07 febrero 2012

Espías como nosotros


El topo

John Le Carré

Debols!llo, 2011. Colección “Best-Seller”

ISBN: 978-84-9793-048-2

432 páginas

9,95 €

Traducción de Marcelo Covián



José María Moraga

En mi desconocimiento del género de la literatura de espionaje, pensaba que una característica de estos libros era abrir una ventana al laberinto, plagado de romance y exotismo, del mundo de los servicios secretos. Apenas había leído a Ian Fleming, y conocía bien la violencia glamurosa de James Bond y su universo, y aunque colegí que la realidad habría necesariamente de distar de esas novelas, había llegado a pensar que “novela de espías realista” tendría por fuerza que ser un oxímoron. Otro (pre)juicio mal formado que tenía era el de considerar a John Le Carré un autor menor, de nota al pie de página en los manuales, muy alejado de los grandes maestros que supieron reconciliar espionaje y alta literatura: estoy pensando en Conrad o Graham Greene.

Fue por tanto mayúscula mi sorpresa al comprobar cómo Le Carré en El topo (1974, obligatoriamente reeditada debido a la película de Gary Oldman) facturaba una compleja novela más psicológica que de acción, violenta por elipsis más que por contenido explícito, pero dotada de una fuerza dramática que la hacía rivalizar con cualquiera del siglo XX. Y he sido injusto: a día de hoy Le Carré es un autor respetado en el ámbito anglosajón, cuya obra se codea en colecciones de clásicos con la de los “sospechosos habituales” del canon. No utilizo muy a menudo el adjetivo shakespeariano para referirme a personajes o conflictos, pero si el Bardo de Stratford nos enseñó algo acerca de la Duda, los Celos, el Amor o la Ambición, algo de valía universal, creo no pecar de exagerado al decir que he encontrado trazas de esos mismos temas en El topo de John Le Carré, y con ecos shakespearianos, vaya el calificativo sin complejos.

Pues, ¿cómo describir si no el desgarro íntimo de un hombre caído en desgracia (el eterno protagonista de Le Carré, George Smiley), prejubilado a la fuerza, traicionado por su esposa y amigos, acusado injustamente de intrigar, testigo de cómo todo por lo que ha dado su vida (Imperio, Corona, Servicio de Inteligencia Británico, llámalo X) está corroído por un cáncer, un hombre relegado sin embargo al papel de clamante en el desierto? De loco que debe ser apartado, pero incapaz de apartar -a su pesar- la íntima convicción de que en la Inteligencia británica hay un topo soviético, que todo es un guiñol manejado de lejos por Moscú. La profusión de escenas aparentemente insulsas, el rico elenco de secundarios, no consiguen oscurecer la fuerza motriz del libro: la búsqueda del topo a cargo de Smiley y un reducido equipo de insobornables, el juego de sombras y espejos que les es propio a los servicios de espionaje, en el sórdido contexto de la Guerra Fría.

Se nos olvida que hace 35 ó 40 años los espías de verdad serían más parecidos a Smiley y compañía que a James Bond. Que en lugar de llevar mochilas-cohete, viajar en submarinos voladores y ligarse a macizas en bikini, estos trabajadores del subsuelo (perfectamente jerarquizados -cual hormigas- en interrogadores, vigilantes, asesinos, burócratas…) se movían por Londres en autobús, montaban operaciones de escucha en cutres pisos francos y al volver a casa se encontraban a sus mujeres con otros más guapos. Porque esa ha sido para mí la segunda gran revelación tras leer El topo: que los espías pueden tener sobrepeso, ser mezquinos, -cobardes incluso-, tener ardor de estómago… al fin y al cabo (valga la perogrullada) no son sino seres humanos, unos funcionarios más. O recontextualizando el título de aquella peli de John Landis: ellos son espías como nosotros.

