15 marzo 2013

Nuestros colegas, los griegos


La desgracia de ser griego

Nikos Dimou

Anagrama, 2012. Colección "Argumentos"

ISBN: 978-84-339-6345-1

104 páginas

11,90 €

Traducción de Vicente Fernández González



Jesús Cotta

Hay pueblos como el español, el griego o el portugués que viven su manera nacional de ser, sea esta lo que sea, de modo problemático. Las tres naciones tienen varias cosas en común: un pasado glorioso, dictaduras y arriba unos vecinos más prósperos y que no le dan tantas vueltas a su manera de ser o que al menos no la consideran un problema. Grecia comparte, además, con España una guerra civil el siglo pasado.

Grecia es, en Europa, un país peculiar, porque no pertenece a ningún grupo grande: ni a los germánicos ni a los escandinavos ni a los eslavos ni a los latinos y, aunque lo griego es, junto con Roma, el cristianismo y el legado de los pueblos bárbaros, uno de los fundadores de nuestra Europa, los griegos no se sienten plenamente europeos, pero tampoco pueden considerarse de otro sitio, porque su sitio, Constantinopla, está en otras manos y ahora lo llaman Estambul ("¿Hasta cuándo seguirás cayendo, Constantinopla?") , aunque no he visto en Grecia ni un solo mapa donde a la antigua capital del Imperio Romano de Oriente se la llame Estambul. Igual que Polonia, que, como decía Juan Pablo II, era latina entre los eslavos y eslava entre los latinos, Grecia es europea entre los orientales y oriental entre los europeos.

Pues bien, en la estupenda traducción de Vicente Fernández González, nos expone Nicos Dimou en forma de estampas, aforismos y breves reflexiones encadenadas por la lógica por qué es una desgracia ser griego y cómo esa desgracia es una de las razones de su fuerza y una de las maneras de salir adelante.

Según él, el griego solo se crece en la amenaza o en la desgracia. Su inercia es estar descontento con el mundo y, solo cuando este lo trata mal, se encuentra, pues, en su salsa.

El autor repasa todo lo griego: pasado, idiosincrasia, familia, religión, sexo, política, su relación con el extranjero y con el medio, etc. Retrata el complejo de inferioridad que muchos griegos sienten ante la grandeza de un pasado que los abruma y que no se atreven a cuestionar ni relativizar y ante el hecho de que ellos, por la ocupación otomana, no participaron de las grandes corrientes culturales europeas.

Una de las soluciones que el autor aporta es que los griegos acepten ser quienes son realmente y no quienes dicen otros que son o quienes quisieran ser. Y, desde luego, tienen razones para estar orgullosos: le dijeron que no al todopoderoso Hitler (cosa que Europa no ha agradecido lo bastante), son herederos directos de la mayor literatura y de un mundo cultural del que todos somos deudores, han sobrevivido como pueblo y como cultura a pesar del olvido de Occidente y de la invasión turca, y tienen una floreciente literatura y música que ya quisieran para sí países europeos más prósperos económicamente.

A lo largo del libro he tenido a veces la sensación de que el autor radiografiaba a los españoles. Con los griegos compartimos esa dificultad para alabar el mérito ajeno, sobre todo si es el de un compatriota en el extranjero, el poner en entredicho la virilidad del otro, el “piensa mal y acertarás”, el poco respeto que les merecen las instituciones y los que están contra ellas, ese deseo de europeizar el propio país, de minusvalorar sus raíces cristianas, de querer ser otra cosa. La lucha que es España, según Luis Rosales, entre hidalgos y pícaros, es en Grecia, según Nicos Dimou, entre la gallardía y la miseria.

En fin, un libro escrito al final de la dictadura y con dardos brillantes y punzantes y desde el amor a su país al que quiere proteger de lo falso, del victimismo, de la incapacidad, porque el autor, como todos los griegos que he conocido (y he conocido muchos) ama mucho a su país cuanto más lo critica. En eso también se parecen a los españoles, solo que aquí el amor natural a esta sana identidad cultural que es la patria se disimula tontamente porque no está bien visto.

Bienvenido sea este libro en estos días en que Grecia solo sale en las noticias como la enferma de Europa. Grecia es mucho más que eso: una gran nación que ha sobrevivido a todo y que saldrá adelante por el empuje y la creatividad de su gente más que por la acción de los políticos europeos y griegos. Aquello que la afea también la hace hermosa, porque en el defecto está muchas veces la raíz de la virtud.

14 marzo 2013

Las vidas de Zuckerman


Zuckerman encadenado

Philip Roth

Galaxia Gutenberg, 2012

ISBN: 978-84-15472-45-2

560 páginas

25 €

Traducción de Ramón Buenaventura



José Martínez Ros

No es necesario presentaros a Philip Roth (1933), una institución de las letras norteamericanas, un titán literario que ya ha recibido prácticamente todas las distinciones y premios que se pueden otorgar a un escritor en el ancho mundo -excepto el Nobel, y cada año, tras el veredicto de la Academia Sueca, la pregunta inevitable que siempre se hace alguien en voz alta es “¿y por qué demonios no se lo han dado ya de una vez a Philip Roth…?"-. Zuckerman encadenado, una de sus obras más celebradas, y según Harold Bloom, quizás la mejor, es una recopilación de cuatro novelas cortas protagonizadas por el álter ego literario de Roth, Natham Zuckerman, así que podríamos definirla, de modo provisional, como cuatro historias sobre un escritor judío en los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX. 

