17 julio 2012

Camina, rocker

La magnitud del desastre. Memorias de un rock critic poco fiable

Oriol Llopis

66 rpm, 2012

ISBN: 978-84-939524-3-3

221 páginas

20 €

Prólogo de Alfred Crespo


Fran G. Matute

Barcelona y Sevilla siempre han compartido cierto paralelismo en su formación cultural. Al menos, a finales de los 60, ambas ciudades introdujeron, por motivos diversos, los necesitados vientos de cambio a una juventud prácticamente ajena a lo que ocurría más allá de las fronteras patrias. Smash y Máquina! se repartían el pastel de la modernidad musical en un país que venía bebiendo de los sonidos anglosajones pero que todavía no había participado plenamente de la vanguardia sonora. En ambos casos es la influencia extranjera el catalizador del cambio. Las bases militares norteamericanas y la cercanía con el país galo, la afluencia de turistas en definitiva, sirvieron de vasos conductores de lo que se estaba cociendo en Europa y en los Estados Unidos de América. De un lado la Gauche Divine; de otro el Grupo Esperpento. El nacimiento del rock en Andalucía; el rock progresivo catalán. Literatura, teatro, música... vías de escape para el ser humano. Unas basadas en la intelectualidad, otras en la ansiada libertad. 

No debería, por tanto, extrañarnos cuando llega a Sevilla un barcelonés de la periferia como, por ejemplo, Javier Pérez Andújar y te pregunta por Silvio o por Dogo. No debería, por tanto, extrañar que un sevillano de adopción vaya corriendo a la librería más cercana a engullir las memorias de Oriol Llopis, crítico rockero catalán que, mira tú por dónde, ha terminado afincándose a orillas del Guadalquivir.

Pero La magnitud del desastre tiene un problema muy serio, que es su hermano mayor -Corre, rocker (2004) de Sabino Méndez- y del que el propio Llopis es totalmente consciente nada más empezar éstas sus memorias. Corre, rocker no es que fuese tampoco una obra esencial pero sí que introducía, de alguna forma, una crónica válida, de primera mano, de lo que fueron los años ochenta en España. Así que, de cara a evitar repetir anecdotario, Llopis decide centrarse en lo puramente personal para mostrar su particular odisea por la supuesta "edad de oro del rock español". De este modo, La magnitud del desastre se transforma no ya en una reflexión de la época sino en una suerte de biografía fragmentada que prefiere pivotar sobre las desgracias de este 'stoner critic' cuya vida ejemplifica, por sí sola, lo que padecieron muchos ingenuos que confundieron la idiotez con la libertad.

No tiene miedo Llopis en desnudar su alma y ofrecer los momentos más patéticos de su vida como adicto para luego resurgir, no sin cierto tufo a moralina, como converso gracias al buen hacer de una mujer. Pero no es aquí donde reside, a nuestro juicio, la aparente falta de sustancia de La magnitud del desastre. Oriol Llopis siempre ha sido un crítico que ha gustado de insuflar vida a sus reseñas, incorporando el elemento subjetivo de la experiencia y utilizando un lenguaje claro y directo. Y bajo estas premisas están escritas sus memorias. Pero con independencia de que la vida de Llopis haya estado protagonizada por algún que otro evento curioso (como sus años como cuidador en un zoo, su encuentro con Dalí o su estancia en el manicomio), la verdad es que muchos de estos pasajes están narrados desde la desidia o la obligación y, en ocasiones, Llopis no consigue dar el brillo que merece a la narración. 

Se nos antoja, pues, que no es sobre esto sobre lo que quiere, en realidad, escribir el amigo Llopis. Él quiere hablar de música, de discos, de conciertos... Es por ello que los momentos más interesantes del libro se corresponden con los pasajes dedicados a la génesis de la 'inteligentzia' critico-musical de este país. El nacimiento de Ruta 66 con Ignacio Juliá y Jaime Gonzalo, su participación en La Edad de Oro de Paloma Chamorro, su paso por Star o Vibraciones... Todo este trasfondo periodístico es de lo poquito relevante de este libro y, honestamente, uno cree que Llopis podría haber escrito algo más (o mejor) sobre el particular pues La magnitud del desastre nos ha sabido a poco. Con este libro, el rocker parece que ha dejado de correr. Ahora solo camina, deambula, se arrastra... como los disonaurios del rock.

