07 marzo 2012

Un buen artesano



Cárceles imaginarias

Luis Leante

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-204-1108-8

360 páginas

18,50 €




Daniel Ruiz García

Confesaba Luis Leante hace unos días en una entrevista a Alejandro Luque su desconfianza y desarraigo hacia las camarillas literarias. Todas, dice, le resultan algo forzadas, y nunca se ha identificado con ninguna. De ahí que siempre haya ejercido su oficio literario por libre, y que sea muy difícil de meter en el saco de cualquiera de los grupos que, a modo de taifas, dan cuerpo al abigarrado mapa de la literatura española contemporánea.

“Todos los escritores con quien hubiera deseado formar escuela están muertos”, o algo así, le oí decir el otro día en la entrevista, y aquello me dio que pensar. Porque después de leer Cárceles imaginarias uno reconoce muchas deudas en la literatura de Leante. Pero por ese gusto impertinente que uno tiene por la comparación, uno no piensa en el socorrido modelo cervantino, donde de un tiempo a esta parte todos los autores españoles parecen querer plantar su raíz, ni siquiera en los noventayochistas, que fraguaron esa cosa del espíritu de intelectual español. Pienso sobre todo en Somerset Maugham, y en las muchas similitudes que el escritor murciano tiene con el inglés. Empezando por el aspecto físico algo 'british' de Leante, aparentemente sobrio y comedido, desde luego muy poco español. Continuando con la querencia por los ambientes exóticos en la construcción de muchas de sus novelas, y por el gusto por el viaje como motivo literario. Siguiendo por la solidez en la construcción de personajes, por la apuesta por estructuras narrativas bastante férreas y bien pergeñadas. Y terminando por el propio ideario literario, que en el caso de Leante, como en el de Somerset Maugham, podría resumirse en contar buenas historias e intentar contarlas con eficacia.

El estilo de Leante en Cárceles imaginarias parece incluso haberse “anglificado” más que de costumbre, de forma que hay una renuncia total al adorno, a la adjetivación, a descripciones que resten músculo a la trama. Ello no quita que el murciano gaste un estilo elegante, con un uso de la metáfora comedido pero muy efectivo, donde hay detalles de poética diminuta que otorgan una estimable "gracia" al texto. De eso trata, pienso, saber contar una historia, porque todo parece consagrado a contar la historia que se tiene entre manos.

Estamos ante un arquetipo de novela con poso de intriga histórica. Pero esta intriga no es, como suele suceder en las novelas de este tono, nada grandilocuente ni ambiciosa. Aquí no hay ninguna verdad oculta que vaya a cambiar el sentido del mundo o nuestra percepción sobre personajes relevantes de nuestra Historia. Es una intriga más bien psicológica, personal, incluso íntima, que se desarrolla a través del formato de trama dentro de otra trama. La trama, digamos, periférica, es la que justifica y da pie a la trama interna, que funciona en sí misma como una segunda novela. Es, a mi juicio, esta segunda historia la que le da consistencia al libro, y la que concentra todo el interés del lector. Mucho más expresiva que la primera, mucho más concentrada y estimulante, es la culpable de que el libro se lea con avidez y expectación, sin altibajos de tensión, reservados normalmente a la trama periférica (que, en todo caso, también se lee con interés: en todo momento "se nos está contando algo").

Cárceles imaginarias centra su mirada en un personaje enigmático, cuya personalidad se va dibujando a lo largo de toda la obra. Un anarquista de finales del siglo XIX que va mudando su identidad y emborronándola a través de diversos viajes por Europa, Asia y Latinoamérica en los que asume otros nombres y padece todo tipo de peripecias, perseguido siempre por la sospecha y atenazado por un carácter quizá algo dubitativo, desnortado, con poca fe en sí mismo y en sus propias creencias. Un modelo posible de antihéroe, en medio de unos sucesos poco heroicos, con los que Leante pone en pie una reflexión sobre el azar y sobre la forma en que se construye nuestra vida y, por tanto, nuestra memoria. Ni el protagonista principal, ni ninguno de los secundarios -otra cosa que lo acerca a Maugham: su buena mano para el dibujo de los personajes de reparto-, destacan especialmente por su valía personal o su genio. Son seres humanos bastante normales, atrapados en unas circunstancias vitales determinadas, donde el aparente libre albedrío es machacado por el azar y su caprichosa madeja. Una dinámica existencial, pienso, muy parecida a la que gobierna nuestra propia vida, la real, no la que reconocemos en los libros. Y es por ello que, por encima de las peripecias, de los viajes, de los peligros, no cuesta sentirse identificado con la historia de esta novela, en la que Leante da muestras de su competencia literaria. Una competencia nada exhibicionista ni rutilante, sino silenciosa, elegante, discreta, acorde con lo que cabe esperar de un buen artesano, de todo un maestro de oficio.