He añadido a escritor el adjetivo “judío” no porque Zuckerman/Roth sea especialmente devoto o siga a rajatabla los mandatos bíblicos -más bien, todo lo contrario-, sino porque la relación con su comunidad es uno de los temas principales de este libro. Así, Zuckerman pasa de hacer enfadar a su padre con sus primeros relatos en los que satiriza la vida cotidiana de un barrio predominantemente judío en una pequeña ciudad norteamericana a horrorizar al conjunto de su familia, y a buena parte de sus lectores, con su 'best-seller', Carnovsky (un trasunto de una muy famosa novela de Roth, El lamento de Portnoy) en el que narra con abundantes notas de humor y sexo su educación sentimental. Aunque también podría haber escrito “heterosexual”: el sexo, y quizás también el amor, aunque eso es más discutible, es otro de los centros de estas cuatro obras, ya que Zuckerman se-casa-se-divorcia-se-lía-con-una-amante-y-la-deja-por-otra-continuamente. 

Roth tiene cierta fama de misógino, al menos entre la crítica feminista, pero la lectura de este libro no me ha parecido que la justifique. Las múltiples peripecias sexuales-sentimentales de Zuckerman dan de él una imagen bastante lamentable de perenne inmadurez emocional. Si Zuckerman es un autorretrato de Roth, se trata de un autorretrato feroz e inclemente. 

De las cuatro novelas que componen Zuckerman encadenado, mi preferida es la primera: La visita al maestro, una sutil y astuta parábola sobre la creación -muy al estilo Henry James- en la que un joven Zuckerman visita en su casa de campo a un viejo escritor que admira, Lonoff (que, a su vez, es un trasunto de Bernard Malamud). Allí conoce a una bella, y un tanto perturbada, muchacha que cree ser, nada más y nada menos, Anna Frank, la famosa niña víctima del Holocausto. Es una pena que Roth no se atreva a llevar su historia hasta sus últimas consecuencias (lo que muestra, por otro lado, que no se siente nada cómodo cuando juega con elementos fantásticos/oníricos como muestra su muy fallida La conjura contra América). 

A continuación llegan Zuckerman desencadenado y La lección de anatomía, que podrían resumirse en: Zuckerman se hace rico y famoso con sus libros, se ve envuelto en un montón de relaciones conflictivas, es insultado por críticos hostiles y asediado por chiflados y 'groupies' atraídos por su fama y, encima, sus padres se mueren, su salud se tambalea y, en definitiva, cae en picado. Hay páginas estupendas en estos dos libros junto a otras en las que, impaciente, el lector siente el impulso de zarandear a Zuckerman/Roth y gritarle: ¿no te cansas de tomar siempre la decisión equivocada, capullo? 

Y terminamos con La orgía de Praga, un cierre magnífico: Zuckerman viaja tras el Telón de Acero, a la Checoslovaquia comunista para intentar hacerse con los escritos inéditos de un desconocido autor judío asesinado por los nazis y que tal vez sea tan grande como Kafka. En esta versión estalinista de Los papeles de Aspern, Roth nos sumerge con pericia en un mundo claustrofóbico de hogares plagados de micrófonos, burocracias inmensas e impersonales y personajes despojados de su dignidad por la aplastante situación política que recuerda al de la famosa película alemana La vida de los otros. Y sí, también hay bastante sexo.

Tratándose de Zuckerman, no esperábamos menos.

13 marzo 2013

Flores y cerezas


La batalla de las cerezas. Mi historia de amor con Hannah Arendt

Günther Anders

Paidós, 2013

ISBN: 978-84-493-2813-8

160 páginas

18,90 €

Traducción de Alicia Valero Martín


Rafael Suárez Plácido

El interés que, a medida que van pasando los años, despierta la figura -no sólo el pensamiento, también la figura- de Hannah Arendt salpica en esta obra al que fue su marido entre 1925 y 1937: el también filósofo alemán y judío Günther Anders. Del que se van traduciendo al castellano algunos de sus libros centrales: ahí tenemos La obsolescencia del hombre, en dos tomos, editado por Pre-textos, y en esta misma Paidós, El piloto de Hiroshima. Lo que ocurre es que, en este caso la obra de la mujer, así como el evidente distanciamiento que hubo entre ambos que fue más allá del hecho del divorcio, ha ensombrecido la obra del autor alemán, no sólo en cuanto a sus traducciones en nuestra lengua, sino a la mayor o menor suerte de sus publicaciones definitivas en alemán.

Además del diálogo que titula este libro, encontramos también una Nota editorial, de Gerhard Oberschlick, y un magnífico ensayo de Christian Dries, “Günther Anders y Hannah Arendt: esbozo de una relación”, que en muchos casos va a resultar importante para entender no sólo el diálogo de Anders, sino la posterior trayectoria de ambos pensadores, a la vez que va a justificar plenamente la edición de este libro.

Es el propio Anders quien nos cuenta que pergeñó estos diálogos en las navidades de 1975, muy poco después del fallecimiento de su ex mujer. Lo hizo para la publicación de un número de Merkur, revista alemana de pensamiento europeo: Hannah Arendt in memoriam y, extrañamente, no se publicó en su momento (aquí mezclo el texto de Anders con las palabras de Gerhard Oberschlick), por lo que fue reescrito en 1984 dejándolo así con la forma definitiva. Fue el último desaire que recibió Anders, este a título póstumo, de su ex esposa. La realidad es que ambos no debieron de casarse y si lo hicieron fue por el deseo de ella de poner tierra de por medio y olvidar al que parecer ser fue el gran amor de su vida, el filósofo también alemán Martin Heidegger, de quien fue amante y alumna durante sus años de estudiante en la universidad de Marburgo. Pero en sus inicios el matrimonio parecía prometedor para ambos: él la ayudó en la defensa de su tesis doctoral sobre el amor en Agustín de Hipona. En realidad, él sí estuvo enamorado de ella casi toda su vida y tratando de reencontrarse con ella con el paso de los años. En ese sentido fue una relación muy desigual. Aunque ambos se casaron posteriormente, pero él parece que no llegó ni a ser feliz ni a olvidarla plenamente, cosas ambas que ella sí consiguió en su matrimonio posterior.

