17 octubre 2012

El fútbol y la vida

Un balón envenenado. Poesía y fútbol

VV. AA.

Visor, 2012. Colección "Visor de Poesía"

ISBN: 978-84-9895-800-3

253 páginas

12 €

Editado por Luis García Montero y Jesús García Sánchez



Juan Carlos Sierra

Cada uno cumple años y lo celebra según marca cíclicamente el devenir del almanaque. Para algunas editoriales, sin embargo, los cumpleaños y sus fiestas no coinciden necesariamente con la cronología de los aniversarios, ya que su tiempo lo marcan los números que aparecen en el lomo de sus publicaciones. En el caso de la editorial Visor, para celebrar el número 800 de su colección de poesía, su entrenador, Jesús García Sánchez, y uno de sus pichichis, Luis García Montero, se han propuesto dedicar una antología a la relación que a través de los años los poetas en lengua castellana han mantenido con el fútbol.

Como punto de partida de esta antología sus autores escriben al final del prólogo lo siguiente: “Aunque no se trata de una antología de afán minucioso, ni de un trabajo académico, ni de un ejercicio de rigor lírico, sino de una fiesta de aniversario, el poeta y el editor se han puesto de acuerdo en la necesidad de aclarar que algunos nombres brillan aquí por su ausencia. (…) Los jugadores leñeros y sin clase están de sobra en una alineación ideal”.

Teniendo esto en cuenta, el tono de esta reseña se adaptará, para pasar un buen rato, al terreno de juego poético elegido y no se meterá en las marrullerías de los defensas centrales de la literatura, sobre todo por ignorancia. Así que quien espere una muestra de erudición y fino análisis crítico –en caso de que uno pudiera en algún momento alcanzar tales cotas de excelencia- puede ir migrando a la barra de favoritos y teclear algún otro portal de fina y erudita crítica literaria. Hoy no toca, porque hemos venido aquí a divertirnos "con la poesía y el fútbol", “la cosa más importante entre las cosas sin importancia” según apostilla sobre el "deporte rey" el "fútboladicto" confeso Eduardo Galeano.

Y sí, resulta divertido en cierto modo leer los poemas que algunos de los autores del 27 dedicaron al fútbol. Quizá el más célebre sea "Oda a Platko", el texto que Rafael Alberti dedicó al portero húngaro del FC Barcelona en la final de la Copa del Rey a triple partido que tuvo lugar en 1928. Y digo que resulta divertido y, añado, casi ingenuo el tono utilizado por Alberti al poetizar el fútbol, un fenómeno que entonces olía a modernidad -como el aeroplano, la máquina de escribir,…- y que ahora hiede a corruptelas y blanqueo de dinero. También recoge esta antología la respuesta o réplica que un aficionado de la Real Sociedad de San Sebastián, rival y víctima del Barcelona en aquella final, escribió para defender sus colores; un tal Gabriel Celaya. No sé si les suena. Como los niños en la calle que argumentan a voz en grito sobre quién es mejor, si el Madrid de Mourinho o el Barça de Guardiola, si Cristiano Ronaldo o Messi, los poetas lo hacen en verso con el mismo convencimiento.

Es, por otra parte, ese terreno de la infancia una constante en los poemas antologados. Muchos de ellos recuerdan, con cierto tono de nostalgia a veces, episodios y personajes míticos de los primeros años de vida en torno al fútbol, porque aquellos partidos a vida o muerte en el empedrado de las calles también pertenecen a aquel paraíso perdido. No obstante, -léase el texto introductorio de Joan Manuel Serrat- el paisaje de la infancia futbolera ha cambiado radicalmente y ha perdido su espontaneidad e ingenuidad gracias a la funesta labor de los padres-entrenadores, aquellos que desde la banda de un campo de Regional Preferente gritan a sus hijos su pasado y presente de frustrados futbolistas de Primera División.

Desde un punto de vista más literario, llama la atención que muchos de los poetas convocados a esta selección se presenten sin un currículum de textos anteriores que avalen su interés por la temática futbolística. Da la impresión de que a la invitación del seleccionador se han presentado con la primera equipación que han improvisado en casa, con un uniforme de circunstancias; y ya se sabe que todos los equipos respetables visten con la misma camisola, pantalón y medias, avaladas casi siempre por una marca deportiva de prestigio y calidad.

De entre los que ya han jugado en otras ligas importantes en su carrera poética, quizá uno de los más acertados de cara al marco del lector sea Juan Bonilla. Su poema "Anfield Stadium" está lleno de fútbol mítico, pero también -y quizá más importante- de soledad, del paso del tiempo, de dignidad,… De todas esas cosas de las que habla la buena poesía, en las que el lector se reconoce, con las que se emociona,… el fútbol y la vida.