Establecido el contexto y salvado el escollo de aludir a la trama, quisiera centrarme en tres ejes para mí fundamentales de esta novela de Le Carré: los personajes, los diálogos y la estructura narrativa. Los personajes de El topo son los grandes pilares sobre los que se sustenta, de ahí el halo dramático, shakespeariano, al que aludí antes. George Smiley es uno de los protagonistas, el que focaliza gran parte de la narración en tercera persona, y la figura cuya psicología se explora más profundamente. Interesantísimo el continuo conflicto en el que vive el personaje: lo público y lo privado, la lealtad y la traición, la convicción y la duda, y así podría seguir desgranando dicotomías, pero baste decir que frente a todo y todos Smiley es el faro que resiste las tormentas: es la única baliza que permite que el lector no se pierda en los intrincados recovecos de la trama del libro. Porque si la fábula de El topo es simple, no lo es su trama, que Le Carré hace deliberadamente compleja. Otros personajes que arropan a Smiley son su ayudante Peter Guillam, el traicionado Jim Prideaux y los varios candidatos a traidor: Alleline, Haydon, Bland o Estherhase, todos espías (casi) como vosotros y yo, todos sobresalientemente caracterizados mediante sus acciones, sus palabras o lo que otros dicen acerca de ellos.

En los diálogos encuentro (lacónicos, económicos, como si al autor cada palabra le costase un penique) otra de las claves de este libro. Diálogos realistas hasta el tedio, aparentemente banales pero que encierran toda la información que el investigador necesita para extraer sus conclusiones, y que una vez admiten al lector en su juego, aceleran la novela de modo que ya es imposible pararla, porque el diálogo hace que las piezas encajen como en un espectacular puzzle. La flema británica se muestra en todo su esplendor en los breves pero significativos intercambios que tienen lugar entre los personajes de El topo, lástima que la traducción solo pueda esforzarse por reproducir los efectos del habla funcionarial y elitista de la Inteligencia británica, así como el riquísimo vocabulario del Le Carré narrador en inglés.

En cuanto a la estructura, esta es compleja aunque principalmente cronológica (si exceptuamos las analepsis cada vez que Smiley le saca su historia a un personaje), y poco a poco se suceden las escenas que van armando la trama que desembocará en el descubrimiento del topo, punta del iceberg de la corrupción y el estado de descomposición moral en que se encontraban los servicios secretos británicos a principios de los años setenta, los más penetrados del mundo por el enemigo. Las decenas de mini capítulos con montaje en paralelo ayudan a Le Carré a dispensar el suspense con eficacia y aunque tras un prometedor comienzo lo exhaustivo del método de espionaje pueda conducir a una parte central de la novela un poquitín densa y aburrida, el cuarto final es tan absorbente que hace olvidar cualquier sensación negativa que pueda habernos visitado durante su lectura.

En este sentido, quiero ver en El topo un equivalente de espionaje a aquellas novelas “de procedimiento policial” que comenzaron en los años cincuenta, de modo que tanto o más importante que saber quién es el culpable (a mí francamente ya me daba igual al final quién fuera el topo) es conocer cómo se realiza en realidad una investigación y cómo esta afecta las vidas de todos los implicados. Literatura “de género”, qué duda cabe, pero que excede a mi juicio unos estrechos límites para pasar a ingresar por derecho propio en el club de los que escriben bien, entretienen y además nos hacen pensar y sentir cosas importantes. Léansela.

06 febrero 2012

Algunos de estos son galaxias


Mientras los mortales duermen

Kurt Vonnegut, Jr.

Sexto Piso, 2011

ISBN: 978-84-96867-94-9

256 páginas

19,95 €

Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez



Fran G. Matute

Mucho me temo que esta reseña va a terminar siendo más un cántico a la figura de Kurt Vonnegut Jr. que una recensión propiamente dicha de Mientras los mortales duermen (2011). Y lo será, no por demérito de la obra en sí sino por la pasión con la que abrazamos cualquier texto nuevo que vea la luz del celebrado autor de Matadero cinco (1969), por lo que no encontramos mejor excusa que la publicación por Sexto Piso de la obra póstuma del gran KV para hablar de uno de los escritores más perspicaces de todos los tiempos.

Pero antes de sumergirnos en la importancia vital de un autor tan relevante, es justo contextualizar la obra que nos traemos entre manos. Mientras los mortales duermen es la última colección de relatos publicados tras el fallecimiento de Vonnegut Jr. allá por 2007. Anteriormente han visto la luz Armaggedon in Retrospect (2008) -ésta aún inédita en España- y Mire al pajarito (2009), recuperada igualmente por Sexto Piso (editorial a la que hay que aplaudir no sólo la osadía de rescatar estos títulos sino su impagable labor por dar a conocer a otros contemporáneos norteamericanos de KV como William Gaddis o Donald Barthelme).

