19 abril 2013

Dios salve al pequeño comercio, las tacitas de porcelana y la virginidad

The Kinks are The Village Green Preservation Society

Andy Miller

Libros Crudos, 2013. Colección "33 1/3"

ISBN: 978-84-613-6197-7

133 páginas

9,95 €

Traducción de Iñigo Eguillor y Antón López



Fran G. Matute

Asumo que el lector que se acerque a leer esta reseña ya sabe quiénes son The Kinks. Más que nada porque, si no, este minucioso ensayo sobre el proceso de grabación del disco The Kinks are The Village Green Preservation Society (1968) no le iba a interesar en absoluto. Así que daremos por sentado que todos los aquí presentes conocen sobradamente a ese poeta laureado del ‘pop’ que atiende al nombre de Ray Davies, responsable único de esta obra de orfebrería sónica.

Tomando como modelo de investigación el trabajo realizado por Ian MacDonald en Revolución en la mente (1994) -que no es sólo el mejor libro escrito jamás sobre The Beatles sino que pasa por ser una de las piezas esenciales de la literatura ‘rock’-, el escritor Andy Miller realiza un completo ejercicio de periodismo musical para procurar componer el cuadro más exacto posible de cómo se gestó esta colección de canciones, la más personal de cuántas escribió Ray Davies al frente de The Kinks. Y el trabajo final es ciertamente meritorio aún teniendo en cuenta que el autor no llega nunca a entrevistar al propio Ray, por lo que siempre tiene uno la sensación de estar perdiéndose algo por el camino. De todas formas, el compositor ya dejó dicho todo lo que tenía que decir sobre el particular en su excelente autobiografía ficcionada, X-Ray (1994), y Miller bebe profusamente de dicha fuente, así como de Kink (1996), las memorias de Dave Davies, hermano pequeño de Ray y guitarrista del grupo.

A pesar de que el presente ensayo haya sido construido sin contar con el principal artífice del disco en cuestión (sí que participan en la ronda de entrevistas Pete Quaife y Mick Avory, bajista y batería, respectivamente, de The Kinks, que son capaces de ofrecer la mejor visión interna posible de cómo se ejecutaron las grabaciones), la verdad es que la información que Miller ofrece sobre el contexto en el que se gestó este ‘long-play’ resulta impagable hasta para el más confeso admirador de la banda de Muswell Hill.

Es ciertamente The Kinks are The Village Green Preservation Society el álbum con más intrahistoria del grupo. Por todas las vicisitudes que padeció durante su proceso de grabación, por la forma en que fue ignorado en el momento de su publicación, por el culto que ha ido ganando con el paso del tiempo y, sobre todo, por el momento de ebullición creativa en el que se encontraba Ray Davies por aquel entonces, con sólo 23 años. Para 1968, Ray Davies ya había demostrado ser un pintor fino de caracteres. En sus canciones se introducían personajes de lo más variopintos, y todos remitían a retratos costumbristas del ‘every man’ inglés. A Davies no le importaba la grandilocuencia del Imperio (aunque posteriormente cantara sus alabanzas, no sin cierta pesadumbre), sino que le gustaba sentarse a observar a sus vecinos e imaginar mil y una historias para ellos. Y por este motivo, Ray Davies siempre fue a contracorriente de los tiempos. Cuando la música se sofisticaba a mediados de los 60, The Kinks dieron un giro casi copernicano a su sonido y se volvieron más nostálgicos que nunca. Y de ahí surgió The Kinks are The Village Green Preservation Society, un cántico a las cosas sencillas compuesto de viñetas costumbristas que ofrecía una visión “conceptual” de la filosofía artística de Ray Davies. Pues éste no sólo fue el primer disco compuesto en su totalidad por Ray, sino que se considera prácticamente un trabajo en solitario aunque este ensayo se encarga de desmitificar lo anterior.

