15 junio 2012

III Aniversario de "Estado Crítico"

Aquí estamos de nuevo, 15 de junio, para celebrar un año más de vida. Estado Crítico nació hace tres años con clara vocación de continuidad pero ni en los mejores sueños hubiésemos imaginado que la aventura aguantaría tanto tiempo.


Pero no es sólo tiempo lo que se ha conseguido en este año, pues muchos consideramos que en los últimos doces meses este blog ha alcanzado su madurez gracias a la incorporación de nuevos "estadistas" que han refrescado la nómina de críticos y a numerosas iniciativas tanto en la red (Twitter) como fuera de ella (presentaciones de libros).

Algunos eventos se repiten, como nuestros premios anuales -no exentos de polémica- que han recibido más difusión que nunca. Y otros, como la reciente semana dedicada a la literatura italiana, han surgido de forma espontánea.

También la prensa digital se ha hecho eco de nuestra labor y la misma ha sido reconocida por algunos insignes actores dentro de eso que llamamos "la blogosfera literaria española", concepto que este año ha sido debatido en la red hasta la extenuación.

Desde nuestro punto de vista, ha sido este tercer año el más excitante en cuanto a propuestas y a visibilidad, por lo que queremos celebrarlo con una nueva tanda de reseñas conmemorativas, solo que esta vez versarán sobre aquellas obras más denostadas y vilipendiadas por los estadistas, ya sean clásicos supuestamente incontestables o, directamente, bodrios literarios sin justificación alguna. Procuraremos ser políticamente incorrectos y sangrantes en nuestras valoraciones, así que estad atentos a las próximas semanas porque se anuncian turbulencias críticas.

Por último, esta labor desinteresada no tendría sentido sin vosotros los lectores, comentaristas, prescriptores, autores y gestores culturales que entráis por aquí de vez en cuando. Gracias de nuevo por vuestro apoyo y que entre todos cumplamos muchos más.

14 junio 2012

Una de judíos


Viento de primavera

Hubert Haddad

Demipage, 2011

ISBN:
978-84-9271-925-9

80 páginas

12 €

Traducción de Purificación Meseguer



Ilya U. Topper

Creo que fue en Cádiz, en una época en la que Luis García Montero aún tenía pinta de ser un chaval de COU (¿recuerdan cuando aún existía COU?) y en una conferencia para estudiantes cuando el poeta granadino advirtió a los potenciales candidatos al oficio de escribir de que el infierno de la literatura está lleno de buenas intenciones. Luque y yo, que éramos candidatos, y por lo pronto practicábamos el arte de juntar letras intercambiándonos mensajes en papel para evitar molestos susurros, estábamos considerando las probabilidades de acabar en aquel infierno, pero nos consolamos cuando reconocíamos un rasgo esencial de nuestro carácter: no teníamos buenas intenciones.

Tengo la sospecha, sin embargo, de que Hubert Haddad sí las tiene. Al menos ésta es la sensación que a uno se le queda leyendo Viento de Primavera. Claro que es difícil, imposible, juzgar a un escritor con 24 novelas y una decena de 'nouvelles' en su haber por una colección de cuatro relatos cortos. No hablaré, pues, del Haddad escritor sino del Haddad autor de este libro en concreto, a la espera de terminarme Palestina, tal vez una especie de contrapunto aunque voy sospechando de que aquel también está escrito con una excelente y loable intención.

Los cuatro relatos de Viento... giran en torno al drama de los judíos durante la persecución en la II Guerra Mundial. Sí, les escucho gemir ¿habrá violines y niños, pianos y gatos? Pues sí, lamento decirlo, pianos no, pero violines, niños y gatos sí. Y el imprescindible nazi que tal vez, sólo tal vez, fuera buena gente.

Mantengamos: son cuatro relatos de correcta factura, bien narrados, con su toque justo de realismo mágico, nieblas fantasmagóricas, recuperaciones del pasado, rostros transfigurados en otros. Una factura tan correcta, tan estupendamente hilada, que ya se convierte en previsible. Pero tal vez sea imposible hacer algo que no sea previsible cuando se agarran los manidos mimbres del drama de la persecución judía en Europa Central.

Le intuyo a Hubert Haddad una doble intención (bueno): es judío, pero judío bereber, un magrebí criado en Francia. Es decir que no es suyo el universo de los judíos asquenazíes (= alemanes), que hoy domina todo el concepto del judaísmo y ha borrado de la conciencia la historia de los demás colectivos judíos. Pero entendemos la necesidad del escritor de acercarse a ello, descubrir, mediante el propio  teclado, el mito que desde 1945 domina ya para siempre todo lo que tenga que ver con este rasgo de su identidad. (Ya lo dijo el pensador israelí ortodoxo Yeshayahu Leibowitz: la religión judía ha muerto; hoy, lo que une a los judíos es el Holocausto).

