06 julio 2012

Brindis con Grand Champagne a la luna de los charcos

Manolo Haro
Durante años, jovencitas despiertas y vigilantes a los nuevos aires literarios me han aconsejado la lectura —siempre inmediata— de la obra de Amèlie Nothomb, escritora belga-nipona de gran, dicen algunas, solvencia literaria. De eso ya ha pasado mucho tiempo y otros títulos han venido a engrosar la biblioteca Nothomb en estos últimos lustros. Me sorprende ahora ocupando portadas de revistas de moda en las que aparece con sombreros de Yohji Yamamoto, vestidos de Viktor & Rolf y gabardina de Vivienne Westwood, supongo que gurús del diseño internacional. El negocio editorial y los magacines de moda han sabido aliarse para mostrarnos a una mujer a la que los tiempos le han facilitado su presencia en las cubiertas de estas publicaciones: su aire afectadamente gótico y sus raíces japonesas la convierten hoy día en una autora de indudable contemporaneidad para el farandulesco negocio editorial.
Con ese movimiento de placas tectónicas que supone encajar un nuevo autor en la "corteza" que cada uno considera canónica, intenté instalar en su momento a la citada escritora en ese territorio de cuencas, valles y mesetas del Parnaso. Leído lo leído (Metafísica de los tubos), contemplé indolentemente que es éste otro nombre para guardar en el habitáculo estanco del observatorio sísmico de las veleidades creativas, allí donde quedan alojados otros vapores de solfatara que perfuman las mesas de novedades.
La Metafísica de los tubos es una novela corta entre lo cutre-kafkiano y la bonhomía bienpensante dignas de Bariccos, Rivas, Tabucchis y otros pájaros babélicos. En resumen, la novela cuenta los avances vitales de una niña, hija de un diplomático belga en Japón, que toma conciencia de tubo desde sus más tempranos parpadeos. Esta situación acaba con la llegada de su abuela a la ciudad de Kobe para visitar y observar de cerca tan increíble fenómeno. Los padres quedan estupefactos al ver como "su tubo" sale de esa condición por el simple hecho de encontrarse con el placer, materializado en una tableta de chocolate blanco que le da a probar su abuela. A partir de ahí se narrarán su relación con dos asistentas japonesas que personifican el bien y el mal respectivamente; el intento de suicidio truncado; y el deseo de la protagonista de no separarse nunca de la cultura japonesa. Todo ello con el contrapunto de fondo de un repaso a las incursiones occidentales en el país durante la 2ª Guerra Mundial.
En fin, para ser sinceros, no se le negará a la obra algún fogonazo desvaído al final de un túnel de intuiciones líricas, aunque todo se queda bajo la forma de una filosofía (de ahí lo de "Metafísica") licuada sin apenas desarrollo, algo que agradará a lectores de fin de semana, a horteras (con su antigua acepción de dependiente de tienda) y a otras almas cándidas que bailan al compás de los suplementos culturales de signo progresista. Sinceramente, no llegué a sentir la ironía del surrealismo ni las audacias de lo simbólico, tal como dice la crítica especializada.
De la revista que citaba arriba extraje una serie de hábitos "nothombianos" que pueden dar ciertas claves para las nuevas generaciones de artistas literarios: escribir de 4 a 8 de la mañana, desatascar el magín con un litro de té, no tocar una tecla –todo a mano– y gastar los derechos de sus obras en –según ella– el acto ascético de beber Dom Pérignon de 1977, Laurent-Perrier Cuvée Grand Siècle o Cristal Roederer. Ojalá el consumo de estos Grand Champagne surtieran el mismo efecto sobre ella que el whisky en William Faulkner.  Stendhal, en una celebre frase dirigida a Merimée, decía: “Escribir no es apuntar; escribir es disparar”. Aquella tarde de lectura la desperdicié en el campo de tiro, mientras que el practicante sólo atinaba a mirar por encima del cañón, sin intuir apenas la diana al fondo del pasillo.

05 julio 2012

A diestro y siniestro

Jesús Cotta

Estado Crítico adereza vuestro verano con los libros que menos gustan a los estadistas. En mi caso, no voy a hablar de un libro en concreto, porque los libros que no me gustan no los acabo y, si, después de acabarlos porque no tenía más remedio, no me gustaron, no los recuerdo y no me dan para una reseña. Además algunos de esos libros sí que les gustan a otros de cuyo criterio me fío mucho. Por ejemplo, yo he empezado varias veces la lectura del Ulises de Joyce, pero no puedo con él. Y cuando tenía catorce años, me mandaron en el insti leer El viejo y el mar, pero cuando vi que el viejo se pasaba casi todo el rato en la barca, me comencé a saltar páginas y, claro, suspendí el examen. Y ahora no tengo ganas de retomar esa lectura. Pero nunca diré que son dos libros malos.

