04 junio 2012

El peregrino finés


El año de la liebre

Arto Paasilinna

Anagrama, 2011. Colección "Panorama de narrativas"

ISBN: 978-84-339-7577-5

183 páginas

16,90 €

Traducción de Úrsula Ojanen y Juan Carlos Suñén


Jesús Cotta

Lo nórdico, si es que es algo, a mí me extraña más de lo que me atrae. Lo leo más para entenderlo que por gusto. Lo que más me extraña es que por allí arriba dan mucha importancia a lo que aquí no la tiene y se la quitan a lo que aquí la tiene toda.

A pesar de las diferencias, he conectado con el protagonista de esta novela digamos que iniciática. Un hombre que quiere escapar de la rutina de un trabajo que le está aportando menos de lo que él le aporta, un matrimonio fracasado y sucio de infidelidades varias, una crisis de la edad madura, una hartura de la hipocresía de su vida y, de pronto, una liebre que él rescata de la muerte.

A partir de ahí le ocurren cosas insólitas que le ofrecen una nueva perspectiva de la vida o que más bien le muestran el hombre que él era en realidad.

En una serie de peripecias que son como una versión laica del estupendo y anónimo El peregrino ruso, se encuentra con seres humanos y animales por el norte salvaje y boscoso de Finlandia. Surge en él una especie de comunión con el hombre y la naturaleza, sin esconder las espinas del uno y de la otra. No llega a ser un regreso al paraíso, porque los paraísos no existen, pero sí una vida más digna de ser vivida, porque está presidida por la libertad y la benevolencia.

En la novela, los animales son también personajes: una vaca que el protagonista salva de un incendio, otra a la que ayuda a parir, un cuervo ladrón de comida, un oso salvaje que es su pesadilla y, por supuesto, la liebre, su compañera, que no es un amuleto ni una mascota. Es el afán de inocencia, una criatura preadámica ajena a la malicia humana y se convierte en una especie de criterio moral: los buenos la quieren salvar y los malos comérsela.

También salva vidas humanas y apaga incendios y ayuda a enterrar muertos. Salvo el episodio final de la borrachera, que desconcierta y no se explica muy bien a qué viene, la novela se lee con gusto. Me lo he pasado bien con las andanzas de Vatanen, el protagonista, pero no me ha llegado al corazón, quizá porque le falta al autor y al protagonista un poco de ardor y de puñetazo en la mesa y porque el autor se limita a describir lo que hace Vatanen, y este hace mucho y habla poco y parece más interesado en huir de lo anterior que en buscar algo.

Tiene la novela varios episodios curiosísimos, como el de los sorprendentes descubrimientos de Hannikainen y el baño en las aguas salvajes con un borracho desconocido mientras el incendio dantesco del bosque los acorrala.

Al final, prefiere la compañía de la liebre a la de los hombres que se emborrachan en las saunas y se arrojan feos, desnudos y gritones en el hielo. Pero, eso sí, no cae en la tontada esa misantrópica de decir que los animalitos son más buenos que los hombres. Eso lo honra.

Lo más interesante es el final. Para no destriparlo, diré solo lo que me parece que es su mensaje, que el autor nunca dice expresamente y que creo que es triple: que, si la sociedad complica las cosas para los hombres libres y sencillos y buenos como Vatanen, es porque la sociedad no es ni libre ni sencilla ni buena; pero que, aun siendo Vatanen un hombre que busca la sencillez, la bondad y la libertad, no es un buen salvaje, porque, contra lo que decía Rousseau, el buen salvaje dejó de existir cuando fuimos arrojados del paraíso que, desde entonces, todos los peregrinos andamos buscando; y, lo más importante, que si por algo merece la pena vivir y luchar es por la libertad individual.

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