de un oído que contaba por aquel entonces con apenas 23 años.

Hablamos con pasión de ese maridaje tan brillante que se da entre letra y música en Pet Sounds, en cómo confluyen ambos elementos para mostrar, en todas sus tonalidades sonoras, esa paleta de sentimientos tan confusos que ofrece el amor. Pero Granata hace una confesión dolorosa hasta para el más fan de los Beach Boys: no todo el álbum refleja esa conexión que tanto nos impacta. De hecho, si obviamos los dos instrumentales que se incluyen en el disco (“Let’s Go Away For A While” y “Pet Sounds”) y dejamos fuera el ‘single’ “Sloop John B.” que nada tiene que ver (al menos, temáticamente hablando) con el “concepto” del Lp, lo cierto es que, en realidad, estamos hablando sólo de diez canciones. Y eso hace que el disco no sea perfecto. Pero ay qué diez canciones. De ellas únicamente son conocidas de forma universal dos: “Wouldn’t It Be Nice” y la joya de la corona “God Only Knows”. Las más festivas. Las que engrandecen el estar enamorado. Pero para que la cosa empiece a escocer un poco los ojos habrá que sumergirse en la melodía infinita e infantil de “You Still Believe In Me”, en esa lección del ‘coming-of-pain’ que es “Here Today”, en la quebradiza “Don’t Talk (Put Your Head On My Shoulder)” o en la demoledora tristeza de “Caroline, No”.

Quizás, la única pega que podamos imponer a este exquisito ensayo musical es la de siempre. Tristemente, Granata no cuenta con la colaboración de Brian Wilson para poner en pie los acontecimientos. Qué duda cabe de que Tony Asher, quien prologa a su vez esta edición con un texto sentido como pocos, es capaz de ofrecer una visión más que satisfactoria del proceso de composición de las canciones. Y que los músicos entrevistados que tomaron parte en las sesiones de grabación son testimonios igualmente válidos para montar este complejo edificio de la memoria. Pero siempre le queda a uno la insatisfacción de no ver involucrado en estos ensayos a los principales responsables del proceso creativo (ya expusimos la misma queja al hilo del libro de Andy Miller sobre el disco The Kinks are The Village Green Preservation Society). La realidad es que Pet Sounds no debería contarse sin Brian Wilson pues son la misma realidad. Y aún así, Granata consigue que esta lamentable ausencia no sea echada demasiado en falta.

Con independencia de lo anterior, la publicación de este Wouldn’t It Be Nice de Charles L. Granata es un regalo para los oídos. Pues, como hemos señalado antes, nos ha servido de excusa -la verdad es que no necesitábamos ninguna- para desempolvar de la estantería el ‘box-set’ Pet Sounds Sessions (1997), y en él hemos perdido las horas de sueño -este ejercicio de inmersión es ya para mayores; los niños que no hagan esto sin vigilancia, por favor- escudriñando las diferentes tomas de cada canción, vibrando con el avance de los arreglos, con el proceso creativo, con esa atmósfera que se capta en los comentarios entre los cortes, los diálogos de Brian Wilson con los ingenieros, con los músicos, los matices entre las versiones en mono y en estéreo. Si no es por la publicación de este ensayo seguro que no hubiera vuelto a sentir tantas cosas. Porque sumergirse en Pet Sounds es como ir en una montaña rusa y uno no se encuentra en el momento más estable de su vida. Así que, sí, hemos vivido un montón de cosas leyendo a Granata, escuchando el disco de marras, buceando en las sesiones. Cosas buenas y malas, da igual. De eso se trata, al fin y al cabo. Para eso está la música, ¿no? Para dar por buena la dicotomía que exponía Nick Hornby en esa biblia que es Alta fidelidad (1995): "¿Escucho música pop porque estoy triste o estoy triste porque escucho música pop?" Pues eso...

16 julio 2013

La revolución útil


Tratado para radicales. Manual para revolucionarios pragmáticos

Saul Alinsky

Traficantes de sueños, 2012. Colección "Útiles"

ISBN: 978-84-96453-71-5

206 páginas

15 €



Carolina León

Entre las docenas de libros que podemos encontrar de un tiempo a esta parte en casi todas las librerías, más grandes o más pequeñas, dedicados a “revolucionarnos”, Tratado para radicales es uno de los imprescindibles. Seguro que te has topado con libros abstractos y teóricos, o con otros que escriben sobre el “aquí y ahora” de las luchas que se están realizando. El Tratado de Alinsky, que oportunamente se propuso la editorial madrileña poner en nuestras manos, no es ni una cosa ni otra: anclado en la experiencia, escrito tras décadas de lucha práctica, sirve a los recién llegados para entender algunas cosas básicas de la acción política cercana, distribuida y territorial. “Puede suponer un buen impulso para repensar las luchas sociales actuales, en paralelo a los sistemas representativos, con el fin de innovar las acciones en la calle", como escriben los prologuistas Maribel Casas y Sebastián Covarrubias. Y, por ello, después del tiempo de reposo que me gusta dejar a las buenas lecturas, le dedico esta reseña.