El título tiene que ver con que ambos están deshuesando y confitando cerezas, en una de sus charlas filosóficas o 'symphilosophies'. A ambos, pero especialmente a ella, les gustaban especialmente estas cerezas y muchas de ellas terminaban comidas antes que en el plato preparadas. La charla deriva sobre si es apropiado o no el uso del término “sistema filosófico”. A partir de ahí leemos lo que pretende Anders, por una parte, un homenaje a sí mismo más que a su mujer, en cuanto a que es él el que va dirigiendo y aportando las novedades sorprendentes en el diálogo y, por otra parte, un catálogo de gestos y poses de enfado de la propia Arendt. Que destacara tantas veces la belleza de su jovencísima esposa no debe extrañarnos en absoluto: además de que tenemos constancia de que él sí estaba enamorado, el elogio de la belleza de Hannah Arendt es un lugar común a lo largo de toda su vida. Incluso, una vez fallecida, su amiga y albacea, la escritora norteamericana Mary McCarthy comienza un artículo sobre ella alabando la belleza de sus piernas. Es cierto, hay testimonios allá donde iba: la belleza de Hanna Arendt nunca pasó desapercibida. Maite Larrauri lo explica escribiendo que “Arendt no se identifica con los filósofos que adoptan el color de los muertos (…) y se sitúa al margen de la humanidad común y corriente.” De todas formas, aunque a ella no le incomodaba en general esta situación, parece que con Anders llegó a exasperarle. En este diálogo parece que sólo él aporta ideas buenas y ella está aprendiendo de estas algunas claves para su obra posterior. En un momento del texto, ella le pregunta: “¿Puedo robarte esa formulación?” Y él le responde: “Puedes robarme dónde, cuánto y tanto como quieras.” Para después decir: “Yo también te robo a ti.” No creo que esto hubiera gustado en demasía a Arendt. Especialmente considerando que la mayoría de las referencias a su exmarido, con terceras personas, no eran demasiado positivas.

El diálogo no es hueco ni carente de significado: bien al contrario, se introducen aspectos relevantes referentes a la filosofía del poder, a cómo incluso algunos filósofos de los más respetados entonces (Simmel, Scheler) actuaron en la guerra de 1914 de forma excesivamente ingenua, de cómo esa ingenuidad siempre les llevaba a ponerse de lado de los poderosos, de cómo se creyeron las mentiras del poder para alentar la guerra, y no sólo en los primeros años, sino incluso hasta el final de la contienda. Hay que pensar que Anders tuvo años para hacer y rehacer este escrito y legar a la posteridad la “verdad” que él quiso que quedara sobre su expareja y la obra filosófica de ambos, ya que él conocía -puntualmente- cada uno de los trabajos que ella iba publicando.

Pero, obviando que en esta primera guerra mundial -en la que Anders participó- eran ambos demasiado jóvenes para ser conscientes de todo lo que ocurría, sí vivieron -ya separados- la segunda guerra mundial, desde los Estados Unidos a donde huyeron, primero él y luego ella con la ayuda de él. Y ambos dedicaron una parte esencial de sus obras a esta realidad que vivieron: ella, especialmente al caso de Eichmann, y él en su libro sobre el piloto que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, Claude Eatherly. De alguna manera podemos ver a dos verdugos de la guerra. La Historia ha sido implacable con el primero y, de alguna manera, ha salvado al segundo por su manifiesto arrepentimiento. Arendt escribió casi toda su obra sobre los totalitarismos y la violencia, pero cuando apresaron a Eichmann y lo juzgaron en Jerusalén, fue a cubrir como corresponsal el caso y escribió su libro: Eichmann en Jerusalén donde se sorprendía por la simpleza y la banalidad de las opiniones del nazi. De alguna manera, ella esperaba que quien hizo tanto daño y en quien todo un país puso en sus manos una tremenda máquina de matar seres humanos, tuviera, al menos en su opinión, una justificación de sus hechos que fuera más allá de dos o tres tristes tópicos. Anders publicó su correspondencia con Claude Eatherly, en El piloto de Hiroshima, un duro alegato sobre la culpa y el arrepentimiento de quien no pudo sobrellevar lo que hizo. Aunque en 2007 falleció Paul Tibbets, el que lanzó la bomba sobre Hiroshima que podría ser una versión del hombre también sin opinión, que hace sólo lo que le dicen que tiene que hacer sin cuestionarse nada, más que lo que entonces le parece que es su deber.

La historia del pensamiento avanza y seguirá haciéndolo y nos dirá qué queda de Hannah Arendt y qué queda de Günther Anders y de sus obras. La batalla de las cerezas, más que un homenaje o un recuerdo de este hacia ella -que es como nació y cómo él nos la vende-, nos parece un recuerdo o un Canto a mí mismo de un autor metido en años, que siempre entendió que el tiempo no fue demasiado justo con él ni con su obra, mientras las flores y los éxitos iban a parar a Hannah Arendt, la mujer a la que amó toda su vida.