16 octubre 2012

Para entender el XXI…

Pensar el siglo XX

Tony Judt (con Timothy Snyder)

Taurus, 2012

ISBN: 978-84-306-0910-9

400 páginas

23 €

Traducción de Victoria Gordo del Rey



Coradino Vega 

Más allá del drama humano que supuso su pérdida, da rabia que Tony Judt falleciera justo cuando la crisis económica actual empezaba a poner ciertas legitimidades patas arriba. El inicio del colapso financiero coincidió con el diagnóstico de la esclerosis lateral amiotrófica que fue paralizando cada uno de sus órganos hasta acabar con su vida dos años más tarde. Por entonces, en 2008, Tony Judt ya había pasado de ser un heterodoxo historiador angloamericano, un ‘outsider’ con especial inclinación a las no siempre coherentes ideas de la 'intelligentsia' francesa del siglo XX y cuya obra no se había visto consagrada hasta el éxito de su monumental Postguerra, a convertirse públicamente en lo que parece que, por emulación de sus admirados Albert Camus, Raymond Aron o Léon Blum, y a través de sus artículos en The New York Times y The New York Review of Books, siempre se consideró a sí mismo: un intelectual, en el sentido más amplio del término, cuya característica mezcla de autoconfianza cultural y sentido del deber le llevó a involucrarse en las mejoras públicas. A partir de entonces, postrado en una silla de ruedas primero y en una cama reclinable después, dictó de memoria dos libros brillantes, valientes, insobornablemente libres y de una argumentación tan lúcida como contundente, que a modo de testamento personal y político constituyeron la última prueba de la testaruda lucha de su inteligencia contra la muerte: ese alegato para generaciones venideras que, entre otras cosas, es Algo va mal, y los hermosos fragmentos autobiográficos agrupados en El refugio de la memoria.

Con tales precedentes, decepciona, cuesta asimilar que Pensar el siglo XX sea el último libro de Tony Judt si no se conocen sus condicionantes. La idea de éste, justo antes de que le detectaran la enfermedad, era escribir una historia intelectual y cultural del pensamiento del siglo XX, algo que pronto comprobó que no podría llevar a cabo. Por lo que cuenta su última esposa, Jennifer Homans, la propuesta de Timothy Snyder de hacer un “libro hablado” no sólo se convirtió en la única forma de intentar desarrollar un poco ese proyecto, sino que a la larga sus conversaciones ayudaron a mantener a Judt con la cabeza activa, centrada en un propósito que espontáneamente se fue ampliando hasta dar como resultado esta mezcla de libro de historia, biografía y tratado de ética. Cada uno de los nueve capítulos que lo conforman va introducido por un relato en primera persona que recuerda un periodo de la vida de Tony Judt en el que irrumpe Snyder con una pregunta que relaciona esa experiencia, ese perfil, con alguno de los episodios más relevantes de la historia del siglo XX. A partir de ahí, el libro se troca en un diálogo por el que desfilan los orígenes judíos de Judt vinculados con un “mundo de ayer” que tiene poco que ver con el que recordara Stefan Zweig, la formación marxista —que le vacunaría contra los entusiasmos de la Nueva Izquierda de los setenta— heredada en parte del padre de un joven de clase humilde nacido en el londinense East End y educado en un sistema de enseñanza pública y meritocrática hoy extinguido, los años de Cambridge y maestros como el recientemente fallecido Eric Hobsbawm, el desencanto del sionismo “kibutzista” o los orígenes teóricos del fascismo, Berkeley y las ideas maximalistas de unos pocos de las que dependieron las vidas de tantos otros, la inaceptable hipocresía del intelectualismo francés, el pensamiento de los liberales de Europa del Este en la línea de Adam Michnik o Václav Havel, la responsabilidad del historiador o la defensa de una socialdemocracia para Estados Unidos.

Resulta admirable la capacidad retentiva de Tony Judt, la titánica memoria capaz de combinar lecturas y experiencias con una erudición y un conocimiento de causa verdaderamente extraordinarios. Su posicionamiento es abogar por la verdad como tal, la de los hechos históricos en vez de la de las abstracciones (“especulaciones parafilosóficas”, como las llama el propio Judt), al tiempo que se aceptan sus múltiples formas y fundamentos; es decir: por un pluralismo que no es sinónimo de relativismo sino su contrario. También acierta Timothy Snyder sacando a colación algunos temas, como la cuestión judía, que no sólo se quedaron fuera de los últimos libros de Tony Judt, sino que él mismo reconoce no haberles dedicado suficiente atención en sus escritos por un motivo u otro. Sin embargo, la sensación global de este libro es la de reiterar ciertas ideas que ya estaban expuestas en Algo va mal y El refugio de la memoria con una claridad expositiva de la que, quizás por su naturaleza oral, carece buena parte de Pensar el siglo XX. El rumbo que sigue Snyder, además, se pierde a veces en casuísticas y detallismos prolijos que pueden alejar el texto de un lector común no tan interesado en los vericuetos de la intrahistoria como en la panorámica general, nunca reduccionista ni simple, surgida de la visión rigurosa a la par que accesible que caracterizó la obra del último Tony Judt.