Advierten ellos también que las propuestas de este "revolucionario pragmático" no se parecen a nuestras experiencias cercanas, los movimientos antiglobalización o el 15M, y sin embargo creo que sí, que aporta perspectivas que muchos de los que recientemente han accedido a la acción política podrán reconocer. Al mismo tiempo, hay distancias. Alinsky escribió este libro para dar a las jóvenes generaciones (en los setenta en los EE.UU.) el poder de cambiar las cosas, las herramientas para desabotargarse y dejar de sentirse impotentes ante la imparable realidad de la inacción y el consumismo. A nosotros también nos vale, tanto si somos experimentados (y cansados) en luchas anteriores como si nos acabamos de despertar. Que Alinsky es “perro viejo” se sabe desde las primeras páginas, pero aporta a la vez una vitalidad y un pragmatismo que enciende mechas. Y 'savoir faire', sin duda alguna.

Saul Alinsky es el ideólogo del 'community organizing', la organización de las comunidades que ha vertebrado algunas de las luchas más intensas del siglo pasado en los USA, y aunque algunos de sus conceptos están muy anclados en el espacio y la comunidad física, sin demasiado problema sus ideas son extrapolables al contexto “tecnopolítico” que marca nuestra cotidianidad. Porque, en fin, alguien capaz de insertar sentencias del tipo “Las personas no pueden ser libres a no ser que estén dispuestas a sacrificar algunos de sus intereses para garantizar la libertad de los demás. El precio de la democracia es la incesante búsqueda del bien común por parte de todos los hombres” (39) o “La interdependencia del ser humano es su mayor fortaleza” (58), es alguien que merece la pena ser escuchado -aunque entre los seguidores de algunas de sus estrategias esté, sí, el mismísimo Tea Party

Todo lo que se desgrana en las páginas de este Tratado tiene que ver con la práctica, y a ella está dirigido; a algunos “activistas” puede suponerles un handicap su “relativismo” moral, cercano al cinismo en algunas partes. Alinsky afirma por ejemplo que el “organizador” al que aspira y para el que escribe no tiene ideología, y es su pragmatismo, su sentido del humor o su capacidad de comunicación con la comunidad bazas mucho más importantes que su coherencia: “En la política de la vida, la coherencia no es una virtud” (67). Desarrolla por ejemplo un amplio capítulo acerca de la ética de los medios y los fines. Y pone ante nuestras narices algunas verdades como que los medios y los fines son únicamente revisados de forma moral según si los los impulsores de los mismos quedaron en el bando ganador o perdedor. “¿Este fin en concreto justifica estos medios?” es su pregunta talismán, aunque otorga, como hace a lo largo de todo el libro, una gran cantidad de pistas, sin pretender ser categórico más que a través de la experiencia. 

Una de las claves del libro está en la palabra "comunidad", que él entiende necesitada de un "organizador" que genere poder entre las personas que deben trabajar las acciones. “Mientras la gente se siente impotente e incapaz de hacer algo al respecto, no tiene problemas, sólo una situación difícil” (141): no se puede crear una situación de trabajo y colaboración mientras las personas no puedan reconocer en sí mismas una mínima capacidad de acción, así pues Alinksy aboga por ese trabajo que, como se dice hoy día, “empodere”. 

Si bien la noción de comunidad que maneja el autor nos queda algo trasnochada, no podemos perder de vista que hoy se reactiva el concepto, aunque éste no tenga que ver con la cercanía física; así pues, sus ideas resultan a veces reactivas y otras estimulantes, como cuando incita a trabajar en el campo de experiencia de las personas a las que queremos implicar: no se podrá conseguir implicación de éstas mientras no aterricemos en sus propios problemas, con la más insignificante cuota de abstracción posible. Una multitud se indigna cuando les hablan de los “sobres” del PP, pero una cantidad mucho menor se moviliza, un poner, contra la “troika”. Lo cercano y lo palpable: entre las noticias más recientes, las revueltas de Turquía a partir de un parque expoliado, o las de Brasil a partir de las subidas del precio en el transporte. 

¿Y cómo trabajar? Alinsky no se cansa de decir que es necesario “hacer lo que se puede con lo que se tiene” y, a pesar de su aparente cinismo, se aprende mucho de ese empuje serio y eficaz bregado en una arena política que él declara constantemente en movimiento, en fricción perpetua. 

Hay otros libros sobre la "indignación", pero Alinsky aterriza y se deja de monsergas pro-burguesas. Su libro "dirigido a los desposeídos para enseñarles como arrebatárselo" (el poder a los poderosos) entrega herramientas para activarnos desde lo más pequeño, lo más insignificante y, al tiempo, más letal como -doy un ejemplo del propio libro- unos cuantos pedos. Del reconocimiento de que la movilización proviene de una “guerra vital permanente”, nace el poder de ponerse en relación y actuar. Lo contrario es un baile solitario, torpe e impedido. O un continuo grito de impotencia reclamando "guillotinas".