16 julio 2012

El más moderno

Cartas de amor a Mina Loy

Arthur Cravan

Periférica, 2012. Colección "Biblioteca Portátil"

ISBN: 978-84-92865-52-9

72 páginas

11,50 € 

Traducción de Manuel Arranz



Daniel Ruiz García

Haciendo gala una vez más del buen gusto y criterio al que nos tiene habituados, Periférica ha recurrido a reunir en uno de sus coquetos librillos de la colección Biblioteca Portátil la correspondencia que Arthur Cravan dirigió a Mina Loy durante la segunda mitad del año 1917, coincidente con el viaje que el fraudulento poeta y boxeador llevó a cabo por EE.UU. y México. Son cartas escritas sólo un año antes de que desapareciera para siempre, supuestamente en una barca de vela, en algún lugar del Golfo de México.

Todo aquel que se acerca a la vida y milagros de Cravan acaba subyugado. Es como el prototipo del Bartebly de Melville pero reflejado en un espejo convexo. El “preferiría no hacerlo” del copista, cuando renuncia para siempre a escribir en medio de sus atormentados silencios, se convierte en Cravan más bien en un “no pienso hacerlo”. Porque al esplín de Bartebly, a la inapetencia y melancolía del escribiente de Melville, Cravan opone la imagen de un personaje espídico, que se come la vida a bocados, todo un sinvergüenza que supo aprovechar la locura de la intelectualidad dadaísta para mudar la piel y convertirse en un excéntrico profesional, aunque más bien lo imagino como un camorrista, como un tipo bronco absolutamente inestable, tan desequilibrado que fue capaz de destacar incluso en el París de los excesos de la bohemia. Y todo ello sin apenas escribir. Escribió poco, y tampoco tuvo la necesidad. Salvo sus ácidos y excesivos Maintenant, auténticas vomiteras de rabia y algunas veces humor grueso hacia la intelectualidad de su época, apenas si dejó obra. Pero el eco de su actividad fue fuerte, gracias a algunas “hazañas” precursoras del ‘performance’ y sobre todo a su prodigioso talento para la publicidad, que entre otros éxitos ha provocado que hasta hace no mucho nadie supiera realmente si su autopregonado parentesco con Oscar Wilde era una realidad o un farol. 

En Cartas de amor a Mina Loy, la composición que nos hacemos de la figura de Cravan adquiere matices, se puebla de aristas, deja de ser en cierto modo un boceto para cobrar mayor solidez psicológica. La inestabilidad que barruntábamos en sus escasas muestras literarias y en lo que sabíamos de él se presenta con contundencia en las cartas contenidas en este libro, donde un psiquiatra de nuestros días encontraría un claro ejemplo de enfermedad bipolar. A veces lunático, otras veces con una euforia desmedida, en otros modos silencioso, también críptico, irascible… Por encima de los vaivenes emocionales, que Cravan intenta traspasar a su amada a través de las palabras (sin ser un verdadero escritor, tenía toda la vanidad y el egoísmo propios de cualquier escritor de fuste), se intuye a un tipo enormemente vitalista, con un punto de locura animal que lo convierte en irresistible. “El gigante exhibicionista”, como lo llamó la propia Loy, se muestra en estas cartas bastante exhibicionista a ratos, cuidándose siempre mucho de no contar más de lo que debe, ya que, a fin de cuentas, quien lo lee es su amada, que espera su regreso. Cravan es un embaucador (“Te amo, te amo, te amo. Ámame tú también”), un egocéntrico (“No hagas caso de los consejos de los mediocres. Yo soy el profeta de una nueva vida, y sólo yo vivo”) capaz de pasar en un día de la euforia más rotunda (“Me dijiste que había sido el único hombre que te había parecido un dios. Ven, si quieres probar un ángel”) a la depresión más implacable (“No hago más que pensar en el suicidio”). “Soy el hombre de los extremos y del suicidio”, afirma en otro momento, reconociendo el carácter incontrolable de su propia personalidad. Leyendo estas cartas, uno entiende mucho mejor cómo pudo acabar tomando un barco a vela y hundiéndose en el océano para siempre. Las cartas evidencian riñas en la pareja, se cruzan acusaciones de infidelidad, y paulatinamente detectamos cierto empeoramiento en las relaciones, que tienen una clara consecuencia sobre el estado anímico de Cravan. Algunas de sus expresiones tienen un fuerte aliento fúnebre; como si en realidad su tío no fuera Wilde sino más bien Allan Poe, le pide a su amada en plena crisis de pareja: “Reza por mi descanso en la tumba y no hagas que mis huesos tengan celos”. Asegura haber envejecido diez años, y se muestra incluso ridículo en la exageración de su dolor: “He llorado tanto que he pensado en enviarte un frasco de lágrimas para que mandaras analizarlo y comprobaras que sólo contenía lágrimas”. Sabemos que Loy volvió a reunirse con Cravan en México. Tenemos al menos esa certeza, porque la frase que cierra las correspondencias es una de las más demoledoras y desesperanzadas de todas: “La vida es atroz”, afirma.