12 marzo 2013

Los muertos


Sepelio en Tebas. Una versión de Antígona de Sófocles

Seamus Heaney

Vaso Roto, 2012

ISBN: 978-84-15168-49-2

90 páginas

18,30 €

Versión de Hernán Bravo Varela

  

Antonio Rivero Taravillo

I

“Creo que solo a un texto literario le ha sido dado expresar todas las constantes principales de conflicto propias de la condición humana. Ese texto es Antígona, ha escrito George Steiner en Antígonas, el estudio que dedicó a la frondosa pervivencia de ese mito que tiene por protagonista a la hija de Edipo.

Y efectivamente, los ejemplos son muchos, que se multiplican conforme nos acercamos al presente. Hölderlin la tradujo, y discutieron sobre ella Hegel y Kierkegaard (la Antígona de este último fue vertida por Juan Gil-Albert). Jean Cocteau le dio su impronta, y Jean Anouilh la adaptó en plena ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, utilizándola como correlato de la situación de su país en una ecuación en la que Creonte se adorna de los rasgos de Hitler, o viceversa. Algo parecido hizo Bertolt Brecht basándose en la traducción del autor de Hiperión.

1984, además del de George Orwell y su ya remotísima obra de política ficción de siete lustros antes, fue el año en que se desparramó lo que podríamos llamar como "Antigoniada" o "antigonismo". Andrzej Wajda produjo entonces la obra de Sófocles, llevando el agua al molino de la lucha del sindicato Solidaridad en los astilleros de Gdansk, y, lo que aquí más nos importa, en Irlanda hubo nada menos que cuatro adaptaciones, dos de ellas, con indiferente intención, a cargo de poetas reconocidos como Brendan Kennelly y Tom Paulin, cuya The Riot Act: After Antigone fue dirigida por Stephen Rea, quien se reservó para sí, como actor, el papel de Creonte.

En América hizo una adaptación libre el poeta José Watanabe, también llevada a las tablas y dedicada a “todas aquellas mujeres que han sufrido en carne propia la violencia de la guerra interna que vivió Perú en años recientes”, y para la colección de clásicos de la Universidad de Oxford, en colaboración con el estudioso Charles Segal, el también poeta Reginald Gibbons, traductor asimismo de Luis Cernuda al inglés. Y ya que hemos pasado a nuestra lengua, se hace ineludible citar las revisiones del mito a cargo de figuras como José María Pemán (autor de la obra teatral Antígona) o de María Zambrano, con su ensayo La tumba de Antígona. También ha inspirado a Benjamín Prado el título de un libro de escritos sobre mujeres rebeldes y ejemplares, y un poemario a Carlos de la Rica: La razón de Antígona. Sin salir de España, también Salvador Espriu compuso en catalán una Antígona en 1939 (aunque no salió a la luz hasta 1955) en la que nuestra recién finalizada guerra civil actúa de sangriento y sombrío telón de fondo de la de Troya y cuanto Sófocles sitúa en Tebas.

Pero vamos ya a Seamus Heaney y la versión que nos ocupa. Hay algo que me parece oportuno resaltar sobre esta obra que surgió como un encargo: que Heaney, aunque aquí haya hecho una versión del drama, ha actuado como un poeta, y no solo como artífice de una lectura en verso llena de ritmo e intensidad sino también, y esto no lo he leído en ningún sitio, y es a lo que iba, en cuanto que bardo, retomando una milenaria tradición de su país, en el que convivieron en época medieval (por simplificar, porque allí no hubo Medievo) los fili o poetas más líricos y visionarios con los bardos, que eran poetas al servicio de un patrón para el que escribían panegíricos y, solicitadas directamente o no, composiciones de circunstancias. Este sustrato céltico reflotó en la vecina isla de Gran Bretaña en la figura del Poeta Laureado, del que se pide que cante, sin menoscabo de que continúe su obra más propiamente personal, los hitos del reinado mientras ocupe el puesto. En la actualidad desempeña el cargo la escocesa Carol Ann Duffy.

La versión de Heaney fue, pues, el resultado de un encargo del Abbey Theatre de Dublín para celebrar su centenario en 2004. Para entonces Heaney ya había compuesto The Cure at Troy (estrenada en 1990, antes de la concesión del Nobel), donde versionaba muy libremente el Filoctetes de Sófocles, incorporando poemas propios. Él mismo ha confesado que la propuesta fue una gran responsabilidad y un reto. No hay que olvidar que W. B. Yeats ya escribió dos obras sobre el ciclo tebano: Edipo rey y Edipo en Colono. De algún modo, al abordar Antígona el del condado de Derry culminaba el ciclo y retomaba lo que solo quedaba apuntado por Yeats, su querido Yeats, en un poema con que este cerraba La escalera de caracol y otros poemas (1933), donde escribía: “que en el mismo desastre / hermano y hermano, amigo y amigo, / familia y familia, ciudad y ciudad se enfrenten”.

Heaney aceptó ese reto y esa responsabilidad de recrear ese enfrentamiento pero con la idea de ofrecer algo más que la traducción de una venerable obra de la Antigüedad y con la voluntad de que hacer “algo más que una reverencia a una obra que ya indudablemente forma parte del canon occidental”. Curiosamente, aunque aquí y allá dio pistas sobre la posible lectura de su versión como una respuesta al patrioterismo de George W. Bush, reciente la guerra de Irak, el texto de su Antígona, que no se llama Antígona sino Sepelio en Tebas, está bastante limpio de alusiones, aunque se filtran en ella algunas palabras como “subversivo”.