No es mi estilo dedicar una reseña a lo que no me gusta, sino a lo que me gusta. Pero “aliquando et insanire iucundum est”, que decía Séneca: a veces es agradable hacer una locura. Y por eso voy a decir, con toda ligereza y sin sentar cátedra, qué tipo de literatura me produce el bostezo (y que conste que lo hago dando rienda suelta a mis prejuicios y gustos, sin pasarlos por el tamiz de la lógica y la prudencia. Perdonadme, pues, y que sólo siga leyendo quien tenga humor y espaldas anchas y ganas de leer más juicios de valor que razonamientos):
           
            -la literatura femenina
            -la literatura comprometida
            -la novela pseudohistórica
            -la literatura sólo erótica
            -la literatura alegórica
            -la literatura que invita al suicidio
            -la novela tolkienizante
            -y la poesía incomprensible.

En cuanto a la primera, la literatura no debería ser ni masculina ni femenina, sino, sencillamente, buena, pero dado que esa etiqueta se usa mucho, la voy a pisotear un poco. No soporto esos personajes femeninos que están en la edad madura y necesitan huir de un marido mediocre o malo y de una vida doméstica asfixiante y entonces comienzan a hacer locuras. Comprendo que muchas mujeres hagan eso, pero en literatura me aburren. Yo le agradezco infinito a mi madre que estuviera siempre en su sitio, que no dijera que necesitaba realizarse y dejarnos de lado a sus siete hijos y que abandonara a mi padre por el butanero. A ese hecho debo toda mi felicidad y mi cordura. Como profesor se me parte el corazón al comprobar los perniciosos resultados que en los chicos produce el tener unos padres más pendientes de su realización personal que de su matrimonio y sus hijos. Tengo la impresión de que esas novelas las suelen leer dueñas de un blog con mariposas y mujeres con alas y pelo al viento. Comprendo que para muchos sea literariamente más interesante una mujer haciendo tontadas que una mujer sacando adelante a su familia con amor y sacrificio, pero a mí me interesa literariamente más Penélope que la prota de La pasión turca de Antonio Gala.

De la literatura comprometida puedo decir que es un corsé que sienta mal a casi todos los escritores y del que sólo sale airoso, alguna vez que otra, algún genio que otro. En pintura tenemos genialidades como el Guernica y en cine El acorazado Potemkin. En literatura, a ver, dejadme que piense... algunos poemas de Maiakovski, Ritsos y Miguel Hernández. Sí, ya sé que me estoy dejando muchos buenos y sociales en el tintero (Sender, Celaya, Casona, etc.), pero tengo prisa. De todos modos, lo que me gusta de esos poetas no es lo social, sino su vigor, sus imágenes, su estilo, que hacen grandes cualquier tema. Otros escritores escriben literatura comprometida, porque, ya que ellos no son grandes, escogen un tema grande, a ver si así los leemos. A mi entender, el objetivo de la literatura, como de todo arte, es la belleza, no la lucha social. Y el buen escritor es capaz de encontrar belleza en todo, incluso en la lucha social, a pesar de lo fea que es. Si “El niño yuntero” de Miguel Hernández conmueve es porque se centra en el sufrimiento de un niño. Si hubiera hablado de los medios de producción y de las comunas, habría sido un poema de ocasión. Eso no significa que la lucha por la justicia no sea necesaria en el mundo real. Lo es, como el comer o el dormir, pero su género ideal no es la novela o la poesía, sino el ensayo o el artículo o el panfleto.

¿Y qué decir de la novela pseudohistórica? ¿Qué decir del morisco de La mano de Fátima diciéndole a una cristiana en la cama: libérate, abandónate a tus sentidos? Se escriben muchas de esas novelas con afán pedagógico, porque es más díver aprender cómo se construye un castillo en una novela que en un tratado de construcción, o con afán presentista, es decir, para justificar mediante el pasado cosas del presente, por ejemplo, denostar la Reconquista presentando como brutos a los cristianos y como refinados a los musulmanes.

