31 julio 2012

Vaya fauna, joé


El caso del bar Balto

Faïza Guène

Funambulista, 2012

ISBN: 978-84-9398-551-6

168 páginas

17 €

Traducción de Alicia Huici Montagud




Ilya U. Topper
Por fin un libro que sirve para llevárselo a la playa. Porque es pequeñito, cabe en el bolso de rafia, el sol de agosto contrarrestará su humor marrón oscuro tirando a negro, y casi ocurren cosas, esa insuperable definición de la novela clásica que le debemos a Luque.

Digo casi, porque en realidad no ocurren. La novela no tiene narrativa, entendida en el sentido de enlazar acciones, sino que se compone de una serie de monólogos de diferentes personajes que van componiendo algo así como un álbum familiar de instantáneas. Desde luego, de ese álbum se desprende una acción, o más bien una serie de acciones que conducen hacia el muerto, ahogado en su sangre en el suelo de su propio bar, al que nos encontramos en el primer capítulo.

¿Un arranque bastante negro? Sí. Sirve para aglutinar alrededor del muerto -Joël Morvier, alias Jojo, alias bola de billar: todos los personajes disfrutan de un nombre y dos motes en este libro- una serie de personajes que se nos revelan sospechosos del asesinato, y tanto más sospechosos cuanto más avance la historia. Todos tienen derecho a tres pases -una presentación, una declaración y una puntualización, para aportar lo que se han callado -ante un supuesto comisario que es la figura ausente de la novela.

Y vaya fauna: Madame Yéva, a la que su hijo desprecia porque es una mujer moderna, impropia de su edad (piensa el hijo); el hijo: Taniel, al que su madre trata como un inútil, porque lo es y al que los demás llaman Quetur, o sea El Turco, porque es armenio; el padre, que es aún mucho más inútil y además ludópata; el otro hijo que es inútil de verdad, porque resulta que es deficiente mental... El cuadro familiar va completado por la rubia del barrio, alias la chati de Quetur, una tipa que se las da de pija sin recursos para serlo, y el amigo de ambos, un tal Alí de Marsella (y su hermana).
Sí, sí, lo han adivinado: en el fondo es una sarta de clichés. La típica rubia, el típico inmigrante, el típico chaval macarra de barrio, el típico padre-pegado-a-un-televisor, el típico dueño de bar racista. Desde luego, la literatura es otra cosa. La literatura es trazar personajes, no clichés, categorías. En una novela de verdad, el macarra ése, Taniel, tendría, aparte de su mote Quetur y su procedencia armenia, algo único, algo que lo convertiría en personaje. Aquí es figurante: en todos los barrios hay un macarra, y  aquí se llama Taniel. En todas las barriadas hay una adolescente rubia que se cree una niña bien, y consumada seductora y vive a través del lenguaje de Facebook y SMS, con sus abreviaturas inglesas... y aquí le ha tocado a Magalie hacer de tonta. Sin más explicaciones. Cuando se hacen caricaturas, no se puede matizar mucho: las caricaturas consisten en dibujar un cliché. En eso reside la gracia. Y la novela de Faïza Guène no pasa de ser una caricatura, divertida, mordaz, sin llegar a ser despiadada.
Eso sí, hay profesionalidad en el trazo. Cada figurante tiene su voz personal, su manejo del argot. No sé si en la traducción queda muy normal, es un decir, el del deficiente mental, pero en general, la traductora, Alicia Huici, ha resuelto con bastante acierto el desafío de trasladar al español el casi cheli de una barriada francesa. Hasta donde se pueda. En español queda raro meter palabras inglesas en medio sin necesidad, pero parece ser la moda en Francia (hasta el punto de que se ha prohibido por ley, fíjense). Y a juzgar por mi uso personal del Facebook, casi ningún español escribe "lol" ('laughing out loud': me troncho de risa), pero entre franceses (o magrebíes que hablan en francés) es tan habitual como cierre de comentario como el "joé"en una conversación de bar español.
Muy bien resuelto no está el final, no, todo sea dicho. Es más: no me lo llego a creer como novela de whodunnit, de quién ha sido. Pero a estas alturas, qué importa. Ya hemos recorrido el álbum de familia de un pueblo suburbano de París, en esa frontera gris en la que un núcleo urbano deja de ser un barrio de la ciudad pero aún no alcanza ser un pueblo. Hay un único bar. Con eso se lo digo todo.
El escenario recuerda, en este sentido, un poco las novelas de Daniel Pennac y el ambiente en el que vive Benjamine Malaussène, este detective involuntario al que las circunstancias siempre le arrastran a las desgracias. Si bien Pennac trata a sus personajes con bastante más cariño. Guène procura que nadie nos caiga bien. Aunque yo tengo simpatía por Madame Yéva, alias la cacatúa. Aunque sólo sea por aguantar a semejante hijo. O hijos. Y marido. Y novia del hijo. Y a semejante dueño de bar. A semejante barriada. Joé.