Un libro sin duda imprescindible para conocer la personalidad de Cravan, el hombre de las mil caras, el impostor, el ruidoso chafador de fiestas y perpetrador de mascaradas. La mejor, la última: haberse convertido en inmortal sin apenas dejar obra. “Ni siquiera soy periodista ni publicista, ni un moderno -le dice a Mina Loy, en uno de sus arrebatos-. Pero te juro que hay algo poderoso y eterno en mí. ¡Y me convertiré incluso en el más moderno!” Es muy posible que lo haya conseguido.

13 julio 2012

Autopsia de una revolución

El año de la revolución. Cómo los árabes están derrocando a sus tiranos

Lluís Bassets

Taurus, 2012

ISBN: 9-788-430-60-92-62

400 páginas

20 €





Ilya U. Topper

Este es el libro que yo quisiera haber escrito. A ustedes les puede parecer una señal de cierta 'hybris' que me compare con Lluís Bassets (Barcelona, 1950, corresponsal en Europa, director asociado del diario El País, autor de otros dos libros de ensayo político, sobre Estados Unidos y sobre Cataluña), pero entiéndanlo como un elogio. Este análisis de la Revolución árabe es probablemente el más lúcido, preciso, acertado de lo que ustedes encontrarán ahora mismo en el mercado español. Hecho con pasión por la revolución y de forma desapasionada: el autor toma partido, por supuesto; la palabra “tirano” es aún la más amable que dedica, desde la portada, a todos aquellos, ejem, tiranos de la estirpe de Ben Ali, Mubarak, Saleh,  Gadafi, Asad y siga usted contando, pero no intenta en ningún momento cerrar los ojos ante la incertidumbre que se extiende tras la revolución y en la que cabe todo, incluido el desastre. Esto no es un panfleto. Es un análisis.  

Sorprende, al menos a mí me sorprende, que Bassets, del que no nos consta que domine el árabe, ni que haya vivido largo tiempo en algún país al sur del Mediterráneo, sea capaz de meter el bisturí con tanta precisión en tantas sociedades de enorme complejidad, sin meter, a la vez, la pata. Al menos no, hasta donde alcanza a ver este reseñista, que desde luego tampoco se conoce de primera mano ni la mitad de los países tratados.

En todo caso cabe subrayar que Bassets no cae en orientalismos (término que equivale a “estupidez” o “propaganda negra” cuando se emplea fuera del ámbito de las Artes). No reproduce ese feo hábito tan extendido, extremamente extendido y extremamente feo, de contemplar las sociedades llamadas árabes a través de un cristal de color verde y atribuirles una “cultura” distinta basada en el “islam”. No. Bassets habla de ciudadanos, de derechos, de libertades, de economía, de pan y de geopolítica. Que es la única manera de tratar con respeto a una sociedad.

Por supuesto, Bassets habla de la religión. Habla del papel de los movimientos religiosos, su influencia en la política, su afán de poder, su dependencia del inacabable pozo de petrodólares y prédicas, Arabia Saudí. Pero en ningún momento comete el error de atribuir ninguna actitud de la revolución, o la contrarrevolución, a supuestas normas del Corán o etereidades similares. Sí, ya sé que es triste tener que elogiar un libro enumerando los errores que no comete, pero así está el patio. Bassets, en cambio, ni siquiera peca por omisión: no se cansa de subrayar el papel que juega Israel a la hora de bloquear la paz en Oriente Próximo y de impedir, a través de este bloqueo, la democratización de las sociedades que la rodean.