Todos los cuentos incluidos en estas colecciones son inéditos y están gestionados por el 'trust' que dejó constituido el autor tras su fallecimiento. Desconozco, evidentemente, los términos, condiciones o calendarios establecidos para la publicación póstuma de toda esta obra, pero tiene uno la impresión de que el viejo Vonnegut Jr. lo dejó todo atado y bien atado, pues la calidad de estos textos es espectacular y no desmerece en absoluto en comparación con sus grandes obras narrativas. Y hacemos insistencia en este asunto para despejar cualquier duda sobre la relevancia literaria de estas colecciones póstumas. No estamos (o al menos, insisto, no tenemos esa impresión) ante la publicación desesperada de unos herederos ávidos por explotar el legado del abuelo escritor en pos de regalías hereditarias. Es más, creemos firmemente que estos relatos deben formar parte del 'corpus' literario esencial de su autor, a la misma altura que Cuna de gatos (1963) o El desayuno de los campeones (1973). Así de sólidos los percibimos. Así de consistentes. Así de importantes.

Expuesto lo anterior, ya podemos babear a gusto. ¿Por qué nos atrae tanto lo que escribe Kurt Vonnegut Jr.? Si dejáramos al margen su fascinante vida personal (participó en la Segunda Guerra Mundial y vivió en primera persona el atroz bombardeo a Dresde, ha sido profesor universitario pero también representante de General Electric, es pintor ocasional y un defensor a ultranza de los derechos civiles, tiene siete hijos y varios adoptados y un asteroide lleva su nombre...) y nos centráramos en lo que escribe ¿dónde residiría su genio creador? Kurt Vonnegut Jr. no es un escritor avasallador o virtuoso. No percibimos en su forma de escribir ningún signo de grandeza, de diferenciación formal. ¿Y de qué escribe KV? En términos generales, de gente como tú y como yo. Su prototipo de héroe es un señor de mediana edad, que gasta chaqueta de cuadros imposibles, que vende coches usados y que cuando llega a casa su amada esposa le espera con una tarta de arándanos enfriándose en el alféizar.

Así que si no escribe de forma distinta a los demás y su temática no es especialmente interesante ¿qué hace tan relevante a Vonnegut Jr.? Diríamos que la sutileza, la ironía, el punto de vista que ofrece sobre las cosas cotidianas. La obra de Vonnegut Jr. es como si estuviera escrita por un extraterrestre que llegase a la Tierra y mandara a sus superiores un informe sobre qué hacen los seres humanos en el día a día. Baste recordar que su 'alter ego' es Kilgore Trout, un olvidado escritor de ciencia-ficción, visionario y cínico, que con su presencia secundaria ha ido hilando toda la obra literaria de Vonnegut Jr. Porque hasta las obras de ciencia-ficción de KV, como Las sirenas de Titán (1959) o Galápagos (1985), también rezuman humanidad. Y es evidente que los propios traumas vividos durante la guerra son los que han moldeado este punto de vista tan distante que toma Vonnegut Jr. a la hora de acercarse a su material literario.

Todo lo anterior queda expuesto, de forma palpable, en los relatos que configuran Mientras los mortales duermen, por lo que esta colección póstuma termina siendo no ya un punto de llegada, sino más bien de partida para conocer -si aún no estás familiarizado con la obra de Vonnegut Jr.- de qué va este autor tan fundamental. Encontraréis relatos de hombres que aman a robots, de mujeres enamoradas de enanos que regentan un cementerio, de hombres que se baten en duelo artístico por culpa de sus mujeres, de maridos obsesionados con maquetas de trenes y abnegadas esposas que deben lidiar con ello, de fríos y calculadores jefes que sucumben a la Navidad, de abogados que inventan personas, de tristes viudas que se enfrentan a sus horribles suegras... y en estos relatos no vamos a encontrar historias de redención o amor o castigos divinos o moralejas o finales con mensaje. Tampoco vamos a encontrarnos con Kilgore Trout, ya os lo adelanto.