11 julio 2013

Gala fue mi Beatriz

Probablemente el más sentido, afectado y prosopopéyico de nuestros estadistas, Manolo Haro, nos desvela los vergonzantes orígenes de su impostado lirismo: Antonio Gala. No nos extraña que la lectura compulsiva de El cuaderno de la Dama de Otoño haya trastornado tanto a este crítico, meándrico y genial, hasta el punto de que, echadas ya unas cuantas canas, aún habita el galismo en algún lugar de su subconsciente, como se desprende del documento gráfico adjunto a esta particular confesión de juventud.


Manolo Haro

En el año 1988 yo tenía quince años. En el instituto, un hombre sin cuello y un pijama (sic) a modo de chándal nos impartía clases de Educación Física. Era un individuo ridículo, fondón y con una voz aflautada cruzada por la urgencia de un ladrido animal. Nunca lo vi correr. Corríamos nosotros por él y por el mundo entero. Cuando hicimos los dos mil metros bajo un sol extrañamente justiciero en el octubre de principios de curso, y algunos nos aproximamos a la línea de llegada exhaustos y con el bofe fuera, nos daba la siguiente explicación: “Los síntomas de desfallecimiento después de una carrera son las arcadas y los vómitos en "escopetaso"”. La belleza vivía lejos de todo aquello. Nada había en mi vida cotidiana que llenara las ansias de sentir el limbo majestuoso de lo lírico en las cosas cercanas. Yo, como podrán inferir, tenía sensibilidad. La biblioteca del pueblo era un lugar a cuyo interior se ingresaba por un callejón maloliente y oscuro, tapizado por bragas y pinzas rotas que caían de los tendales del vecindario. Allí dentro me encontré con el libro de un tipo que me entusiasmó con su lirismo desmedido, más propio de un adolescente aventajado en los estudios que de un señor de 55 años. Era el Cuaderno de la dama de Otoño de Antonio Gala.

Lo recuerdo remotamente. Se trataba de una serie de reflexiones en torno a temas como el amor, la amistad, la poesía y algún que otro asunto de actualidad dirigidos a esa cursi Dama de Otoño que actuaba de interlocutora muda para el antojadizo Gala. También andaban por esas páginas unos ñoños perros a los que el escritor les dedicaba algunas líneas de reconocimiento cariñoso. Ante la pregunta que me hago hoy de cómo caí bajo los encantos de la prosa del pseudocordobés, sólo puedo responder que mi mala suerte cruzada por cierta tendencia al pasteleo "postpúber" me llevó a esta cima del ensayo lírico. En ciertas ocasiones, al tratar con algunos colegas sobre las lecturas que nos cambiaron la vida, estos han afirmado que a esa edad descubrieron a Borges y a Cortázar. En aquella época yo ya había leído los Apuntes Carpetovetónicos de Cela porque un compañero de la EGB descubrió un filón para los motes en un libro que apenas entendíamos, aunque nos hiciera reír con apodos como "Cabezabuque" y estar trufado de pollas y coños que nos deslumbraban en la apatía general de la disciplina religiosa. Pero, tras la lectura de este Cuaderno de la Dama de Otoño, mi mirada y cultura literaria de entonces me llevó a perseguir a Gala en todas las manifestaciones que tuvieran acomodo en las estanterías de la biblioteca municipal. El bibliotecario, hombre sensible y amante de Elisabeth Taylor (no en vano un día me confesó que su ilusión era traer a la actriz a San Juan de Aznalfarache para homenajearla como ella se merecía), había hecho acopio de todo lo que un joven de pueblo delicado tenía que leer. Así, dentro de una edición de "lujo" de Clásicos Hispánicos de la editorial Cátedra, en el prólogo de no sé qué obra del escritor, encontré una anécdota biográfica que, en lugar de hacerme odiarlo, lo subió al cielo de lo audaz. En tal estudio introductorio se contaba que el muchacho recibió la noticia de su licenciatura en Derecho a la temprana edad de 18 años de boca de su padre una mañana en la que aún estaba en la cama. Su respuesta fue: “Y para eso me despiertas”. Esta contestación, que hubiera sido suficiente como para hartar de hostias al "licenciadito" Gala, provocó en mí un empeoramiento de mi "galismo". Resultado de este nuevo deslumbramiento: volver a leer el jodido Cuaderno de la Dama de Otoño.

Lo mantuve conmigo todo el curso de 1988-1989. Renovación tras renovación, el bibliotecario –que, a pesar de ser un fervoroso lector de Antonio Gala, veía desmedida esa admiración mía por un sólo título– me conminó a hincarle el diente a otros autores como los Álvarez Quintero o Jacinto Benavente. Nada. Yo incondicional a mi Dama de Otoño. Incluso, a la manera de Avellaneda, hice un Cuaderno apócrifo en el que yo también me dirigía a la Dama de Otoño y le explicaba mi desazón vital en los difíciles años de la adolescencia. Desconozco quién me salvó de aquella enfermedad. A principios de los 90, Jesús Quintero entrevistaba a Gala en un programa de Canal Sur llamado Trece noches que yo veía con devoción. Aquello también era para haberse "matao"; Quintero fumando en un estudio de televisión, con los ojos entornados perennemente, haciendo el teatrito de molestar a un Antonio Gala locuaz e impostado que hablaba sobre los mismos temas de los que trataba mi libro de cabecera. Lo consideré el súmmum de la inteligencia lírica. Mis padres no podían creer que yo estuviera clavado delante del televisor como si aquello fuera el asesinato de Kennedy. Pueden ver en la foto que acompaña el texto que mi devoción por Antonio Gala aún habita en algún lugar de mi subconsciente.