06 marzo 2012

Escritura comprometida


La noche 351

Ángel Petisme

Hiperión, 2011

ISBN: 978-84-7517-994-0

93 páginas

9 €

XXVII Premio Jaén de Poesía



Juan Carlos Sierra

Antes de entrar en La noche 351, es conveniente saber de qué noche está hablando exactamente el poeta aragonés Ángel Petisme. Por ello, quizá lo mejor será empezar el libro por su último texto "El hombre que fue a Basora", adaptación en clave autobiográfica de la misma noche de Las 1001 noches.

En el libro de Petisme, el protagonista viaja de Madrid a Basora -vía Estambul y Bagdad- guiado por un sueño en el que se le promete que encontrará la fortuna que perdió; una vez allí, los acontecimientos no se suceden según pronosticaba el sueño y vuelve a su casa madrileña donde le espera su más preciada riqueza, la carta que le anuncia que ha de ir a Zaragoza a recoger a su hija adoptiva. El relato termina así: “El hombre que fue a Basora buscando tesoros los tenía esperando en su casa. Y su sueño fue un viaje de ida y vuelta como todos los sueños de quienes buscan lejos de casa el paraíso”.

La noche 351, por tanto, es una especie de libro de viajes o, mejor, un poemario que da cuenta de un viaje concreto, el realizado por Petisme y otros poetas a Bagdad y Basora invitados por el ministerio de cultura iraquí entre el 23 y el 28 de marzo de 2010. La noche 351 será, así pues, un recorrido por las ruinas de Irak, pero también un viaje interior.

Del dolor de esta experiencia surgen los poemas más crudos que componen La noche 351; pero también de un concepto muy claro de poesía, el del compromiso, el de aquella “arma cargada de futuro” de Gabriel Celaya. Y para que nadie se llame a engaño, Ángel Petisme lo explica en "Vocabulario básico", el primer poema ‘sensu stricto’ del libro: “¿A dónde irá mi poesía/ si mis versos no tienen eco/ ni maldicen a quienes despellejan/ a los pueblos?/ ¿A dónde irá mi vida?”. Si alguien no está interesado en esta manera de afrontar la creación poética y la vida, está avisado desde el inicio.

No obstante, no todo en La noche 351 son ficticias armas de destrucción masiva, expolio petrolífero, zapatos de indignación contra Bush y compañía, cadáveres en las cunetas o los torturados de Abu Grhaib. En medio de la desolación y el hedor de los cadáveres, el libro de Ángel Petisme se oxigena con la nostalgia de los cafés perdidos y de sus conversaciones, con la reivindicación apasionada de una cultura milenaria, con la sensualidad de la antigua poesía árabe y de Las 1001 noches, con el amor y sus cuerpos dando fe de él,… “Días de acero, noches de terciopelo”, como queda escrito en "Cinco veces en Nínive".

A esta bipolaridad temática se ajusta perfectamente el horizonte lingüístico y estilístico manejado por Ángel Petisme. Mientras los versos más directos, rocosos y narrativos acuden en ayuda del poeta para moverse entre las ruinas materiales y humanas de Irak, la imaginería y el vuelo lírico los reserva para cantar la belleza y el amor, el sexo y la poesía; en definitiva, la esperanza y la vida en medio del horror y la destrucción. Porque la poesía -la literatura, en general- es el clavo ardiendo al que nos agarramos, al que se agarra el poeta, cuando alrededor naufraga la dignidad.