En esencia, es todo mucho más sutil. Vonnegut Jr. nos va a exponer las imbecilidades que hacen los seres humanos desde que se levantan hasta que se acuestan. Y leerlas con tanta clarividencia, artesanía y maestría no sólo resulta fascinante para el lector, si no verdaderamente doloroso. Vonnegut Jr. desnuda al ser humano mejor que cualquier antropólogo. Tiene la capacidad de reírse de sí mismo, pero no lo hace desde una perspectiva cínica. Lo hace con pesadumbre, sí. Pero con el ánimo de que recapacitemos, de que no perdamos el tiempo, de que seamos capaces de dejar de mirarnos al ombligo y miremos el cuadro completo. Y te lo dice un hombre que ha vivido en primera persona los mayores horrores imaginables. De alguna forma, es como si KV se empeñara en hacernos ver que no somos más que un minúsculo ente vivo sin entidad de ningún tipo y que malgastamos, en el fondo, cada segundo de nuestra existencia. Es lo que, a mi juicio, viene a representar uno de los múltiples dibujos de Vonnegut Jr. que se incluyen en esta colección de relatos. Una caricatura del autor sumergido, empequeñecido ante el negro firmamento, las estrellas brillantes, el universo sobre nuestras cabezas. "Algunas de estas son galaxias", reza el título. Algunos de estos relatos también.

03 febrero 2012

Bourdieu & Chartier

El sociólogo y el historiador

Pierre Bourdieu y Roger Chartier

Abada, 2011

ISBN: 978-84-15289-22-7

98 páginas

15 €

Traducción de Paloma Ovejero Walfisch

Prólogo de Roger Chartier


Rafael Suárez Plácido

Así como me interesó mucho leer el año pasado Reflexiones sobre la postmodernidad. Una conversación, de David Sánchez Usanos y Fredric Jameson, en la editorial Abada, este año aun más me ha interesado, El sociólogo y el historiador, en la misma editorial y también una conversación entre Roger Chartier y Pierre Bourdieu. El formato de conversación dirigida acerca estos libros a un público más amplio y hace de ellos medios inmejorables para poder leer con más provecho las obras más específicas de los maestros. Señalar, en este sentido, para presentarlos, que en el primer caso, Fredric Jameson es una de los principales filósofos norteamericanos, que ha estudiado en profundidad el fenómeno de la Postmodernidad, y que en el segundo caso, el sociólogo y entrevistado es Pierre Bourdieu. Hoy día, es cierto que Roger Chartier ha desarrollado una bibliografía más que estimable en el campo de la Historia, pero estas entrevistas tuvieron lugar en 1988, cuando aún no era demasiado conocido fuera de determinados círculos en la Historia en Francia y dirigía un programa de radio sobre Historia, en la emisora France Cultura que se llamaba À voix nue. Si tuviéramos que buscar un referente cercano o semejante en España, tendríamos que acercarnos hasta aquellas mismas fechas y pensar en algunos programas de Radio 3.

De todas formas, aunque conozcamos a Chartier, hay que pensar que Bourdieu es uno de los grandes referentes del Pensamiento en la Europa, yo diría que del mundo, en la segunda mitad del siglo XX. Lamentablemente fallecido en 2002, había desarrollado una obra que podríamos dividir, por poner un eje aleatorio, uno de esos ejes que él también se veía obligado a usar con disgusto en sus investigaciones constantemente, el año de estas conversaciones. Y quizá lo que marque este año sea que ya estaba desarrollando investigaciones sobre Arte y Literatura, mientras antes trataba de temas mucho más específicos de la Sociología. Algunos me preguntarán: ¿pero hay temas que sean específicos de esa disciplina científica? Lo cierto es que atendiendo al amplísimo espectro de temas que trata en su obra Bourdieu, no sabría qué decir. Pero si anteriormente su trabajo se centraba en poblaciones concretas o en hábitos alimenticios, o en espectros de población (obispos, profesores), en 1988 ya está trabajando sobre autores como Manet, Flaubert o Moliere, lo que va a propiciar preguntas tan interesantes y comprometedoras de Chartier como: “¿buscas así una manera de legitimar todo tu trabajo orientándolo hacia los objetos más prestigiosos?”

Seguramente, esta pregunta molestaría, o al menos incomodaría, a muchos otros, sin embargo entre Chartier y Bourdieu no es así. Y no lo es porque establecen un debate científico, en el que, sí, son apasionados, pero ante todo saben que están ofreciendo al oyente, o al lector -en nuestro caso-, una serie de claves sobre la Sociología y sus relaciones con otras disciplinas científicas, como la Historia. Y para ello es necesario que se trate de un diálogo enriquecedor y verdadero, que abra en cada pregunta alguna incógnita interesante y, en cada respuesta, alguna luz que nos aclare algo más en qué mundo vivimos.