El libro se divide en dos partes. El primero es el Diario de 2011, que reúne un centenar de breves textos, del tipo columna-análisis, ese formato tan popular en la prensa española, a medio camino entre la noticia (aunque dando por supuesto que el lector ya se ha leído la noticia), el intento de averiguar qué hay detrás de la noticia (porque en el periodismo moderno, a los redactores de diario se les dice que esto no es su trabajo) y el intento de deslizar algún consejo a los de allí arriba, a los mandos de la política (por si casualmente leyesen este periódico).  Parte de estos textos fueron publicados en el diario El País, no todos; no sabremos cuáles ni tiene importancia (aunque el tono marcadamente personal, de reflexión o de emoción de algunos nos hace pensar que fueron apuntes más privados). Cada uno está precedido de un párrafo que resume la actualidad del día.

Las columnas cubren desde el 30 de diciembre de 2010 hasta el 27 de noviembre de 2011, semana de las elecciones en Marruecos y Egipto que, de alguna forma, marcan el fin de la primera etapa de la revolución o, al menos, pretenden marcarlo en la mente de quienes quieren conservar el poder (y, de hecho, lo conservan, tanto en Marruecos como en Egipto).

La columna es un formato que obliga a ser preciso, directo, decir mucho con muy pocas palabras: exige maestría. Bassets la tiene. Y además, tiene una rara capacidad: consigue decir incluso las cosas que no se deben decir, sin que nos tomen por locos, pero de manera que parece un accidente. Y si no, lean la entrada del 9 de mayo de 2011 (Golpe geopolítico) referido a la eliminación de Bin Laden, “el cierre de una etapa”, en sintonía con la primavera árabe, dado que “sin Bin Laden hay menos caminos para tergiversar posiciones, de un lado y del otro”. En otras palabras: la figura del saudí enturbantado ya no convenía a la estrategia de Estados Unidos, una vez constatado el éxito de la revolución. ¿Hemos leído bien? Sí: “El líder megaterrorista rendía sus especiales servicios en muy distintas direcciones; a los regímenes que se escudaban en el peligro de Al Qaeda o a los enemigos de la paz en Oriente Próximo”. Lean esta frase dos veces, piénsenla y entenderán por qué digo que Lluis Bassets es un analista de estos pocos que no se dedican a echarnos arena de desiertos árabes en los ojos.

Lo que tal vez nos pueda sentar mal a algunos –personalmente no me he sentido muy cómodo y sé de otros que al leerlo echarán por la boca un par de culebras y algún que otro sapo– es la rotunda defensa que Bassets hace de la intervención armada en Libia. Se agradece lo de rotunda: no hay nada peor que un analista-opinador que se quede a medias, no tome partido, no se moje. Bassets se moja: se encarga de recordar que estuvo rotundamente opuesto a la invasión de Iraq, se opondrá más tarde a una invasión militar de Siria, pero apoya el bombardeo de la OTAN en Libia porque la alternativa, dice, sería permitir las masacres prometidas por Gadafi. Lo apoya rotundamente: probablemente en algún futuro cercano tendrá que hacer balance y decidir si el nuevo orden libio es efectivamente mejor que la dictadura de Gadafi. Es pronto para saberlo.

Luego vienen cien páginas tituladas “Atlas del cambio político”, en las que el periodista resume los cambios acaecidos en Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Jordania, Yemen, Arabia Saudí, Qatar (protagonista, a través de Al Jazeera, de todas las revueltas, sin tener una propia) Bahréin –se agradece, visto lo poco que la prensa internacional ha denunciado el aplastamiento de la revolución pacífica bahreiní por parte de Arabia Saudí– y Siria, con un colofón dedicado a Israel. Falta Iraq, sí, donde la revolución se ahogó en sangre un día de febrero y nunca más levantó cabeza. 

Aunque esta parte del libro es imprescindible para consultas, leerlo produce cierto efecto de repetición. Sensación que se agudiza en los últimos dos capítulos, que juntos no suman más de 60 páginas: “Las claves de las revueltas” y “El espíritu revolucionario”. Mucho de lo tratado aquí ya fue dicho en las columnas; aquí viene resumido y condensado.

El  libro no trae mapas. Éstos los tendrán que poner ustedes. Éstos y todo el contexto que hace falta: las columnas son para quién ya se ha leído la noticia, repito. El libro no es lectura de playa, excepto si usted tiene el mapa geopolítico en la cabeza (cosa deseable en los tiempos que corren).  Si no, empiece pinchando aquí.

