12 enero 2012

Vidas de pareja


Pulso

Julian Barnes

Anagrama, 2011. Colección "Panorama de narrativas"

ISBN: 978-84-339-7579-9

264 páginas

17,90 €

Traducción de Mauricio Bach



Alejandro Luque

Maestro en el retrato de la clase media, a Julian Barnes parecen interesarle, más que sus discretos encantos, esos dramas de baja intensidad que salpimentan la vida cotidiana. Su último libro de relatos gira, una vez más, en torno a parejas mejor o peor avenidas. Pero, a diferencia de los enredos que alentaban títulos como Antes de conocernos, Hablando del asunto o Amor, etcétera, aquí la segura y confortable burbuja burguesa está sometida a otra clase de tensiones, ya sea la incomunicación, los deseos frustrados o el paso del tiempo.

Si, como confesaba en otro de sus libros, El loro de Flaubert, Barnes aprendió del padre de Madame Bovary que el estilo está siempre en función del tema, en Pulso la misma naturaleza de las historias -una camarera extranjera que esconde un turbio secreto, dos escritoras unidas por una relación de amor/odio, un matrimonio enfrentado a causa de la jardinería, un marido en crisis que se mira en el espejo de sus padres...- parece imponer un estilo elegante y sobrio. Se agradece mucho que el autor no pretenda pasarse de gracioso ni demostrar en cada línea lo inteligente que es -y ya subrayó Monterroso que hay que ser muy inteligente para lograr tal cosa-, que no soliviante al lector con florituras ni trate de asombrarle a toda costa.

Por su perfección formal, cualquiera de los relatos de Pulso serviría para ilustrar esos talleres de escritura creativa que tanto proliferan hoy. No obstante, se trata de un conjunto que va de menos a más, empezando por una historia más bien liviana en contra de sus pretensiones, como es "Viento del Este", y que poco a poco toma vuelo hasta culminar en el relato que le da título. En ese crescendo de intensidad e interés, que encuentra un significativo escalón entre la primera y la segunda parte, brilla más la habilidad de Barnes para sortear escollos que su probada capacidad para hacer diana.

Los propios personajes parecen también avenirse a esa suerte de virtud por defecto. Aunque el fracaso parece un denominador común en casi todos, éste queda rebajado en su graduación, difuminado bajo la forma de meros objetivos no cumplidos. Asimismo, Barnes no permite grandes excesos emocionales en su territorio, y deja que pesen más las cosas que no se dicen que las palabras efectivamente pronunciadas, como es propio a los tan traídos y llevados asuntos del amor y el desamor.

Menos convincentes se antojan los episodios que desliza entre un relato y otro bajo el título común de "En casa de Phil y Joanna": desenfadados diálogos de sobremesa sobre temas recurrentes (la crisis, el tabaco, el sexo y el amor, la política) intercalados a la manera de entremeses que alivien la carga dramática del resto del libro. En ellos, el autor despliega un notable ingenio en la construcción de diálogos. Pero para eso tal vez ya están, y lo hacen muy bien, los guionistas de la Paramount Comedy.

Para encontrar la chispa que hace de Julian Barnes un narrador con mayúsculas, uno de los más dotados de la Europa actual, hay que recorrer el camino completo y llegar hasta piezas como "Armonía", "Carcasona" o "Pulso", más complejas que las precedentes, algunas contaminadas de ese sutil tono ensayístico donde tan bien se desenvuelve el autor, y sin duda más llenas de vida e inspiración. Habrá quien siga prefiriendo al gran novelista que es Barnes, pero ya lo dijo él mismo hablando de Renard: “Quieres una destilería o un río? ¿La vida en forma de unas cuantas gotas de licor fuerte, o de un litro de sidra normanda? El lector decide”.

[Publicado en Mercurio]

11 enero 2012

Decadencia y fascismo


Tenían veinte años y estaban locos

VV. AA.

La Bella Varsovia, 2011

ISBN: 978-84-939329-7-8

188 páginas

14,25 €

Edición y prólogo de Luna Miguel




José Martínez Ros

¡Oh! Nada más y nada menos, que una antología de poetas veinteañeros… buenos, en algunos casos, casi adolescentes. ¡El equivalente lírico a una película de Larry Clark! Bien, no nos excedamos: ante una iniciativa tan programáticamente absurda es fácil, incluso demasiado fácil, adoptar un tono satírico o liarse a echar jeremianadas. Dediquémonos al libro en sí.