Quiso Heaney, teniendo en cuenta la eclosión de traducciones y adaptaciones  de Antígona en Irlanda en las décadas anteriores, alzar la suya sobre la contingencia nacional y tocar algo más universal (no olvidemos la buena acogida que él y su obra gozan en los EE.UU.). Creo que en eso acertó, pues aunque en el momento del estreno cualquier espectador tuviera presente una serie de acontecimientos que podían tener reflejo en el drama, incluidos los de “la guerra contra el terrorismo”, hoy, casi diez años después, cualquier lector, en Irlanda, Estados Unidos, México o España, puede aplicar lo que en la obra yace a muchas otras situaciones de injusticia, de choque, de persecución, de la lucha por la debida honra a los muertos.

Y lo hizo de un modo deslumbrante y con soluciones de poeta traductor: empleando diferentes metros para las intervenciones de los distintos personajes y el coro. Esto que se percibe a su vez en la muy buena versión del joven poeta mexicano Hernán Bravo Varela, lo explicó detalladamente el propio Heaney en una conferencia que impartió el mismo año del estreno de su obra cuando era profesor invitado en la Universidad de Harvard. Contó entonces, entre muchas cosas relevantes para un mejor disfrute de Sepelio en Tebas, cómo de repente se le impuso el ritmo de la más célebre elegía de la tradición gaélica irlandesa. En 1992 y en Sevilla pude oírla recitada por la actriz Sinéad Cusack (precisamente en un acto en que Heaney y Seamus Deane presentaban The Field Day Antology of Irish Writing), y doy fe de que, aun traducida, se trata de una pieza estremecedora.

Por ser tan conocida en Irlanda, Heaney, un defensor de la memorización de poemas recordaba los primeros versos en irlandés: “Mo ghrá go daingean thú! / Lá da bhfaca thú / Ag ceann tí an mhargaidh, / Thug mo shúil aire duit, / Thug mo chroí taitneamh duit, / D’éalaíos óm charaid leat / I bhfad ó bhaile leat.” Como él mismo observó, son versos con tres acentos, que le parecieron apropiados para forjar con ellos el molde en que se expresaría Antígona ante el cadáver de su hermano. A fin de cuentas, en el lamento irlandés Eibhlín Dhubh Ní Chonaill está llorando ante el cadáver de su marido Art Ó Laoghaire, a quien enfrentado al poder de entonces se le ha vedado digna sepultura, como Antígona se duele ante los fraternos despojos de Polinices, quien calificado como “traidor” por el tiránico Creonte también es privado de sus honras fúnebres. Recordó también Heaney que el lamento gaélico del siglo XVIII fue traducido por Frank O’Connor con el mismo sistema acentual. Y a partir de aquí se le impusieron los versos iniciales en que Antígona se dirige a su hermana: “Ismene, quick, come here! / What’s to become of us? / Why are we always the ones?” Hernán Bravo Varela reproduce: “Ismene, ven deprisa, / ¿Cuál será nuestra suerte? / ¿Por qué siempre nosotras?” Es un buen comienzo, aunque luego ya se sabe que las sílabas inglesas hacen estallar el estrecho vestido del español, como si el sastre de nuestra lengua hubiera sisado paño al cortarla, y haciendo saltar botones y costuras aquellas se desparraman hasta alcanzar el endecasílabo.

Pero no queda ahí la réplica doblemente acentual (en cuanto a los ictus y a la intensidad grave del tono) de Heaney. También él mismo confesó que para el coro escogió casi de forma general un tipo de verso fuertemente aliterativo y tetracentual, como el de los versos anglosajones altomedievales, metro en que se narra la gesta de Beowulf (también vertida por Heaney) o las justamente célebres elegías “El errante” o “El marino” (esta última la recreó Ezra Pound en estilo igualmente aliterativo, no menos del gusto de W. H. Auden, otro poeta traductor de este tipo de verso). De este modo, el propio Heaney reconoció, paladeando la semejanza, cómo el coro se expresa igual que lo haría un Caedmon ateniense, cuyo himno mencionó Jorge Luis Borges en su pequeña arca de hueso de ballena, Literaturas germánicas medievales. La primera intervención del coro, un canto a la Victoria, parece así un canto de escaldo en la sala de un rey germánico que habría hecho sonreír y guiñar un ojo en señal de complicidad a J.R.R. Tolkien. Puesto que aquí, y es una pena, Bravo Varela no ha imitado el sabor de las aliteraciones, cito solo por el original inglés: “Glory be to brightness, to the gleaming sun, / Shining guardian of our seven gates. / Burn away the darkness, dawn of Thebes, / Dazzle the city you have saved from destruction.”

En cuanto al rey Creonte, Heaney le confirió la pompa y la solemnidad que asociamos desde el siglo XVI hasta acá al verso elevado por antonomasia, el endecasílabo (en inglés, el pentámetro yámbico). Como se ve, nada caprichoso hay en la elección que hace el poeta de las formas que la tradición pone a su disposición, y que en este caso el poeta sea a su vez dramaturgo hace que el decir de los personajes no permanezca monolítico sino que, dúctil, evolucione según el desarrollo de la trama y la gravedad del momento. Ello hace que los parlamentos finales de Antígona desemboquen en pentámetros yámbicos que se alejan del entrecortado silabeo de la inicial congoja y opten por un aire solemne revestido de dignidad. Esa misma adecuación de la forma de expresarse a los personajes se hace patente, por otro lado, en el tratamiento que se da a las intervenciones del guardia, con su habla poco cultivada y hasta coloquial, que discurre por la llaneza de la prosa.