Y sin embargo, un libro redundante, disperso y de circunstancias que parta de Tony Judt ya es demasiado. Como suele ser habitual, y demuestran estas conversaciones pertinentemente, la formulación del pensamiento depende de la propia experiencia. Así, si para Stefan Zweig hubo un tiempo en el que la gente de su tiempo pensaba que todo era estable y, de pronto, supieron que no, que todo fluye; o si toda la teoría económica de Keynes parte igualmente de la nostalgia y el sentimiento de pérdida del extraviado mundo de su juventud; la apoyatura intelectual de Tony Judt está cimentada en los logros del siglo pasado que permitieron a una cantidad sin precedentes de personas vivir mejor. De ahí que dirija toda su munición crítica a los focos ideológicos que socavan unos pilares que hoy de nuevo parecen en riesgo de derrumbe. La desconfianza intuitiva de Judt hacia la intelectualidad filocomunista a la Jean-Paul Sartre primero, o universitaria amiga de cualquier nuevo –ismo de su generación después, parte de la comprobación personal de cómo convirtieron la “dialéctica” en el arte y la técnica de caer siempre de pie. Por eso prefiere invertir la Undécima Tesis sobre Feuerbach de Marx: a veces no se trata tanto de cambiar el mundo como de comprenderlo o, incluso, de preservar lo que merece ser preservado en lugar de especular con políticas de todo o nada: “Tendemos a olvidar que el marxismo ofrece una explicación extraordinariamente atractiva de cómo y por qué funciona la historia. La promesa de que la historia está de nuestro lado, de que nos dirigimos hacia el progreso, resulta reconfortante para cualquiera”. Pero del mismo modo tendemos a olvidar cuál ha sido el mayor pecado intelectual del siglo XX: emitir un juicio sobre el destino de los demás en nombre de un futuro tal y como uno lo ve. Una cosa es que alguien esté dispuesto a sufrir por ese futuro incognoscible y otra muy distinta autorizar el sufrimiento de los demás en nombre de esa misma e inverificable hipótesis. Siempre fue una cuestión de creer en un edificio futuro que justificaría el infinito número de ladrillos rotos del presente, dice Judt, pero “los intelectuales no bajan a la calle y se ponen a degollar a la gente o a colgarles de un gancho de carnicero”.

Al igual que sintió que ser judío le obligaba a criticar a Israel enérgica y rigurosamente, “de una forma que los no judíos no podían por temor a espurias pero eficaces acusaciones de antisemitismo”, y decir alto y claro que la mayor utilidad del Holocausto para Israel ha sido servirle de excusa para su mal comportamiento, Tony Judt no se cansa de proclamar que el ocaso de la socialdemocracia tras la caída del Muro es tan injusto como desafortunado porque ni sus orígenes ni sus logros estuvieron nunca vinculados a la experiencia soviética. Jugando con la paráfrasis de otra presencia recurrente en estas páginas, Hannah Arendt, el último capítulo se titula “La banalidad del bien”, y versa sobre la misma socialdemocracia que ya defendiera Judt en Algo va mal, un concepto aplicado más al modelo de Estado del bienestar afianzado por los consensos sociales de mediados de siglo en la Europa continental que a una idea partidista, y que tan poco tiene que ver con la acepción utilizada en este país asociada a la pusilánime blandenguería del zapaterismo del todos y todas, y que lo mismo sirve para confundir con la hipocresía “progre” o el denominado buenismo, que para despreciar desde las dos orillas del espectro político. La independencia de Judt respecto a cualquier sigla pone todo su énfasis en la sociedad civil y en las posibilidades de intervención del Estado. El Estado del bienestar no es un producto de los socialdemócratas. La historia de la planificación es la historia de diferentes sociedades europeas que llegan a diferentes conclusiones sobre cómo y dónde es deseable utilizar el Estado para perseguir unos propósitos éticos y pragmáticos. Nadie, por así decirlo, planificó la planificación. Eso que ahora parece darse por supuesto proviene de los reformistas ingleses de la segunda mitad del siglo XIX, tiene a sus referentes fundadores en Keynes y William Beveridge, y cristalizó en las políticas del New Deal, el Plan Marshall, el laborismo y los acuerdos entre socialdemócratas y democratacristianos en Francia y Alemania desde la II Guerra Mundial hasta los años setenta, mientras hubo una clase política que se tomó en serio las recetas keynesianas y aplicó la austeridad en épocas de bonanza y el gasto público en épocas de recesión, teniendo el pleno empleo como objetivo principal en lugar del continuo crecimiento económico. La eclosión de una nueva ornada de economistas que se tomaron al pie de la letra el descontextualizado autismo político de Hayek —la intervención en la economía es siempre y en todo lugar el inicio del totalitarismo— abrió un tiempo de desregularización, en que tanto la ética como la política derivaban de la economía, del que parece que no hemos salido.