A día de hoy, Gala me parece que ha realizado una labor literaria que ha satisfecho las querencias de muchas personas heridas de ese lirismo extremo que sólo me tocó durante una época de mi vida. Cuando el destino hizo encontrarme con la Gran Literatura y emparentarme con mis amigos letraheridos más exigentes, desdeñé este sonrojante pasado como lector. No volvería a hacerlo; lo juro. Pero he de agradecerle que me salvara momentáneamente de las arcadas y el vómito en "escopetaso" que anunciaba ese rapsoda empijamado del que hablé al inicio de la reseña. Lean a Nabokov, 'my friends', y déjense de tonterías.

28 junio 2013

Tremendo culebrón

Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez

Rory Carroll

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-28-9

334 páginas

23 €

Traducción de A. L. Tobajas y M. Tabuyo



Alejandro Luque

Llevo algún tiempo reflexionando sobre el apabullante éxito de Searching for Sugar Man, el documental de Malik Bendjelloul sobre la figura de Sixto Rodríguez. Sí, la historia es emocionante, la cinta está bien rodada, las canciones son hermosas… Pero, ¿es para tanto? Creo que no. Cuando asisto a un fenómeno tan desproporcionado, tiendo a sospechar, y casi siempre encuentro la causa de estos entusiasmos en carencias más o menos profundas de la sociedad.

He llegado a la conclusión de que la gente, harta de que le den gato por liebre, de verdades manipuladas, de productos prefabricados, de comida de plástico y de estrellas de plastiquete, como diría nuestra estadista Sara Mesa, ha abrazado con pasión esta historia de autenticidad y de justicia poética, sin cuestionarse de veras –no van a aguarse ellos mismos la fiesta– si no se tratará de otra sutil astucia del mercado.

Hugo Chávez es otro ejemplo de éxito de masas en el que el entusiasmo del público cubre con creces las flaquezas de la realidad. Si Rodríguez se nos aparece como el último cantante puro, ajeno a la industria y al circo de los medios, el comandante venezolano encarna la última esperanza revolucionaria tras el desmerengamiento del castrismo y la reubicación de China a la vanguardia del capitalismo salvaje. Y del mismo modo, sus detractores corrieron a señalarle como la personificación del caudillo rojo, iluminado y charlatán, dispuesto a llevar a su pueblo al despeñadero en nombre de alguna falaz utopía.       

En la gloria de Searching for Sugar Man pesa mucho la técnica narrativa, el sutil modo en que se reserva una información esencial –que Rodríguez está vivo– y se oscurece con la mano, como en los viejos revelados fotográficos, el verdadero fondo del asunto: cómo la discográfica se quedó con los royalties del músico. Venezuela, un país que dio siempre grandes narradores, desde Arturo Uslar Pietri al impar Adriano González León, fundó su propio género nacional, el culebrón, tomando estructuras del folletín decimonónico y el serial radiado cubano. Con esta base se dispuso Chávez escribir su gloriosa página en la Historia, un culebrón que se prolongó durante catorce años y que su sucesor, Nicolás Maduro, se afana en prolongar en clave de 'spin off'.

Rory Carroll, joven corresponsal del diario The Guardian, ha apostado sin embargo por contar la misma historia con maneras de periodismo de vieja escuela. Comandante es, más que una biografía al uso, un largo y absorbente reportaje, que se lee de un tirón y con los ojos abiertos como platos. Porque lo que despliega el autor con notable objetividad es el enorme catálogo de luces y sombras que fue aquel mandato, una visión que irritará por igual a los 'hooligans' del personaje como a sus más furibundos enemigos.

De un lado, el sueño de justicia social y el deseo real de sanear un sistema podrido desde tiempos inmemoriales; del otro, una manifiesta incapacidad para atajar la corrupción institucional, la dispersión en mil estériles batallas, la ansiedad por controlar la propaganda y la entrega a la demagogia populachera. Y entre una y otra cosa, el doble discurso: denunciar el olor a azufre de Bush, y continuar siendo su principal proveedor de petróleo. Como dijo un diplomático norteamericano: “No mires lo que Chávez dice, mira lo que hace”. Todo ello acabó haciendo de él un híbrido de Fidel, Gadafi y Berlusconi, mientras se alejaba del modelo, más efectivo y estéticamente más acorde con los tiempos, de Lula o Bachelet.   

Los críticos de Chávez deberán reconocer que, impulsado por la subida del precio del crudo, hizo una apuesta sin parangón por ayudar a los más desfavorecidos. Los fans, por su parte, no tendrán más remedio que admitir que no querrían para sí mismos, por ejemplo, un gobierno con generales que eructan ante la cámara como único argumento político, o presidentes que peroran durante horas en su programa, a veces interrumpiendo la programación en el momento más inesperado, para contar que han tenido diarrea o que el capitalismo acabó con la vida en Marte.