No me entiendan mal: con mito no quiero decir que la persecución de los judíos durante la II Guerra Mundial no constituya una realidad, sino que, además y de forma paralela, constituye un complejo de ideas que ya tiene vida propia, desgajado de la realidad aunque similar a ella, más o menos como la vida de los 'cowboys' en el Far West americano, que ha sido fuente tan inagotable para cine y novelas.

Y Hubert Haddad entrega una correcta remesa de relatos del Far East europeo: están ahí todos los elementos necesarios, el otoño, la nieve, los ojos de un niño inocente. Nada que se salga fuera de los cánones del sector. Nada que rompa.

Eso sí: Haddad añade una pincelada propia (en dos de los cuatro relatos): el drama de los gitanos. No porque también fueran perseguidos, con la misma saña que los judios, sino porque hoy en Francia siguen siendo perseguidos, rechazados socialmente, expulsados. El escritor insinúa aquí un cierre de espiral, una advertencia, una llamada de atención: no se trata simplemente de recordar una desgracia histórica sino de extraer una enseñanza, quedarse con la moraleja, recordar lo humano, ayer y hoy.

Está bien hecho, repito. Es conmovedora la escena en la que el anciano judío y el crío gitano por fin tocan juntos violín y acordeón en una calle de un suburbio de París. Ay, me doy cuenta de que les acabo de contar el final. En fin: desde que el lector ve asomarse los dos instrumentos, el desenlace era, qué quieran que les diga, previsible.

13 junio 2012

Amores perros


La niña que hacía llorar a la gente

Carlos Pérez Merinero

El Garaje, 2011

ISBN: 978-84-938214-6-3

390 páginas

20 €






Fran G. Matute

La muerte de Carlos Pérez Merinero, en enero de este año, tuvo relativamente poco impacto en la prensa literaria. Sólo unos pocos seguidores de renombre (Rafael Reig, por ejemplo) y algunos foros especializados en novela negra se hicieron eco del fallecimiento de este sevillano pionero en el género criminal de este país. Personalmente, debo reconocer que soy un recién llegado al mundo de Pérez Merinero y precisamente por eso me erijo como un ferviente defensor de su figura tangencial dentro del mundo de las letras patrias. A Pérez Merinero llego tarde pero con ganas y sirva esta reseña de su última novela publicada en vida (desconocemos si habrá algo por ahí en los cajones de algún editor avispado) como sentido homenaje al autor de Días de guardar (1981), probablemente la novela más cafre de cuantas se han escrito en este país antes llamado España. 

Me gusta citar a las fuentes y por eso debo el descubrimiento de este autor a nuestro estadista Alejandro Luque, esa enciclopedia andante que con su "erudición nunca avasalladora" (Paco Camero 'dixit') me mostró los orígenes del 'noir' ibérico. Carlos Pérez Merinero es, evidentemente, un escritor de la periferia pero es también, en muchos aspectos, una especie de padre literario. Nos cuesta concebir la literatura del citado Reig o, por qué no, del propio Montero Glez sin la existencia de Merinero. Un autor 'pulp' pero con enorme personalidad y estilo en su prosa, construida sobre monólogos intensos como hace en La niña que hacía llorar a la gente. Un soliloquio sin pausas de cerca de cuatrocientas páginas en los que el autor/protagonista juega con la metaliteratura de su propio argumento. Un criminal de esos que lo son más por omisión que por acción que confiesa sus pecados en una narración detallista en la que constantemente se está -permítanme que tome prestada la expresión de otro insigne estadista- "ventilando la tramoya". Un ejercicio postmoderno que puede llegar a resultar agotador por repetitivo pero que en ningún momento resta emoción a la historia que nos cuenta Pérez Merinero en esta novela.