Nos ha interesado, dentro de los miles de apuntes, anécdotas y datos que ofrece Miller en este ensayo, la fuerte conexión literaria que tienen algunas de las letras más significativas de este álbum. Y aunque sólo sea porque estamos en una bitácora literaria, nos interesa comentar brevemente dichas conexiones. Se da a entender, y hay bastantes argumentos para creer en ello, que Ray Davies pasaba por una especie de período “orwelliano”. Qué duda cabe que un tema como “Animal Farm”, tiene una clara inspiración en Rebelión en la granja (1945), pero Miller también saca a relucir la influencia de otro texto de George Orwell como Subir a por aire (1939), en canciones como “Big Sky”, por ejemplo. Por otro lado, también se deja entrever en las letras compuestas por Ray Davies al poeta Dylan Thomas, sobre todo su Bajo el bosque lácteo (1954) que fue incluso el nombre inicial del proyecto. De este texto de Thomas extraería Davies a uno de sus personajes, la huidiza Polly Garter, protagonista del ‘single’ “Polly”, no incluida en el Lp pero grabada en las mismas sesiones. Así mismo, encontramos a unos tales Tom y Daisy en la excelsa “Village Green”, nombres tomados de El gran Gatsby (1925) de F. Scott Fitzgerald. Y, por último, el “Phenomenal Cat” que plantea Ray Davies en el disco presenta unas enormes reminiscencias con el gato de Cheshire que ideó Lewis Carroll para Alicia en el país de las maravillas (1865).

Otro ámbito a destacar de este concienzudo ensayo es el tercer capítulo, dedicado a aquellas canciones que se grabaron durante el período de gestación del álbum pero que o bien no terminaron nunca de ver la luz o fueron siendo publicadas en formato ‘single’ o recopilatorios, con el paso del tiempo. Y es que, dentro de las escasas rarezas que ofrece un catálogo tan extenso como el de The Kinks, lo cierto es que el grueso de las mismas surgieron de las sesiones de The Kinks are The Village Green Preservation Society, siendo muchas de estas canciones grandes joyas perdidas por las que los fanáticos sentimos verdadera devoción por su altísima calidad musical. Así que toda luz que se arroje sobre dichas grabaciones es como maná caído del cielo.

No nos queda otra que aplaudir que una editorial atrevida como Libros Crudos se lance a publicar en castellano estos libritos ya clásicos entre los consumidores de música 'rock', con independencia de que las ediciones y la traducción no estén todo lo pulidas que debiera. Nosotros nos hemos decantado por The Kinks porque son nuestro grupo favorito de todos los tiempos, pero estamos seguros de que en el catálogo de la colección “33 1/3” podrán encontrar los melómanos otros ensayos discográficos más ajustados a sus paladares. Se suele decir que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura, pero esta colección desmiente lo anterior por completo. Pues hemos engullido este entretenidísimo ensayo con avidez y hemos disfrutado tanto con la música como con la letra. ‘God save The Kinks’.

18 abril 2013

La trapecista y la elipsis



El hombre que decía haber salvado a Rebeca B.

Miguel Ángel Maya

Alegoría, 2013. Colección "Tusitala"

ISBN: 978-84-15380-06-1

165 páginas

14 €



Sara Mesa

Comienzo a leer El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. No es el primer libro que leo de Miguel Ángel Maya, ganador en 2008 del premio Caja Madrid de Narrativa con Últimas horas y 58 minutos, publicado en Lengua de Trapo, escritor disperso -y aquí la dispersión es un valor-, músico, guionista, cinéfilo. Precisamente por conocido no me sorprende el excelente arranque de esta novela: una prosa ágil, bien medida e intrigante. El ritmo consigue pautar los tiempos de lectura a la perfección. La historia seduce, engancha. Pronto nos vemos envueltos en una atmósfera singular: misterio, oscuridad, 'glamour', intensidad, terror. Cinematografía por todos lados. Espectros. Seres doloridos que esconden secretos. Una ciudad que también esconde secretos. Se reconoce al autor en cada párrafo: sus temas, sus obsesiones, su universo. Pequeños y amenazantes seres gulliverianos, enigmáticos personajes femeninos, canibalismo, la brutalidad que convive con el refinamiento, inventores de objetos peculiares, mitografías propias, el mundo del circo, la magia…

Qué mejor se puede decir de un escritor que se le reconoce en cada párrafo. Que tiene mundo propio. Si yo hubiese leído El hombre que decía haber salvado a Rebeca B. sin saber que está Miguel Ángel Maya detrás, hubiese pensado inmediatamente en él. Eso es un gran logro: el escritor palpitando tras cada línea. Esto hace que en el contexto de la literatura contemporánea española Maya sea una especie singular, en tanto que sus libros son singulares. Maya no se adscribe a modas, no está sujeto a ningún condicionante. El único sentido que guía sus libros es el propio Maya, el mundo de Maya.