Como director de su propio culebrón, Chávez usó la técnica de Stanley Kubrick: todo estaba en su cabeza y dosificaba la información entre sus subordinados con usura, a menudo dando instrucciones contradictorias. No dudó en fulminar a quienes osaran toserle, mientras que la corte de aduladores e inoperantes, los boligarcas, creció por días. A uno de éstos, Maduro, le otorgó el testigo. Antes de eso, salpicó el guión de situaciones bufas, como la del patético “¿Por qué no te callas?” del rey Juan Carlos, pero también de brillantes golpes de efecto y sentencias lapidarias.  

¿El partido acabó en empate? No. Los últimos años de gobierno fueron una pesadilla: la economía venezolana entró en el caos, la inseguridad se disparó hasta límites intolerables, arreció el descontento general y el comandante perdió, por primera vez, una batalla en las urnas, por la que pretendía ampliar sus poderes mediante reforma constitucional. La trama del serial se puso fea, hasta que sobrevino el desenlace inesperado: la enfermedad que acabaría con su vida, la mismo que veladamente atribuyó a una conjura de sus adversarios, porque los hombres como Chávez mueren en batalla, y no derrotados por un vulgar tumor en las ingles.

Final trágico, inesperado, para esta historia llena de intrigas palaciegas y sueños de poder, que disparó la audiencia mundial hasta batir récords de 'share'. El campo de discusión entre la izquierda y la derecha latinoamericanas –y también europeas– se desplazó desde el viejo binomio Miami-La Habana hasta Caracas. Y como en ese Rodríguez en el que tanta gente ha proyectado su necesidad de verdad en el arte, muchos miles lloraron la muerte del “presidente comandante” como la derrota de la última esperanza.

Cabe felicitar por el buen tino, y la espectacular portada, al sello Sexto Piso, que suele caracterizarse por sus ediciones impecables, pero a la que en esta ocasión debemos ponerle los puntos sobre las íes: concretamente, los muchos que faltan en el texto, imaginamos que por algún error de escaneo.

El libro de Rory Carroll, en fin, es un severo cuestionamiento del mito chavista, pero también un claro aviso para el futuro. Venezuela, hoy “reino perdido para la ambición y la ilusión”, necesitará algo más que palabras y carisma para levantar cabeza. La izquierda, por cierto, también.  

25 junio 2013

Malaparte Superstar

Alejandro Luque

Malaparte, vidas y leyendas

Maurizio Serra

Tusquets, 2012. Colección "Tiempo de Memoria"

ISBN: 978-84-8383-430-5

560 páginas

24 €

Traducción de Juan Manuel Salmerón



Quien haya intentado alguna vez escribir una aproximación biográfica de cualquier personaje, sabrá que el principal escollo no reside, por lo general, en la falta de datos, sino en la dificultad para verificar aquellos de los que disponemos. La vida de los hombres es un marasmo de pistas falsas y de subjetividades que no siempre resulta fácil distinguir. Y si se trata de un hombre como Curzio Malaparte, experto en jugar con todas las barajas, campeón de la ambigüedad y de la reescritura de sí mismo, el empeño puede ser titánico.

Lo es, sin duda, el que Maurizio Serra ha llevado a cabo en Vidas y leyendas, acertadísimo título por contener las siete felinas existencias de este escurridizo personaje, uno de los escritores más fascinantes de la Italia del siglo XX, y también sus versiones apócrifas, sus falsificaciones interesadas y toda la mitología que generó a su alrededor. Si bien se ganó la posteridad en dos libros (¿eran novelas, reportajes?) memorables, Kaputt y sobre todo La piel, Malaparte gastó buena parte de sus esfuerzos en la escritura de su obra maestra, su propio guión vital, éste que Serra desentraña con dos instrumentos básicos: uno, un conocimiento profundo no sólo de la obra malapartiana, sino de la época en que vivió. Y en segundo lugar, un permanente cuestionamiento de todo.

Era incapaz de engañar, porque para eso tendría que haber aceptado la realidad”, afirma el biógrafo, y con eso está dicho casi todo. Ni se llamaba exactamente Curzio, ni se apellidaba Malaparte; ni su famoso confinamiento en Lípari –una reprimenda de Mussolini– fue como lo contó, ni su divorcio con el fascismo fue tal… Sí estuvo en Rusia, y en Etiopía, y en China, “donde el socialismo se juega su última oportunidad”, aunque hay dudas de que lo recibiera Mao para contarle que admiraba sus Técnicas de golpe de Estado… Y sólo la enfermedad y la muerte le impidieron culminar su sueño de recorrer Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, en una gira triunfal en bicicleta. Pocos intelectuales como él merecen la manoseada denominación de testigos del siglo; pocos reflejan también la ambigüedad moral, ideológica y artística de su tiempo.