Podríamos discutir, eso sí, el acierto de un título como La niña que hacía llorar a la gente, más propio de esas sagas policíacas tan exitosas que se publican en el norte de Europa, así como el diseño de una portada a todas luces descorazonadora. Por no hablar de la descuidada edición de este libro, repleta de errores mecanográficos y alguna que otra errata imperdonable. Pero la verdad es que todos estos elementos otorgan mayor entidad a la novela, pues Pérez Merinero debe seguir siendo un autor 'underground', de novela de quiosco y así es como lo queremos recordar. Sin ínfulas de gran escritor devorado por el sistema. Un autor coherente del que podemos extraer conexiones sólo con mirar sus portadas. En Días de guardar lucía palmito una 'femme fatale' de gafas oscuras, que bien podría ser un trasunto de la verdadera "niña que hacía llorar a la gente", una actriz infantil, explotada en su juventud que decide romper con todo en venganza por un secuestro que sufrió en su pleno apogeo. Y así, en Sangre nuestra (2005) dos niños angelicales blanden un sangriento cuchillo. Y no podemos dejar de pensar en ellos como las verdaderas víctimas de esta novela. Porque La niña que hacía llorar a la gente va sobre secuestros, amores y perros; sobre una culpa indigesta y unos niños asesinados para saciar una venganza imposible.

Y luego está el componente cinematográfico, pues Pérez Merinero es, por encima de todo, un hombre de cine. Que su texto haga constantes referencias a un futuro guión de cine. Que la protagonista sea una actriz infantil del tipo de Marisol. Que muchas escenas hablen del punto de vista del director. Todo esto encaja a la perfección con la visión literaria del autor por ese bagaje audiovisual que trae consigo el que fuera guionista de obras importantes como Amantes (1991) de Vicente Aranda.

Puede que ya no vea la luz más material literario de Carlos Pérez Merinero, por lo que no nos podemos permitir que el llamado Jim Thompson español (aunque este título lo lleve hoy día a gala Carlos Zanón) caiga en el olvido. Rebusquen por las tiendas de segunda mano. O aprovechen la coyuntura y compren esta novela publicada por la afortunada editorial El Garaje porque pronto será una obra de culto. No digan luego que no se lo advertimos. 

12 junio 2012

La verdad indestructible

My favorite things. Conversaciones con John Coltrane

John Coltrane

Alpha Decay, 2012. Colección "Alpha Mini"

ISBN: 978-84-92837-50-2

108 páginas

9 €

Traducción de Isabel Núñez


Edición de Michel Delorne


Manolo Haro

Con el vals “My favorite things” que Rodgers y Hammerstein compusieron para Sonrisas y lágrimas consiguió John Coltrane en 1960 colocarse en una de las extrañas y paradisiacas islas que raramente conocen los músicos de jazz: vender 50.000 copias en un año. En una gira por Europa, cuando Coltrane tenía claro que seguir formando parte del grupo de Miles Davis lo limitaba como cosmonauta de la música y que habría de surcar solo los círculos concéntricos que lo llevarían a explosionar como instrumentista, Miles le regaló un saxo soprano, el mismo que suena en este tema y que Coltrane utilizaría junto al tenor a lo largo de su carrera. Un presente que a modo de emblema marcaría el final del mítico sexteto de Davis (Miles, Coltrane, Cannonball Adderley, Evans, Chambers y Cobb) y daría paso de alguna manera al “Classic quartet” con el que Coltrane iba a revolucionar su música, el concepto de cuarteto y la sinuosa historia del jazz. Con McCoy Tyner (piano), Elvin Jones (batería) y Jimmy Garrison (bajo) consiguió un ventajoso contrato con la compañía discográfica Impulse! y sacar así de su magín lo que algunos críticos consideran sus mayores obras.

Con el prometedor título de My favorite things. Conversaciones con John Coltrane la editorial Alpha Decay rescata las palabras del músico en tres entrevistas fechadas en el momento mágico del “Classic quartet”, cuando sus más grandes andanadas estaban logrando desestabilizar los principios del jazz. Él es consciente de, tal como deja dicho en una de estas conversaciones, que “el punto en el que nos encontramos en el momento presente marca el final de esa primera fase. Tal vez ha llegado el momento de otro abordaje” y ese abordaje resultó ser el cabo del que tirarían estos entrevistadores para intentar discernir hacia dónde dirigía sus pasos un estilo musical que seguía dando coletazos para no dejarse agarrar por las modas ni por las convenciones. Michel Delorme, Jean Clouzet y Claude Lenissois se acercan a un Coltrane de viaje por Europa en el primer lustro de los 60 con la mirada fascinada del que pregunta a un oráculo de carne y hueso que es juez y parte de lo que está creando en ese instante.

