07 marzo 2013

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Wonder Woman

Brian Azzarello y Cliff Chiang

DC Cómics, 2012

ISBN: 978-84-1552098-6

160 páginas

8,95 €

Traducción de Francisco San Rafael Simó



José Martínez Ros

Wonder Woman, uno de los pilares del cómic de superhéroes y, desde luego, su personaje femenino más famoso, nació en 1940. Su creador fue William Moulton Marston, un abogado y pedagogo de ideales (para la época) bastante progresistas que intentó crear un personaje que sirviera de heroína a las jóvenes de su época, una heroína adaptada a los cambios que estaba experimentado la sociedad de la época y, en especial, la condición de la mujer, un personaje -según sus palabras- que “fuera tan fuerte como Supermán”, decidida y valiente, pero que, al mismo tiempo, conservara lo que él consideraba los valores “femeninos” más valiosos, como son la entereza, el pacifismo y la paciencia. Desde entonces, se han publicado miles de cómics de Wonder Woman, pero se han conservado los detalles básicos de su biografía de ficción ideada por Marston.

Diana -el auténtico nombre de Wonder Woman- nación en la mítica isla de Themyscira, que no ha pisado jamás ningún hombre, hija única de la reina de las amazonas Hipólita, que permanecen allí desde hace siglos en una especie de utopía femenina igualitaria (y muy guerrera), bajo la protección de los viejos dioses griegos. De todas las etapas desde su creación, sin duda la más recomendable empezó en 1987, cuando se hizo cargo de la colección uno de los más legendarios dibujantes (y también excelente guionista) de la historia del cómic, el cubano-estadounidense George Pérez, que escribió y dibujó a Wonder Woman durante varios años, desarrollando uno de los cómics más sorprendentes y hermosos, a nivel visual, de todos los tiempos, y que resulta perfectamente comparables a clásicos norteamericanos del género como el Spirit de Eisner, el Spiderman de Stan Lee o los X-Men de Chris Claremont. No obstante, a partir del abandono de la colección por parte de Pérez, decayó rápidamente y, a pesar de que su imagen, como icono del cómic, ha permanecido presente hasta la actualidad, ninguno de los sucesivos equipos de dibujantes y guionistas que ocuparon su puesto consiguió dar con la tecla que devolviera al personaje a sus momentos de gloria. 

Al menos, hasta ahora.

En el 2011, aprovechando un remozado general de sus diferentes líneas de cómics, DC encargó una de sus series más importantes, y hasta la fecha de peor suerte, al guionista Brian Azzarello, en lo que fue una decisión bastante controvertida por los fans, ya que Azzarello era conocido, ante todo, por sus trabajos en el género negro, destacando por encima de todos su célebre y conspiranoica 100 Balas, y a un estupendo dibujante, Cliff Chiang, especializado en personajes femeninos. Las dudas no tardaron en disiparse, y pronto ha quedado demostrado que el tándem Azzarello-Chiang ha reinventado la mejor amazona que han podido leer (y ver) los aficionados al cómic en décadas. Azzarello, desde un primer momento, decidió prescindir del denso universo superheroico de DC y, ambientar la serie en una versión actualizada y contemporánea de la riquísima mitología helénica. Así, Diana tendrá que enfrentarse no a alienígenas decididos a erradicar a la humanidad o a payasos psicópatas, sino a dioses que se comportan justamente como aparecen en los mitos -violentos, astutos, lascivos, dispuestos a jugar por sus propios fines con las frágiles vidas humanas- y se verá envuelta en una vasta trama casi shakesperiana que número a número crece en complejidad y ambigüedad: Zeus ha desaparecido, dejando el Olimpo vacante, y al mismo tiempo anuncia que uno de sus descendientes acabará con el resto… Y una muchacha de la América profunda, una auténtica 'redneck', Zola,  parece que está embarazada del ausente Zeus… lo que provoca la cólera divina de su esposa, Hera, y el temor de los otros dioses que se disponen a asaltar el trono. 