Pero antes, señalar un par de cosas que me vinieron a la cabeza cuando supe de la existencia de esta peculiar antología. La primera fue un breve, pero esclarecedor, ensayo de Félix de Azúa en torno a Rimbaud. El profesor de Azúa nos explicaba en él que, antes de la explosión del fenómeno romántico, el prototipo de poeta era, más o menos, un señor de mediana edad muy culto, con un gran conocimiento de los clásicos griegos y latinos, dotado de una cierta fortuna, un protector acomodado o un puesto de enseñanza o eclesiástico, que le permitiera disponer de tiempo libre para el estudio y la escritura. Según la época, ese señor puede ser Virgilio, Rostand, Góngora, John Donne, Baudelaire, Antonio Machado, Luis Cernuda o Wallace Stevens, pero -con lógicas diferencias- responden a ese retrato. Pero en cierto momento llegó Rimbaud, y ese asombroso jovencito creó por sí mismo un nuevo modelo que han seguido (con éxito) una innumerable pléyade de estrellas del rock y (más precariamente) algún aspirante a literato. Eso sí, como señalaba con sorna el profesor de Azúa, el hambre, el vagabundeo y la escandalosa bohemia de Rimbaud no tardarían en ser sustituidos por alguna que otra borrachera o una higiene personal dudosa. Y por supuesto, la segunda etapa de la vida de Rimbaud, como traficante de armas y esclavos en Abisinia -lo que demuestra que, además de un excepcional poeta era un ser humano bastante despreciable- quedaría en el olvido, puesto que ninguno de los actuales discípulos de Rimbaud desea correr el riesgo de que se olviden de él.

El otro texto que recordé es de uno de libros de Sebastian Haffner sobre el Tercer Reich, una frase en concreto. No he localizado la cita exacta, pero era algo así: “El culto a la juventud es propio de las épocas de decadencia y conduce al fascismo”.

Sobre los participantes en la antología, hay que hacer una distinción muy básica: los que saben que un poema es algo más que una colección de lugares comunes sentimentales o un chiste de escasa gracia cortado en renglones muy cortos y los que no. Prácticamente todos los que lo saben ya han publicado, y su presencia en esta antología no creo que les haga ningún favor, aunque tampoco lo necesitan, puesto que su escritura se defiende (o se defenderá) por sí misma. David Leo García es un poeta técnicamente superdotado, de la estirpe de un Alberti o un Antonio Carvajal; aún no sabemos si su talento verbal se quedará en meros fuegos de artificio, pero, desde luego, es un autor a seguir. De la granadina María Salvador ya me habían hablado, aunque hasta ahora no había tenido la oportunidad de leer nada. Lo que he visto -en la antología y en Internet- me demuestra que tiene una auténtica sensibilidad y lecturas; sus poemas, cuajados de referencias contemporáneas, indican que, además, conoce la tradición. No me supone ninguna sorpresa, pues, que ambos ya hayan sido publicados y premiados.

Acerca de la antóloga, Luna Miguel, no voy a añadir nada a la excelente reseña que ya le hizo Juan Carlos Sierra en esta misma página.

No hay mucho más. Confío en el criterio de otros estadistas, que me indican que Laura Casielles es una autora de valía y les daría una oportunidad al culturalista Unai Velasco o quizás a Cristina Fernández o al imaginativo Álvaro Guijarro, pero lo demás es directamente espantoso, oscilando entre el malditismo infantil, los aspirantes a letristas pop y las confesiones de diario de quinceañera. Más que eso, es un desperdicio de papel. Como máximo nos sirve para recordar algunas viejas verdades: la literatura, como cualquier arte, exige experiencia, esfuerzo y lecturas; por eso los talentos precoces -como Rimbaud, Truman Capote o Claudio Rodríguez- son excepcionales, es decir, una excepción en la regla; es mejor dejar ciertos textos en borrador -o en la carpeta del instituto- que avergonzarse un tiempo después.

10 enero 2012

Jugar con la mierda



Ventajas de viajar en tren

Antonio Orejudo

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-363-6

160 páginas

14 €




Fran G. Matute

El libro de Antonio me ha gustado mucho. Trata de una mujer que encuentra a su marido con un palito meneando su propia mierda y, claro, lo termina metiendo en un manicomio. Y de vuelta en el tren se encuentra con un señor muy pesado que le cuenta su vida y le dice que es médico del manicomio y que lo que escriben los locos está muy bien, etcétera. La idea es muy original y me ha gustado. Sobre todo porque incluye en el libro los supuestos relatos escritos por los locos. Algunos son un poco asquerositos y eso.