El libro se divide en cinco partes, introducidas con un prólogo que escribe el propio Chartier en 2009. Cada una de esas cinco partes se corresponde con uno de los cinco programas de radio, en los que este era presentador y Bourdieu el invitado. Los programas se realizaron en 1988, con motivo de la publicación en Francia, unos meses antes, de Cosas dichas, una serie, precisamente, de intervenciones también orales. El prólogo sitúa el momento en el que se emite el programa, con la bibliografía reciente, y la que aún está por publicarse.

Para Pierre Bourdieu, la vida era su trabajo. Sociología y vida iban de la mano y no siempre con gusto ni placer. Para él ese binomio significaba sufrimiento y pasión. Probablemente le hubiese gustado dedicarse a otra ciencia, porque entendía que la Sociología le llevaba a discusiones permanentes, incluso con sus amigos, incluso con las personas que más apreciaba. Al propio Chartier le decía que la Historia trabaja con materiales mucho más agradecidos, porque son del pasado, entonces es muy complicado herir susceptibilidades. (O no debería, claro, porque sabemos que sí ocurre). Mientras tanto, el sociólogo trabaja con el presente y sus investigaciones son resultado del estudio de la forma de vida de personas que, no sólo están vivas, sino que dependen de esos elementos que son objeto de estudio. Uno se queda con la impresión de que vivimos en el Tiempo de la Mentira. No, no sólo es así ahora. Siempre ha sido así, pero mucho más ahora que antes. Y dentro de ese culto a la mentira hay objetos, o como los llama Bourdieu: campos, que son mucho más propicios a mentir. El mundo del arte y el oficio de intelectual, serían dos buenos ejemplos. Se me ocurre un ejemplo aun más obvio: el crítico.

Imagínense ustedes a alguien que realmente pretendiera desmontar “científicamente” el chiringuito que tienen montado la mayoría de los críticos, y ahí da igual que se trate de lo que se ha llamado “crítica oficial” o la menos oficial, porque casi todos aspiran a ese título. Sería dilapidado sin piedad y, si puede ser, de modo ejemplar para que nadie más cayera en esa tentación. Bien, pues algo así vivía Bourdieu en estos tiempos, y no dejó de vivir así. Es interesante, además, todo lo que dicen al respecto ambos conversadores. Son conscientes de lo falsos que pueden llegar a ser los intelectuales, de cómo van a tratar de transformar el mundo para conseguir demostrar los objetivos que tengan. Y, sin embargo, saben que sólo estos intelectuales van a ser los verdaderos receptores de su trabajo. Es lo que llaman: “la esquizofrenia del sociólogo”. Por otra parte, Bourdieu asume un componente interesante en su personalidad, desde siempre: es polémico, siempre lo ha sido. La polémica es interesante, porque creo que es la manera de avanzar, pero no siempre es fácil de asumir. Por ejemplo, a Bourdieu en 1988 ya le habían llamado lindezas como “terrorista” o “indeseable”. Las ideologías dominantes montan una serie de tabúes y de ellos viven. ¿Cuántas bocas no se callaron en su momento por el miedo a la acusación, por ejemplo, de brujería? Hoy, en los inicios del siglo XXI, la brujería sería una acusación bastante estúpida, pero hay otras (todos sabemos cuáles) que producen el mismo efecto. De todo esto nace en su obra el concepto de la “violencia simbólica”, el sustento de muchas de las injusticias que hoy día tenemos que soportar.

La obra de Bourdieu está ahí, prácticamente editada toda en castellano. Creo que deberíamos conocerla y este librito, El sociólogo y el historiador, es una buena aproximación para quienes aún no lo tengan del todo claro.

02 febrero 2012

Juegos reunidos



Rostros

Valentín Roma

Periférica, 2011

ISBN: 978-84-92865-46-8

208 páginas

18,50 €





Alejandro Luque

Ustedes recordarán un juego, llamado imaginativamente de los ceritos, con el que matábamos el tiempo en el siglo pasado. Para quienes no habían nacido entonces o no vivían en este planeta, diremos que consistía en una serie de ceros ordenados en filas, que los jugadores iban uniendo con líneas según su turno. Cada vez que uno lograba completar un cuadrado, marcaba el interior con su inicial. Una vez cubierto el panel, quien más iniciales contara resultaba vencedor.