He titulado esta reseña “Autopsia de una revolución”. Las autopsias se les hacen a los cadáveres. ¿Ha muerto la revolución? No, desde luego no ha muerto. Más bien diría –y eso no lo dice Bassets, pero creo que estaría de acuerdo– que todavía está superando su primer reto: el de nacer.

12 julio 2012

'Bookcrossing' basura

Sara Mesa
Vamos a ello. En Estado Crítico celebran su tercer aniversario con las críticas de los libros más petardos que han llegado a nuestras manos. No soy muy amiga de las críticas destructoras, pero ay, hoy voy a hacer una excepción porque la carne es débil y la sensación de timo puede llegar a ser intensa. Una se gasta los 19 euracos que cuesta -que no vale- un libro y ahí se apechuga con lo que sea: toda lectura es un riesgo. Pero ¿qué pasa cuando se compra liebre y te venden gato, cuando se paga piel y es plastiquete, amigo, como diría don Joaquín Reyes? La cosa empieza a mosquear más de la cuenta. Aquí vamos a hablar del señor David Monteagudo y de su primer libro publicado, Fin, pero sobre todo vamos a hablar de la crítica que lo aupó hasta no sé qué escalón de prestigio, que lo comparó con Cormac McCarthy, con Sánchez Ferlosio, ¡con Rulfo!, que le concedió parabienes y elogios, que lo nombró talento Fnac del momento, que habló de la agilidad de sus diálogos, de la magnífica construcción de la trama, del certero análisis de la sociedad contemporánea, que explotó el cuento enternecedor del autor oculto que se revela ya en su madurez, que habló de “literatura mayúscula” (La Vanguardia), de “filiación buñuelesca” (El Periódico), de “narración de culto” (ABC), de “uno de los libros del año” (El País), … y, en fin, que me hizo picar como una ilusa y comprar también mi billete al paraíso.
Dos billetes, dos. Un viaje en avión y mi librito en la mano. Puedo leer cualquier cosa en un avión, también grandes obras literarias, faltaría más. Monteagudo y yo, surcando el espacio. Antes de despegar, lleno de aire los pulmones, expectante, y comienzo el libro. Una llamada de teléfono: la trama empieza a desenrollarse. Desde las primeras líneas, una decepción que intento ocultarme a mí misma. La sensación de impostura, de falsedad… ¿así van a hablar los personajes todo el tiempo? Avanzan las páginas. Sí, parece que sí, hablan así, sin decir nada, mera hilazón de intervenciones que me aporta bastante menos que la conversación de la pareja que tengo sentada enfrente en la sala de embarque. La historia: un grupete de amigos que hace mucho que no se ven planean reencontrarse en el mismo lugar de la sierra donde pasaron juntos unos días hace años, pero ahora con sus mujeres o maridos, sus decepciones, sus canitas y michelines, todo el desgaste acumulado, porque, en fin, el tiempo no pasa en balde. Al avión. Abrochémonos el cinturón, a ver si la cosa mejora en la maldita sierra donde todos se encaminan ahora en sus coches. Pero copón, despegamos y el libro no despega. Los personajes siguen hablando todos igual, con un lenguaje plano, desprovisto de matices, de vida. Me acuerdo de las mujeres barbudas en La vida de Brian: esa es toda la autenticidad que puedo encontrar en la narración. ¿Así eran los irresistibles diálogos? Poco a poco me va dominando la irritación. Primeras turbulencias. La historia no me engancha en absoluto, se le ven flecos por todos lados. Tópicos ensartados uno tras otro. Cierro el libro.
No me apetece seguir leyendo; llevo ya la mitad y ya empezaron los sucesos fantásticos: efectismo sin sentido donde otros vieron una trama a lo Stephen King. En fin. Pasan los minutos. Leo con detenimiento la carta de servicio a bordo y pienso que no es más sablazo pagar 9 euros por un sándwich de jamón york que 19 por este libro, a pesar del sellito de calidad que supuestamente otorga Acantilado. Vuelvo a leer las ofertas de Ryanair, la descripción de los cosméticos y los regalos para papá, mamá y los niños. Me aprendo de memoria los precios. Leo de pe a pa las instrucciones del asiento: qué hacer si nos estrellamos, la ilusión de sobrevivir a la catástrofe: así somos. Life vest under your seat. Me aburro y además estoy encastrada entre dos viajeros que dormitan peligrosamente, las cabezas