Los riesgos de una literatura tan personal podrían pasar a veces por la falta de conexión con el lector. Pensemos: ¿a quién le interesan nuestras obsesiones, nuestros temas recurrentes? ¿Cuál es el valor de la autenticidad? Pero el autor sortea bien este obstáculo porque sus temas no solo son inquietantes en sí mismos, sino que también cuentan con un poder simbólico innegable, lo que, digamos, amplía su radio de acción.

Para situar El hombre que decía haber salvado a Rebeca B hay que hablar de una ciudad de la Costa Este norteamericana, Saint-Simon. Pequeña, cerrada en sí misma, sitiada: por un lado el mar, por otro las dunas móviles. Por si eso fuera poco hay unas galerías subterráneas que supuran un óxido que se come la ciudad. Resulta curiosa esa excrecencia: en esas galerías convive la mayor sofisticación (la música) con la más terrorífica barbarie. Por un lado, habitantes que no saben que existe un exterior; por otro, un exterior que desconoce -o calla- la existencia de las galerías. Coches lujosos que entran y salen de la ciudad, con sus élites melómanas y ávidas de crueldad. Pero hay más: un circo poblado de criaturas extrañas, marginales, y una reserva de indios: dos focos de posibles enemigos cuando el poder necesita justificar su acción represora. Así es la temperatura de este libro. Basta abrirlo para sentirla y respirarla. La técnica narrativa es uno de los puntos fuertes, y Maya la maneja con soltura y naturalidad. Estampas sueltas, breves relatos que se encadenan, que completan huecos y sentidos, personajes que aparecen y desaparecen, pero también distintas versiones de los mismos hechos, contradicciones, elecciones que deberemos tomar para montar nuestro propio puzle, piezas de muy distinta naturaleza: transcripciones de grabaciones, papelotes, cartas, testimonios, fragmentos de libros. Y también algo muy sorprendente e inusual: todo se construye en torno a una gran elipsis: qué pasó con la trapecista Rebeca B. en el Bed & Breakfast de la playa. Una mujer se asoma a mirar el mar, el mismo mar que arroja un náufrago con una amenaza para la ciudad. ¿O la amenaza estaba en otra parte? Sabemos que a Rebeca B. le sucedió algo terrible, sabemos que en torno a ese suceso se montó toda una historiografía quizá falsa, quizá verdadera, quizá en parte falsa y en parte verdadera… ¿pero qué pasó exactamente?

Miguel Ángel Maya sabe callar y sabe hablar. Maneja con habilidad los hilos de la narración, el perspectivismo, y nos hace pensar en otros posibles Saint-Simons una vez que hemos cerrado el libro. Porque este libro cuenta una historia y apunta a su vez a otras muchas historias. Rebeca B. no es solo una trapecista enigmática: es toda una experiencia. Por eso merece la pena entrar en ella.

17 abril 2013

La lengua rebelde

¿Somos como moros en la niebla? 

Joseba Sarrionandia

Pamiela Argitaletxea, 2012

ISBN: 978-84-7681-750-6

987 páginas

32 €

Traducción de Javier Rodríguez Hidalgo




Jabo H. Pizarroso

"Respecto a las relaciones entre el poder y los escritores, hay que decir que parecen en efecto condenadas a continuar desarrollándose en esos niveles de amor/odio o halago/denuncia que históricamente han venido manteniendo. Sospecho que esta dialéctica de conflicto y complicidad viene establecida por el trato, sin duda especial en tanto que exige especialización, que ambas instancias mantienen con el lenguaje. Al fin y al cabo el control de la semántica implica hasta cierto punto el control de la imaginación y el control de la imaginación es fundamental para mantener el orden. El poder requiere para legitimarse erigirse en representante de la Humanidad y en consecuencia apoya a aquellas escrituras que hablan de un humanismo superador de las diferencias de clase, fortuna, cultura o sueldo." Constantino Bértolo

Joseba Sarrionandia, ganó en el 2011 Premio Euskadi de Ensayo con Moroak gara behelaino artean?, que ahora acaba de traducir al castellano Javier Rodríguez Hidalgo para la misma editorial que lo publicó en eusquera, Pamiela argitaletxea. El premio concedido a este libro estuvo manchado de una polémica estéril, idiota y programada. Finalmente los patrocinadores del premio entraron en razón, algunos de los que se colgaron la chapita del yo estuve allí en la deslendakarización de Patxi López. Actuaron como sabios. Reconocieron su error. Y el premio lo recogió una hermana de Sarrionandia, porque Nadie sabe donde está, pero cada año esperamos ansiosamente sus libros, como decía de él Bernardo Atxaga en la faja de la traducción al castellano que hizo la editorial Hiru de 'Ez naiz hemengoa' (No soy de aquí), en los años noventa.