El libro muestra un Coltrane complaciente, sin poses. Cuando le preguntan si se siente cómodo bajo la etiqueta del “New Thing” con la que la crítica lo había emparentado con Eric Dolphy y Ornette Coleman contesta que sí. También admite que se adaptaría a los planteamientos rupturistas de Dolphy y Mingus, así como reconoce el valor del entusiasmo de Art Blakey y sus Jazz Messengers. Uno de sus entrevistadores le pregunta acerca de la gran piedra de toque del concepto político y comprometido de Coltrane: ¿músicos negros o blancos? Para él no hay preferencia alguna; se trata de un problema de individualidades, no de colores. Sobre su prodigioso trío McCoy-Garrison-Jones deja clara su preferencia por este porque le brinda una posibilidad de expresión que no había conseguido nunca con otras combinaciones. “Si conservo un bajista quiero que toque sin restricciones, es decir, que no se quede prisionero de una línea rítmica inmutable”. Miles Davis, cuando Coltrane ya se estaba yendo, aún alcanzó a meterlo en el estudio para grabar el saxo de Someday my prince will come con Hank Mobley mirando desde atrás del cristal. Mobley seguía la línea rítmica como un pollo tras el rastro de grano; Coltrane escarbaba bajo el grano. La “fase acordes” de su Giant steps estaba convirtiéndose en la “fase modal” que cristalizaría, uniéndose a lo que él mismo denominó más tarde “extensiones tonales”, en el A love supreme, iniciada, como el mismo músico reconoce aquí, por la influencia de Ravi Shankar. “Quisiera aportar a la gente algo que se parece a la felicidad”, admite, pero las reacciones hacia los modos de Coltrane fueron desde la euforia a una contenida frialdad. En en el Festival de Antibes de 1965 la única reacción que sacó del público fue un mosqueo importante tras tocar sin descanso las cuatro partes de A love supreme. Coltrane ya había llegado bastante lejos entre el 63 y el 65: Live at Birdland, Impressions, Crescent y A love supreme. El camino de vuelta era difícil, aunque siempre dejó entre sus temas de directo estándares cercanos al blues de los que había bebido y aún bebía su música (basta con escuchar con atención el Crescent), pero esa primera noche en Antibes no era día para regresiones.

John Coltrane, como Charlie Parker, pertenece a la estirpe de Orfeo, que baja al Infierno y busca entre las ascuas el sonido extraño de las profundidades. El orfismo, con su componente de cifra y magia, es posiblemente la esencia de una música que para su público se hacía cada vez más oscura y para ellos más luminosa. En la última sección del libro, una carta a Don Demichael del 2 de junio de 1962, Coltrane dice que está leyendo un libro sobre la vida de Van Gogh que le hace reflexionar sobre la “urgencia creadora”, la misma que sintió él cuando se desamordazó y le puso música al descenso imparable de su alma. Librito interesante para los "coltranianos" de pro, pero nada comparable con oír la voz de Coltrane en sus discos. Es ahí donde está la verdad y, como él mismo admitía, “la verdad es indestructible”.

11 junio 2012

Cuando la vida tampoco importa


Nada importa nada

Javier Salvago

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Arrecifes"

ISBN: 978-84-15039-80-8

68 páginas

12 €



Rafael Roblas Caride

Heredero directo del Gil de Biedma más inspirado, por parte del estilo, y del Manuel Machado más zumbón, por parte del ritmo, Javier Salvago (Paradas, 1950) reincide con este Nada importa nada en su pecado de narcisismo maldito, presentando un poemario que se estructura en cinco apartados de irregular extensión más un epílogo final, caracterizados -también es marca de la casa- por una evidente tonalidad elegiaca y por un cínico escepticismo que se acrecienta con la edad.

Formalmente, el volumen posee una estructura circular, abriéndose en su primer capítulo con una sorprendente sextina, estrofa que, en disposición especular, se repetirá en el apéndice lírico del poemario y que conforma a su vez el último apartado de este, con el título de “Final”. Mas si este “Final” constituye una profunda reflexión recapituladora sobre la vejez y la muerte, la sextina inicial puede calificarse como una autoconfesión metapoética del oficio literario. En ella, Salvago ahonda en su sentimiento vital y niega cualquier anclaje actual con el arte poética, sumergido en el hastío y en el desencanto: “Harto de la existencia, harto de todo, / de los sueños, del mundo y su sentido, / del tiempo, de ella y hasta de ti mismo”.

Esta postura nihilista es común para todo el libro y da a la voz de Salvago un personalísimo tono que fluctúa entre la amargura y la aceptación forzosa de un destino inexorable, que se convierte en certero presente una vez que el poeta es incapaz de detener el paso del tiempo y la cercanía de la muerte se vislumbra en el horizonte. De ahí nace también la mirada al pasado, el canto a lo perdido, la melancolía -que no queja- elegíaca.