Precisamente, uno de los puntos fuentes de este “renacimiento” de la amazona ha sido el rediseño de los personajes: como lector de cómics -y antiguo estudiante de mitología-, no me será fácil olvidar la presentación de Ares como un viejo cansado y nihilista en medio de alguna de las eternas guerras africanas; la de Discordia, que parece extraída de un videoclip de Depeche Mode de los noventa; o la de un Hades, transformado en un niño aterrador. Lo mejor de la historia es que ninguno de los personajes se nos presenta como un simple “malvado” o como el colmo de la bondad: todos persiguen sus propios objetivos y están, para conseguirlos, dispuestos a aliarse o traicionarse según les convenga, lo que es enfatizado por los magníficos y elípticos diálogos de Azzarello, que define perfectamente a cada uno de ellos por su modo de expresarse y por lo que sugieren más que por lo que dicen, mientras que el gran dibujo, de trazo limpio y clásico, de Chiang le da a la historia un perfecto acabado visual. 
Quizás el mejor cómic de superhéroes que publican actualmente las dos grandes editoriales del medio, Marvel y DC.

Para fortuna de los lectores, y disfrute de sus fanáticos, la Wonder Woman del siglo XXI ya está en los quioscos y librerías.


06 marzo 2013

Silvio y barra libre


El show de Berlusconi

Simone Barillari

Errata Naturae, 2012

ISBN: 978-84-15217-22-0

256 páginas

19,90 €

Traducción de Miguel Ros González



Alejandro Luque

Confieso que al poco de escribir la primera versión de esta reseña, la archivé porque su principal protagonista, Silvio Berlusconi, había desaparecido aparentemente de la actualidad. Nunca me ganaré la vida como profeta: ahí está otra vez 'il Cavaliere', cosechando votos, desestabilizando el país que compró por piezas, Italia, y –cómo no– acaparando titulares de periódicos y horas de televisión.

También debió de pensar como yo el editor Simone Barillari al escribir que “de forma tan imprevista como dramática, la Era Berlusconi ha terminado…”, ignorando que algunos políticos, como los toreros, no se retiran por el simple hecho de cortarse la coleta, y siguen paseando orejas mucho después de abandonar los cosos. Pero Berlusconi no es tanto un torero, como un 'showman'. De ahí que cuando el cómico Beppe Grillo anunció su candidatura en las últimas elecciones italianas, a nadie le sorprendiera en el fondo: no era la primera vez que ocurría, ya habían tenido a un cómico en el gobierno durante casi nueve años intermitentes. Y un cómico de enorme predicamento, capaz de cosechar aplausos traducibles en votos: más de seis millones en esta última cita.

De los muchos libros que se han escrito sobre el político y empresario milanés, tal vez el que más le hubiera gustado a Freud, autor de El chiste y su relación con el inconsciente, fuera éste: un repaso al repertorio de chistes Berlusconi tanto en el gobierno como en la oposición, en consejos de gobierno, foros internacionales y platós de televisión, en privado y en actos oficiales… Según recuerda Barillari, Berlusconi empezó ganándose la vida cantando y haciendo su propio club de la comedia en cruceros: aquella experiencia marcó su manera de hacer política durante el resto de su trayectoria. Si la CIA tuvo su propio 'Boureau Of Jokes' para difundir chistes desestabilizadores en plena Guerra Fría, ¿por qué no hacer política desde la carcajada? Así, a la manera de aquellos viejos libros de baratillo titulados Los mil mejores chistes, o de las cintas de gasolinera con repertorios de Arévalo o Paco Gandía, este volumen recopila algunos de los más significativos. “Yo no cuento chistes sin más. Hago uso de los chistes para esculpir conceptos”, aseveró en cierta ocasión él mismo.

Los conceptos a los que se refiere son de sobras conocidos: clasismo, racismo, misoginia, soberbia, ambición, demagogia, satiriasis, narcisismo enfermizo, absoluta carencia de escrúpulos, convicción de que el dinero lo compra todo, humillación del adversario, barra libre para los amigos… Todos los materiales con los que este hombre insólito ha ido construyendo su carrera, adhiriendo voluntades, amasando capital. Poco ha importado que aunque algunas de estas bromas eran de pésimo gusto, y hasta hirientes con colectivos como los emigrantes o los enfermos de SIDA, jamás haya mostrado el menor arrepentimiento, ni una sola petición de disculpas: la infalibilidad ya no era cosa de una sola persona en Roma, sino de dos.