30 julio 2012

'Lost' en La India

Delhi no está lejos

Ruskin Bond

Automática, 2012

ISBN: 978-84-1550-903-5

142 páginas

16,50 €

Traducción y prólogo de María López González


José Martínez Ros

Delhi no está lejos es una magnífica novela corta en la que, superficialmente, no ocurren demasiadas cosas, aunque en realidad sí pasa una, y muy importante, la vida. Ruskin Bond (1934), un escritor de singular destino (de padres ingleses, pero nacido y educado en la India, donde ha transcurrido prácticamente toda su vida, hasta el punto de haberse convertido en uno de los patriarcas de la literatura del subcontinente), nos describe certeramente a tres personajes, tres supervivientes que se refugian en sus sueños y su amistad, atrapados en un pequeño, asfixiante, ámbito que capta con exactitud y emoción: una pequeña ciudad de provincias en el norte de la India donde nada parece haber cambiado demasiado con el paso del régimen colonial a la independencia.
Creo que odio a las familias”, nos dice Arun, el narrador, un aspirante a escritor que malvive plagiando noveluchas de misterio a autores ingleses. “El sentimiento de seguridad, de interdependencia que transmiten me enfurece. Para todas las familias soy un intruso porque yo no tengo una. Un hombre sin familia es un descastado social”. Por esa razón, debido a su aislamiento y soledad en un ambiente limitado, los tres protagonistas acabarán construyendo su propia familia, un pequeño mundo privado, unidos por la fantasía de escapar hacia la gran ciudad más cercana, Delhi. Junto a Arunestá Suraj, un estudiante huérfano y enfermo que intenta prepararse para los exámenes oficiales sin morirse de hambre en el camino y Kamla, una joven y bondadosa prostituta vendida por sus propios padres.
El cuarto protagonista y, sin duda, el más importante, es esa diminuta ciudad que los aprisiona, mediocre, gris, con sus terratenientes, sus mendigos, sus habladurías y su sopor. En ciertos momentos, nos parece encontrarnos en una de esas películas neorrealistas del primer Visconti, De Sica o Juan Antonio Bardem -o en las primeras novelas de Ana María Matute o Alberto Moravia- en las que se expresaba el doloroso choque entre la resignación y el tedio diario y el deseo de huir tras un destino propio, pero al párrafo siguiente volvemos al corazón de la India eterna, con sus -desde nuestra óptica- extrañas ceremonias religiosas, donde todo se rige por el ritmo de los monzones.
Esa mezcla de universalidad y tradición es sólo uno de los encantos de esta novela, que además nos descubre a un gran narrador bastante desconocido lejos de su país. A destacar, igualmente, el excelente prólogo de María López González.

27 julio 2012

La era de los descubrimientos


Blues de Trafalgar

José Luis Rodríguez del Corral

Siruela, 2012. Colección "Nuevos Tiempos"

ISBN: 978-84-9841-649-7

176 páginas

15,95 €

Premio de Novela Café Gijón 2011




Fran G. Matute

Han pasado veinte años desde la Expo '92 pero parece que es justo ahora cuando la literatura se ha parado a pensar, por primera vez, qué significó aquello para la sociedad sevillana. Es cierto que la prensa sí se fue encargando, al principio, de ensalzar la capacidad organizativa de una ciudad que, francamente, rozaba el provincianismo en aquel entonces para, posteriormente, desmitificar cuanto se construyó en la Isla de la Cartuja y alrededores, a la vista del legado de pobreza económica y espiritual que nos dejó el evento. También en la calle, entre los corrillos de vecinos, viandantes y parroquianos, se ha debatido largo y tendido sobre el aprovechamiento que se hizo de tantísimos miles de millones de pesetas que se invirtieron a principios de los noventa por la capital. Pero el mundo de la cultura pareció quedarse mudo ante la magnitud de la exposición. Sevilla, capital del mundo. Y ningún artista autóctono fue capaz de sentirse inspirado por la celebración de la era de los descubrimientos, como para retratar el momento.