Narcisista, políglota, veterano duelista, pendenciero –a punto estuvo, al parecer, de liarse a puñetazos con su admirado Albert Camus en una discoteca–, poeta irregular pero prosista de un poderío abrumador, periodista dotado de un envidiable olfato y una ambición vigorizante, así es el retrato que Serra hace de nuestro personaje, sin eludir algunas cuestiones íntimas de su personalidad, como su desmedido amor por los perros y su extraña relación con las mujeres, a las que al parecer seducía de un modo fulminante, pero de cuyo contacto físico nunca llegó a disfrutar en plenitud. También aborda su paso de la literatura al cine, a lo Pasolini aunque sin tanta fortuna, y refleja a la perfección el desfile político que se produjo ante su lecho de agonía, en una clínica pagada por la Democracia Cristiana, y su tardía e irónica conversión al catolicismo, según ha explicado el biógrafo, “para no tener que ir a una clínica pagada por el Partido comunista”.

Si la vida, o las vidas, de Malaparte dan para una novela, es una novela de enredo, con un personaje central de una complejidad casi mareante, y desde luego nada edificante. Más o menos como el tiempo que le tocó vivir. ¡Ah! Para disfrutarla no hace falta haber leído Kaputt ni La piel, pero resulta muy difícil no verse tentado a leerlas o releerlas después de pasar la última página de esta biografía.


Muss / El Gran Imbécil

Curzio Malaparte

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-17-3

152 páginas

17 €

Traducción de Juan Ramón Azaola



Mientras leía estos textos de Curzio Malaparte, no podía evitar imaginarme una obra de teatro, un largo monólogo, lleno de giros y digresiones, en el que un bufón se dirige al cuerpo sin vida, ultrajado, colgado por los pies en la milanesa plaza Loreto, del dictador al que sirvió. Ese es, 'grosso modo', el contenido de Muss. Retrato de un dictador y El gran imbécil, aunque como todo lo que tenga que ver con el escritor de Prato, pueda prestarse a muchas interpretaciones.

Como bien explica Francesco Perfetti en el prólogo de esta edición, todo empieza con el proyecto de escribir la biografía de Mussolini, pues no hay escritor afín a una dictadura que no sienta como misión más o menos ineludible retratar para la posteridad a su gran guía. El voluble Malaparte, según explica su biógrafo Maurizio Serra, mantiene con el fascismo una suerte de “amor no correspondido”. Profesa el culto a la fuerza, y ve en la figura de Il Duce no sólo una oportunidad para el despertar de Italia, sino para sus propios intereses, que marcan su alejamiento del régimen conforme van viéndose frustrados. En esto llega el caso del confino, la detención y reclusión en la colonia penitenciaria de Lípari durante casi dos años. Éste será el gran argumento del autor para presentarse en adelante como mártir del antifascismo, y el gran giro que sufre Muss, un texto que en su primer borrador empieza como exaltación del sátrapa y acaba volviéndose feroz invectiva.

¿Cuál es el argumento del drama? Obviamente, la relación del intelectual con el poder, el modo en que aquél coquetea con éste, y también cómo el abrazo del poder puede hacer crujir los huesos del intelectual cuando alguno pierde el paso del baile. “Tú no sabes cuánto te he odiado, Muss. Cuántas veces te he escupido a la cara en mi celda de Regina Coeli, en la celda nº 461 del 4º Corredor, con aquel olor a chinches y a moho…”. Poco importa que sepamos que el escritor no sufrió un presidio tan angustioso, aunque para alguien tan libre como él cualquier cerco sería claustrofóbico. A quien oímos es al actor en plena representación, justo antes de dar el golpe maestro: se vuelve y dirige su discurso hacia el patio de butacas, es decir, hacia sus compatriotas.

La mala fe del pueblo italiano le lleva a fingir que cree en cosas, en personas, en ideas, en las que no cree, y a actuar en consecuencia. Tal era la mala fe de Mussolini (…) El italiano finge creerse sentimental: y no lo es. Romántico: y no lo es. Idealista: y no lo es”. Continúa una larga perorata en la que Malaparte va apretando nervios de la italianidad, dando a entender una idea cruel: un dictador es un producto de su pueblo, un reflejo de los peores atributos de la masa. Claro que el escritor, desde el escenario, pretende olvidar –y que olvidemos– que también él participó en la glorificación del Duce.

Llega entonces uno de los más fascinantes pasajes de este libro, el relato del encuentro de Malaparte con el asesino de Mussolini, en la plaza Colonna de Roma. “Era el asesino estúpido, banal, típico de la crónica negra de los años de posguerra en Italia (…) Le mató no como se mata a un hombre, sino como se roba algo de dinero de un cajón”. Naturalmente, Malaparte lo inventa todo, pero lo inventa muy bien, y encamina su imaginación hacia el terreno que le interesa: después de manifestar su odio hacia el tirano, ensaya un ejercicio de compasión similar al que haría en La piel.