El libro de Barillari se acaba leyendo con cierto hartazgo por lo repetitivo, y no con una sonrisa, sino con un escalofrío: el que inspira el retrato en mosaico de Berlusconi y la idea de que cientos de miles de personas han votado por él. Y pensar que ello se debe a que representa como pocos el tiempo grotesco que le ha tocado vivir. “Así como la ironía aguileña y el aristocrático sarcasmo de Giulio Andreotti se ajustaban a la Primera República”, dice el autor, “el humor popular y las burlas carnavalescas de Silvio Berlusconi se ajustan a la Segunda; la una tiene de indirecta y mordaz todo lo que de directa y rotunda tiene la otra; la una es una mirada penetrante y una sonrisa sutil, la otra un codazo simpaticón y una larga y sonora carcajada; la una es calibrada y cerebral, la otra es improvisada y sube desde la barriga, y, sobre todo, la una es ironía cardenalicia, la otra es humor televisivo, puesto que ambas son una emanación del poder de su época: la una habla a la Italia de los primeros cincuenta años de historia republicana, que fue instruida por la Iglesia y votó a Democrazia Cristiana, la otra se dirige a la Italia de los últimos veinte años, que ha sido instruida por los canales de televisión de Silvio Berlusconi y lo ha elegido”.
              
Vengo de Cádiz, donde la guasa es una religión, una forma de afrontar la vida. Pero después de leer este libro me cuesta un poco más reír la gracia, seguir el cuento a quien hace chistes de tan mal gusto como los de 'Il Cavaliere'. Prefiero pasar por malaje a caer en esa tibia complicidad con el fascismo que es la humorada machista o xenófoba. Tal vez porque yo, como el músico Giorgio Gaber, “no tengo miedo de Berlusconi en sí, tengo miedo de Berlusconi en mí”.

05 marzo 2013

Duelo dialéctico con papá



Mi padre y yo. Un western

Juan Manuel Gil

El Gaviero, 2012. Colección "Salamnadria"

ISBN: 978-84-15048-14-5

37 páginas

9 €




Juan Carlos Sierra

Eso que llaman inspiración, esa súbita invitación de las musas a dejarlo todo para escribir en un arrebato casi místico, a estas alturas posmodernas de la historia de la creación no hay quien se lo crea; en caso de que no te pille trabajando, como creo que dijo Antonio Machado, es decir, en tu cocina de escritor,... Ahora, además, para contribuir a la dispersión de los tiempos, a muchos las musas los visitan revisando el correo, saliendo distraídos del puerto de Google hacia el no se sabe dónde de las procelosas páginas de la red o consultado las últimas ocurrencias de los "amigos" de Facebook. Y así no hay quien escriba nada medio decente.

O sí, porque a veces en el medio, en la herramienta, se halla la respuesta creativa; o la inspiración. Precisamente en la red social Facebook se encuentra el origen de Mi padre y yo. Un western. Los que tenemos a Juan Manuel Gil como "amigo" en la red creada por Mark Zuckerberg empezamos a leer hace más de un año los breves e hilarantes diálogos que mantenían dos personajes: YO y MI PADRE. De cuando en cuando, esas entradas se van haciendo más frecuentes y al final aparecen recogidas en el libro que hoy reseñamos.

El modo cortante, aunque cariñoso, de MI PADRE, sus latigazos dialécticos -trasunto pacifista del olor a pólvora en O.K. Corral-, su superioridad moral -intachable y coherente- en los asuntos más pragmáticos del día a día,… dibujan sin mucha dificultad en la imaginación del lector a uno de esos sheriff de 'western' que no quieren en su pueblo a forasteros que perturben la ley, o sea, a él.

Lo que añade el personaje creado por Juan Manuel Gil al modelo es un sentido del humor demoledor, sin contemplaciones, rozando la "mala follá" granadina, pero siempre desde el cariño, se entiende, de un padre hacia su hijo escritor -ese forastero que viene a romper la armonía de la familia con las excentricidades propias de los de su calaña-.

Este 'western' almeriense del siglo XXI además contiene un sano ejercicio de autocrítica o de humildad para quienes se dedican a esto de la literatura. A veces es necesario dejar a las musas en sus alturas olímpicas o, simplemente, no ejercer de escritor pesado y pedante las veinticuatro horas del día, porque puede pasar que algún sheriff familiar en zapatillas de paño y pijama nos ponga en nuestro sitio y nos baje a base de cañonazos ingeniosos y certeros de nuestra intimidad con las divinidades de las artes.
            
YO: Papá, a veces siento un gran vacío interior que no sé nombrar. Quizá nostalgia. Quizá melancolía. Quizá miedo.
MI PADRE: Juan, si fueses normal simplemente sería hambre.
           
MI PADRE: Anoche vi en la tele un programa sobre literatura.
YO: ¿Y qué tal?
MI PADRE: Siguen sin hablar de ti.

[Al teléfono]
MI PADRE: Juan, en la radio dicen que un escritor ha rechazado un premio nacional de seis mil euros. ¿Has sido tú? Si has sido tú, por aquí no aparezcas.