Será casualidad, quiero pensar, que la generación que más disfrutó de aquel 1992 -estoy pensando en la nacida a principios de los años setenta- esté empezando ahora a coquetear con el momento. Será casualidad que, por ejemplo, Alberto Rodríguez filme una película ambientada en los años de la Expo. Será casualidad que la gente lleve ahora orgullosa camisetas de la mascota Curro, que se venden como artículo 'cool' o 'vintage'. Han tenido que pasar veinte años para que los verdaderos protagonistas de aquel 'boom' digirieran lo ocurrido y se atrevieran a contarlo. Veinte años para poder verbalizar, sin miedo a represalias, que el verdadero descubrimiento que se celebró en aquella época fue el de la corrupción. Y que por un año de celebridad se hipotecaron miles de vidas a costa de unos pocos que se llenaron rápidamente y sin esfuerzo los bolsillos y que hoy día ocupan los asientos del poder.

De esto va, en esencia, Blues de Trafalgar de José Luis Rodríguez del Corral. Una novela corta, con vocación de 'thriller', que pone sobre la mesa, de forma bastante esquemática -todo sea dicho- pero con tino, cada uno de los escalones de putrefacción que se construyeron en Sevilla tras la Exposición Universal. Desde el arquitecto que se hizo de oro gracias a la "modernización" estilística de la ciudad, pasando por el periodista que alcanzó el monopolio audiovisual de cuanto se quiso rodar y emitir por aquel entonces, terminando en el político que supo comprar amistades en el momento idóneo y que se perpetúa en el poder gracias al tráfico de favores e influencias. Sin citar nombres o apellidos -o al menos no reales- no resulta muy difícil identificar a estos personajes con individuos de carne y hueso, si se conocen bien los entresijos mediáticos de Sevilla. Pero ya se sabe que es de mala educación señalar.

Así que lo más destacable de esta obra de Rodríguez del Corral es su atrevimiento a la hora de abordar una temática tan delicada y sobre la que nadie había osado -al menos que yo sea consciente- atacar de forma tan directa. Sí. José Luis lo afirma sin contemplaciones. La generación que construyó la Expo -la del propio autor- se acomodó ante los cánticos de sirena provenientes del poder y del dinero y perdió toda su vocación revolucionaria, que tanto le costó alcanzar.

Pero si bien hemos empatizado con la línea temática planteada por Blues de Trafalgar, curiosamente inspirada en hechos reales, nos ha costado encontrar la misma sintonía con ciertas asunciones estilísticas tomadas por el autor y que, en demasiadas ocasiones, han terminado por enturbiar el resultado final de la obra literaria. A nuestro juicio, la prosa que gasta Rodríguez del Corral en Blues de Trafalgar para contar esta narración sobre la corrupción del alma nos ha parecido bastante plana. No quiere esto decir que el autor escriba mal. No seré yo además el que insinúe tal cosa. De hecho existen pasajes de cierto lirismo, como los dedicados al viento de levante gaditano. Pero acostumbrado -o, mejor dicho, decantado por- a la escritura musculosa, la lectura de muchos párrafos de esta novela se nos han caído, literalmente, de las manos. Si a eso añadimos el tono moralista que contiene la historia del protagonista y algún que otro truquillo narrativo que Rodríguez del Corral se saca de la manga para atar su intrahistoria (esas casualidades del destino tan hollywoodienses, esa historia de amor tan forzada, ese 'twist' final sobre las verdaderas intenciones de la víctima...), la verdad es que el conjunto de todos estos elementos hacen que el relato, en ocasiones, se hunda en su propia simpleza.

Pero Blues de Trafalgar, a pesar de sus flaquezas, se nos ha presentado como un texto lleno de complicidades. Las playas de Cádiz, los barrios de Sevilla, los jardínes de Londres. Estos son los escenarios que utiliza Rodríguez del Corral para situar esta historia y todos ellos nos han resultado afines de un modo personalísimo. Por no hablar de cierta relación personal indirecta con el autor (motivo principal por el que nos hemos decidido a leer esta novela, la verdad sea dicha), cuyas conexiones no desvelaremos para evitar posibles intoxicaciones en un conocido gallinero de la ciudad. Quiero resaltar con lo anterior que muchas veces son otros elementos los que nos tienen que llevar a leer un libro, más allá de su pretendida calidad literaria. Pues Blues de Trafalgar es una obra que, seguramente, era necesario escribirla, sobre todo por la interesante exposición que hace de las ramificaciones sobre la corrupción post-Expo, como indicábamos con anterioridad. Todo ello con independencia de que nos hubiera gustado que se contara de otra forma más atrevida, literariamente hablando.