Otro muermo es la literatura sólo erótica, es decir, esas novelas donde lo más interesante que pasa pasa en la cama. "Amoavé": si Homero no contaba en la Ilíada cómo se lo montaba Aquiles con Briseida en la tienda de campaña, es porque todos sabemos que un hombre y una mujer en la cama suelen hacer más o menos lo mismo de siempre. Comprendo que, a veces, para aderezar una novela, uno ponga escenas subidas de tono, pero una novela que siempre está subida de tono aburre un montón, a no ser que ofrezca un plus a cambio: por ejemplo, una atmósfera envolvente, un lenguaje magistral, unas sugerencias inquietantes, etc, pero con sólo gemidos y posturas se aburre uno. Quizá nuestros tatarabuelos las disfrutaban más, porque no tenían Internet, pero ahora esas novelas están muertas y son los últimos coletazos que, en literatura, ha dado la época del destape postfranquista, cuando los quioscos se vistieron de color carne. Las mejores novelas eróticas son buenas no tanto por el erotismo, sino por otras cosas, como Elogio de la madrastra  o Lolita, si es que es acertado considerarlas eróticas.

Respecto a la literatura alegórica, el Apocalipsis de San Juan es lo mejor que se ha escrito jamás. Las demás suelen ser un rollo macabeo, donde resulta que el pescador representaba al capitalista, el pescado los bienes de consumo y el niño pobre al proletariado, o donde el viaje emprendido por el prota es en realidad símbolo de la vida. Oh, qué ingenioso. Pues tradúzcamelo usted, señor Coelho, en varios aforismos y ahórreme la novela.

La que menos soporto de todas es la literatura que invita al suicidio. La suelen escribir personas amargadas que quieren inocularlos su asco por la vida, pero que nunca se suicidan. Yo jamás mandaría a mis alumnos leer la Metamorfosis de Kafka, por muy buena que sea. Ya tendrán tiempo de amargarse cuando tengan que soportar a un jefe y pagar la factura de la luz. Mientras tanto, es mejor que lean novelas más luminosas. Recuerdo que me regalaron en cierta ocasión una novela de Saramago, que no es precisamente unas castañuelas, y tuve que sepultarla bajo los escombros porque sólo de ver la portada me daban ganas de no levantarme de la cama.

La novela tolkienizante es una plaga. Pero hay que recordar que Tolkien es Tolkien y lo demás son tonterías. Si alguien quiere escribir novela fantástica, ¡por favor, que se deje de elfos y enanos y hobbits!

Pero lo que menos soporto de todo es la poesía incomprensible. No me refiero a la poesía que no se entiende, sino a la poesía que no transmite, por muy correcta que sea. La poesía tiene que llegar al corazón antes que a la cabeza, pero si la cabeza no la entiende se queda en el papel y el corazón sigue tal cual. A veces uno lee poemas donde lo más hermoso que hay, tras trescientos versos, es alguna imagen o sólo el título del poemario. Lo demás es el arte de no decir nada con muchas palabras, eso sí, muy bien medidas y puestas. No diré nombres, para que nadie se enfade. Pero sí diré a qué tipo de versos me refiero:

“Posada de Mac Perry.
Turbiamente la ausencia
liberada en la sombra
del cosaco y el alba
encerrando en el cóctel de la pálida mano de la amante de Sotheby.
Oh, alondra, en el número doce de Peartmont Road”.

¿Mande?

Y le doy al botón de publicar ahora mismo, no sea que me arrepienta de todo lo que he dicho.

04 julio 2012

Desde el Infierno

José Martínez Ros

Durante buena parte de esa segunda vida -en muchos aspectos, más satisfactoria que la real- dedicada a los libros, de mi existencia como lector, fui prácticamente omnívoro: lo devoraba todo, desde best-sellers internacionales a dramas terruñeros, de comedias ambientadas en la campiña inglesa a obras de, por aquel entonces para mí, autores indios y orientales… con ciertos mínimos. Digamos, para explicarlo con ejemplos prácticos, que, si bien, no soy capaz de pasar de la segunda página de El código da Vinci o Crepúsculo, si he disfrutado notablemente de tochos de Stephen King (que me sigue pareciendo un gran escritor,  y prueba de ello es que su librito Mientras escribo es uno de los más amenos y útiles manuales de narrativa jamás publicados), Robert Ludlum, el galo Jean-Christophe Grangé, el sueco Larsson o, incluso, cuando era muy joven, de alguna novelilla de aventuras de Vázquez-Figueroa.