La denuncia de Tony Judt pasa por lo fácilmente que pueden desbaratarse y menoscabarse los logros pasados. Y para ello desmonta una a una muchas de las falacias neoliberales que los siguen poniendo en peligro: que primero haya que crecer para después distribuir, que lo privado sea siempre mejor que lo público, que la caridad repare las deficiencias de la vida de la gente, que las guerras se libren en nombre de los derechos humanos y no para el bienestar empresarial, la tontería neopragmática del final de la historia. De un lado, desconfía de las alternativas a “cierta abstracción llamada capitalismo” y aboga por mantenerlo estable y bien regulado con el fin de limitar las consecuencias de su propio éxito. Pero, de otro, Tony Judt no es para nada un fundamentalista democrático. Crítico como pocos con la deriva de la política estadounidense bajo el mandato de G.W. Bush (pero también con el de Clinton), sostiene que si bien la democracia ha sido la mejor defensa a corto plazo contra las alternativas no democráticas, ni constituye una defensa frente a sus propias taras congénitas, ni es condición necesaria para una sociedad buena y abierta, ni está fundamentada su exportación en todo caso: como antes hizo Isaiah Berlin, reconoce que algunas sociedades anteriores no democráticas fueron en ciertos aspectos mejores que democracias posteriores. A Tony Judt le preocupó la tendencia de la democracia a producir políticos mediocres, que la política ya no fuera un lugar al que tendiesen a dirigirse las personas con autonomía de espíritu o amplitud de miras. Consciente de la responsabilidad del historiador, que ha de saber de lo que habla y tener algo que aportar, apuesta más por una ética práctica que por una moral teórica al tiempo que, cuando Snyder le recuerda aquello que les preguntó Camus a Sartre, Merleau-Ponty y Simone de Beauvoir: “¿Y qué pasa si simplemente todos estamos equivocados? ¿Y si Nietzsche y Hegel nos han engañado y realmente existen unos valores morales?”, afirma que el desafío al que se enfrenta cualquier intelectual serio hoy en día es cómo ser un universalista coherente. Sólo ante el peligro como se quedó en su oposición a la guerra de Irak desde su cátedra de la Universidad de Nueva York, Tony Judt se desespera ante el conformismo provinciano de la sociedad norteamericana, atenazada por el miedo a transgredir la comunidad en la que se vive, por el temor a ser impopular y a estar en contra de la mayoría. Y es una pena que Timothy Snyder centre el debate de la socialdemocracia en el marco de Estados Unidos en contraposición a los logros del viejo continente (“un desempleo sin acceso a la sanidad pública es algo que ninguna sociedad debería aceptar nunca”), pues eso conlleva a que ambos den por afianzadas una seguridad económica, física e incluso cultural que, al menos en los países del sur, penden actualmente de un hilo. Hubiera sido interesante saber la opinión de Judt sobre lo que está pasando hoy día en Europa, pues ya en 1995 afirmó que la Unión Europea corría el riesgo de desestabilización por una mezcla de exceso de ambición y miopía política.