26 julio 2012

Fábula para un verano caliente


Subte

Rafael Pinedo

Salto de página, 2012

ISBN: 978-84-15065-29-6

92 páginas

13 €





Sara Mesa

Estos no son tiempos para la literatura optimista o evasiva. Las distopías, o las utopías perversas, están de moda. Mundos desolados, destrucción, caos, lucha por la supervivencia… una atmósfera narrativa ante la que hoy estamos quizá más receptivos que nunca (¿o es que antes andábamos dormidos y ciegos?). La cuestión es que esto no es nada nuevo. El argentino Rafael Pinedo, desaparecido prematuramente en 2006, dejó tras de sí una trilogía estremecedora (de la “destrucción de la cultura”, la calificó), de la que Subte es su tercera entrega. Plop, Frío y Subte, títulos contundentes como puñetazos. Estas tres novelas cortas han sido publicadas por Salto de Página y están siendo leídas con entusiasmo: demasiados elementos cercanos a nuestra actualidad, a pesar del barniz de ciencia ficción. Otra vez volvemos al debate sobre los límites del realismo: ¿acaso no hay en estas novelas mucha más realidad que en otras pretendidamente “realistas”?

Hace unos días, leyendo la Ética de la crueldad de José Ovejero, pensaba en Rafael Pinedo como claro representante de lo que Ovejero denomina literatura cruel. Ya aquí se habló de esta etiqueta, pero resumiremos: se trata de una narrativa caracterizada por grandes dosis de brutalidad, retratos implacables del salvajismo y la ferocidad de la vida, historias que nos remueven cimientos, visiones inquietantemente próximas a pesar de su innegable deformación estética. Según todo esto, Pinedo es un autor cruel. Valientemente cruel.

Subte empieza fuerte, a saco. Una mujer embaraza de ocho meses (casi una niña) huye de los lobos a través de un mundo sin asideros ni compasión. No sabemos de dónde parte, por qué está sola. Solo sabemos que no hay más opciones que huir o morir. Lo terrible viene cuando vemos que la posibilidad de su salvación nace del sacrificio de otro: un niño de seis años (“de apenas seis marcas”) que cae en un túnel. Ni siquiera hay misericordia final, no una muerte rápida que ahorre el sufrimiento: “ella decidió que vivo le iba a dar más tiempo que muerto”. Así entramos en la historia, sin consuelo.

Este comienzo no es gratuito, ningún elemento de violencia en Subte lo es: la supervivencia es el concepto clave que define la actuación de unos personajes marcados por su entorno hostil, desalmado y brutal. Personajes acorralados, desprovistos de las garantías de un pacto social: únicamente sobreviven los más fuertes, los más astutos o los más ambiciosos. ¿Qué pasó con el mundo anterior, con “nuestro” mundo? No lo sabemos. Quedan vestigios apenas reconocibles (el ascensor), algún testigo ya próximo a la muerte (el viejo Birm), pero poco más. El pasado se diluye, el futuro no existe: solo el presente se extiende ante nuestros ojos, un presente baldío, sin esperanzas, regido por reglas rudimentarias y supersticiones salvajes. Pero también hay otra lectura: ¿no es esa representación de un mundo futuro, en el fondo, una relectura del actual? La cultura anterior ha sido destruida, ya ni siquiera permanece el recuerdo, pero ha sido sustituida por otra que, en apariencia cruel, quizá es simplemente diferente, o al menos no mucho peor que la anterior. También en ella hay reglas, normas, afectos humanos, creencias y religiones, transgresiones. En Subte vuelven a aparecer las tribus: los sordos por un lado y los ciegos por otro, los que viven sobre tierra y los que viven bajo ella, cada uno con sus ritualidades y sus propias ceremonias. Los ciegos consideran sordos a los que no son capaces de apreciar los susurros: ¿acaso no hay en esa noción una forma de cultura, o de relación entre culturas? Mientras los ciegos miden el tiempo con sonidos, los sordos lo hacen con marcas visuales, cada grupo tiene una sexualidad distinta con tabúes distintos, y sin embargo pueden llegar a alcanzar una amistad, como sucede entre la protagonista, Proc, y su compañera de desventuras Ish.

