16 febrero 2012

El electrón es burdo


Los electrocutados

J. P. Zooey

Alpha Decay, 2011. Colección “Héroes Modernos”

ISBN: 978-84-92837-28-1

172 páginas

15 €




José María Moraga

Al enfrentarme a la nueva novela de J. P. Zooey (pseudónimo de un autor argentino de 1973, que llamó mucho la atención dos años atrás con su debut Sol artificial) me invade una doble sensación de ilusión y miedo. Ilusión por descubrir a un nuevo talento, a un renovador de la lengua o al menos de la narrativa, a una voz sensible capaz de describir el mundo actual tratándolo de tú a tú (pues conoce sus coordenadas), a diferencia de los “tardomodernos”, dinosaurios ‘et alii’, eternamente acusados de no enterarse o estar fuera de onda. Miedo, empero, a que se trate del último ‘hype’ literario, del último drama o dulce de cacao con avellanas, de un “buñuelo de aire”, como diría Manolo Haro. En el caso de Los electrocutados (2011), mucho me temo que al terminar su lectura dichos temores se han visto confirmados.

La segunda novela de J. P. Zooey exhibe todas las trazas de la obra literaria posmoderna, que ya resultaría tedioso volver a listar aquí (curiosos ver, por ejemplo, a Ihab Hassan), y en ese sentido es un producto todo lo químicamente puro que una obra de estas características puede ser. Los detractores de este fenómeno tendrán con eso cumplida su mala crítica, pero yo voy más allá: voy a intentar explicar por qué no me ha gustado, siendo como soy, un apasionado de la literatura posmoderna, fragmentaria, lúdica, intertextual e iconoclasta. Lo primero que quiero decir es que Los electrocutados me ha parecido un esfuerzo fallido, en ningún caso una tomadura de pelo, una broma o una obra fatua.

Admiro la sensibilidad del narrador, y desde el minuto 1 me sentí atrapado por el juego narratológico de ida y vuelta entre las voces de Dizze Mucho (protagonista de la novela), su albacea J. P. Zooey (quien proporciona un nivel textual más) y la hermana de Dizzie: Oidas, la gran ausente. Y por la ruptura de expectativas continua que tanto aprecio en Vila-Matas o Antonio Orejudo (por poner dos ejemplos punteros). Pero lo que en esos y otros escritores me pareció un válido ardid para montar el andamiaje de una historia que se enriquecía con dichos juegos y trampas autorales, en el caso de Los electrocutados me he quedado con la sensación de que se ha enmarañado porque sí una historia bonita que podría haber resultado mucho más efectiva si se hubiese contado de otra manera. ¿De cuál? No me corresponde a mí decirlo, solo dejar constancia de que el armazón posmoderno confunde y no aporta mucho a lo que por otra parte me parece un valiente intento de explicar el mundo.

Vuelvo a dar una de cal y otra de arena. La historia que Los electrocutados cuenta podría resumirse en la búsqueda de dos hermanos durante toda su vida de “la frase del Sistema Solar”, pues Dizze y Oidas están convencidos de que cada planeta y el Sol tienen una palabra que decir, y que juntas las diez conforman una frase que vendría a definir el sentido de la vida. Algo así como la música de las esferas, pero en versión 2.0. El protagonista Dizze busca las huellas o trazas de este significado (algo 100% posmoderno, no lo olvidemos) en signos que le van remitiendo a otros signos, de modo que el significado último siempre queda diferido. Estos signos son los gatos, los transbordadores espaciales, una pieza de Bach… Al final, sin reventaros la intriga os diré que la frase del Sistema Solar es conocida por Dizze (y por los lectores), pero claro está, una apuesta con unas expectativas así corre el gran riesgo de degenerar en un “Parto de los montes”.