inclinándose hacia mí. No me quedan más opciones; hay que seguir intentándolo: al menos la lectura como evasión, puro entretenimiento, que pase pronto el tiempo. Pero ni eso. Monteagudo me espera con un poco más de papilla para lectores sin dientes: no hay evolución, no hay chicha, no me interesa nada lo que pasa. Un alumno de secundaria aventajado habría escrito esta historia con mucho más talento. Los personajes van desapareciendo uno por uno y yo me acuerdo de Diez negritos, pero Agatha Christie (¡eso sí que era intriga!) se revuelve en su tumba solo con mi comparación. Una palabra me va invadiendo el cerebro, pasa incluso por encima de los rasca rasca que promocionan las azafatas arriba y abajo del pasillo, y se me instala al lado con determinación: mediocridad. Tengo entre mis manos un libro mediocre. También desconcierto: algunos lectores que aprecio han elogiado cómo el autor reflejó el vacío de toda una generación: si los personajes hablan así es porque son así (de ahí la comparación con El Jarama), únicamente preocupados por sus todoterrenos, sus frustraciones matrimoniales y laborales, las inquinas del tiempo. Pero no. No. La elaboración estilística de la mediocridad, la simpleza o la imbecilidad es extremadamente más complicada: hay mucho trabajo detrás de los diálogos que palpitan. Aquí lo que encuentro es más bien un registro anodino de trivialidades, un estrechamiento de miras: todo encaminado hacia el fin, el del famoso título, sea como sea, por forzado, falso o indigesto que resulte.
Más: dijeron estos lectores que aprecio que el libro no es un gran libro, vale, pero que hay que reconocerle su capacidad de atracción, la lectura adictiva que nos ofrece. No. Que no. A mí no. Cuestión de gustos, sin duda, pero me puede el aburrimiento. Recuerdo al Murray Ringold de Philiph Roth cuando decía que los libros no se leen: con los libros se boxea. Aquella imagen me ganó: en el ring se vapulea el libro o se es vapuleado por él. Bien. Aquí en el ring no hay nadie, no hay nada. No hay siquiera posibilidad de combate. Avanzo en la lectura porque no me queda nada mejor que hacer, sin estímulos ya. Acabo el libro y casi es peor que cuando comenzó. ¿Decepción? No solamente: irritación es la mejor palabra.
Y se aterriza y eso es todo, fin de la historia. Entonces yo, que siempre desconfié del 'bookcrossing' (me niego a abandonar uno de Faulkner para recibir a cambio un Paulo Coelho), decido practicarlo en este caso, por ver si mi libro encuentra un lector más receptivo que yo, y ahí lo dejo, sobre un banco, y recojo a cambio una revista Glamour que alguien olvidó ahí mismo, y en la que encuentro exactamente el mismo grado de literatura que en Fin.
¿Ensañamiento? Puede ser; soy visceral con estas cosas. Así que seamos justos: libros malos los hay a montones, y el de Monteagudo no es, por supuesto, el peor. Pero también hay libros buenos a montones, y libros interesantes a patadas, y dejo fuera los indiscutibles. ¿Por qué tanta pomada crítica a este? ¿Por qué no se vendió como lo que en realidad es: un producto de entretenimiento, sin ninguna pretensión artística, carne de futura película -que se está rodando, según leo, con Maribel Verdú como reclamo-? Las ediciones de Fin se agotaron una tras otra, y creo que ya van diez: debo pensar que aparte de la potente campaña de marketing hubo también lectores que disfrutaron con la historia: a esto no tengo nada que objetar. Pero ¿cuántos otros hubo como yo, lectores que se acercaron al libro con una idea equivocada, pensando que estaban ante una verdadera revelación literaria, y se encontraron gastándose el dinero en algo en lo que jamás se lo gastarían? Porque el problema, al final, es ese: el dinero y el tiempo son limitados. Mis 19 euros y mis horas en el avión no fueron mal empleados por un error mío, no. A mí me engañaron, y de ahí mi furia, y de ahí todo esto.
Ojalá, eso sí, mi ejemplar encontrara algún lector o lectora más indulgente que yo, alguien que disfrutara de verdad con Fin. No llega mi maldad a tanto. Monteagudo escribió el libro que supo o quiso escribir. Pero, ay, eso no impide que yo también pueda opinar: es plastiquete, amigo. Y además del malo.