Pero, como sucede con otros muchos lectores (en particular de aquellos que, además, intentan realizar una labor creativa propia), hay un tipo de mala novela en particular que no soporto: la mala novela con pretensiones, la basura retórica, la mierda literaria con absurdas pretensiones de grandeza; y entre todas con las que me topado de esta desgraciada categoría, hay unas cuantas cuyo recuerdo aún me sigue provocando escalofríos como, por ejemplo,  la patriótica y absurda Un día de cólera y la patética La piel del tambor de mi paisano, el académico Pérez-Reverte, o una burda imitación de Cela titulada Más de mil bestias atadas en un punto, obra de un ignaro cordobés de apellido Gutiérrez, la muy ridícula Un tranvía en S.P. de Unai Elorriaga o… bueno, mejor no sigamos (pero huyan de todas ellas, ¡huyan!). De entre todas querría destacar una,  no sólo porque es horriblemente mala, un terrible ejemplo de pésima escritura, quincallería retórica y absoluta incapacidad para estructurar una trama o crear unos personajes convincentes, tridimensionales, sino porque, además, recibió  el Premio Primavera de novela y, algunos meses más tarde, nada menos que el Nacional de narrativa.

Hablo, por supuesto, de La vida invisible de Juan Manuel de Prada.

Quiero indicar, ante todo, que yo no tengo nada personal contra el novelista de Prada, al que no conozco personalmente, pero con el que, si no me equivoco, comparto algún amigo cercano. A pesar de sus un tanto alucinatorios artículos en el ABC, que parecen  previos no sólo al Concilio Vaticano II, sino incluso al de Trento, de 1545,  me consta que es una persona culta,  que aprecia la buena poesía y el buen cine. Añadiré que mi primer contacto con su obra, La tempestad, Premio Planeta, no fue, ni mucho menos, tan espantoso. Era aquella una novela de intriga de ambientación veneciana, que giraba, como tantas otras de la época, en torno a un cuadro misterioso. A pesar de que ya se notaba la tendencia del autor a la sobreescritura, a empozar sus frases de adjetivos y arcaísmos,  la recuerdo bastante entretenida, si uno obviaba que todos los personajes estaban edificados a base de tópicos, tópicos y más tópicos y alguna que otra página en la que la prosa pretendía elevarse y terminaba siendo hilarante (todo el primer capítulo es un tremendo plagio de Javier Marías, por ejemplo, cosa que el propio Javier Marías se encargó de señalar, con su insistencia e iracundia habitual).

Pero a La vida invisible no  hay manera de salvarla. La novela, que se pretende un descenso a los infiernos, nos relata confusamente, según recuerdo,  las peripecias de un escritor de provincias español, que viaja por algún motivo que no recuerdo a Chicago. En el viaje coincide con una especie de 'femme fatale' con la que tiene un más bien desastroso encuentro sexual de consecuencias catastróficas: la muchacha se prenda de él y comienza a acosarlo, a pesar de que él está casado o prometido o algo semejante (el sexo no santificado por el matrimonio es malo, ¡malo!). Entretanto, conoce a un sujeto que le relata la vida de una 'pin-up' norteamericana de los cincuenta o sesenta, no sé muy bien por qué: su historia de ascenso y decadencia era muy convencional -nada que no hayamos visto en tropecientosmil telefilmes- y, supongo, que pretendía servir como espejo y contrapunto de la historia principal, cuya moraleja -sí, en las novelas de de Prada hay moraleja- se podría resumir en: si caes en el vicio, en particular en los vicios carnales, recibirás a su debido tiempo el castigo. Pero, en realidad,  no vale la pena dedicar mucho espacio a explicar la sinopsis, el argumento, por muy rancio y sobado que parezca, ya que se encuentra subsumido, aplastado y realmente invisible  bajo los excesos retóricos del autor, que por momentos parece transformado en una versión lobotomizada del difunto Francisco Umbral, entregado en cuerpo y alma a una oda a lo que Marsé llamaba “la prosa sonajero”. Todos los defectos citados en relación a La tempestad aparecen multiplicados y la novela padece de tal arritmia e hinchazón de páginas que, sólo con muchos esfuerzos, resulta legible (algún tiempo después, vi pilas de ejemplares en la sección de saldos de la Casa del Libro). Como anécdota final, diré que leí ese libro -con una cariñosa dedicatoria- por petición expresa de una señora que ocupaba un cargo de cierta importancia en la vida cultural de este país, a la que estaba vinculado por motivos académicos y que acababa de recibirla enviada por el propio autor.  Ya que andaba muy “liada” para leerla inmediatamente, me solicitó, poco más o menos, que lo hiciera por ella y, después, le explicara “de qué iba” y “si merecía la pena”.  Y  yo, joven e ingenuo, acepté sin saber aún lo que me esperaba…