El debut de Valentín Roma tiene algo de aquel divertimento. Parte de dos anécdotas casi simultáneas en el tiempo, el estreno de Faces, de Cassavetes, y el inicio por parte de Picasso de la serie Rafael y la Fornarina observados por el Papa: dos puntos unidos por una primera raya, el rostro como elemento común. Lo que sucede a continuación, salvo contados pasajes, es un abrumador encadenamiento de analogías, asociaciones, parentescos o simples aires de familia que tratan de explicar la proteica realidad actual a partir del poder iconográfico de la cara.

La propuesta no es un caso aislado. Sin ir muy lejos, a los ceritos han jugado –con felices resultados– dos críticos tan diferentes entre sí como Vicente Luis Mora, con sus Pasadizos, o Manuel Gregorio González con El arte inútil. Ambos nacidos, como Roma, en 1970, y como éste interesados en todos los campos de la creación. Pareciera que el ensayista de la era del zapping y el hipertexto, convencido de que el arte es hoy tan poliédrico o atomizado que cualquier intento de sistematizarlo resultaría vano, pudiera aspirar a lo sumo a detectar conexiones, cerrar cuadrados y poner su inicial en el centro. Por ejemplo, a partir de unas fotos del encuentro del papa Wojtyla y Ali Agca, señala:

"Si estuviesen más pulcramente iluminadas podrían haber sido hechas por Sebastião Salgado y si hubieran tenido un narrador, éste sería, sin duda, John Berger. A pesar de que hay algo en ellas que recuerda a Fray Angelico y a Tiépolo (…) viene enseguida a la memoria aquella Annunciazione (1440-1445) de Filippo Lippi, exhibida en el Palazzo Barberini de Roma…"

La portada de Rostros, con esos retratos dispuestos a modo de foto-mosaik o de tablero de Mahjong, es ya una invitación al juego. Abundan los nombres socorridos, fáciles de enlazar: Benjamin, Foucault, Derrida, Baudrillard, Sloterdijk... Otras vinculaciones son más osadas, e incluso hay dos capítulos, titulados "Injertos", que se limitan a enumerar morosamente iconos más o menos heterogéneos. ¿Se ha descompuesto la uniformidad de los ceritos (y quién sabe si de su nueva estructura resultaría uno de aquellos rostros ocultos que antaño proponían las revistas de pasatiempos), o hemos cambiado, sin previo aviso, de juego?

"…el perfil de elfo enfadado de Mortiis; Dee Snider, vocalista de los Twisted Sister, con los ojos pintados como Charlie Rivel; la calavera de The Misfits; las capuchas antigás de los Musroomhead; Alice Cooper con sangre de color negro en los lacrimales y en las comisuras de la boca; Koyi K Utho escapados de una pesadilla de Kokoschka… "

Si ustedes vivieron en los años 80 del siglo pasado (y en este planeta), recordarán el videojuego llamado Frogger: en él, una rana debía atravesar la pantalla, ora brincando, ora dejándose arrastrar sobre el caparazón de una tortuga o un tronco flotante, pero evitando en todo caso a camiones y cocodrilos. Así Roma, ensayista desconfiado de las teorías totalizadoras, más que aseverar conjura voces, salta de una cita a una conjetura, de una pregunta retórica a una licencia lírica, porque en medio del caos flotar es ya una victoria.

Hay que ser muy audaz, sin duda, para relacionar a King Diamond con Robocop, a Bioy Casares con Kantor, a Hitler con Cernuda u Onetti. Y más aún para confiar en que el lector, en el caso de que alcance a identificar estos y otras docenas de nombres que zumban en el libro como en un avispero, esté en condiciones de seguirle el ritmo. Puede que, más allá de eventuales conclusiones sobre estética o política, la intención de Roma sea construir una obra más poética que divulgativa. No instruir al lector, sino jugar con él. Ponerle en las manos un cubo de Rubick de mil colores, o un absorbente laberinto de erudición, como aquellos en miniatura, con su bolita de plomo, de nuestros recreos de los 80.