11 julio 2012

Historia de una decepción

José M. López
No me propongo aquí desacralizar una de las consideradas grandes novelas de la literatura del siglo veinte en español.  Para nada tengo la más mínima intención de defender la tesis de que el libro del que vamos a hablar sea un mal libro, esté mal escrito, ni siquiera que no sea esa obra maestra que los críticos autorizados y los cánones de la literatura afirman. Tan solo utilizaré las líneas que siguen para relatar  la historia de una decepción.
El protagonista de esta historia es Joseph M. un chaval de dieciocho años, amante de la literatura y ya con alguna que otra lectura en su mochila. Como todo joven sin criterio, tenía la costumbre de picotear en libros de diferentes géneros, autores, así como en las corrientes más dispares. Sin embargo, podemos afirmar que, quizás de manera casual,  o seguramente porque su temprana edad lo exigía, este joven lector sentía especial atracción por dos tipos de lecturas de origen diverso: por un lado la denominada novela del “boom” hispanoamericano, y, por otro, llamémosle la novela de corte existencialista escrita a partir de los años cuarenta del pasado siglo. Gozaba este muchacho con toda esa frescura y originalidad narrativas que nos habían traído allende los mares individuos como Rulfo, Carpentier, Onetti, Borges o Cortázar; e incluso nos desdeñaba, aunque con una adoración más terrena, las florituras narrativas que encontraba en los libros de Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, o incluso García Márquez. Con respecto a la segunda de las corrientes a las que dedicaba horas y horas de lectura, este muchacho ya se creía el mejor de los exégetas de Sartre y Camus, de cuyas opiniones vertía, en forma de citas, cada conversación que mantenía con sus amigos menos doctos. Todo fluía con placentera normalidad en la vida del chico, que no se veía obligado, la literatura es lo que tiene, a elegir entre sus dos grandes amantes,  sus dos grandes pasiones literarias.
Pero esta armonía fue bruscamente interrumpida debido a que Joseph M. oyó hablar de la existencia de un autor, o más bien de un libro, que desató su más profunda curiosidad. Un tal Ernesto Sábato, novelista argentino contemporáneo, al que se podría integrar dentro del denominado 'boom' hispanoamericano, y autor de El Túnel, según aparecía en las solapas del libro, novela psicológica “de corte existencialista”. Oh, las glándulas salivales de Joseph M. empezaron a trabajar de manera acelerada y violenta, previendo la inminente degustación de este bocado literario totalmente afín, en principio, a sus apetencias de aquella época: autor hispanoamericano, original e innovador en la forma, y, por otro lado, de corte existencialista, donde temas como la libertad, la nada o el absurdo harían las delicias del lector. Por fin Joseph M. iba a encontrar un libro en el que fondo y forma le entusiasmarían inmensamente, por fin tener a sus dos amantes juntas, en la misma cama  y en la misma noche, en el mismo libro.
A pesar de sus ansias por acercarse a la esperada obra, o precisamente debido a ellas, pasaron meses hasta que el joven Joseph M. decidió comprar el libro e hincarle el diente. Siempre fue un lector paciente, y sabía que una buena novela no tiene por qué atraparte desde la primera página, y que, a veces, debías dejar “madurar la lectura” (así lo expresaban sus nuevos amigos culturetas de la universidad) para dejar que el libro “te fuese atrapando”. Pero, al igual que un neófito en los ardides de la compra de droga  engañado por un experimentado camello, el joven veía que la lectura no le subía, y que no sentía nada a pesar de  que llevaba la novela ya bastante avanzada. Es más, cada vez estaba más convencido de encontrarse frente a una trama bastante anodina y contada, además, de la manera menos original. Parecía que la historia de este pintor bohemio tornado en un completo imbécil por culpa de los celos hacia una mujer libertina que lo desdeña y putea continuamente no le estaba interesando lo más mínimo. Es cierto que el tema de los celos siempre le pareció infantil y poco literario, pero en esta novela la idiocia e imbecilidad propia del tema parecían afectar no solo al carácter de los personajes, sino también a la misma forma en la que esta estaba escrita. Los diálogos entre este bohemio simplón y su porteña 'femme fatale' le parecían apostillados y  poco naturales. Se acordaba con el tiempo del pasaje del primer encuentro entre el pintor y aquella mujer, que se había quedado embobada mirando uno de sus cuadros:
“- ¡Le digo que la necesito! ¿Me entiende? (…)
- ¿Para qué? (…)
- No sé – murmuré al cabo de un buen rato- todavía no lo sé. (…)
- Mi cabeza es un laberinto oscuro (…)”
Joder, quién habla así, pensaba el joven Joseph M., no pudiendo evitar soltar una carcajada ante lo artificioso de dicha conversación entre dos desconocidos.
A pesar de estos primeros desengaños hacia la novela, el joven Joseph M. siguió leyendo, y se fue dando cuenta de que cada vez le repudiaba más el "pseudo-monólogo" interior de este mentecato narrador que intenta hacernos partícipes, en cada situación, de todos y cada uno de sus más insignificantes pensamientos, de sus inseguridades cotidianas más banales que, pensaba Joseph M., no podían llegar a interesar a  nadie. En definitiva, no se trataba más de los inocuos y prosaicos desvaríos de un neurótico celoso.