03 julio 2012

De culos y témporas

Ilya U. Topper

Si uno curiosea las estanterías de una amiga culta, guapa y sexy, y se encuentra un libro llamado Diario de una ninfómana, escrito no por un alcohólico norteamericano en París sino una francesa joven que vive en Barcelona, y que además juega con el claroscuro de unas tetas en la portada y una tipa con melenita rubia en la solapa, no tiene opción. Hice lo que ustedes habrían hecho. No, no, me refiero a que le pedí el libro prestado. Es más: ella misma me lo ofreció antes de que dijera nada. Con una advertencia: “Lo he dejado en la escena del polvo en el cementerio”.

Página 35: un poco pronto para dejar un libro de 300 páginas. Una muestra de su inteligencia, uno comprueba al cabo de éstas. Esa escena, irreal donde la haya, más apto para una fantasía que un supuesto diario, es lo mejor del libro. Sin ser buena. Sin pasar de lo más trillado, sin dejar de ser el ejercicio escolar de alguien a quien aún le falta leer Anaïs Nin, para saber cómo compaginar los adjetivos “erótico” y “literario”. Pero al menos hay lo que se llama ambientación. En las páginas anteriores, los tres polvos con desconocidos -bueno: un polvo y dos chupadas en el metro- así, por las buenas, porque sí, sin mediar palabra, intentan justificar el título, pero dan menos en el blanco que un ‘bukkake’ de espásticos. Ahora ustedes mirarán en internet el significado de 'bukkake' y la hemos liado. No se preocupen: probablemente, la autora tampoco lo sepa, al menos no hay escenas en los que tenga remota necesidad de saberlo. Aparte la escena del cementerio, el sexo de la protagonista es estrictamente parejil.

No dan en el blanco, estaba diciendo, porque no se puede escribir bajo el título de “ninfómana” y poner “22 de marzo de 1997. Hoy, cuando he salido de mi casa, he visto a un tipo en la calle y sólo con dos miradas, decidimos hacer el amor. Una vez en la habitación...” Porque una vez en la habitación, todo lo que haga la protagonista se asemejará, necesariamente, a lo que cualquier mujer hará con cualquier hombre. En las seis palabras “y sólo con dos miradas, decidimos”, Valérie Tasso se ha cargado la novela. Si había que escribir sobre una ninfómana, había que explicar cómo elige entre los miles que pasen, por qué mira a uno y no a otro, qué pasa durante estas miradas, que ocurre en su cerebro, en su coño, en su estómago. Este es un consejo de las páginas web tituladas “Cómo escribir un relato erótico sin que la profe del taller literario me tome por imbécil”.

Pero no. A la protagonista no le ocurre nada antes de decidir hacer el amor. Para eso, el libro podría llamarse “Diario de una monógama” y ustedes no se darían cuenta de la diferencia. “Me aparta las bragas, me toma así...” Sí: escribe: “me toma” y no hay traductora a la que echarle la culpa. Todo lo que ocurre durante una página de polvo con un desconocido es epidérmico: lo que ustedes pueden ver cuando ven una peli porno mala en un canal local rodado con desaficionados.

De todas formas no hay más. A partir de la página 35, o así, van pasando revista los amantes fijos (hombres de negocios ricos, poderosos, elegantes) y los ligues ocasionales (guías de viaje guapos, musculosos y exóticos) de la protagonista. Hasta aquí, la novela es mala con... iba a poner, a la andaluza manera, el nombre común que reciben los que Forges llama cuasi esferoides. No hay equivalente femenino en esta acepción, ni lo merece la ocasión. Y aún no han visto nada: la protagonista, al contrario que Mae West, cuando es mala, es mala, pero cuando se vuelve buena es mucho peor. Y eso es precisamente lo que le pasa: en la página 100 va y se enamora. No de un ligue cualquiera, no. Sino de un hombre de negocios rico, poderoso y elegante, o que finge serlo, porque resulta que es mentira.