Pura López Colomé, buena conocedora de la obra de Heaney y traductora suya, firma un prólogo, “La miseria del mundo” donde además de proporcionar ciertas claves  nos recuerda que fue precisamente en Grecia donde se encontraba el poeta cuando le llegó la noticia, en 1995, de que había recibido el Premio Nobel de Literatura. Por su parte, Bravo Varela ofrece al final del volumen exquisitamente editado (bella camisa, pasta dura con letras doradas, marcapáginas de tela) una “Nota del traductor” en la que acierta al destacar la brillantez lírica que hallamos en Sepelio en Tebas, “sinónimo de una restallante exactitud expresiva”, y cuando dice que el texto, más allá de su condición dramática, “debe leerse como un poema polifónico de largo aliento”. Acarrea además del prólogo original de Heaney, que ignoro por qué se ha omitido en esta edición, un juicio redondo que ha animado al irlandés tanto como, esforzado intérprete, al autor de su versión (así, como “versión”, se nos presenta): “La tragedia griega tiene tanto de partitura musical como de texto dramático”. Sobre lo ya expuesto por el mismo Heaney más arriba en relación con la métrica, Bravo Varela llama la atención del lector sobre el hecho de que al final de la obra se ha “democratizado” el uso del pentámetro yámbico, a la par que Creonte “ya derrotado, culpable confeso de la desgracia que ha caído sobre su familia”, se queja de su suerte en el verso corto y medroso, de lamento, con que oíamos por vez primera a Antígona, cerrándose el bucle de la trama con un rasgo métrico y psicológico que es testigo, por la palabra, de que han cambiado las tornas.

Vuelvo a decir lo que ya expresé al reseñar la antología de Derek Walcott también publicada por Vaso Roto: hay aquí formas propias del español de América (de México, ya dije, es el traductor). Por ejemplo, en ese hablar de usted que en el español de España sería el tuteo. Es decir, el “déjenlo” frente al “dejadlo”. Y vuelvo a anotar en el fondo la pertinencia de esto, pues en el idioma de Heaney se filtran formas típicas del inglés de Irlanda, como ya lo señalara Neil Corcoran en su reseña publicada en The Guardian al aparecer el libro. Aquí, por no ser la edición bilingüe, no podemos apreciarlo, pero bien está que quede, oblicuamente, ese rasgo que, mutatis mutandis, puede que en el original choque al lector de los Estados Unidos o Inglaterra salvo que, claro está, tenga ascendentes irlandeses.

La versión de Bravo Varela de la versión de Heaney de la versión de Sófocles de otras versiones perdidas a su vez funciona a las mil maravillas. No se ciñe al isosilabismo porque tampoco lo hace el original, al cual hace trasparecer en heptasílabos y octosílabos para los versos cortos y en endecasílabos y alejandrinos para los pentámetros de Heaney. Fluida, elegante, musical, pude disfrutar de una muestra de ella en Laberinto, el suplemento de cultura del diario mexicano Milenio, y tanto me gustó que no pude esperar a recibir el libro de la editorial solicitado para la crítica y lo compré por impulso, a lo que contribuía la belleza de su factura, en la primera librería en que lo hallé. Aunque no hayan podido leerla, yo creo que hubiera hecho también las delicias de los traductores y poetas mexicanos Guillermo Fernández (a quien va dedicada), Alfonso Reyes y el recién desaparecido Rubén Bonifaz Nuño (estos dos últimos, además insignes filólogos clásicos).

y II

Algo ha quedado reflejado arriba del argumento de Antígona y, por ende, de Sepelio en Tebas. Ni este es el lugar para extenderse más sobre él ni quizá sea necesario recordar los pormenores de la tragedia, en realidad muy sencillos pero que es preferible que el lector recuerde por sí mismo o, mejor aún, descubra adentrándose por las páginas de este libro tan breve como imperecedero en que la protagonista insta a Ismene a que la auxilie en el entierro con estas palabras que poseen la contundencia de los grandes versos: “¿No somos dos hermanas y un hermano? / ¿O somos un traidor y dos cobardes?

El conflicto, el enfrentamiento que ya apuntaba Yeats en esos versos sobre Antígona, se hacen por la maestría verbal de Seamus Heaney una plantilla sobre la que se pueden alzar múltiples lecturas que trascienden al recinto amurallado de Tebas y llegan hasta hoy mismo y aquí. O hace unas décadas e Irlanda. Heaney ha recordado cómo en 1968, que fue el año de las luchas por los derechos civiles en parte del Ulster, pero también del mayo parisino y de la revolución de las flores en Berkeley, asistió en Belfast a una marcha en la que estuvo presente una Antígona rediviva, Bernadette Devlin, en aquel momento una muchacha que se oponía a las normas injustas enfrentándose al omnímodo poder británico y posteriormente parlamentaria que a punto estuvo de ser asesinada en un atentado. Y cómo también en 1981, cuando empezaron a irse uno tras otro los activistas republicanos que se dejaron morir (casi como Antígona) durante la huelga de hambre que costó la vida a Bobby Sands, el cadáver consumido del hermano de unos vecinos suyos fue el centro de la actualidad. El cuerpo del militante del IRA fue trasladado a una localidad limítrofe entre dos condados, donde fue entregado a los familiares para que fuera debidamente velado y posteriormente enterrado. Aunque él no los compara (y algunas diferencias hay), no es difícil pensar en la férrea Margaret Thatcher como un trasunto del más que severo cruel rey Creonte de Tebas.