Este es realmente el compromiso poético de la obra de Ángel Petisme, más allá de principios sociales, políticos o ideológicos: un compromiso con la realidad y con el lenguaje, porque si de algo es responsable cualquier escritor es de ese binomio y de su coherencia. Es más, creo que este es el valor más destacado de La noche 351, más allá del significado u oportunidad del viaje, alfa y omega de la obra.

05 marzo 2012

La enfermedad fantástica



El asesino hipocondríaco

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Plaza y Janés, 2012

ISBN: 978-84-01-35225-6

218 páginas

16 €




Luis Manuel Ruiz

Un malentendido de rancio abolengo afirma que la literatura ha de nutrirse de la existencia y que el escritor debe atiborrarse de aventuras, borracheras, traumas personales y públicos y visitas a burdeles con el fin de retratar en sus libros el gran retablo del mundo. Esa variante del arte como glosa o fotocopia de lo que sucede fuera de él olvida un elemento esencial: el relato que se alimenta de la propia fantasía del autor, sea éste un árabe anónimo del siglo X después de Cristo o un argentino ciego del XX; más: olvida a esa larga legión de visionarios, ascetas, seres estrambóticos del espíritu y la sensibilidad que eligieron crear universos alternativos como antídotos a ese otro, el de toda la vida, que les negaba sus puertas. Las nebulosas realidades de Kafka, de Kubin, de Poe, de Ballard son y no son a la vez la nuestra; son tal vez la nuestra filtrada por una lente única, exclusiva, que ha distorsionado las formas, los pesos y los colores ofreciendo nuevos panoramas que no figuran en los atlas. El mundo común está tan visto, me temo, como los cronistas que dicen retratarlo: la única alternativa para la creatividad radicaría en buscar sus salidas traseras, que las hay, y en cantidad.

A dicha labor, entre otras, se ha dedicado desde hace un par de lustros Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974), apóstol de lo fantástico en un país reconocido por su aversión a los altos vuelos: los de las brujas, quiero decir. Autor de dos recopilaciones de relatos (88 Mill Lane, Alhulia, 2005 y De mecánica y alquimia, Salto de Página, 2009) donde lo prodigioso se alimentaba por igual de la erudición filosófica, el anecdotario y el viejo cuento de hadas, Rengel comenzó ofreciendo a sus lectores un ramillete de personajes, situaciones y encrucijadas que no resultaría extraño a los lectores de Borges, Calvino, Perucho y Olgoso. A esa memorable tradición, él quiso añadir dos rigores: el del humor y el del estilo. El segundo de ellos significaba una prosa cadenciosa, bien medida, de soportes académicos pero que sabía estallar en sus justos momentos en revelaciones inesperadas; el primero era y sigue siendo una de las señas de identidad de la obra de Rengel que también se repite en el libro que comentamos hoy: una mirada ácida, irónica, procaz incluso tanto hacia el mundo que nos rodea como a las gentes que lo habitan, que lo mismo puede dar pábulo a la compasión por nuestros semejantes que al deseo de que todo estalle de una buena y maldita vez para dejarnos en paz.

El asesino hipocondríaco es una novela sobre la literatura. Ya he mencionado que no pertenece el autor a esa secta según la cual sólo lo real está tolerado en la librería y no valen diálogos si no incluyen algún coño o colega que le dé color coloquial. Más bien al contrario, Rengel dedica su primera incursión en el género a esos egregios enfermos de ficción del pasado (Don Quijote, Emma Bovary, el barón de Münchhausen) para los que las crudezas de la materia nunca podrán competir con los exquisitos vuelos de la fantasía, sea ésta blanca o negra o de cualquier otro color. Digo lo del color porque la del Señor Y, protagonista del libro, es más bien oscura como la pez: aquejado de esa inveterada enfermedad de la imaginación que es la hipocondría, no cesa de ver amenazas para su vida, emboscadas, microbios, accidentes, trastornos, males, derrames y fracturas donde no los hay. Pero la principal afección del Señor Y es su pasión por los libros. En multitud de ellos ha leído que Descartes murió después de una pulmonía sueca (o quizá un envenenamiento por arsénico), que el padre de Tólstoi sucumbió a un ataque de apoplejía cuando el literato apenas había cumplido los diez años, que Nietzsche se volvió loco al conversar con un caballo y que Jonathan Swift acabó recluido en la jaula de grillos de su propio cráneo, sin hablar con nadie más que consigo mismo, tras encontrar seres imposibles rondando las patas de su escritorio. El Señor Y tiene una misión, que es matar a Eduardo Blastein, pero un obstáculo formidable se lo impide: el que forman, al acumularse, todos los males catalogados por la ciencia de la medicina y aun otros, muchos, que ni siquiera se atreve a atisbar. Siempre existe algo mayor que lo que hay: lo que no.