Sin embargo, lo que realmente cargó de indignación al joven Joseph M. fue la risible pretensión filosófica del libro. Porque, pensaba él, si nos encontráramos simplemente ante una pequeña historia de desamor y muerte, de acuerdo, un libro sencillo para lectores de perfil lacrimoso sin más objetivo que amenizar una tarde de playa. ¿Pero hacer pasar esta sencilla historia de celos  por una novela existencialista? Bien  es cierto que el autor salpicaba el libro en diferentes ocasiones de sentencias ¿filosóficas? que intentaban explicar el comportamiento de los personajes, pero la mayoría se quedaban en nada, en meros esbozos aparentemente trascendentales pintados en un cuadro pueril e ingenuo. Tenía que admitir Joseph M.  que algunas eran bastantes ingeniosas y dotadas incluso de cierta profundidad, pero la mayoría le parecieron forzadas cuñas de corte metafísico que no consiguen converitr esta vacía historia de celos en nada que se acerque a aquellas grandes novelas que frecuentaba, y que le ayudaban a comprender el lado más oscuro y absurdo del ser humano.
Pero fue un detalle insignificante lo que definitivamente terminó de sacar de sus casillas al joven Joseph M., y eran las cursivas utilizadas por el autor  para… ¿para qué? Se ponía furioso cada vez que encontraba una de esas señales-guía a través de las que el novelista “ayudaba” al lector a comprender qué era lo importante, en qué debía fijarse dentro de un párrafo. Algunas de estas sentencias nietzscheanas no hicieron más que provocarle cierto sonrojo culpable. Se acordaba, por ejemplo, del pasaje en el que el protagonista se arrepiente en un primer momento de haber llamado puta a su amante, para después reflexionar sobre la razón por la que ella no parecía no haberse sentido ofendida:
“(…) cualquier mujer debe sentirse humillada al ser calificada así, hasta las propias prostitutas, pero ninguna mujer podría volver tan pronto a la alegría, a menos de haber cierta verdad en aquella calificación”.
Tras la lectura de aquel fragmento, el joven Joseph M. llegó a dudar de si el libro que tenía en sus manos estaba escrito por un idiota o por un completo genio, dotado de un sentido del humor infinito -hoy día tenemos claro, qué duda cabe, que la segunda conjetura es la correcta-.
En definitva, el libro le pareció una simplona novela lacrimógena, protagonizada por un personaje con visos de parecer interesante pero que, a lo largo del libro, se va transformando en un idiota que se dedica a interrogar continuamnte a su amada sobre aspectos tan trascendentales como si ella se acuesta con otros. Una completa decepción, por tanto, alimentada, quizás, por las altas expectativas que el propio Joseph M. se había fabricado sobre la novela.

Muchos años más tarde, Joseph M. llegó a rentabilizar su afición a los libros, llegando incluso a escribir en uno de los blogs literarios más prestigiosos de su país, donde cobraba por cada reseña grandes cantidades de dinero. De vez en cuando, y sobre todo tras alguna cena en la que este autor había salido a la palestra, y al que, por supuesto, se le habían dirigido excelsos halagos, Joseph llegaba a casa y se dedicaba a releer El Túnel, su más celebrada novela. No obstante, y por mucho que intentaba forzar la lectura para admirar algo de lo que leía, no lograba ver en esas páginas más que la historia insulsa de un pobre celoso y sus ridículas reflexiones. Entonces cerraba el libro resignado y se volvía a prometer, por su bien y por el de su familia, que nunca revelaría a nadie sus opiniones sobre este autor canónico, y que su secreto moriría con él.