Tras este intenso relato, llegamos a El Gran Imbécil, que entra de lleno en el terreno de la caricatura, pero una caricatura tan ácida y rabiosa que roza lo grotesco, si no fuera porque lo grotesco se parecía mucho al modelo original. No deja Malaparte, desde luego, de soltar patadas en las espinillas a los italianos, ese pueblo cobarde que necesitó de la ayuda extranjera para desalojar a Mussolini del poder, y cuando lo hizo, fue de aquella manera innoble y violenta…

Ésa es la obsesión que mueve estos escritos de Malaparte: el atroz fin de Mussolini, la frustración porque ninguno de sus fieles hubiera tenido la deferencia de darle una muerte honrosa. “Si yo hubiese sido uno de los suyos, no hubiera vacilado en dispararle”, escribe. Y de la imposibilidad de matar al Padre, al único consuelo posible: el escarnio jocoso, que de paso le colocaría del lado de los buenos en la nueva coyuntura. “A los tiranos no hay que matarles, hay que burlarse de ellos. No hay que cubrirles de sangre, sino de ridículo”.

¿Se puede decir algo más de este gran histrión? ¡Telón! ¡Aplausos!

[Publicado en M'SUR]

21 junio 2013

Los sonámbulos

Incógnito. Las vidas secretas del cerebro

David Eagleman

Anagrama, 2013. Colección “Argumentos”

ISBN: 978-84-339-6351-2

348 páginas

19,90 €

Traducción de Damià Alou


Coradino Vega

Del mismo modo con que un alumno de bachillerato de ciencias mira por encima del hombro al de letras, el adulto de letras suele contemplar con indiferencia o desdén la mayoría de las aportaciones que provienen de la ciencia. Pero ¿qué sucedería si al crítico literario que postula que la realidad es una construcción ideológica, o al filósofo que lleva veintisiete siglos tratando de definir qué es el yo, alguien le demostrase que la conciencia es como un diminuto polizón en un transatlántico; que casi todo lo que hacemos, pensamos y sentimos no está bajo nuestro control; que las innumerables facetas de nuestros comportamientos y experiencias van inseparablemente ligadas a una inmensa red electroquímica cuyo mecanismo es ajeno a nosotros? Pues bien, eso es lo que hace el neurocientífico David Eagleman (Nuevo México, 1971) en este libro escrito con esa suerte de felicidad apasionada y divulgativa que parece hallarse en las antípodas del intelectualismo de resabio francés. Nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones, miedos, sentido del humor o deseos, emergen de ese extraño órgano de un kilo doscientos gramos compuesto por miles de millones de neuronas que es el cerebro humano, y cada pensamiento depende del estado físico de las conexiones que se den en cualquier centímetro cúbico de tejido cerebral y que son tan numerosas como las estrellas de la Vía Láctea. Tanto da que la conciencia participe o no en la toma de decisiones. Casi nunca lo hace y, cuando lo hace, ralentiza su eficiencia. Nuestro cerebro va casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona en la parte sumergida del iceberg de la que sólo es la punta.

Este descubrimiento de la neurociencia supone un derrocamiento similar al iniciado por Galileo, Copérnico o Giordano Bruno. Si no hay mejor cura para la certidumbre y el egocentrismo que saber que sólo habitamos el rincón visible de un universo que contiene quinientos millones de galaxias y dos millones de soles, el asombro de reconocer que también hemos perdido nuestra posición en el centro de nosotros mismos da pie a una vastedad semejante a la que provoca nuestro lugar en el cosmos. Aunque las intuiciones de Freud sobre el inconsciente fueron acertadas, y hacen muy difícil cumplir con el precepto clásico de conocerse a sí mismo, la intención de Eagleman no es precisamente adentrarse en los meandros del psicoanálisis, sino constatar cómo la biología condiciona tanto el carácter como el libre albedrío. ¿De qué manera es posible que uno se enfade consigo mismo? ¿Por qué las rocas parecen ascender después de mirar una cascada? Si el borracho Mel Gibson es antisemita y el sobrio Mel Gibson se disculpa de corazón, ¿existe un auténtico Mel Gibson? ¿Qué tienen en común Ulises y el desastre de las hipotecas 'subprime'? ¿Por qué las 'strippers' ganan más dinero en ciertas épocas del mes? ¿Por qué la gente cuyo nombre empieza por J es más probable que se case con otra persona cuyo nombre comienza por J? ¿Por qué tenemos la tentación de contar los secretos? ¿Por qué hay cónyuges más proclives a la infidelidad? ¿Por qué Charles Whitman, cajero de un banco con un alto coeficiente intelectual y antiguo 'boy scout', de repente decidió matar a cuarenta y ocho personas desde la torre de la Universidad de Texas?