Como creador, Juan Jacinto Muñoz Rengel está entero y total en este libro: está el humor del cacao, está el estilo impecable, la suave erudición, están el amor por la humanidad y el hartazgo del mundo que lo cobija. Una ocasión que no deberían desaprovechar quienes aún no se han asomado a su obra.

02 marzo 2012

Cuentos asombrosos



Antes de las jirafas

Matías Candeira

Páginas de Espuma, 2011

ISBN: 978-84-8393-074-8

144 páginas

15 €




Fran G. Matute

Qué bien explicó, en su día, nuestro compañero José Martínez Ros el concepto "nostalgia ochentera", referido a lo que sentimos por las películas de aquélla época. Permitidme que tome prestadas sus palabras, que definían a la perfección una generación audiovisual nacida de productos que "[s]olían incluir, en primer lugar, una cinefilia intensa (...), un protagonista infantil o, mejor aún, adolescente confuso y solitario, una familia moderadamente desestructurada (...), un pequeño cuadro costumbrista de una comunidad suburbana y, por supuesto, no olvidemos lo más importante: el elemento fantástico y/o extraterrestre que impacta contra la vida cotidiana del protagonista (...)".

Toda esta parafernalia tomó su forma definitiva en los llamados Cuentos asombrosos (1985-1987) que produjo el principal culpable del género, Steven Spielberg. Por aquél serial pasaron todos los grandes nombres del cine de la época. Baste recordar que Clint Eastwood, Joe Dante, Robert Zemeckis o Tobe Hooper dirigieron algún episodio. No olvidemos que Kevin Costner, Harvey Keitel, Gregory Hines, Christopher Lloyd o Charlie Sheen pulularon por estas historias. De aquellos años fueron también Cazafantasmas (1984), Gremlins (1984), Regreso al futuro (1985), Cocoon (1985), Cortocircuito (1986)... y en medio de tanta eclosión popular nació Matías Candeira (1984).

Una de las grandes alegrías que me proporcionó la lectura de la colección Mi madre es un pez fue la de descubrirme a Candeira. Háganse un favor: lean "Purgatorio". Es de los relatos más desasosegantes que he leído nunca. Al más puro estilo de Chuck Palahniuk. Gracias a él, con menos de 20 páginas, me convertí en fan del autor. Corrí a la librería más cercana, adquirí La soledad de los ventrílocuos (2009) y Antes de las jirafas (2011) y aquí estamos.

Pero volvamos a la época que vio nacer a Candeira, ya que todos los cuentos incluidos en Antes de las jirafas nos han remitido, de forma inexorable, a ese ochentismo al que hacíamos referencia al principio. Para empezar, la inclusión de un DeLorean en la portada lo dice todo. Y para continuar, todos los relatos de la colección están protagonizados, de una forma u otra, por seres mutantes o mutados en perpetuo conflicto familiar y social. Lo mismo encontramos al Dr. Octopus (el cómic, ese otra gran referente de los 80) de crisis existencial que nos topamos con un asesino en serie profundamente enamorado. En el fondo, todos los personajes de Candeira son monstruos (algunos literalmente) que tienen que lidiar con el mundo que nos ha tocado vivir, lleno de vacíos, anhelos, contradicciones, sinsabores. Pero siempre existirá una máquina del tiempo, un bicho que te pica, una invasión de escarabajos... cualquier elemento sobrenatural que ponga las cosas en su sitio.