Curioso es que sean éstas las dos únicas obras que el lector en castellano pueda disfrutar de Sarrionandia, (hay una edición titulada 8 poetas raros, Ardora ediciones, en la que se pueden paladear en castellano algunos versos de Sarri). Tanto No soy de aquí como ¿Somos como moros en la niebla? parten de un No soy y de un Somos con interrogante. Las dos obras hablan de la identidad humana, de la individual y de las identidades colectivas suprimidas, aniquiladas, las identidades colectivas nacionales que sobreviven a duras penas en una resistencia lenta, a veces vigorosa, y otras veces callada, desconocida, invisible.

¿Somos como moros entre la niebla? es un ensayo monumental, 987 páginas de libro más unas mil notas anexadas, acerca de las relaciones de dominación, de la dinámica amo-esclavo, de la naturaleza de los vencedores de la historia, de las hablas que han sustentado la victoria de los imperios que en el mundo han sido, y de la ley natural con la que se abrigan esas hablas, o lenguas, porque todos sabemos que la diferencia entre un lengua y un dialecto es que la primera tiene un ejército y la segunda no. Con esas lenguas, las que tienen ejército, se protegen los imperios, las globalizaciones y las cosmohegemonías de poder que reprimen, destrozan y anulan toda lengua sin ejército que se atisbe, toda mundo, toda palabra, toda pequeña gramática con vocación de microvisión que no conduzca a la perpetuación de la democracia imperialista y al fascismo que a esta pare.

El ensayo podría decirse que comienza con un 'macguffin' si yo fuera un crítico postmoderno, pero como en esta época me considero más bien un crítico premoderno, diré con ánimo de ofender siempre que este libro se principia con un 'ethos' sencillo, bien diagramado y esencial que encierra todo el sentido de este libro inacabable y meándrico.

Pedro H. Sarrionandia es un franciscano que viaja a la Casbah de Melilla a finales del XIX para buscar una gramática. Y Sarrionandia es un escritor actual que se fugó de la cárcel en el año 1985 en los altavoces que Imanol utilizó para dar un concierto en Martutene, que hoy está desaparecido y que con este libro y en este libro sigue las huellas de ese franciscano del XIX. Pedro H. Sarrionandia es el único y más avanzado estudioso de la lengua rifeña, del 'tamazigh', la lengua de los moros rebeldes e irredentos a los que España cortó la cabeza una y otra vez durante años. Este franciscano es la punta de lanza del proceso colonizador. Es aquel que como colonizador estudia la lengua de un pueblo bárbaro al que un imperio someterá para uniformarlo y “civilizarlo” y como quien no quiere la cosa y ya que estamos aquí le quitará toda materia prima que abunde en su subsuelo, si es petróleo, gas natural o piedras preciosas mucho mejor. El impulso del libro es la búsqueda de una gramática, de la gramática rifeña, de la lengua 'tamazigh', excusa poderosa y bien formulada para indagar y descubrir que pasó con esos moros, que pasó con la colonización española de África, cómo fue el proceso colonizador español y francés, como fueron los procesos colonizadores europeos en África, como lo fue el proceso colonizador inglés en África y en el mundo, como se repartieron las potencias occidentales África en 1890, y como es en sí un proceso civilizatorio-devastador-asesino, qué dinámicas sigue, como actúa para acabar con un pueblo, para someter a un núcleo humano diferente, no blanco, sí negro, sí moro, sí gitano, sí tamazigh, sí vasco, y que dinámicas de guerra, terrorismo blanco, y destrucción, emplea ese país colonizador, desde un nacionalismo hegemónico para con la nación sin estado, la nación que no puede permitirse ser nacionalista porque solo puede ser nacionalista el que te sometió un día a su nacionalismo grande, porque el nacionalismo pequeño no es nacionalismo y no está bien, no es bueno, está mal, como está bien el nacionalismo grande porque una guerra lo produjo, porque venció en muchas guerras, porque sometió a otros pueblos, colectividades y naciones.