Ésas y otras cuestiones son abordadas en Incógnito con un talento explicativo que no rehúye de la precisión ni de la claridad ni del disfrute de sus ejemplos concretos. Sólo el acto de mirar, esa ventana por la que percibimos la supuesta realidad, es un mundo fascinante y complejo, plagado de ilusiones, en el que la atención cobra una importancia tan relevante como cuando Winifred Gallagher sostiene que nuestra vida es aquello a lo que estamos atentos. Lo normal es que no seamos conscientes de que no somos conscientes de los detalles. Vemos lo que necesitamos ver, y no más. La jerarquía sensorial, con sus desplazamientos en forma de sinestesia, ocupa buena parte del estudio de Eagleman. Y en relación con los mecanismos perceptivos llega a la siguiente conclusión: “Sólo porque creamos que algo es cierto, sólo porque sepamos que es cierto, no significa que sea cierto”. Pero al igual que somos conscientes de muy poco de lo que hay “ahí fuera”, tampoco tenemos un acceso volitivo a lo que pensamos, creemos y sentimos. La brecha entre conocimiento y conciencia es enorme. El papel de la segunda consiste en programar al robot, en grabar los movimientos en el ADN del futuro sonámbulo: la conciencia es quien planifica a largo plazo, mientras que casi todas las operaciones diarias son llevadas a cabo por aquellas partes del cerebro a las que no tiene acceso. Y mejor que sea así, pues como decía Flannery O’Connor cuando le preguntaban cómo se escribe un relato, en cuanto nos ponemos a meditar sobre su mecánica o intentamos explicarlo estamos perdidos.

Recuerda Eagleman que, ya en 1670, Pascal observó con sobrecogimiento que el hombre es por igual incapaz de ver la nada de la que surge y el infinito que lo engulle, pues a diferencia de lo que sucede con la gran mayoría de los adultos de letras en relación con la ciencia, este científico —sabedor de que su tema roza tanto la religión como la filosofía— maneja los materiales humanísticos con total desenvoltura. La realidad es mucho más subjetiva de lo que se cree normalmente. Dos personas pueden contener en sus cabezas dos mundos completamente distintos. La introspección no sirve de mucho. Hay patrones que han ido seleccionándose con el tiempo como el animal que, a lo largo de su evolución, pierde por ejemplo la cola. El olor, los instintos, las hormonas, las drogas, los psicofármacos, las microlesiones cerebrales, los niveles de serotonina, el equilibrio entre la razón y las emociones, pero sobre todo la genética y el entorno, no sólo condicionan nuestras opiniones o comportamientos diarios, sino que se hallan detrás de la práctica totalidad de los actos delictivos.

Además de dirigir el Laboratorio de Percepción y Acción en el prestigioso Baylor College of Medicine, David Eagleman preside una Iniciativa sobre Neurociencia y Derecho, de ahí que la tesis final de este libro sea la del replanteamiento de la culpabilidad, o responsabilidad penal, atendiendo a los avances de la neurobiología. Sus propuestas pueden resultar cuando menos controvertidas en estos tiempos en que los casos de flagrante actualidad han puesto en entredicho las imperfecciones del sistema legal español, con el consiguiente desplazamiento de parte de la opinión pública hacia esa línea punitiva que ignora el primer axioma que se enseña en las facultades de Derecho (“odia el delito y compadece al delincuente”), y que hoy parece tan condenado a su obsolescencia como cualquier otro instrumento de convivencia social basado en criterios racionales. Si procedemos de un proyecto genético y nacemos en un mundo cuyas circunstancias, en nuestros años formativos, no podemos elegir, los conceptos de libre albedrío y responsabilidad personal se vuelven como mínimo dudosos. ¿Por qué castigamos al niño que pintarrajea los muebles de casa y no lo haríamos en caso de que lo hiciera sonámbulo? Eagleman no pretende exculpar, sino contribuir a un sistema de rehabilitación más justo e individualizado. Por lo que quien conciba la cárcel sólo como medio de castigo difícilmente podrá comprender lo que aquí se trata: “Aquellos que rompen los contratos sociales tiene que estar encerrados, pero en este caso el futuro es más importante que el pasado”. O lo que es lo mismo, la finalidad debería pasar menos por la venganza que por que no se vuelva a cometer el delito. El problema es que las cárceles se han convertido de facto en instituciones mentales, y castigar a un enfermo mental generalmente influye poco en su comportamiento. Y la solución, para Eagleman, más que por la tradicional lobotomía o la castración, pasa por el desarrollo de los lóbulos frontales, es decir, por aquella parte del cerebro que inhibe la impulsividad y ofrece una oportunidad a todo aquel que esté dispuesto a ayudarse a sí mismo. En eso consiste también madurar.

Pero David Eagleman no es un científico determinista dispuesto a reducir la vida a la física y la química. Reconoce que la ciencia se encuentra con ese límite inefable que algunos llaman “alma” y, aunque apueste con cautela por una explicación orgánica de la espiritualidad, critica la soberbia cientificista que pretenda una solución universal para todo. Su receta se topa por tanto con el mismo límite contra el que siempre chocaron la religión y la filosofía. Sin embargo, en lugar de regodearse en la falta de sentido y la nada existencialista, no deja de insistir en que la galopante intrascendencia del género humano conduce a una comprensión más rica y profunda, puesto que lo que perdemos en egocentrismo queda equilibrado por la sorpresa y el asombro: “El destronamiento del centro de nosotros mismos no me parece deprimente; me parece mágico”. La tarea de la ciencia es seguir descubriendo. Al terminar su lectura, lo único que lamento es haber dedicado tanto tiempo a los Foucault de turno existiendo libros como los de Lynn Margulis o Bill Bryson, como Atención plena de Winifred Gallagher, o como este de David Eagleman.