Pero lo más curioso de todo es que Candeira no acude a este ochentismo en un arrebato de nostalgia, ya que esa no fue nunca su generación vital. Así que lo que Candeira ofrece en estos relatos es más un ejercicio 'retro' que otra cosa. Y este hecho lo desvincula, al menos temáticamente, del resto de escritores de su "verdadera" generación. Candeira no parece comulgar, al menos desde el punto de vista literario, con los referentes genéricos asociados a la adolescencia que le tocó vivir a sus compañeros de clase, esto es, la segunda mitad de los años 90. Pues uno no suele pertenecer a la década que te ve nacer sino a aquella en la que transcurre tu adolescencia. Pero la sensibilidad de Candeira pertenece a una generación anterior, lo que nos ha ocurrido a muchos de nosotros, que no hemos encontrado en las postrimerías de la infancia elementos de conexión válidos con nuestra propia percepción de la realidad, asideras sobre las que construir nuestro andamiaje como "ser cultural", motivo por el cual nos hemos visto abocados a tener que acudir a épocas ya consolidadas, con una personalidad definida. Mirábamos al pasado con tristeza, pues sabíamos que la década que mejor encajaba con nuestros gustos no la habíamos vivido en plenitud y nos conformábamos con los vestigios y los productos imperecederos que se facturaron entonces. Y esta es, en esencia, la impresión que nos transmite Candeira con los relatos incluidos en Antes de las jirafas.

Aunque sólo fuera por este posicionamiento, ya empatizaríamos con la "poética" de Candeira. Pero detrás hay un talento literario importante sin aparentes límites creativos, pues el material del que están construidos sus textos es infinito. No obstante, si bien simpatizamos con los referentes temáticos de Candeira y su destreza escritora, su Antes de las jirafas presenta un problema grave de expectativas, ya que empieza tan fuerte -con ese monumento que me ha parecido "El extraño"- que todo lo que viene después es como un globo desinflándose. Nos hubiera gustado bautizar a Matías Candeira (estábamos predispuestos a ello) como la gran esperanza blanca de la literatura de este país, pero vamos a tener que esperar todavía un poquito más. Falta que nos entregue una obra compacta en la que no sólo los cuentos sean asombrosos temáticamente hablando, sino que el asombro venga de la propia colección en su conjunto. Pero de momento le compramos la postura, el envoltorio y la escritura. Elementos éstos que ya les gustaría tener consolidados a muchos de sus compañeros de generación.

01 marzo 2012

Sordera tragicómica


La vida en sordina

David Lodge

Anagrama, 2012. Colección “Compactos”

ISBN: 978-84-339-7676-5

360 páginas

9,90 €

Traducción de Jaime Zulaika



José María Moraga

Una de las cosas que se le suponen a un novelista -a un escritor, diremos- es que en su obra se realice preguntas y nos las lance. No necesariamente respuestas (en mi caso, agradezco que no las ofrezca) pero sí preguntas de algún tipo, acerca del mundo, del ser humano, de nuestras relaciones, de todas esas cosas que tras pensarlas nos da la sensación de haber crecido un poquito como personas y/o aprendido algo. Lo que no es tan corriente es encontrarse esta clase de compromiso en un autor bien entrado en su octava década de vida, en una etapa en la que las vacas sagradas de las letras están para “sopita y buen vino”, para homenajes y parabienes, en vez de para remover conciencias.

Por eso supone una alegría doble enfrentarse a la última novela aparecida en España del británico David Lodge, La vida en sordina (2008 originalmente), ahora en bolsillo. La vida en sordina transita territorios familiares para los lectores del Lodge narrador (no quiero olvidar su faceta de no ficción, como académico y divulgador de la Teoría de la Literatura), me estoy refiriendo a sus clásicos como Intercambios (1975) o El mundo es un pañuelo (1984). Protagonista muy culto, proveniente del mundo universitario, contexto académico, enredos de familia, pulsiones sexuales… Sin embargo, ni esta es una novela de campus, ni sus protagonistas pueden darse a la deconstrucción o al desenfreno con la misma alegría que antes: La vida en sordina cuenta la historia de un profesor de Lingüística ya jubilado, con un grave problema, su creciente sordera.