[Publicado en Mercurio, ampliación]

01 febrero 2012

Ensimismado & Ensimismado: una semana leyendo a cuentistas españoles

José Martínez Ros

Es difícil identificar el encanto exacto de un buen relato; mucho más difícil que el de una novela y tanto, al menos, como un poema, al que se parece en un detalle: mientras que existen novelas excelsas, y otras simplemente interesantes y otras mediocres, un relato funciona o no, lo mismo que un poema es bueno o no lo es, sin paliativos ni termino medio. Un relato que funciona es como una pequeña carga de profundidad en tu cerebro; hace que unas pocas páginas se amplifiquen en tu imaginación, que rellena los huecos de la historia o completa la melodía de las frases más allá de los límites del texto. O lo consigue o fracasa.

Y los malos relatos se distinguen, por el contrario, con facilidad: los que sacrifican cualquier grado de coherencia por un giro final sorprendente, sin dejar espacio para la emoción o los personajes; la versión degenerada del cuento realista-chejoviano que hace furor en los talleres literarios y se caracteriza -resumiendo- por estar escrito con el vocabulario de un graduado de primaria, con personajes que beben y fuman demasiado y están muy deprimidos…

No obstante, y para nuestra fortuna, algunos autores jóvenes se niegan a ser la caricatura de una escuela literaria y hay editoriales pequeñas, como Páginas de Espuma o Lengua de trapo que apuestan por ellos; y así se publican libros tan interesantes –y con puntos comunes que van más allá del título- como Los ensimismados de Paul Viejo y Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez.




Los ensimismados

Paul Viejo

Páginas de Espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-092-2

136 páginas

14 €




En Los ensimismados, Paul Viejo consigue algo casi imposible, que es renovar el recurso cada vez más gastado y cansino de la metaficción, desdoblando al narrador en crítico/comentarista de su propia narración, lo que da resultados memorables en el lírico y algo cortazariano "Sin salir de Marta" y en el cuento-homenaje a Scott Fitzgerald "Una mirada irlandesa". Además, en el libro de Viejo -que tiene entre sus virtudes una prosa clara y concisa- encontramos delicadas miniaturas en las que en unas escasas líneas, en la breve descripción de una epifanía personal, hallamos el eco de una historia más compleja, de unas vidas que no se pueden resumir en un cuento, pero sí resplandecer, explotar en él y que justifican el subtítulo: “Una autobiografía confusa”. De lo que serían, a su vez, muy buenos ejemplos, los relatos "Derrapar", "Divinos detalles" o "Todos han vuelto".

Por supuesto, y más tratándose de su primer libro de cuentos, no todos funcionan así, y en algunos casos la filigrana se agota en sí misma, en su propio artificio, en una excesiva herencia libresca o cinematográfica y genera, a veces, la sensación de que “esto ya lo he leído o visto en otra parte”. Sin duda, tras Los ensimismados, el reto de Paul Viejo es demostrar que, más allá de su notable habilidad técnica para los relatos breves o muy breves, es capaz de construir, interrelacionar y hacer crecer sus personajes en una narración más extensa. Pero que un libro de relatos contenga varios tan bellos y antologables como los citados lo justifica sobradamente como conjunto. Y por supuesto, los amantes de ese género a menudo injustificadamente anónimo y subterráneo no deberían perdérselo.



Ensimismada correspondencia

Pablo Gutiérrez

Lengua de trapo, 2011. Colección "Serie Business Class"

ISBN: 978-84-8381-115-3

156 páginas

18 €



Ensimismada correspondencia es mi primera aproximación a la obra de Pablo Gutiérrez, que, además, ha publicado dos novelas, Nada es crucial y Rosas, restos de alas con una notable recepción crítica. Gutiérrez nos presenta a una serie de personajes aislados, solitarios, inactivos que no encuentran o ni siquiera buscan un interlocutor, una vía de escape. Puede tratarse de un joven que va en coche a la playa y evoca unos versos de Gil de Biedma. O un oficinista que recuerda a su amante veinteañera. O un profesor de religión obsesionado por el porno. O una quinceañera hastiada que pasa la noche conectada a un chat erótico y charlando con sus tortugas. O, incluso, el propio Juan Ramón Jiménez recibiendo cartas melosas, apasionadas, falsas, de una supuesta admiradora, una dama criolla de Perú.