Quien tenga diez minutos libres y quiera pasar un buen rato, quien sea escritor y quiera que la misma literatura le ponga los pies en la tierra, sin duda acertará pasándose por las apenas 35 páginas de Mi padre y yo. Un western. 

04 marzo 2013

'Habemus panem'


El pan a secas

Mohamed Chukri

Cabaret Voltaire, 2012

ISBN:  978-84-9403-531-9

272 páginas

19,90 €

Traducción de Rajae Boumediane El Metni



Ilya U. Topper

Creo que no he pedido un autógrafo en la vida. Ni cuando tenía delante a un premio Nobel, ni para acariciar el ego de amigos escritores. Miento. Hubo una sola vez. Corría el año 1997 y me enteré de que Mohamed Chukri iba a venir a dar una conferencia en Granada. Me compré el libro momentos antes de subirme al autobús urbano y leí los primeros capítulos durante el trayecto. Sí, en aquella época aún podías entrar en una librería granadina cualquiera, pedir El pan desnudo, y te lo daban por un puñado de pesetas, en una edición ajada y con cubierta de color, como un 'best-seller' olvidado cualquiera. Que es lo que era. Luego vendría una década en la que responderían: Agotado, lo siento.

Esta década ha tocado a su fin. 'Habemus panem', de nuevo. Gracias a la cuidada edición de Cabaret Voltaire, recién salida del horno. Traducción nueva (quizás la primera, porque recuerdo nebulosamente que la mayoría de las traducciones de la obra a lenguas europeas se habían hecho a partir de la versión inglesa de Paul Bowles) y título nuevo: El pan a secas. Era algo reclamado desde hace años por varios arabistas españoles, tanto la traducción como la corrección del título. Y no voy a ser yo quien contradiga este ajuste de Al jubz al hafi, aunque yo siempre he utilizado el adjetivo como “descalzo”. Concepto que traduce mejor que ningún otro la idea del chiquillo de la calle, el hambre, todo lo que aquí llamamos posguerra y allí era época colonial (aunque la poscolonial, que aún dura, no ha ido mucho mejor). De todas formas, me temo que la obra pasará a la posteridad como El pan desnudo: hay imágenes que expresan mejor que una traducción más acertada toda la lírica que contiene el libro.

Porque desnuda es la realidad que describe Chukri, y es escandalosa como un desnudo. Un desnudo espatarrado, con las vergüenzas de la sociedad al aire. Y no es tanto –como él mismo explicó décadas más tarde en alguna entrevista– el sexo explícito que molesta en su libro, el pubis de las niñas en el jardín, la regla espiada, las putas ensimismadas o las pajas desesperadas, ni el ubicuo vino o el hachís. Lo que nunca le perdonaron es que hablara con odio indisimulado de su padre. Matar al padre, esa inmensa asignatura pendiente de la nación, fue lo que realmente dejó el libro en el destierro durante veinticinco años.

Dice una leyenda muy difundida que el libro estuvo prohibido en Marruecos. No es exacta: no llegó a prohibirse porque, de entrada, ningún editor se atrevió con una historia tan descarnada y rompedora. Cuando, una década después de alcanzar fama internacional con la novela, traducida a decenas de idiomas, Chukri lanzó una limitada edición personal del original árabe (1982), no fue decomisada. La compraban los amigos, los traficantes, putas y estibadores, aunque no supieran leer: no, no sé lo que pone, pero es de Chukri. Uno de los nuestros.

La leyenda es tenaz: Aún en los primeros años de la década 2000, un gran escritor de viajes español –lo elegante sería decir que su nombre no viene al caso, aunque me temo que el prestigio de Javier Reverte ha contribuido al arraigo de ciertas creencias– afirmaba, con ocasión de su paso por Tánger, que “los libros de Chukri siguen prohibidos en Marruecos”. En realidad, en aquel momento, la portada de Al jubz al hafi, por fin accesible en árabe, tapizaba los escaparates de cualquier librería marroquí que se preciara, junto a sus dos secuelas: Tiempo de errores y Rostros. Pero Chukri no había tenido que esperar hasta entonces. Desde los setenta había ido publicando relatos, ensayos y hasta alguna obra de teatro, como La Felicidad (1971/1994), una utopía visionaria y rompedora.