Antígona es objetora de conciencia, una “indignada” que no obedece el poder constituido, y en su afán por dar a su difunto hermano las exequias que merece se presenta en cualquiera de las manifestaciones de los descendientes de las víctimas del bando perdedor en nuestra guerra civil, los muchos Polictetes que aún están hacinados en fosas comunes o permanecen abonando las cunetas. ¿Y no es en el fondo lo que subyace a la búsqueda de los restos de uno de los asesinados más famosos, si no el que más, durante la guerra fratricida, Federico García Lorca? Además, la familia de este, como Ismene, la hermana de Antígona, prefiere dejar las cosas como están, y no revolver la historia ni (en este caso, al revés) desenterrar el cadáver. El de Antígona es, sí, el afán de las asociaciones a favor de la Memoria Histórica. Incluso seré políticamente incorrecto, como Antígona, y lanzaré la pregunta de si, una vez promulgada la ley, no serán los hijos y nietos de los caídos del otro bando quienes, tras gozar de lápidas ahora arrancadas y proscritas, tienen que ver cómo los suyos han de ser honrados casi en la clandestinidad, como traidores, ahora que el loado es Eteocles. ¿Honra para unos y no así para otros? ¿Estos sí, y no aquellos? Es un asunto espinoso, que ha sido abordado en la reciente novela de Andrés Trapiello Ayer no más.

En todo conflicto los familiares de los desaparecidos buscan, además de que se haga justicia, que los cuerpos de los suyos les sean devueltos, y por más horrenda que haya sido la muerte, incluso con torturas y decapitaciones, al menos los deudos desean que las almas puedan descansar en paz tras la recuperación de los restos.

El asunto de los muertos tiene tanta trascendencia que cuando el enemigo público número uno durante años de EE.UU y por extensión de todo el mundo occidental, Osama bin Laden, fue abatido en Pakistán, según se informó el muerto fue trasladado a un portaaviones y se concilió lo que a las autoridades estadounidenses pareció como imperativo (hacer desaparecer el cadáver) con cierto decoro: se evitó la profanación y se celebró una ceremonia según el rito islámico, lavando el cuerpo y envolviéndolo en una sábana blanca y pronunciándose un responso que fue traducido por un hablante nativo al árabe, antes de arrojar al mar al terrorista fallecido en algún punto indeterminado en el norte del mar de Arabia.

Todas estas posibilidades, la pugna entre la razón de Estado y las creencias íntimas, la tiranía y la justicia, el positivismo masculino y el impulso intuitivo femenino, la norma humana frente a lo que dictan la religión y los dioses, lo legal y lo lícito, el proclamado bien común y la esfera privada, el exceso de un tipo u otro, ya sea por patriotismo ya sea por piedad, más el contrapunto de la contemporización representada por Ismene y otras lecturas que hallará el lector quedan abiertas en Sepelio en Tebas, donde Seamus Heaney, veinticinco siglos después, hace buenas las palabras de Luis Gil en la introducción a su traducción de la Antígona de Sófocles, donde afirma, basándose en Antífanes, que “la grandeza y la servidumbre de los grandes trágicos residía precisamente no en la invención , como ya señalara un poeta de la Comedia Antigua, sino en la recreación a la altura de los tiempos de los datos fijos de la tradición, introduciendo en ellos las modificaciones necesarias para hacerlos comprensibles a sus contemporáneos, cuya mentalidad no era ya la prehistórica ni la arcaica.” Sófocles no se sacó a Antígona de la nada, y su tratamiento de la protagonista ni fue ni mucho menos el único en época griega. Así Seamus Heaney en este Sepelio en Tebas.

11 marzo 2013

Los abuelos, ¿no follan?



la máquina de hacer españoles

valter hugo mãe

Alfaguara, 2012

ISBN: 978-84-2040-750-0

304 páginas

18,50 €

Traducción de María José Arregui




Ilya U. Topper

Recuerdo que Marchante traía cara larga al entrar en la redacción. No se explicaba, porque iba ilusionado componiendo su primer importante trabajo fotográfico –acabaría premiándolo Canal Sur– titulado El sexo en la tercera edad. Pero aquel día resoplaba como alguien resignado a una realidad inmisericorde. Qué te pasa, le pregunté. Teníamos veinticuatro años los dos.
Quillo, que me he dado cuenta de que los viejos follan más que tú y yo.

Era palabra de reportero, y visto la carrera de Marchante, testigo siempre preciso de los hechos, podemos darla por inapelable. Tal vez a hugo valter mãe (así, en minúscula) le faltó por ver este reportaje, porque lo máximo que ocurre entre hombres y mujeres en la residencia de ancianos que es el escenario de la máquina de hacer españoles son unas cuantas frases galantes y unos tímidos intentos de tocar la mano entre dos personajes secundarios. El lector que se fíe de la ilustración de portada sufrirá la desilusión habitual en el sector.

Cualquier lector necesita algún motivo para seguir leyendo, una vez pasadas las primeras cincuenta o cien páginas. hugo valter mãe nos ofrece dos: por una parte nos intrigará cómo se resolverá el asesinato que investiga el inspector Isaltino de Jesús, aparecido de repente en escena para tomar muestras de sangre bajo la cama de una anciana, hincha del Porto, y por otra no podemos morirnos sin averiguar por qué demonios el libro se llama la máquina de hacer españoles. Cómo se acabará muriendo el héroe de la novela, antónio silva, a esas alturas ya importa bastante menos.