Si hay dos pilares que salvan Los electrocutados del ridículo o de la acusación de patraña son, a mi entender, su acerada sensibilidad (nunca cae en lo cursi, aun transitando su frontera) y su juicioso uso del humor, algo que siempre es de agradecer. De lo primero dan testimonio las cartas de Dizze a su hermana Oidas, diálogo unidireccional, repletas de un amor emocionante. La contrapartida del humor la encontramos en forma de unas demenciales clases universitarias de Dizze (profesor de “Historia de las Ideas Menores”), cuyos textos se interpolan en la novela y que constituyen lo mejor del libro, por lo imaginativas, refrescantes y bizarras. Como botón de muestra, sépase que una de ellas trata sobre un tal Kilgore Trout, estudioso de la vida ‘alien’ y defensor de la teoría de que toda la vida en la Tierra es de origen extraterrestre y se implantó en 1950 (Kurt Vonnegut, Jr. estaría orgulloso).

Pese a estos momentos brillantes de ironía, sátira y ‘gore’, Los electrocutados descansa sobre una serie de 'leitmotivs' que francamente me han parecido un poco oportunistas o traídos por los pelos. Así, hay constantes referencias a la Red, Internet, Twitter, la electricidad como metáfora extendida o alegoría de las conexiones que establecemos y que según el narrador son el signo de los tiempos… aparte de los símbolos ya mencionados: el transbordador espacial (la huida del hombre hacia el cosmos), los pájaros (como ancestros nuestros que demostrarían lo absurdo del lenguaje: otra idea clave de la Posmodernidad) y los gatos (máximos exponentes de los interrogantes de la Humanidad, dada la forma curvada de su cola).

De este modo, un libro que tiene un comienzo si no delicioso sí absolutamente prometedor e intrigante, se pierde en meandros y vericuetos que pueden parecer a priori profundas reflexiones pero que a menudo se quedan en aislados destellos de talento. Porque talento hay, no seré yo el que le niegue a J. P. Zooey el mérito de haber creado su propio universo, bastante consistente, pero es una pena que la historia y los temas de base (el amor de los dos hermanos, la búsqueda del sentido de la vida, la naturaleza de la creación literaria o el lenguaje mismo) tengan que disfrazarse “de no sé qué ropajes” para llamar la atención en estos días.

15 febrero 2012

A dónde van

Fantasmas de piedra. Cuando una aldea era el mundo

Mauro Corona

Altaïr, 2011. Colección "Clásicos Heterodoxos"

ISBN: 978-84-9375-558-4

296 páginas

22 €

Traducción de María Alida Ares Ares



Alejandro Luque

En los últimos años, España e Italia han coincidido en demostrar un renovado interés por la memoria. Escritores, cineastas, artistas del más diverso pelaje han participado de este movimiento, a veces fuertemente politizado, pero casi siempre impregnado de un angustioso sentimiento de pérdida. “Se canta lo que se pierde”, escribió don Antonio Machado. Pero no todo lo que se pierde es cantado, porque para eso hay que encontrar primero un cantor. En una canción preciosa, Silvio Rodríguez se preguntaba adónde iban las cosas cotidianas que el olvido barre; pero, nombrándolas una a una, el público sentía con un escalofrío la certeza de que estaban siendo rescatadas.

He recordado ambas cosas, el verso machadiano y la letra de Silvio, tras la lectura de este hermosísimo libro de Mauro Corona, vecino de los Dolomitas del Friul, en el norte alpino de Italia, escalador, escultor en madera y, desde que fuera descubierto nada menos que por Claudio Magris, escritor con 16 títulos en su haber. Tras darse a conocer en su país con libros como Aspro e dolce, L’ombra del bastone o Storia di neve, este hombre de montaña ha desembarcado en España con un testimonio de los que dejan huella en cualquier lector sensible.

El origen de esta historia se remonta al 9 de octubre de 1963, cuando el embalse de Vajont fue desbordado por una ola gigantesca y el valle completamente barrido, con un saldo de dos mil pérdidas humanas y el resto de la población desalojada a la fuerza. Erto, la villa natal de Mauro Corona, fue así durante décadas un pueblo fantasma. A él regresa el autor en estas páginas, recorre las calles en las que transcurrió su infancia, empuja la madera podrida de las casas, reconoce objetos que pertenecieron a parientes y vecinos, y poco a poco consigue que todo vuelva a revivir ante nuestros ojos.