Cuando llegó a Granada para dar aquella conferencia, Chukri ya mostraba los estragos del alcohol. No puedo jurarlo, pero me parecía que el vaso de agua que le pusieron en la mesa tenía color ámbar. Tuvo que interrumpir la charla a la mitad “porque nos tuvimos que ir a tomar unas manzanillas”, explicaría su acompañante al regresar, para completar la conferencia. Me puse el último en la fila de los que pedían autógrafos. Chukri lamentó no poder ya escribir nada: agarró su mano derecha con la izquierda para trazar, con letra trémula, su nombre. Luego me respondió a cuatro preguntas mientras caminamos por el Albaicín. Muy poco para poder decir luego que lo entrevisté. Pero suficiente para que me revolviera los esquemas cuando le pregunté si era raro que un novelista marroquí, a diferencia de los francófonos Tahar Ben Jelloun o Driss Chraibi, se hiciera famoso escribiendo en su propio idioma.

- El árabe no es mi idioma. Mi lengua materna es el bereber del Rif, luego aprendí castellano en Tetuán y magrebí en la calle. El árabe clásico, el de mis libros, es mi cuarto idioma.

Presté el libro autografiado más tarde a una amiga de Granada que se fue a Londres y allí, en alguna mudanza, se perdió para siempre. A veces lo lamento; otras pienso que alguien se alegrará si acaba un día en Camden Markets. Un frío día de diciembre en Bagdad me enteré de la muerte de Chukri: ya nunca podría tomarme con él un vino desnudo en el bar Negresco. Al año intenté regresar a aquel local en Tánger y me dijeron que estaba desmantelado. Probablemente podrán ver aún su mostrador oscuro si acuden a la exposición –La vida perra de Chukri– que el fotógrafo Luis de Vega mueve desde octubre por Andalucía.

Entenderán que con tal retraso no sabré juzgar si la nueva traducción es mejor que la antigua, aunque cabe suponerlo. Para mi gusto, Rajae Boumediane abusa un poco de las palabras originales en árabe con nota al pie, pero lo único que realmente le reprocho es la extraña manía de poner “Allah” (así, en versión anglosajona, ni siquiera Alá) en lugar de Dios, excepto cuando la palabra la pronuncia un cristiano. Como si quisiera convertir a Chukri en un ser exótico o incluso creyente, alejándolo del lenguaje de barrio que comparten andaluces y magrebíes agnósticos. Vaya por Dios.

Usted no nos ha hablado de qué va el libro, me dirán. ¿Esto es una reseña? Pues no: los clásicos no se reseñan con los recursos del oficio al uso. Intenten reseñar el Lazarillo de Tormes. Y la literatura marroquí moderna no sería la misma sin Chukri, como no existiría la novela de picaresca española sin aquel anónimo de Salamanca. De manera que no me voy a meter en disquisiciones eruditas sobre el valor literario de la obra o los atractivos de la narración. Léanla, ya que tienen ustedes el privilegio. El de saber leer, digo. Y si no, cómprenla igual. Porque Chukri es uno de los nuestros. 

01 marzo 2013

Ella llevaba un lazo amarillo

Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana

James Warner Bellah

Valdemar, 2012. Colección "Frontera"

ISBN: 978-84-7702-734-8

256 páginas

19,20 €

Traducción de Lorenzo Díaz



Fran G. Matute

Puedo hablar durante horas sobre John Ford. O durante días, quizás. No sé. Todo es cuestión de ponerse. Pero tranquilos. No se me asusten, que no es de Ford de quien vamos a hablar sino de James Warner Bellah. Lo que ocurre es que para hablar de Bellah es necesario referirse al director de cine. Es más, diría que, así de primeras, si alguien tiene el más mínimo interés por la literatura de Bellah es porque también es un apasionado de las películas de Ford. Estamos ante un escritor cuyo nombre se encuentra inexorablemente unido al gran maestro del cine ya que colaboró con él y proveyó de numerosas historias que luego formarían parte de la famosa “Trilogía de la caballería” que Ford facturaría entre 1948 y 1950. Y son precisamente esos textos los que se rescatan en este Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana, tercera entrega dentro de esa joya de colección que se ha inventado Valdemar dedicada al ‘western’, llama “Frontera”.

Personalmente, nunca he sido un gran admirador de la célebre trilogía fordiana (a saber, Fort Apache, La legión invencible y Río Grande) si tenemos que considerarla en su conjunto. Pero sí que me produce fascinación uno de esos títulos en concreto: La legión invencible (1949) que, a mi juicio, es una de las mejores películas de su director. Y esta es la cinta que más profusamente bebe de la literatura de Bellah, pues de los cinco relatos ambientados en Fuerte Starke que se incluyen en Un tronar de tambores…, tres de ellos forman parte del material literario que Ford utilizó para engordar el guión de La legión invencible, escrito por el gran Frank S. Nugent.