El segundo apartado del libro es mucho más extenso y rememora, desde el presente actual, la juventud y los amores perdidos. Sin embargo, lejos del poeta elegíaco al uso, Salvago se enroca en el cinismo y en el humor que lo acompañan como compañeros de viaje desde sus inicios. Pronto el lector cae en la cuenta de que de “Aquellos maravillosos años” poco o nada hay salvable: “La juventud pasó. / Bien está lo que acaba. / No volvería a ser joven / ni aunque me lo pagaran”. El cansancio y el desencanto del presente son las lentes que enfocan ahora hacia el recuerdo y que fulminan la ilusión del muchacho que fuimos. Especialmente brillante me parece el repaso que el poeta realiza en “Imágenes” a su propia historia amorosa. Al término del recorrido sentimental, nuevamente aparece el destino funesto y pesimista del hombre detenido y vapuleado más por el ajetreo de la existencia que por el paso del tiempo: “Imágenes ya muertas del que fui, / según las circunstancias y los años, / que aún perduran, borrosas y amarillas, / como viejos retratos”.

En el tercer capítulo del poemario -dedicado no casualmente a Antonio y a Manuel Machado-, Salvago aprovecha para ahondar en su reflexión vital y apuesta por el acortamiento de la estrofa y por la densidad del verso. Nace así una poesía profunda y sentenciosa, que toma por modelo los “Proverbios y cantares” machadianos y que permite comprobar cómo el de Paradas se crece en las distancias cortas de la copla, de la soleá y del cantar popular. Como soberbio ejemplo, véase la siguiente súplica por soleares:

"Echa vino, tabernero,
que hoy me siento como un trapo
y quiero andar por los suelos.

Echa vino, tabernero,
hasta que ya no me acuerde
de quién soy ni por qué bebo."

O esta otra, que posee el eco calderoniano y el deje fatal de la vida vivida como sueño:

"-¿Qué es la vida... - Una ilusión
que nos mantiene dormidos
y atados a obligaciones
penosas y sin sentido."

Poco a poco, el libro se remansa presagiando el final. Así, el siguiente apartado regresa al pasado, centrándose esta vez en el territorio de la niñez. Y si al Buen don Antonio los recuerdos sevillanos se le aparecen durmiendo en un patio de limoneros floridos, para Salvago la infancia palaciega se concentra en la sordidez de la taberna, en las lágrimas del párvulo, en el perdido recuerdo de una joven madre que es el símbolo de aquel “[...] tiempo feliz, / amargo y dulce, primero, / sobre el que se extiende toda mi vida [...]”. Elegía amarga y dolorida marcada por la dureza de una vida adulta apurada al extremo.

El quinto apartado es una menguada serie formada por cuatro composiciones -dos sonetos, un poema de cuatro cuartetos  y una canción en cuartetas, todos ellos de rima asonante- que insiste en la problemática existencial, recurriendo al símbolo del retrato de Dorian Gray en la primera de ellas, y que culmina con la famosísima cita de Lennon: “La vida es lo que te pasa mientras tú te dedicas a hacer otros planes”, que Salvago reinterpreta así:

"La vida es ese tren
que silba y se te escapa,
mientras tú fantaseas
aburrido en tu cama."

Hartazgo y aburrimiento. Vida quemada como una colilla que desemboca en el poema final -ya indiqué anteriormente que también en sextillas- dedicado expresamente a Aubrey de Grey, gerontólogo inglés que declara que la vejez no es sino una enfermedad más del ser humano y profetiza una existencia superior a los mil años en el hombre del futuro. Sin embargo, esta suerte de inmortalidad, lejos de suponer una esperanza para Salvago, es interpretada como una prolongación del tedio, como un insoportable castigo tantálico al carecer el hombre de los límites de la vejez y de la muerte, fronteras indispensables de la existencia humana y dadores de su último sentido. Cara y cruz que se complementan. Paradoja poética y existencial. Y el libro acaba.

Desde hace algún tiempo, Javier Salvago viene amagando con la retirada, alegando la esterilidad creativa de su etapa actual. Nos engaña. Con este Nada importa nada, Salvago reafirma la opinión de quienes aplaudimos esa pose literaria tan 'sui generis' y ese particular guiño al malditismo francés. Gracias a Dios -y a las Musas- el de Paradas prosigue su recorrido vital, ofreciendo a sus seguidores un libro muy en la línea de su particular estilo, prosaico y asonante. Poeta sincero y claro. Directo. Culto y popular al mismo tiempo, que, al margen de modas y de posturas falsamente experienciales, no defrauda en sus planteamientos líricos y logra de nuevo despertar “el pájaro dormido” de la curiosidad del lector. Más que recomendable, sin duda, este nihilista ajuste de cuentas consigo mismo. 'Chapeau, monsier' Salvago.