Sarrionandia investiga hasta el límite la antipoética del colonizador y estudia partiendo de la situación y de la historia de los moros del Rif, la situación y la historia de otros pueblos sometidos por los imperios, por aquel reparto de África en la Conferencia de Berlin en la segunda parte del XIX. Este libro es grande y es un libro humilde también, sencillo, de lo grande que es cuesta entenderlo como pequeño por la poca repercusión que tiene fuera de los focos donde estas cosas se conocen y se saben. El libro de Sarrionandia me recuerda, y es curioso que fueron publicados el mismo año, a un libro que publicamos en Mono Azul editora en 2010, Apacherías de Javier Lucini, porque tienen alguna semejanza que traigo a esta reseña porque me ayudará a seguir desbrizando el sentido de las mil páginas de Sarrionandia. Uno generaliza en la búsqueda de la dinámica ejemplificada en el rif y en otros pueblos entre colonizador y colonizado y el otro, el de Lucini, concretiza esta dinámica en el caso Apaches 'versus' asesinos gringos civilizadores. No sé qué extraños hilos en termodinámica de ideas se han puesto de acuerdo para parir estas dos obras luciniano-sarrionandistas. Dignos hijos los dos libros de esta época. Dignos hijos para dignos lectores. Indigno el lector que no conozca estos libros. Miserable el que no los haya leído o por lo menos no sienta vergüenza al confesar su no lectura.

Reflexiones que se traducen de este libro hay muchas. Pero a mí especialmente me ha dejado en suspenso aquella reflexión fundamentada y documentada que explica entre otras muchas cosas el 18 de Julio de 1936. Me refiero al levantamiento ilegal, asesino y terrorista de Francisco Franco, Mola y el resto de malnacidos que siguieron a estos dos en el año 1936. Estos generales se bregaron contra los moros en las guerras de África, lucharon contra los rifeños y se curtieron en esas batallas. Forman parte de lo más granado del ejército africanistas y son africanistas. Incluso Franco, en una cita que aparece en el libro llega a decir algo así como que él sin África no es nada, ni nadie. Y tras África buscaron en su país y acabaron con todos los moros que en el mundo han sido. Moroak gara behelaino artean. Somos moros entre la niebla, ¡Sarri, Sarri, Sarri, Sarri, Sarri, Sarri!

16 abril 2013

Como aquel Jardín


Las frutas de la luna

Ángel Olgoso

Menoscuarto, 2013

ISBN: 978-84-96675-98-8

214 páginas

17,50 €




Luis Manuel Ruiz

A diferencia de otras literaturas, la de España no se escora con facilidad hacia el género fantástico. Así ha sido al menos hasta bien entrado el siglo que dejamos atrás, cuando, removidos por los vientos de cambio que llegaban de Sudamérica, algunos exploradores del estilo de José María Merino o Luis Mateo Díez decidieron asomarse a las zonas menos oreadas y peor surtidas de luz de esta convención manida que llamamos realidad. La motivación última de este desinterés por la fantasía parece tener raíces profundas y no es cosa de perderse ahora en estudios de genealogía: probablemente el componente geográfico, con un paisaje alisado en forma de meseta, así como el psicológico, encarnado en el sempiterno y célebre sentido común castellano (ande yo caliente y ríase la gente), cuenten con sus partes de culpa, pero no es algo que nos interese ahora. Lo importante es que de unos treinta o cuarenta años a esta parte, muchos escritores españoles han decidido renunciar a Sancho Panza para pasarse a Quijote; esto es: han dejado de observar las cosas al ras de la aldea, la bota de vino, la boina, el polvo y el molino, para optar por la megalópolis, el cáliz de oro, el yelmo, la jungla y los gigantes, muchos gigantes.

Lo de arriba, como todo, es una generalización. Honrosas excepciones ha habido a la norma que durante los agrios años de la dictadura y aun antes conservaron viva la llama votiva de lo fantástico en narraciones minoritarias y sin demasiado impacto en la cultura oficial, fuera esta de los pros o de los contras. Curiosamente, el fenómeno se dio en las periferias, fuera del ombligo de Madrid: Álvaro Cunqueiro, allá en sus selvas célticas, y, sobre todo, Joan Perucho, del lado de la Cataluña bizantina, dispensaron en ediciones que apenas llegaban a unos millares de lectores una exhuberante mercancía de magos, autómatas, prodigios, monstruosidades y escapadas traicioneras al envés de la realidad, que, sea lo que sea, se muestra delgada y tenue como papel de biblia. En estos antecedentes autóctonos, aliñados con otros que provienen de allende el mar y las montañas, hay que buscar los ancestros de Ángel Olgoso, quizá el representante más puro y nuclear de la tradición fantástica con que nuestra literatura cuenta hoy en día.