Al estar jubilado, el protagonista solo tiene relaciones tangenciales con el mundo universitario, el centro de su vida ahora son el tedio y la rutina propios de quien experimenta de mal rollo esa “muerte social” que puede representar la jubilación anticipada. Su principal preocupación, empero, es que la sordera que le aqueja le impide relacionarse de modo normal en su vida diaria, en conversaciones, reuniones sociales, comercios, en incluso en casa con su esposa. Todos los audífonos e implementos supuestamente diseñados para hacerle la vida más fácil parecen trocarse en instrumentos de tortura una vez que Desmond (nombre del protagonista) nos explica cómo funcionan.

“La ceguera es trágica pero la sordera es cómica”, parece ser el axioma a partir del cual David Lodge monta esta novela. Pues es cómica, ridícula, humillante, da lugar a numerosos malos entendidos, errores, enredos, que son mecanismos de comicidad, qué duda cabe. Pero de esa clase especial de humor negro que puede molestar a determinadas personas, y es que Lodge nunca se ha caracterizado por preocuparse por la corrección política. Desmond vive una existencia atormentada, al borde de la amargura, y se compara con los Grandes de la discapacidad: Goya, Beethoven, Borges, Philip Larkin, genios cuyos problemas sensoriales les jugaron una mala pasada. Para colmo, la figura del Desmond jubilado, envejecido, cuasi discapacitado contrasta brutalmente con la de su esposa cuarentona y jaquetona tras una operación estética, jovial y triunfadora en los negocios, auténtica portadora de los pantalones en casa, valga la expresión.

Solo el humor salva a Desmond de la desesperación, y en ese sentido encontramos a un narrador muy lúcido, que oscila entre la primera y la tercera personas (según convenga a su cuento), capaz de enormes ejercicios de sarcasmo e ironía, capaz de reírse de sí mismo y de lo que le rodea, algo que en ocasiones no es bien recibido por todos los personajes. Paradójicamente, la otra gran fuente de comicidad de La vida en sordina es la figura del padre de Desmond, Henry Bates, un anciano cascarrabias más impedido de lo que está dispuesto a admitir y a cuyo lado Desmond aparece rejuvenecido, capaz y lúcido, al contrario que junto a su dinámica esposa Winifred. Lodge no escatima aquí menciones a la fisiología del oído, a la fonética, a la pragmática (¿cuántas novelas habéis leído en las que se nombre a J. L. Austin?) o a los artistas ya mencionados y otros más para dar a entender que el narrador es una persona inteligente y culta, y que quizás por eso esté sufriendo su merma sensorial de manera más profunda, al ser consciente de lo que conlleva su condena a la sordera.

Este es el título original en inglés (Deaf Sentence, juego de palabras por la casi homonimia con ‘death sentence’), condena a la sordera en lugar de a muerte, y a lo largo de toda la novela las sustituciones de la palabra ‘death’ por ‘deaf’ eran una constante en la versión original. El título español de La vida en sordina me gusta por haberse conservado un cierto juego de palabras, y sirve de recordatorio acerca de la dificilísima labor a la que se ha enfrentado Jaime Zulaika al traducir esta novela. El propio Lodge dedica el libro a todos los que durante muchos años han vertido su obra a otros idiomas, consciente de que La vida en sordina “plantea problemas especiales a los traductores”. Zulaika los salva magníficamente, haciendo que los cambios mantengan la comicidad (confusión sordeta de “menudo barullo”/”puro chanchullo” por “flight from hell”/”cry for help”), conservando algunas cosas en el inglés original y suministrando siempre un impresionante aparato de notas aclaratorias a pie de página.

Pese a que la trama pueda parecer aburrida, diré que el libro no lo es en absoluto (también me he guardado en la manga algunas cosas, como supondréis), que está cargado de humor y melancolía a partes iguales, y que es la obra madura de un competentísimo novelista que sabe manejar al lector como le da la gana. Si hubiera que ponerle algún “pero” yo he encontrado dos: la resolución del libro adolece a mi juicio de una cierta prisa y podría haber sido menos obvia y el hecho de que el territorio Lodge puede resultar poco excitante a quien ya lo haya transitado y no quedara prendado de él en anteriores entregas. Pero como comencé diciendo, es de agradecer que el autor de El arte de la ficción (1992) no se contentase con facturar un 'best-seller' que le granjeara un cheque, sino que incluyera bastante materia para la reflexión, además de un buen puñado de risas (y momentos tiernos) en el lote.