Estructurado en cuatro partes correspondientes a las estaciones del año, Fantasmas de piedra es al mismo tiempo una autobiografía íntima, una elegía al mundo perdido de ayer (“Ha habido más cambios en los últimos treinta años que en los doscientos precedentes”, dice), un canto a la naturaleza y, desde el punto de vista estilístico, un relato magistral, con momentos que habrían merecido la aprobación de Rulfo, descripciones capaces de traernos a la nariz el olor de la resina y la tierra húmeda, y a los labios el sabor de la polenta y el áspero vino de las montañas.

Tal vez no sea casual el hecho de que Italia haya dado un caso como Corona, paralelo al que surgió en España, a la sombra del maestro Delibes, con nombres como Julio Llamazares o Alejandro López Andrada, todos ellos autores capaces de poner en pie un universo que ya no es, que nunca volverá a ser. La nostalgia, como se puede imaginar, está presente a todo lo largo y ancho del libro, y también son frecuentes los fragmentos que mueven al humor. Pero Corona es lo suficientemente inteligente como para no rellenar casi 300 páginas con escenarios arcádicos, coros de pájaros y ancianitas bondadosas. Hay que subrayarlo: Fantasmas de piedra no es Heidi. Por el contrario, se trata de un libro duro, que levanta acta, por ejemplo, de cómo los niños robaban los pollitos de los nidos y les quebraban el cráneo con una simple pinza de los dedos, cómo una chica violada volvía a casa amordazada por el miedo y la vergüenza, o como se dirimían en sucesos de sangre algunas controversias personales, al margen de las leyes codificadas.

Prolijo, moroso, muy bien hilvanado, pero sobre todo honesto, el testimonio de Corona nos recuerda que no hay que tener miedo al escozor de la memoria, porque a veces ésa es la señal de que las antiguas heridas se desinfectan. Y, dando una vuelta de tuerca al adagio machadiano, que sólo lo que se canta puede ser salvado.


[Publicado en La Tormenta en un Vaso]

14 febrero 2012

No siempre se acierta


El vino de la soledad

Irène Némirovsky

Salamandra, 2011

ISBN: 978-84-9838-403-1

221 páginas

15 €

Traducción de José Antonio Soriano Marco



Juan Carlos Sierra

Tras la monumental Suite francesa y su merecidísimo éxito de crítica y público, la editorial Salamandra ha ido recuperando poco a poco la obra narrativa de Irène Némirovsky, dando con cuentagotas -casi a razón de uno al año- otros títulos de la autora ucraniana afincada en Francia a partir de 1919. Desde la inauguración de lo que podría llamarse "Colección Némirovsky", el que suscribe estos párrafos ha ido buceando en su obra al ritmo de la publicación en español de sus novelas fascinado, principalmente, por su maestría a la hora de perfilar caracteres, de bucear en el alma humana, de crear personajes hondos, complejos y redondos.

Sin embargo, en El vino de la soledad las expectativas quedan un poco por debajo de lo esperado. Es más, de lo que conocemos hasta el momento de Irène Némirovsky podría afirmar que en este libro la escritora ucraniana rebaja sus exigencias literarias al nivel de la simple corrección. Evidentemente, esta valoración solo se puede realizar con la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido y el conocimiento de otras novelas de mayor valía -y no me refiero solo a la sublime e inacabada Suite francesa-.

Si el valor más destacado de la escritura de Némirovsky desde mi punto de vista es la construcción de personajes de una pieza -pero como un mosaico donde cada una de las teselas explica el conjunto y le aporta sus propios matices-, los dibujados en El vino de la soledad adolecen de cierto esquematismo, de una suerte de previsibilidad que puede explicarse quizá por el mismo origen de la novela.