Para los jóvenes de mayo del 68 (para los de París, no para los de Praga), las viejas lecciones eran irrelevantes: precisamente porque los liberales habían ganado, sus hijos no tenían ni idea de lo que había estado en juego. Para Tony Judt, la misión del historiador no puede ser la de inventar ni explotar el pasado para unos fines presentes. Pero sin la interpretación del pasado, sin el conocimiento de los hechos de la historia y sus consecuencias, resulta imposible entender el presente. Por eso, desde Algo va mal, Tony Judt escribió fundamentalmente para la generación de sus hijos, y se empeñó por todos los medios en dejar bien claro este mensaje: seríamos unos insensatos si renunciáramos a un legado que concibió la política como instrumento de cohesión social. La idea más extendida en los años noventa fue dar por hecho que habíamos dejado atrás el siglo XX como un lamentable historial de dictaduras, violencia, abuso autoritario del poder y supresión de los derechos individuales. El siglo XXI, sin duda, sería mejor, aunque sólo fuera porque se cimentaría en un Estado mínimo, un “mundo plano” de ventajas globalizadas para todos y libertades ilimitadas para el mercado. ¿Qué hemos perdido con el hecho de dejar atrás el siglo XX y qué podríamos esperar recuperar y utilizar de él para construir un futuro mejor? ¿Qué pasaría si no partiéramos por una vez de una narrativa del horror y la barbarie? El siglo XX asistió a importantes mejoras en la condición humana en general; dentro de muchos Estados bien establecidos, la vida progresó espectacularmente. ¿Cómo? ¿Haciendo qué? Según Tony Judt, parece que ni la guerra de Irak de 2003 ni la crisis financiera de 2008 han sido lo suficientemente catárticas como para evitar la regresión en la que estamos inmersos hasta el cuello. 

Intelectuales del presente, que bien están indignados bien se expresan con claridad pero que raramente hacen las dos cosas a la vez, no dejen de leer a Tony Judt. Ciudadanos manifestantes, profesionales o desempleados, urdidores de utopías asamblearias o simples defensores de la dignidad, lean o vuelvan a leer a Tony Judt. Señores políticos, responsables institucionales, lean de una vez por todas a Tony Judt y…, por favor, háganle caso. Empiecen por Algo va mal, conózcanlo mejor en El refugio de la memoria, atrévanse con su impresionante Postguerra o con Sobre el olvidado siglo XX o con Pasado imperfecto, y si han llegado hasta ahí, entonces comprenderán por qué la lectura de Pensar el siglo XX será también inevitable. Aunque no sea el mejor libro de Judt. Aunque fuera el asidero que le proporcionaron Timothy Snyder y su familia para sus últimos meses de vida. Aunque su promoción editorial huela a explotación de marca sin contemplaciones.

15 octubre 2012

Salman Rushdie, o el escritor como héroe

Joseph Anton

Salman Rushdie

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-397-2585-5

688 páginas

24,90 €

Traducción de Carlos Milla



José Martínez Ros

En 1989, el año de la 'fatwa' o 'fetua', Salman Rushdie era un aún joven escritor anglo-indio al que se le consideraba una de las grandes promesas de la literatura mundial. Sus dos primeras novelas habían sido bendecidas por varios premios, críticas entusiastas y numerosos lectores. Tanto Hijos de la medianoche, una particularísima saga familiar -que recordaba, y mucho, a los Cien años de soledad de García Márquez- mezclada con una sorprendente historia de superhéroes hindúes, como Vergüenza, una muy truculenta novela política y una fábula aterradora sobre Pakistán, habían sido consideradas dos obras maestras mestizas que combinaban con maestría elementos de tradición oriental con la narrativa postmoderna más revolucionaria; y probablemente, sigan siendo sus novelas más memorables. Su tercera novela era aguardada con expectación.

En un primer momento, Los versos satánicos parecía un paso adelante literario bastante lógico, dada su temática: trasladaba a sus personajes característicos, con sus complicadas genealogías y sus fantásticos poderes, a Londres, a la gran metrópoli postcolonial. Sin embargo, algunos pasajes de su larga y ambiciosa novela hicieron que, tristemente, pasara de la actualidad cultural a la política. Rushdie, a través de las visiones de uno de sus protagonistas, se atrevió a novelar las experiencias místicas de Mahoma, el fundador del Islam (aunque en un tono notablemente respetuoso, mucho más, por ejemplo, que el que utilizaría José Saramago unos años después en El evangelio según Jesucristo) e incluía una larga descripción de un innominado y siniestro 'mulá' en el exilio donde muchos vieron un retrato sarcástico de Jomeini, el líder religioso iraní. Eso bastó: pronto se desataron protestas de integristas musulmanes en Pakistán y la India y en la misma Inglaterra. Hubo muertos. Y en Irán, Jomeini dictó su 'fetua': todos los musulmanes del mundo deberían emplear cualquier recurso a su alcance para dar caza y ejecutar al blasfemo. Una amenaza más que teórica: los expertos de los servicios de inteligencia británicos le advirtieron que los iraníes habían enviado a diversos grupos de asesinos a Europa en su busca. Aquí comienza la epopeya de Salman Rushdie y Joseph Anton -el nombre falso bajo el que se ocultó-, su última obra, unas memorias de los diez años en los que el escritor se vio obligado a permanecer bajo la protección de la policía británica, sometido a kafkianas normas de seguridad, alejado de su familia y amigos y de todo lo que significa una vida normal.