Las frutas de la luna, el último producto de Olgoso, es un paso más, un nuevo avance, en la dirección de ese concepto exigentísimo de género fantástico que el autor lleva explorando desde sus primeros libros y que ya encontró reflejo en títulos paradigmáticos como Astrolabio, Los demonios del lugar, o, más recientemente, La máquina de languidecer. Alejado de las facilidades de la ciencia ficción, el terror de supermercado o la espada y la brujería, mundos que de todos modos rozan de manera misteriosa y oblicua, los libros de Olgoso se reconocen por un denodado intento de explotar el idioma hasta sus últimas posibilidades, saqueando el diccionario y la gramática en busca de nuevos hallazgos cada vez más llamativos y extraños. Y ello, precisamente, en pos de algo aún más llamativo y extraño: una visión del universo opuesta radicalmente a lo acomodaticio, llena de aberturas y escondrijos, dispuesta a asustarnos, a sorprendernos, a dejarnos en suspenso con su sentido único de la maravilla. En manos del granadino, la anécdota más banal deviene con facilidad un cuento alegórico, una fábula de hadas, o, mejor, de príncipes metamorfoseados en monstruos: porque lo prodigioso, o lo siniestro (si se distinguen), anida en cualquier parte y es irremediable tropezar con ello con sólo calzarse las pantuflas. La segunda gran fuente de maravillas es, para Olgoso, después de la salita de estar o a la vez que ella, el gabinete de la biblioteca: no pocas de sus ficciones se encuentran inspiradas en lecturas previas y transcurren en los mundos apenas entrevistos de la tradición libresca. El resultado es un estilo que produce una sensación casi asfixiante de riqueza y de acumulación: el vecino de al lado, el esclavo de época romana, el astronauta y el 'dandy' victoriano conviven en medio de una floración de palabras únicas que acosan al lector desde todos los ángulos, como si estuviera desbrozando el Jardín primigenio, donde el verbo y la cosa eran matices indisociables de lo mismo y guardaban la debida simetría.  

En los veinte cuentos de Las frutas de la luna, Olgoso celebra sus temas predilectos: la locura, el vértigo, los monstruos, un mundo atávico y rural que evoca a la vez recelo y ternura, la identidad última de todos los seres, de todas las almas y de todos los miedos, un humor ácido que mueve a la sonrisa sólo a medias, los viajes, la noche, la vida y la muerte, la propia literatura y sus insomnios. Lo dicho: la variedad de los temas, su amplitud y su fuste, hacen que recorrer el libro se parezca a hojear displicentemente una enciclopedia, esas cosas en cuyo interior uno podía permanecer horas y horas antes de los ordenadores, pasmándose de la misteriosa vecindad de objetos que no tiene nada que ver entre sí. O que sólo parecen no tenerlo.

15 abril 2013

Repetirse o morir



Aire de Dylan

Enrique Vila-Matas

Seix Barral, 2012. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-32209-64-2

328 páginas

19,50 €



José M. López

Pues sí, aquí tenemos la nueva novela de Vila-Matas. El mismo, el que se repite siempre, el de “hijos sin hijos”, “escritores que no escriben”, el aburrido, el pedante, sí, aquel al que muchos odiáis… pero al que otros, debo confesarlo, amamos. Aunque solo sea desde un punto de vista literario. Sí, como Proust, como Woody Allen, como el Scorsese de antes de La vida de Hugo, Vila-Matas pertenece al grupo de creadores que siempre repiten la misma obra, y que debo admitirlo, más me gustan cuanto más se repiten. De este tipo de artistas espero con ansiedad su próxima creación, con la esperanza siempre de que no se renueven, no intenten reinventarse, y me ofrezcan otro delicioso producto con las mismas y geniales repeticiones que su producto anterior. Así que, una vez lanzada la careta al aire, una vez descubiertas mis vergüenzas, ya os imaginaréis que la reseña será de lo más condescendiente, y estará vestida de un subjetivismo amable totalmente inapropiado a toda crítica que se quiera llamar seria. Por tanto, pido a aquellos “odiadores” oficiales del escritor catalán que se abstengan de seguir leyendo, para así evitarles tan doloroso trance.