Subte es una novela breve, quizá demasiado breve, inarticulada, construida con un lenguaje descarnado, mínimo, que excluye casi por completo la introspección en los personajes. En esto, como en las anteriores Plop y Frío, el lector se encuentra también sin asideros ni descansos, sumergido en una prosa abrupta y difícil que debe reconstruir como si lo que estuviese leyendo fuese solo un borrador formado por súbitos fogonazos. Pero en Subte hay además complicaciones añadidas: como su propio título indica, la acción sucede en la oscuridad, en túneles, en un mundo subterráneo donde los pocos referentes que le quedaban a la protagonista también se disuelven, incluido el del paso del tiempo. En ese escenario claustrofóbico la acción avanza solo a través de sensaciones táctiles, sonoras y olfativas, ocasionalmente de sus recuerdos. Alimentarse de ratas crudas no es una concesión a lo gore: es simplemente lo que permite el contexto. La lógica se altera, o es sustituida por otra lógica. Únicamente subsisten las nociones más primarias: el dolor, el hambre, el miedo y, cómo no, la supervivencia, la necesidad de seguir viviendo, y también, sobre todo, la necesidad de perpetuación: no olvidemos que nuestra protagonista está embarazada.

El principal tema de Subte es precisamente el de la maternidad. Ya a Plop lo vimos nacer de la manera más primitiva posible (su nombre recoge el sonido de su cuerpo al caer en un charco), pero ahora se explora más a fondo qué significa eso de perpetuarse, e incluso se indaga en la resbaladiza noción de amor maternal. En el mundo de Subte, la maternidad supone una entrega del alma y del nombre al recién nacido a través de la muerte de la madre: pura tierra quemada. Lo diferente, el parto natural y el amamantamiento, es considerado animal, más propio de las perras que de las mujeres. La historia de esta chica embarazada que lucha contrarreloj contra su propia naturaleza resulta, dentro de la dureza del relato, una hermosa fábula dotada de una simbología poderosa. Por eso no es cierto que Pinedo se limite a narrar con asepsia. Su narración seca y desapegada en realidad está pidiendo la colaboración al lector. La pide casi como en un grito agónico. Y es en esa zona de diálogo, o de reconstrucción, donde se halla siempre el sentido de la fábula. Y ahí también su hondo mensaje ético.

Después de todo esto, ¿qué más decir? ¿Es una buena opción leer a Rafael Pinedo en verano? ¿Y por qué no? ¿Demasiado deprimente? Bueno, al fin y al cabo este verano se nos presenta más que movido. Mucho mejor entonces si nos pilla sobre aviso.

25 julio 2012

Agítese antes de usar

Getting up / Hacerse ver. El grafiti metropolitano en Nueva York

Craig Castleman

Capitán Swing, 2012

ISBN: 978-84-940279-0-1

264 páginas

18,50 €

Traducción de Pilar Vázquez Álvarez

Introducción de Fernando Figueroa Saavedra

Manolo Haro

A mediados del siglo XVI, el poliartista Giorgio Vasari quiso contribuir a la historiografía de las manifestaciones estéticas de su tiempo con una portentosa obra que dio en llamar Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos. En ella recogía la vida y legado de los mayores creadores que había visto la 'Bella Italia' desde Cimabue hasta Michelangelo Buonarroti. A pesar de no observar con demasiada atención los límites de parcelas tan distantes como la historia y la recreación ficcional –la falta de datos llevó a entender la Biblia como una fuente de documentación al historiador Alfonso X el Sabio–, la obra de Vasari constituye un documento de época esencial para rastrear los latidos del corazón del Arte en el Renacimiento. Evidentemente la velocidad del tiempo para Vasari era muy diferente a la que marcaba allá por los 80 el tictac de la muñeca de Craig Castleman, autor de Getting Up / Hacerse ver. El grafiti metropolitano en Nueva York. Su libro hace lo propio con los "artistas" urbanos de la Nueva Florencia pero sólo con afán de recoger al vuelo –apenas una década– todo lo que estaba pasando dentro de una forma de expresión a la que aún las cátedras universitarias –si es que sabían de su existencia– no habían sabido si quitar el marchamo de gamberrada o colocarle el de arte. Precisamente el valor del libro reside en ser un material cercano cronológica y físicamente al momento de explosión del grafiti en Nueva York. Su publicación en USA supuso uno de los primeros espaldarazos al movimiento y, a su vez, la consecución de un estatus inicial que con el paso de los años y su paulatina e imparable expansión a todos los confines del mundo post-industrial le ha valido la atención del mundo académico.