Como saben sus lectores, Rushdie es un magnífico narrador y, en este caso, tiene una gran historia que contar, la suya, y no la desaprovecha. Nos hace sentir la angustia de ese escritor casi anónimo, agnóstico y enamoradizo, devoto de Borges y Tolkien, que, de repente, convierten en un problema mundial. El gobierno británico, al mismo tiempo que lo protege, hace gestos conciliadores hacia los extremistas y lo acusa poco menos que de huésped indeseable. La prensa sensacionalista se queja de los elevados gastos que supone el dispositivo de seguridad que lo mantiene a salvo. Es tachado de pornógrafo, agente provocador al servicio del sionismo, mercenario. Distinguidos colegas situados, políticamente, a la izquierda (como por ejemplo, Le Carré o John Berger) le demuestran su hostilidad: al parecer, por muy absurdo que resulte en la Era post 11-S y 11-M, muchos intelectuales de izquierda creían todavía a finales de los ochenta y principios de los noventa que la revolución islámica era un movimiento “progresista”. La derecha abomina de él. Se colocan bombas en librerías. Su traductor al japonés es degollado. Su traductor al italiano, acuchillado. Un editor escandinavo, tiroteado. Y Rushdie, y no los verdugos, que apenas son perseguidos, aparece como  responsable. El libro sólo decae en los últimos capítulos, cuando la diplomacia occidental endurece su postura con el régimen iraní y lo obliga a recular. Rushdie se convierte, como es ahora mismo, en una especie de estrella literaria-social global y resulta un poco fatigoso repasar páginas y páginas llenas de celebridades que desean conocerlo o expresarle su admiración.

Durante el periodo más tenebroso, Rushdie consiguió, a pesar de los pesares, mantener su dignidad e identificar su causa con el secularismo, la libertad de expresión y pensamiento, los ideales universales de ilustración y libertad, la lucha contra la censura y el fanatismo. No le callaron. Siguió adelante. Publicó más libros -algunos interesantes como El último suspiro del moro y otros mediocres que no están a la altura de su obra anterior-, dictó conferencias, escribió a los periódicos, se entrevistó con políticos de todo el planeta, hizo lo posible y lo imposible para que el mundo no se olvidara ni de él ni de las demás víctimas del integrismo. He ahí su mérito, y el motivo de que aún concite bastantes odios. No se pinta a sí mismo como un ser humano perfecto (aunque no llega al nivel de autoflagelación de, por ejemplo, Coetzee): aparece como un individuo vanidoso (aunque su vanidad puede haber sido un factor positivo, cuando se trata de no dejarse amilanar o humillar ni siquiera por el Líder Supremo de la "revolución iraní"), que tiene graves problemas para establecer una relación sana y estable con las diversas mujeres con las que se cruza en su vida, y muestra una cierta tendencia -comprensible, en un caso como el suyo- a dividir el mundo en pro o anti Rushdie. Algunos de sus juicios históricos o políticos son superficiales o discutibles. Pero, en definitiva, es alguien que merece la pena admirar. No eligió la tarea que llevó a cabo: los asesinos lo eligieron a él, pero no se dejó aplastar por el curso de la historia. Si aceptamos la definición de Hemingway de heroísmo ("gracia bajo presión"), es uno de los héroes de nuestro tiempo. Y su causa fue la causa de la civilización, y este libro es un brillante autohomenaje al hombre que supo cargar ese peso sobre sus hombros.

[Publicado en notodo.com]

11 octubre 2012

El Horatio Alger de la contracultura

El escritor gonzo. Cartas de aprendizaje y madurez

Hunter S. Thompson

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7834-9

520 páginas

24,90 €

Traducción de Antonio-Prometeo Moya Valle


Fran G. Matute

La figura de Hunter S. Thompson viene reivindicándose efusivamente en los últimos años y lo hace en todos los formatos imaginables. The Gonzo Tapes (2008) -un ‘box set’ de cinco cedés que recoge grabaciones realizadas, grabadora en mano, entre 1965 y 1975-, el documental Gonzo; The life and work of Dr. Gonzo (Alex Gibney, 2008),  la novela gráfica Gonzo: A Graphic Biography of Hunter S. Thompson (2010) de Will Bingley y Anthony Hope Smith (de reciente publicación por la editorial 451 editores), el estreno de Los diarios del ron (Bruce Robinson, 2011) y ahora nos llegan traducidas estas cartas de madurez y aprendizaje bajo el título El escritor gonzo.