Bueno, una vez que estamos solos, podemos empezar a destripar la novela. Muy del gusto del autor barcelonés, la trama aparece hilada en una historia de investigación con tintes de novela negra, pero eso sí, protagonizada por personajes cargados de un halo 'freaks' a la vez que posmoderno -molón, vamos-, cuyo comportamiento inspira fascinación y risa al mismo tiempo. Quizás por eso, cuando leo al escritor catalán parece que estoy viendo de nuevo Al final de la escapada. En Aire de Dylan, tenemos a un escritor cincuentón, catalán, y con la firme intención de dejar la escritura (¿?), idea que se ve truncada al conocer al joven Vilnius, complejo muchacho que le pide ayuda para completar las memorias apócrifas de su difunto padre, un exitoso escritor posmodernista, y de paso para que le ayude encontrar a los asesinos de este.

Sí, los temas del autor catalán son prácticamente los mismos que podemos reconocer en anteriores novelas, como también es el mismo el cariz enigmático de sus palabras o el estilo hipnótico de su prosa, rasgos que me hacen no poder apartar la mirada del libro ya desde la primera línea:

“Algunos entran tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Este fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad (…)”

Y es que, además del homenaje a la serie negra, la enfermiza obsesión por la intertextualidad del autor transforma también la novela en un sugerente juego en el que el Vila-Matas se divierte mirándose al espejo y no observando su rostro, sino el de Pessoa, el de Kafka, el de Hammett, o, como en esta novela, el del propio William Shakespeare. Y, como en Hamlet, en Aire de Dylan la representación teatral aparece como el único medio posible para desenmascarar el alma de los conspiradores, de lo que se deduce que la ficción se acerca más a la verdad que  la propia realidad.  Al igual que le sucedía al príncipe de Dinamarca, también el espectro del padre de Vilnius sobrevolará obsesivamente su cabeza. Y terminamos descubriendo, como en un cuento de Rulfo, que la identidad de una persona la conforma realmente la sucesión de fantasmas de sus ancestros que no dejan de rondarle insistentemente. En definitiva, la voz del hijo no es más que un progresivo encadenamiento de ecos que se suceden, del mismo modo que la voz de Vilnius termina siendo un reflejo vago de la de Lancastre, su padre fallecido. Como consecuencia inevitable, la novela termina convirtiéndose  en una perpetua guerra de generaciones: 
- la del protagonista o la de Lancastre: aquellos escritores de entre cuarenta a sesenta años, que, ya sea siguiendo un estilo más realista, ya sea abrazando los encantos de la posmodernidad, basaron su éxito en el trabajo, en el esfuerzo diario;
- la de Vilnius y su novia: aquellos que, como Oblomov, el arquetipo del gandul en la literatura rusa, buscan el camino de su autenticidad a través del estatismo, y encuentran en la pasividad la única forma de evitar el fracaso.

En todos ellos está Vila-Matas, con todos se identifica,  pero, no nos equivoquemos,  de todos se ríe. Y es que aquello que, en mi opinión, hace grande al escritor barcelonés es que nadie sale indemne de su fina parodia. Se ríe de todos. De él, el primero.

A pesar de lo dicho, debo añadir que no coloco Aire de Dylan en el anaquel donde conservo  las mejores novelas de Vila-Matas. En algunos momentos del libro la extraña poesía que suele rodear las situaciones o personajes del autor no aparece. Él se da cuenta, y se ve obligado a echar mano de un último recurso con el que no se siente demasiado cómodo: la narración. Es decir, tiene que hacer que pasen cosas en la novela, aunque sean forzadas o incoherentes, con tal de suplir ese hueco lírico, emocional y surrealista que sus musas no han tenido la deferencia  de depositar en la novela. Y es que el peor Vila-Matas es aquel que se ve forzado a narrar por falta de inspiración.

Así que no quito la razón a aquellos que argumentan que al autor catalán ya se le están acabando los temas, o que su estilo es reiterativo y pretencioso. Sin embargo, a mí me sigue gustando, lo confieso, sobre todo, porque, si esto fuera así, que lo dudo, él sería el primero en parodiarse, y en reírse de sí mismo a través de la ironía, el pesimismo y la extrema clarividencia a través de los que observa el mundo.