Les ahorraré el calvario, pero la autora no tuvo corazón de ahorrárselo a su personaje: le hace pasar con todo lujo de detalles por una espiral de engaños, maltratos psicológicos, lloriqueos, estafas profesionales y, se lo aseguro, recaídas. Sí, pensaría uno que una tipa capaz de ligarse a desconocidos en la calle tendría un poco más de lo que las psicólogas llaman autonomía emocional frente a un estafador profesional de doncellas con doble vida, esposa engañada y desfalcos bancarios incluidos, pero se ve que no. En fin, ‘se non è vero è mal trovato’. ‘Se è vero’, si realmente esta historia de masoquismo emocional está basado en hechos reales, es para darle dos hostias (estrictamente terapéuticas, tipo las que se dan para despertar a alguien inconsciente) a la que hizo de modelo para la prota. Si está inventado, las hostias son para la autora.

Sobre todo porque para una vez, nos podríamos haber enterado de por qué hay chicas que se quedan enganchadas a un estafador y maltratador profesional cuando ya lo han descubierto. Siempre pensábamos que seguramente el tipo en cuestión debe de follar como dios, no hay otra explicación, no va a ser por las flores que regala después. Claro, eso queda feo decirlo en los tratados de psicología, pero una novela sobre una ninfómana era el momento de explicarlo ¿no? Ah, pues resulta que el tipo hasta folla mal, pero que a ella no le importa. Ver para creer.

En fin, quizás toda esta historia sea necesaria para explicar cómo una tipa independiente con un buen trabajo se queda en la ruina, sin una puta peseta y que para remediarlo se mete a ídem. Sí sí, mucha secretaria políglota acostumbrada a vuelos transatlánticos, pero ahora prefiere el burdel para pagar sus deudas (y eso, antes de la crisis). Creo que puedo ahorrarles las 100 páginas de anécdotas de puticlub, un poco de mal rollo con las compañeras, un poco de sadomaso, un poco de obsesos, un poco de amenazas del chulo, y me encantaría ahorrarles el final, ese del hombre de negocios rico y guapo y sexy e italiano que aparece para salvar a la pobre chica caída, llevársela lejos de los demonios y demostrarle el amor verdadero. “He sido una mujer promiscua”, termina el diario.

Señorita: no es lo mismo ser promiscua, que es una opción de vida, que ser ninfómana, que es una patología, que ser puta, que es un trabajo. Díganos la verdad: que usted quiso escribir un libro sobre una chica desgraciada que tras ser explotada por un estafador se tiene que meter a puta para pagar sus deudas, y en la editorial le han dicho que desde Balzac, eso ya no vende y que para poder sacar decenas de ediciones en tres idiomas había que meter en la portada algo atractivo, algo con “ninfómana”, y usted, bueno, usted dijo que sí, que vale, y metió 35 páginas más al principio y unos polvos con desconocidos en el metro, y lo del cementerio, y listo: ya había echado por tierra, en el tiempo que cuesta teclear 35 páginas y cambiar un título, con décadas de trabajo feminista para aclararle al personal que a las putas no les suele encantar follar con desconocidos y que las mujeres a las que les encanta follar con desconocidos no son putas. Hacer algo así para conseguir ser rica y famosa, eso sí es prostitución ¿ve? Nada que ver con ser ninfómana.

02 julio 2012

“Píntame un cordero”


José María Moraga

Durante la primavera de 2008 nos desayunábamos con una fascinante noticia: Horst Ripper, oficial de la Luftwaffe, confesaba después de 64 años que el mismo día en que desapareció el escritor/aviador francés Antoine de Saint-Exupéry, él iba pilotando un caza Messerschmitt Bf 109 y que derribó a un P-38 Lightning (el avión del francés) en el teatro del Mediterráneo. “Blanco y en botella”, vamos. Algún bloguero se hizo eco entonces de lo que debió suponer para el abuelete alemán la carga moral de saberse el verdugo del buen rollo, pero yo tengo que decir -dijimos que íbamos a ser políticamente incorrectos, ¿no?- BRAVO, y que salvo la muerte de Exupéry (que deploro, como todas las muertes, y más en guerra a manos de un nazi), a lo mejor aquel fatídico día la Humanidad se salvó de tremendos bodrios literarios ulteriores.