“Gonzo” es aquí la palabra clave: un concepto acuñado para describir el periodismo que facturaba a finales de los 60 y principios de los 70 el bueno de Hunter y que ha terminado identificado con el lado más salvaje y libertario de su obra cuando en teoría debería utilizarse para referenciar su trabajo más serio y reflexivo. Porque tras leer esta correspondencia no nos cabe la menor duda de que el vocablo “gonzo” debe ir inexorablemente unido a la palabra “periodismo”. Hunter S. Thompson fue un cronista excelso. Un articulista incisivo, ácido (nunca mejor dicho), irreverente, inclasificable, independiente en definitiva. Y esa autonomía le sirvió para mostrar lo peor y lo más interesante de una América que le dolía en lo más profundo de su ser.

Qué duda cabe que el legado más reconocible de Hunter S. Thompson hoy día es la versión más estrafalaria de ese personaje llamado Dr. Gonzo que difícilmente puede disociarse de su yo verdadero. Pero si bien es cierto que Hunter era así de esquizoide las veinticuatro horas del día, la publicación de estas cartas nos reconcilia con la profundidad y seriedad de su trabajo. Es por este motivo que considero que El escritor gonzo es la mejor forma de conocer tanto al autor como el compromiso de éste con su obra. Es una suerte de autobiografía producida por un escritor intenso pero comprometido, que en su afán por describir el ocaso del Sueño Americano terminó por convertirse en uno de los pocos que lo alcanzó. No deja de resultar curioso que uno de los iconos de Thompson fuera Horatio Alger, escritor norteamericano de novelas de consumo de finales del siglo XIX que terminó por representar  en su obra, mejor que nadie, las infinitas posibilidades que ofrecía el ya citado Sueño Americano. Y es que no deja de resultar fascinante, insistimos, que alguien con la filosofía vital de Hunter S. Thompson haya podido subsistir en una sociedad moderna como no fuera la de los Estados Unidos.

Así que estas cartas, que fueron publicadas originariamente en 1997 y 2000 en dos volúmenes independientes -el primero, recogiendo el período de formación entre 1955 a 1965, y el segundo, del 68 al 76, en lo que podríamos llamar su etapa de madurez-, y que han sido editadas de forma brillante por Douglas Brinkley, son el verdadero legado literario de Hunter S. Thompson, su gran obra inacabada e inacabable.

Al margen de la importancia relativa que puedan tener hoy día sus obras clásicas como Los ángeles del infierno (1965) o Miedo y asco en Las Vegas (1971), entendemos que es la mera existencia de un escritor como el Dr. Gonzo lo que da valor a su obra. Y precisamente por la idiosincrasia del autor nos fascina doblemente reconocer en su correspondencia privada al Thompson de carne y hueso (esa carta paternalista a un chico de ocho años obsesionado con Los Ángeles del Infierno), frustrado por ser novelista (su eterna e infructuosa lucha por colocar a las editoriales sus obras de ficción), políticamente activo y asqueado a partes iguales (sus batallas dialécticas con los presidentes Nixon y L. B. Johnson o su apoyo incondicional a Jimmy Carter, por no hablar de sus flirteos con el Freak Power) y obsesionado con el dinero, en una relación tormentosa que sustenta buena parte de los grandes momentos de evasión que ofrecen estas cartas tan formativas como entretenidas.

Luego están, por supuesto, los grandes nombres de la cultura: intercambios epistolares con Tom Wolfe, Kurt Vonnegut Jr., William J. Kennedy, George V. Higgins (al que en realidad le pide asesoramiento legal), Nelson Algren, Bob Rafelson, William Faulkner,... que terminan por ser más anecdóticos que otra cosa si bien sirven para completar el fresco vital de un Hunter S. Thompson interesado por conocer y relacionarse, desde el aislamiento de su rancho en Woody Creek, con lo que estaba verdaderamente pasando en el mundo.

Culto, viajado, hombre de familia (a su manera). Estos bien podrían ser atributos asociables al viejo Hunter, una vez leídas sus cartas. Pero sabemos que lo anterior no vende. Y es mejor recordar al pobre diablo como aquel escritor psicótico que se empeñó en organizar su funeral de tal forma que se construyera un cañón gigante y se esparcieran sus cenizas en su finca de Colorado mientras sus amigos y allegados celebraban la fiesta de su suicidio. Resulta que el refranero español tiene un dicho que define a este autor a la perfección. Hunter S. Thompson: genio y figura hasta la sepultura. 