Como ha señalado gran parte de la crítica que se ha ocupado antes de esta novela, se trata de una de las obras más autobiográficas de Irène Némirovsky. De hecho, la protagonista, Elena Karol, puede considerarse su álter ego. Al margen del argumento de la obra, sobre el que no vamos a detenernos, porque no es necesario para nuestra argumentación y porque no queremos desvelar nada a los potenciales lectores de la novela, existe un principio en literatura que posiblemente pasa por alto Némirovsky en la creación de esta obra y que ya enunció Gustavo Adolfo Bécquer muy avanzado el siglo XIX: “Cuando siento no escribo”. Esta frase del poeta sevillano se refiere no solo a la distancia temporal -evidente en el caso de los sucesos que narra El vino de la soledad y el momento de transmitirlos como obra literaria-, sino más bien a la distancia emocional que ha de existir entre el instante de la vida vivida y su posterior plasmación en artefacto literario.

Cuando esa distancia no existe, aunque haya pasado mucho tiempo, el efecto literario puede resultar frustrante. Cuando uno sigue íntima y emocionalmente ligado a los sucesos que piensa trasladar al papel, por paradójico que parezca, el intento suele resultar fallido, porque los sentimientos son malos consejeros en la escritura, porque las confesiones hay que dejarlas para los amigos o para el cura, si se es creyente, y porque la claridad necesaria para construir una trama y especialmente unos personajes puede verse nublada y lastrada por los deseos de venganza, por los impulsos de ajuste de cuentas que, como es el caso que aquí nos ocupa, sobrevuelan El vino de la soledad.

Si no se ha leído nada de Irène Némirovsky, esta obra puede ser, no obstante, un buen comienzo porque al fin y al cabo -ya lo hemos apuntado antes- se trata de una obra correcta; si ya se ha disfrutado de Suite francesa o El baile, se puede prescindir de El vino de la soledad, que hay muchos libros esperando y muy poco tiempo.

13 febrero 2012

De tanteos poéticos y ángeles inocentes


Ángeles sin sospecha

Ramón Miguel Montesinos

Ediciones Crusoe, 2011

ISBN: 978-84-938080-4-4

67 páginas

12 €

Prólogo de Luis Alberto de Cuenca



Rafael Roblas Caride

En ocasiones me pregunto por qué la poesía es tan imprevisible y caprichosa; por qué esa misteriosa focalización lírica sorprende a este autor a una edad temprana y a este otro se le presenta lentamente distraída, como un regalo inesperado fruto de una vocación tardía; qué fantasma familiar impide a Fernando Villalón escribir su primer poemario hasta cumplida la cuarentena o qué inspiradísima musa susurra sus versos al oído del casi adolescente Neruda de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. En estas me encontraba cuando, casi de sorpresa, viene a posarse en mis manos, como un aleteo de mariposas azules, este primer libro de Ramón Miguel Montesinos, publicado por Ediciones Crusoe en un impoluto volumen de inmaculada blancura que complementa perfectamente la voz poética que respira en su interior.

Pero centrémonos. El hecho de que Ramón sea el hijo de Rafael Montesinos puede que importe poco al lector de esta reseña, por más que, como acertadamente indica en el prólogo Luis Alberto de Cuenca, no deba desdeñarse este dato que explica algunas de las influencias que actúan sobre estos Ángeles sin sospechas. Sin embargo, obviando los condicionantes sentimentales, biográficos o genéticos que hayan colaborado en la percepción poética de su autor, lo realmente reseñable es que la actividad contemplativa del poeta expectante ha dado paso al cabo de los años a una inquietud que encauza aquella vocación vital de siempre hacia el nacimiento del presente libro, un poemario fresco e ingenuo que da a conocer al público parte de esa creación atesorada por Ramón Montesinos a lo largo de muchos años de lecturas y silencio.