En estos relatos donde la acción es mínima, y que en gran parte se reducen a la descripción de un estado mental, de una emoción, el verdadero protagonista es la prosa de Pablo Gutiérrez que posee una fuerza rítmica y un lirismo verdaderamente desusados. Quizás puede recordar al primer y mejor Umbral de Las ninfas o, incluso, al Cela de novelas-poema como Miss Caldwell habla con su hijo o Mazurca para dos muertos, aunque en su temática no tenga nada que ver con ninguno de los dos. Sólo por paladearla merece la pena la lectura.

Esa potencia expresiva, no obstante, no oculta que se trata de un libro irregular en el que dos de los relatos, el pictórico "Ultramort" -que es uno de los mejores cuentos que he leído en muchísimo tiempo- y "Georgina Hübner, en el cielo de Lima", tienen mucho más calado que los demás. En el resto, Gutiérrez parece realizar una serie de variaciones sobre una misma situación básica, el personaje aislado, estático, y un único escenario; y en ocasiones funciona mejor -"Búsqueda.doc", "Virgen de las aguas"- y otras bastante peor, como en su "Conferencia", supuestamente dirigida a un público adolescente y que se diría, en realidad, la proyección de una mentalidad adolescente. Por encima de esas debilidades, Ensimismada correspondencia ha sido, en resumen, el descubrimiento de un auténtico escritor. Y os aseguro que sus libros anteriores no tardarán mucho en caer en mis manos.



La familia del aire

VV.AA. Edición y prólogo de Miguel Ángel Muñoz

Páginas de espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-051-9

480 páginas

29 €




CODA: Para el comentario del último libro, prefiero tomar unas pocas citas de sus protagonistas:

Hoy en día, cuando estoy escribiendo y me hallo en algún punto álgido o epifánico de mi texto, me viene a la cabeza un lector enemigo, uno de esos odiadores que dicen que hago metaliteratura y no sé qué otras clasificaciones más, todas tan estereotipadas. Y me digo: ¡Cómo le va a cabrear esto! La simple idea de que al odiador le voy a sacar de quicio me estimula de forma grandiosa, me ayuda a seguir adelante, a seguir creando.Enrique Vila-Matas.

(¿Soy el único al que le divierten enormemente las puyas y pequeñas maldades que suele deslizar Vila-Matas en sus entrevistas?)

La identidad, o eso que antes llamaban alma, no es en realidad otra cosa que la memoria. Y si cerramos los ojos somos solo recuerdos y nada más. Cada cosa nueva que nos ocurre cae rápidamente en ese pozo de memoria donde va a mezclarse con todo lo demás, a veces hay reacciones químicas explosivas, otras el alma cambia misteriosamente de color.” Carlos Castán.

Escribí el libro, así suene a tópico, que a mí me hubiese gustado encontrar entonces en las mesas de novedades, un libro de cuentos escrito con algún desparpajo, con alguna valentía torera, que se jugase la vida en cada párrafo, literariamente incorrecto, irreverente con tanta norma establecida, un libro que supiera contarme bien un chaparrón de mentiras, para instalarme fuera del todo de la realidad. Es ahora cuando me lo pregunto: ¿cuántos lectores habrá por ahí afuera que busquen un libro así? No serán muchos, me temo.Hipólito G. Navarro.

“A lo mejor suena muy exagerado, pero es que yo me veo los próximos treinta o cuarenta años de mi vida escribiendo (¡en serio!), así que, pensándolo de este modo, ¿cómo voy a preocuparme porque no se hable de mi primer libro?” Sara Mesa.

(Si un escritor primerizo no es capaz de suscribir esta frase, debería cambiar de oficio. Inmediamente.)

La familia del aire. Entrevistas con cuentistas españoles, editado por Miguel Ángel Muñoz -conocido tanto por sus propios libros de relatos como por la impagable labor de difusión del género que realiza desde su blog El síndrome Chéjov- puede utilizarse como manual de autoayuda para jóvenes aspirantes a literatos, como mapa de un género que vive un (secreto) auge y, sobre todo, como panorama de las filias, fobias, lecturas, recuerdos y muchas cosas más de algunos de los mejores escritores de nuestro país, desde consagrados como Cristina Fernández Cubas o Enrique Vila-Matas a jóvenes valores en ascenso como Iban Zaldua o Mercedes Cebrián. No están todos los que son -y tal vez sea imposible que así sea-, pero, desde luego, vale la pena. No duden en recetárselo.

Nota: esta reseña se publicó parcialmente en notodo.com