10 octubre 2012

Marruecos en lata

Una vida llena de agujeros

Driss ben Hamed Charhadi

Capitán Swing, 2012

ISBN: 978-84-9398-277-5

328 páginas

20 €

Traducción de Javier Talayero

Transcripción y prólogo de Paul Bowles

Ilya U. Topper

En épocas, en Marruecos no se comía más que un tipo de mermelada, y era la de albaricoque de la marca Aïcha, vendida en latas de un kilo, con el eslogan: fruta pura, azúcar puro. No había tienda de pueblo, por recóndito que fuera, donde no se encontraban las latas Aïcha de albaricoque.

Cuando U. me dio el libro de Paul Bowles Una vida llena de agujeros -corrían los últimos ochenta y se había editado en Alemania bajo el título, más certero en su reinterpretación de la palabra inglesa 'holes', de Una vida llena de trampillas- me dijo: “No es gran literatura. Ni siquiera es literatura. Pero es Marruecos, tipo albaricoque en lata”. 

Creo que no se puede encontrar una definición mejor. No comparto las críticas entusiastas sobre una supuesta enorme calidad literaria que me parecen más bien un tributo a la historia marco, según la que el autor es un marroquí analfabeta, que narraba esta historia a Bowles, quien la grabó y la tradujo. De hecho, U. se inclinaba a considerar a Bowles como autor (¿no es autor quien "escribe" un libro?). Y prácticamente todo lo que sabemos sobre Driss ben Hamed Charhadi que figura en la portada es lo que dice de él Bowles en el prólogo, y es prácticamente nada. En internet se encuentran algunos datos muy sueltos: su verdadero nombre, Larbi Layachi, su  fecha y lugar de nacimiento (Menarbía, Rif, 1937) y el que más tarde habría emigrado a Estados Unidos. En los años ochenta publicó dos libros más, uno sobre los círculos norteamericanos de Tánger (Tennessee Williams, el propio Bowles) y una novela que recoge un ambiente muy similar al de Una vida llena de agujeros; debemos imaginar que llegaron a las editoriales siguiendo el mismo patrón.

Yo no creo, sin embargo, que Bowles haya inventado la figura y la narración de Driss ben Hamed Charhadi. Es demasiado auténtico. Es un Marruecos mucho más auténtico que el que Bowles nunca llegó a conocer (o si lo conoció, se negaba a trasmitírnoslo en sus novelas). Tiene el innegable sabor de lo vivido sin reflexión: el narrador no explica sus actos, ni los de los demás: los constata. No asume en ningún momento que robar alambre de cobre de un almacén es un delito y como tal moralmente reprobable, pero tampoco lo justifica. En este sentido, se asemeja a una película muda.

Esta mudez tiene un extraño encanto: en una novela de Bowles (o de cualquier otro literato) en la que un joven cae en una profunda depresión porque le impiden seguir viendo a su amante, se explicaría que es mal de amores; aquí nos damos cuenta simplemente porque empieza a descuidar su vida en los párrafos posteriores a aquel en el que le dice la madre que a la chica la van a casar con Fulano. Y en una novela al uso, el lector se plantearía se creerse de verdad si este mal de amores se puede curar de hecho de un día para otro sacrificando un gallo negro sobre la tumba de determinado santo. En la narración de Charhadi no cabe la duda.

Esta frescura compensa lo que en una obra literaria sería su mayor y más evidente defecto: la falta de unos personajes presentes del principio hasta el final (excepto el propio narrador, claro, y su madre) o al menos un tema, una pregunta, una búsqueda concreta que dé cohesión al conjunto. Así, se queda en una simple autobiografía aparente, desde la infancia hasta cierto momento de juventud, pero precisamente habíamos quedado (en el prólogo) en que se trataba de hacer ficción y que los hechos narrados no tienen por qué ser reales.

Hacia el final hay cierta sensación cansina de repetición, al contar el descenso a los infiernos de un francés homosexual que se deja explotar por sus amantes-empleados, aunque la reiteración contribuye (acertadamente) al mal sabor de boca buscado. Es aquí, en estos últimos capítulos donde el autor se nos revela como parte, al fin y al cabo, de este círculo de extranjeros extraviados en Marruecos, que tan magistralmente y con tanta negrura describe Rafael Chirbes en Mimoun, aunque Charhadi observa precisamente desde el otro lado de la barandilla. Este círculo que en realidad no es Marruecos, sino su parodia orientalista, a la que no escapó nadie de la alegre muchachada de Tánger, tampoco Paul Bowles, y que a Charhadi o a su narrador le da un repelús comprensible aunque finalmente sea éste su cordón umbilical con el ámbito universal de la literatura: quien le traduce y edita es precisamente uno de ellos.

El mérito de Bowles es que nos haya presentado este Marruecos enlatado tal cual, sin aditivos ni colorantes. Fruta pura. Puede saber un poco a metal, le advertimos, pero no, no es una lata.