Por un lado tenemos “Comando”, que cuenta con gran detalle la maniobra táctica que utiliza el inquebrantable capitán Brittles para atacar a los indios sin tener que incumplir las leyes; por otro “La gran cacería”, en la que describe, con igual maestría, una estampida de bisontes (y que ni el mismísimo Joseph McBride reconoce en su ingente biografía de Ford); y, finalmente, “Partida de guerra”, en la que se narra el última día en activo de Brittles y que es el origen de una de las más grandes escenas de la historia del cine: la entrega del reloj, por parte de la compañía, al aguerrido y ajado capitán Brittles en el día de su jubilación. Es interesantísimo comprobar cómo la mano de Ford embellece esta escena tan impactante. Pues mientras para Bellah se trata de un detalle nimio, la entrega del reloj es para Ford el momento perfecto para quebrar a su personaje (interpretado con una sensibilidad apabullante por John Wayne), que pierde la rectitud marcial emocionado por el gesto de su regimiento… bueno, vale, paro, que dijimos que no íbamos a hablar de John Ford… pero vean la escena si no la conocen.

Son estos pequeños detalles los que, ‘a priori’, pueden llamar la atención sobre los textos de Bellah. Pero sería un error reducirlos a este juego de comparativas pues lo más sorprendente es que Bellah escribe excepcionalmente bien por lo que, desde un punto de vista estrictamente literario, son relatos que realmente merecen la pena ser recuperados con independencia de su vinculación con el cine de Ford. Por ejemplo, refiriéndose a un encuentro con los indios, Bellah escribe “el olor de un indio es resinoso, salado y rancio. Es por el humo de madera de sus tipis y por la fetidez de su aliento debido a que comen entrañas de animales. Es por su tabaco sin procesar y por el sudor de sus cuerpos sin lavar. Es por la grasa animal de su pelo y por el cuero viejo y las pieles curtidas con liga para pájaros y heredadas sin lavar de cuerpos ancestrales…”. Son imágenes potentes que si hubieran caído en manos de otro director de cine hubieran perdido gran parte de su fuerza expresiva.

Y si bien los relatos aquí incluidos no dejan de ser ‘flashes’ momentáneos de la vida dentro de la caballería, resulta más reconfortante, de cara a percibir mejor la hondura narrativa de Bellah, la lectura de la novela corta que da título a este volumen: “Un tronar de tambores” (1961). La inclusión de dicha novela corta -que no deja de ser una novelización del guión de cine que escribió el propio Bellah para la película Fort Comanche (Joseph M. Newman, 1961)- puede resultar algo chocante pues no parece terminar de encajar con los cinco relatos en los que se inspiró Ford para la “Trilogía de la caballería”. Se trata, como se explica en el enjundioso y brillante prólogo que hace Alfredo Lara López (puede sonar a exageración, pero sólo por leerlo ya merece la pena adquirir este libro), de una decisión puramente temática. En “Un tronar de tambores” se continúa explorando la vida de la caballería, con más detalle si cabe que en los cinco relatos de referencia, y aunque la acción de esta novela ya no transcurra alrededor del Fuerte Starke (como así ocurre en los citados relatos) y se trate de un material que no tiene relación alguna con el cine de Ford, su lectura es igualmente recomendable y, aunque extraña su incorporación a este volumen, no hace desmerecer el conjunto de la obra.

Ya reflexionamos brevemente, por aquí, al hilo de la publicación de Bad Lands de Oakley Hall, acerca de la bondad literaria de este tipo de literatura ‘western’, cuya calidad ha quedado, en muchas ocasiones, sepultada por las adaptaciones cinematográficas. Es evidente que no estaríamos aquí hablando sobre Bellah de no ser porque Ford adaptó sus historietas. Pero el rescate de las mismas no es un mero ejercicio nostálgico destinado para cinéfilos. Hay verdadera literatura en estos textos. Como la hay en Dorothy M. Johnson y Vardis Fisher (ambos ya recuperados por Valdemar) o en el ya citado Oakley Hall, o en Larry McMurtry (que está ya siendo rescatado por Gallo Nero y del que pronto hablaremos por aquí), o en Alan Le May, o en Ernest Haycox, o en Borden Chase, o en John W. Cunningham, o en Walter Van Tilburg Clark… simplemente estamos siguiendo el rastro, forastero…