Labor catártica y de tanteo. Trabajo constante en el que la mirada lírica sobre el mundo cede paso a la palabra escrita para sobrevolar sobre el verso. Sea como sea, material poético primerizo, sí, pero firme y convincente, que aspira a algo más que a convertirse en un capricho pasajero. Y efectivamente, estos Ángeles sin sospecha pueden definirse como esos restos del naufragio del poeta -hasta ahora inédito y desconocido- que bracea por salir a flote y buscar el reconocimiento del lector. De este modo llegan por el aire del universo montesino estos ángeles que revolotean misteriosos y juguetones, procedentes de un universo pasado donde la luz y la oscuridad pugnan en una confrontación de contrarios. De esta lucha, precisamente, nace la plegaria inicial del libro, dirigida al Dios “de los ayeres y los astros”, al “Dios en la letanía de los amaneceres” invocado en los primeros versos.

Esta oración, que comparte en rara amalgama el mismo aire familiar del mejor Alberti y del romanticismo decimonónico, inaugura una galería de composiciones que se estructuran en torno a tres pequeños capítulos o apartados, y que a su vez se identifican por un estilo sencillo y directo, (“No te vayas aún, / quédate unos versos más conmigo.”, implora Montesinos en “Los difuntos enamorados”); que no desdeñan en ocasiones la pirueta metafórica o visual, procedente de la percepción onírica que tiene el poeta de su existencia (“En el camino también habitan / espectros jóvenes con miradas pueriles, / lloran junto a las orillas / de mares con sienes de ópalo...”) y que tampoco desprecian el guiño cotidiano, que en el madrileño se mezcla con una ingenuidad y una ternura conmovedoras, como ocurre en “Accidente”:

"He manchado con tomate
unos versos de Verlaine
y al hacerlo me he sentido culpable
de algo tan ingenuo.
¿Qué diría Verlaine?
¿Se habrá dado cuenta
y en su mirar de hinchadas pupilas
me insulte groseramente sutil;
¡oh, petit monstruo!,
o tal vez sus vulneradas musas
de arrogantes bustos altaneros
habrán sonreído pícaramente?

He manchado con tomate
unos versos de Verlaine."

Poema de estructura cerrada y circular, concluida con un epifonema que reitera, a modo de estribillo, los versos iniciales. Este recurso se repetirá en la penúltima composición, la que comienza con el verso “Murmuran las piedras al amanecer...” y, junto con el paralelismo y la anáfora, constituirá una de las tendencias estilísticas más acusadas de la muestra poética del Montesinos de Ángeles sin sospecha.

Pero abandonemos el análisis individual y concluyamos sobre la globalidad de este libro construido sobre el verso libre de arte menor. Temáticamente, Ángeles sin sospecha es un breve recorrido elegiaco a través de un universo que, paralelamente a la vida, delimitan el amanecer y la noche. No por casualidad, las abundantes referencias temporales giran en torno a la luz, sobre todo las del primer capítulo. Luz del sol en el horizonte, que compite en brillo con la tristeza; luz de lunas horadadas y de soles negros; luz al final de un amplio túnel de espejos y espumas; luz en el cielo de un alba nueva y diferente. Y como en toda elegía, el pasado -la infancia- se agiganta en el recuerdo, tras las “máscaras adormecidas / que entre sus azules penumbras” van desapareciendo lentamente, desvanecidas por el olvido. Aunque el poeta se resiste, quizás porque Montesinos sabe -o intuye- que “ese tiempo que no existe” se halla en la niñez remota, patria lejana y centinela de la belleza del mundo, al par que núcleo misterioso de la creación poética. Así parece reconocerlo el autor en el poema final, esperanzado y, al mismo tiempo, melancólico canto que concluye en deseo desesperado:

"[...]Y yo aún espero al niño poeta,
sé que tiene unos versos nuevos,
la canción de un instante,
un horizonte armonioso,
la esperanza de un náufrago
que va con rosales de silencio
hacia la melancolía del crepúsculo."

Y, como paisaje de fondo la desolación de la vida adulta, el alcohol, la desesperanza, la confusión, la locura, el opio, la muerte... desfilan en versos armoniosos y cuidados que se sustentan rítmicamente sobre la repetición de estructuras sintácticas y fónicas que actúan como estribillos. Libro de contrastes, de búsqueda lírica y existencial.