Sé que el anterior párrafo me condena automáticamente al infierno literario, humano y social. Quería hacer mi anti-reseña de la novela Stone Junction (1990) de Jim Dodge y advertiros que no la leyeseis bajo ningún concepto, pero la atracción de los clásicos es demasiado poderosa (“clásico” según el DRAE: “Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”) es demasiado poderosa, ejercen un influjo tenaz cuando se nos presentas como modelos a seguir y como guías de vida, espejos, brújulas, hojas de ruta (inserte aquí su metáfora). Demasiado poderosa, digo, para desperdiciar mi anti-reseña con una obra tan reciente, habiendo como hay en el canon contemporáneo atrocidades como ciertos pasajes de James Joyce y Thoreau, o sin ir más lejos el tan cacareado El Principito (1943) de Saint-Exupéry. Lo mejor que se puede decir acerca de El Principito es que no es Vuelo nocturno (1931) -otro del mismo autor sobre sus soporíferas peripecias como aviador- y esto ya es decir algo. A partir de ahí…

Estoy sujeto a vuestra discrepancia: tengo una alfombrilla de ratón con el pajizo muchacho de los ojos de búho, vivo rodeado de marcapáginas con su efigie, confieso que me compré el libro en francés y todo, para poder practicar (y comprobar si en el original era más pasable). Si os gusta la papilla, lo engulliréis con deleite. Si os ponen Paulo Coelho o Jorge Bucay, no busquéis más, amigos: este será sin duda vuestro libro. Estoy sujeto a crítica y a que me vilipendiéis. Porque… ¿a quién no le ha salvado la vida El Principito? Con su candor, con sus anécdotas sobre zorros, rosas, locos en planetas y faroleros… Uno de mis primerísimos recuerdos de la infancia es el de tener 3 años, estar hablando con mi padre durante una de aquellas interminables siestas estivales sevillanas y que él me enseñara los afamados dibujos de Exupéry del elefante engullido por una serpiente, el cordero en una caja, etc. Recuerdo no haber entendido nada y haber pensado “¡Menuda gilipollez!” Claaaaro, son cosas de mayores, de espíritus cultos (en el sentido etimológico), todavía no lo puedes entender.

La buena noticia es que más de tres décadas después aquí sigo, y aquello continúa pareciéndome la misma gilipollez. Otro “trauma” infantil: mi profesor de 4º de EGB leyéndonos el dichosito libro en clase (íntegro, en voz alta) durante las tutorías, supongo que para rellenar el tiempo. ¡¡¡Pues que se hubiera puesto a leernos el listín telefónico!!! No soy insensible a la belleza ni a la poesía. No soy persona que rehúya las metáforas; antes bien, en mi vida cotidiana ando a la caza de esas oportunidades especiales que nos hacen comprender las cosas más allá de las formas de conocimiento racionales. Pero no se debe confundir “profundo” con “vacío” ni “original” con “poético”, y -aquí me zambullo de lleno en el ámbito de la opinión personal- poco o nada descubro en El Principito que lo haga merecedor del estatus clásico del que disfruta.

Recuerdo infinidad de libros infantiles que me marcaron mucho más (y me han sido más útiles para la vida): cómo olvidar la saga de Fray Perico y su borrico, iniciada en 1979 por Juan Muñoz Martín, Las aventuras de “La mano negra” (1965) de Hans Jürgen Press o aquel Robi, Tobi y el aeroguatutú (1967) de Boy Lornsen –y as del aire por as del aire, Lornsen también había sido piloto de la Luftwaffe-. Pero El Principito me falla como literatura infantil (pedante, fatuo, falto de acción, incomprensible sin resultar misterioso) y como obra alegórica (deslavazado, pretencioso, excesivamente edulcorado). No voy a negar que haya pasajes memorables, aunque sea por su absurdez, como el del sombrero-elefante, pero nada que no pueda ser igualado o superado por el típico chiste visual de “un picador montando en bicicleta”.

De esta manera, un librito más o menos amable, que de carecer de pretensiones hubiera pasado por una lectura deliciosa e insustancial para una tarde de verano se convierte en una “biblia del Buen Rollo” (Porerror dixit) y trata de remontar el vuelo, se eleva, se eleva… cual Ícaro alado surca los cielos en pos de las más altas cotas de excelencia, pero allá entre las nubes se encuentra -¡ay!- con los cañones de 20 mm de un Bf 109 alemán y entonces el sueño de la bonhomía universal se desmorona.