El contenido del libro se plantea como una crónica vivaz entreverada por las voces de protagonistas de muy distinto signo. Además, cuenta con un interesante 'corpus' terminológico para los no iniciados en el asunto. No hay enjuiciamiento alguno por parte del autor; sus principales actores hablan directamente: "escritores" (así se les llama a los grafiteros), policías, detectives, operarios de la empresa de la Metropolitan Transit Authority, periodistas, el alcalde Lindsay, etc. narran en primera persona sus causas y azares en aquel New York donde un primigenio Basquiat –por cierto, la voz del artista no pasó por la grabadora de Castleman en un momento donde todavía no había saltado al lienzo– grafiteaba también y los Talking Heads ya estaban dando señales de su talento musical. El autor no se para a dirimir si el grafiti que tapiza los vagones del metro por dentro y que los decora por fuera son una manifestación cultural o un producto de individualidades atenazadas por su color o condición. De hecho, algún testimonio policial recogido en el libro deja claro que ni raza, nacionalidad, estatus económico o social determinados esclarecen nada acerca del fenómeno, pues todos los adolescentes pintan por igual sin que se puedan adscribir a unas determinadas coordenadas socioeconómicas. Sí que es cierto que el grueso de los que se aventuran a garabatear en la red del metro provienen de barrios como el Bronx, Brooklyn o Queens, en donde residían muchos desheredados.

Taki 183 fue el descorche del movimiento grafitero en N.Y.C. Un joven parado de Washington Heights llamado Demetrius colocó en 1971 así su firma en el metro. El New York Times mandó a un periodista en el verano de ese año a investigar sobre el jeroglífico. El reportaje convirtió de la noche a la mañana a  Demetrius en un héroe popular fácil de emular con la mera ayuda de un simple rotulador Unis más tinta Flowmark. Las cuitas de estos jóvenes seguidores de Taki 183 iban desde el diseño de las pintadas a la organización silenciosa para decorar un vagón o un tren entero, del robo masivo de pintura a la búsqueda del reconocimiento de sus pares. Los más espabilados quisieron ver en tales trabajos una forma manifiestamente original de arte urbano, por lo que el nacimiento de organizaciones que dieran cobijo y formación a tal cantidad de artistas –a la manera de los talleres de pintura en el París de la bohemia– suponía un paso determinante. Hugo Martínez con la UGA ('United Graffiti Artist') y Jack Pelsinger con la NOGA ('Nation of Graffiti Artist') dieron la posibilidad de que una cierta normalización llegara a una actividad totalmente criminalizada por la Alcaldía de la ciudad. De hecho, será John Lindsay, alcalde en activo en ese momento, el auténtico cruzado contra un fenómeno que era tan difícil de erradicar como una plaga de insectos. En 1972 la alcaldía neoyorquina estaba en bancarrota; las medidas como la aplicación de sustancias como el Hydron 300 para combatir las pintadas en el metro, el uso de perros adiestrados, las vallas de espinos o el aumento de vigilancia estaba saliendo por un pico cuando había que recortar de todos sitios. Se creó una 'Transit Police' en la que destacaron auténticos cabrones como el agente Schwartz, que era capaz de rociar con spray rojo incautado el pelo afro de un muchacho y esperar hasta que se le secara. Lindsay mostró su absoluta gratitud hacia este prohombre. O los agentes Kevin Hickey y Conrad Lesnewski, auténticos superpolicías para los grafiteros de toda la ciudad.

En fin, como dijo en su momento Jack Pelsinger, fundador de la NOGA, “todo el mundo necesita ser alguien, sentirse importante y ser importante para los otros. El arte es la manera más rápida de conseguirlo y estos chavales lo necesitan. ¿Por qué no pueden verlo así esos burócratas que lo controlan todo?” Controvertidas palabras que contienen la semilla de lo que aún hoy, a pesar de la absorción social e institucional del movimiento en algunos trances de nuestro tiempo –sólo hay que ver cómo la aceptación del grafiti "controlado" deja huella en nuestras ciudades–, sigue suscitando pasiones encontradas. Cerner lo tosco de lo sublime en este arte resulta interesante todavía. Quede el libro de Craig Castleman como arqueología necesaria para seguir preguntándonos acerca del tema y felicitaciones a Capitán Swing por correr riesgos editoriales propios de un grafitero en tiempos de Lindsay. Salud y al spray.