Lo mismo les puedo adelantar el resultado: El inspector hace un par de cameos más, pero acaba desapareciendo sin dejar rastro y sin resolver nada, ni aprovechando las pistas que le susurran los ancianos sobre la supuesta costumbre de la dirección de ir matando a los inquilinos demasiado viejos en aras de hacer lugar a nuevos clientes con más pecunio. Y el título se intenta explicar un poco al final con una genérica referencia al deseo de todos los portugueses de parecerse a españoles, es decir ciudadanos de un país con sueldos aceptables, servicios públicos correctos y un bienestar genérico (no me miren así, sé que esto queda fatal decirlo después de que los bancos se propusieran, y ejecutaran con pleno éxito, el plan de hundir España en la miseria, pero hasta 2010, cuando valter hugo mãe escribió el libro, aún duraba esta impresión generalizada, no tan equivocada durante la década anterior, al menos en comparación con varios países vecinos). Pero qué tiene que ver con esa percepción la fantasmagórica máquina que el protagonista sueña (?), no nos quedará claro ni al llegar a la última línea.

(Tampoco averiguaremos en ningún momento si el título –como sopesaba Alejandro Luque– pretende ser un homenaje a Washington Cucurto y La máquina de hacer paraguayitos (1999); y si lo fuera sería uno fallido, porque no cabe imaginar mayor contraste que el que hay entre el libidinoso barroco barriobajero del argentino y el perfectamente controlado pulso pequeñoburgués de los ancianos que nos presenta el del Minho –hugo valter mãe nació en Angola pero se crió y vive en Vila do Conde–, cuya máxima transgresión es arrancarle las palomas a una imagen de la Virgen María y llamarla Mariazinha, como una coleguilla cualquiera. Eso, a manos de un ateo confeso, oigan).

¿No les ha quedado claro de qué va la novela? No, no, a mí tampoco. El planteamiento es sencillo: un señor de 84 años, al que se le acaba de morir su amantísima mujer, es ingresado en una residencia de ancianos y debe acostumbrarse a pasar el resto de sus días en ese lugar, pese a que se creía algo mejor. Quiero decir: algo menos inútil. Hay unas cuantas subtramas, como la apariencia de un colega centenario que inspiró un poema de Pessoa, unas cartas de amor falsificadas, pesadillas y aves fantasmagóricas varias, intentos de asesinatos sonámbulos, un recuerdo de silencioso valor y traición silenciosa bajo la dictadura de Salazar, un español que reivindica su derecho a ser portugués de Badajoz. Pero nada de eso se trenza en una acción mínimamente coherente. Es como si el famoso diablo de aquel increíble relato de Félix J. Palma hubiera vaciado su saco de elementos literarios sobre la mesa del escritor, pero sin indicarle cómo componerlos.

Porque veamos: ¿para qué sirve escribir una novela entera en minúscula, sin punto y aparte, con voces que se confunden todas –todos los viejos hablan igual, hay que estar muy atento para deducir quién dice qué, no hay registros de expresión diferentes, apenas opiniones distintas– y luego intercalar tres veces unas cuantas páginas con sintaxis, mayúsculas, rayas y toda la pesca clásica del idioma, y un clásico policía rastreador de asesinatos, si luego no se hace nada con ese personaje? Si el autor quiso demostrar que domina el truco de escribir una novela en dos planos, se ha quedado corto. Uno sopesa si la sensación de 'cogitus interruptus' es intencionada y el autor se quiso mofar de nuestra necesidad de buscar tramas de detective, colocar a Isaltino de Jesús en una fila con Brahim Llob y Kostas Jaritos. Pero entonces tendría que haberlo dejado más claro: no me importa que me tomen el pelo, pero al menos díganme en qué momento me tengo que reír.

Leyendo la solapa del libro se me aclara que valter hugo mãe compuso esta novela como final de una tetralogía que versa sobre infancia, juventud, edad madura y, 'eccola', vejez. Eso explica muchas cosas: cuando uno necesita terminar un ciclo propuesto, lo hará, tenga o no algo que contar. Lo que no explica es por qué el libro viene acompañado de alabanzas de José Saramago; esperamos que sea en honor a anteriores obras, probablemente mejores, del autor, y no porque el Nobel pensara que imitar su manía de escribir sin pausa ni párrafo sea indudable sello de calidad.

Y no, tampoco se puede salvar valter hugo mãe aduciendo que simplemente quiso reflejar el día a día en una residencia de ancianos. Para eso, el libro es demasiado metafórico. Porque el héroe vive enclaustrado, con una muy literaria sensación de aprisionamiento, pero en la vida real, una residencia de ancianos no es una cárcel, y un señor, así tenga 84 años, si no ha sido declarado incapacitado mental por sus hijos, puede salir a la calle, tomarse un café en un bar cualquiera, charlar con la chica de la floristería de enfrente, observar el trajín del mercado. Puede al menos intentarlo. Estaría dispuesto a bajar mi umbral de la incredulidad al nivel de no darme cuenta, si el autor me ofreciera algo a cambio, pero no me basta con las pesadillas y la tumba de Laura.

'Summa summarum', me retrata mejor la vida de los ancianos en una residencia aquel breve del Frankfurter Allgemeine Zeitung que leí en una escala de avión en Munich, al tiempo que intentaba con sincero empeño seguir los banales debates de comedor de valter hugo mãe: “Detenido un anciano nonagenario en la plaza central de Munich, al intentar dirigirse en pijama al Hofbräuhaus para celebrar sus 90º cumpleaños con una jarra de cerveza; al ser devuelto por la policía, a la que le llamaba la atención por llevar una jeringuilla de la sonda en el antebrazo, la directora de la residencia, enternecida, le autorizó a tomarse una caña en el salón”. Deseaba que el clímax de la máquina... al menos se asemejara. Lástima.