Así, con estos Ángeles sin sospechas, expectantes seres celestes sostenidos en su levitar de alas tanteos, Ramón Miguel Montesinos irrumpe en el mundillo lírico oficialmente. Y, a pesar de que su llegada se nos antoja demasiado tardía, de aquí en adelante nos queda la impaciencia por comprobar si esta galería de ángeles se queda detenida en un vuelo efímero o, más bien, su obra madurará cualitativa y cuantitativamente en nuevas entregas posteriores. Por lo pronto, la breve avanzadilla promete y dibuja en el horizonte una cierta esperanza puesta sobre la recién nacida promesa. A partir de ahora, sólo el futuro y el propio escritor podrán responder sobre la continuación de la misma, confirmando así si mereció la pena esperar tanto tiempo para asistir al bautizo del nuevo poeta. Que el futuro decida.

12 febrero 2012

Premios Estado Crítico 2011

Reunido el jurado de los Premios Estado Crítico 2011, decide por amplia mayoría conceder el correspondiente a la Mejor Novela del año a Antonio Orejudo por Un momento de descanso (Tusquets). Según el acta del jurado, el galardón se concede por "su valiente tratamiento de temas cuasi sagrados como la corrección política y la memoria histórica, alejado de papanatismos, sectarismos y siempre utilizando el humor como arma. Y por su palmaria demostración de que el juego posmoderno puede aspirar al máximo rigor intelectual sin sacrificar la voluntad de entretenimiento de la literatura, y sin alienar a los lectores no iniciados en la jerigonza de la teoría crítica."


Por su parte, el Premio al Mejor Poemario del año ha recaído en Luis Alberto de Cuenca y su obra En la cama con la muerte (Isla de Siltolá), destacando "la elegancia, la intensidad y la universalidad de cada uno de sus poemas, cargados todos de hondura y sustancia viva y alados de brevedad y sencillez; porque su vibrante emoción personal nos zambulle el corazón, sin previo aviso, en la vida y en el misterio; por el gallardo desenfado con que trata a Thánatos, sin incurrir en la desesperación, pero sin faltarle al respeto; y, sobre todo, por rescatarnos de la vulgaridad y de la muerte con ese Eros fresco y penetrante que aletea en su obra."


Asimismo, el Premio al Mejor Ensayo ha ido a parar a las manos de Antonio Rivero Taravillo y su Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963) (Tusquets), al "sumergirnos en su ensayo en todos los perfiles literarios de un escritor, Luis Cernuda, que representa lo mejor de la poesía española del siglo XX, y además mostrarnos a una persona compleja y contradictoria, dejando de lado la tan manoseada leyenda de su carácter hosco y difícil o el discurso innecesario de su condición sexual. Por otro lado, al igual que sucediera en la primera parte de esta biografía, el libro de Rivero Taravillo repite su condición de excepcional guía de lectura. Aunque la obra de Cernuda se pueda leer y disfrutar sin atender al horizonte vital del escritor, esta biografía aporta el recorrido existencial de donde surgen sus poemas de exilio y se convierte en un complemento perfecto y necesario de Historial de un libro."


Por último, el Premio a la Mejor Traducción del año ha sido otorgado a Mercedes Cebrián, por su trabajo en Sábado por la noche y domingo por la mañana (Impedimenta) de Alan Sillitoe. El jurado ha valorado "su capacidad para insuflar contemporaneidad a un texto editado hace más de 50 años, plagado de coloquialismos y fuertemente arraigado a un contexto histórico y socioeconómico muy determinado. Cebrián logra sobrevolar los riesgos planteando una traducción que, respetando en todo momento la significación del contexto y la personalidad de la voz narrativa, resulta muy actual y apegada al lector contemporáneo."


El premio, sin dotación económica, consiste en una fotografía de Antonio Acedo, Premio Andalucía de Periodismo.