El lenguaje que utiliza es muy rico y variado abundando los nombres comunes o sustantivos, los adjetivos calificativos y los verbos como mirar, decir, pensar, etcétera, por ejemplo.

También me ha gustado la foto que pone, aunque parece mayor de lo que dice. Y se ha cambiado el nombre, porque este libro ya salió hace un montón de años (fíjense que habla de Míchel y todo) y el autor tenía más apellidos entonces. No sólo pierde cabello sino apellidos. Yo lo conocí en la presentación del libro en Sevilla (que la condujo estupendamente nuestro compañero José María Moraga) y me pareció un chaval muy simpático y dicharachero, que estaba de acuerdo conmigo en todo y luego me invitaron a cenar y me puse morado, la verdad.

Luego nos fuimos a un bar de copas con otras personas del mundo de las letras (allí estuvieron las chicas de Edere, los poetas Braulio Ortiz Poole y Pepe Serrallé y los estadistas Alejandro Luque y Manolo Haro, entre otros). Sólo decir que nos lo pasamos requetebién, aunque me sentaron mal las croquetas.

Análisis del contenido: decir que como hoy la falta de tiempo es un problema de todos y todo el mundo va con prisa a todos los sitios, como el trabajo, la universidad, a comer, etcétera, me pienso que el libro es cortito por eso. De hecho el autor dijo algo al respecto en la presentación, porque también es profesor y se le quedan los alumnos dormidos en sus clases cuando son muy largas. Por eso este libro, dice él, le gusta a los jóvenes.

Los personajes son muy reales, teniendo mucha entidad psicológica, que parecen totalmente extraídos de la más cruda sociedad. La protagonista no sabría decir si es individualista o no, pero no me parece que tenga buen corazón porque metió a su marido en un manicomio (esto ya lo hemos dicho antes). El marido no sale mucho en la novela, por lo que yo creo que no era importante para ella.

Mi opinión personal en resumen es que el libro está bastante bien y trata problemas actuales (como, por ejemplo, el tráfico de órganos o la violencia de género) con un lenguaje rico y variado como he mencionado.

P.D.: Hoy es mi cumpleaños. A ver si el autor me regala algo por esta lúcida crítica hecha con hondura, rigor y sensibilidad.

09 enero 2012

Calderero, sastre, soldado... chupatintas


El frente ruso


Jean-Claude Lalumière

Libros del Asteroide, 2011

ISBN: 978-84-92663-38-5

186 páginas

17,95 €

Traducción de Paula Cifuentes



José María Moraga

“Si usted conoce o no la diplomacia” -decía en uno de sus poemas antiimperialistas Pablo Neruda- “es asunto que no interesa a nadie”. Continuaba diciendo que “esta ciencia tiene sus recodos”, y queda claro que Jean-Claude Lalumière (Burdeos, 1970) sí que los conoce, siendo asunto que debe interesarnos a todos. Gracias a ello, el autor francés ha debutado con una estupenda novela cómica titulada El frente ruso. La lectura de El frente ruso me ha producido un número considerable de carcajadas (no sonrisas: carcajadas), algo que de por sí debe ser objeto de admiración. Con todo, la obra no es perfecta, no sé si achacar sus defectos a su brevedad excesiva (volveré sobre el tema) o a mis posibles ideas preconcebidas sobre una primera novela: aquello de “apunta maneras” o “esperemos que en la próxima se corrija”.

Pese a su título, el libro no tiene nada que ver con Von Manstein ni el mariscal Rokossovski: nada de Panzers aquí, ni de T-34s. El “frente ruso” al que el joven protagonista (¿Trasunto del propio Lalumière? ¡Ah, la falacia biografista…!) es enviado no es sino un departamento del Ministerio de Asuntos Exteriores francés. En concreto, la “Oficina de los países en vías de creación. Sección Europa del Este y Siberia”, de ahí el ominoso sobrenombre. Recién incorporado a la función pública, el protagonista -ávido de experiencias exóticas y de viajes enriquecedores- debe, por culpa de un mal traspiés, desenvolverse en una oficina completamente inoperante, rodeado de compañeros excéntricos.

Esta oficina, en la que una prometedora carrera diplomática se halla condenada al estancamiento, podría recordarnos por su inoperancia y normativas absurdas al afamado “Vuelva usted mañana” de Larra. Sin embargo, en estos tiempos de funcionariado en la picota y recortes en el sector público, no conviene olvidar que en su afamado artículo Mariano José el romántico estaba criticando no al Estado sino a los empresarios españoles. El espíritu kafkiano (ya que no su forma experimental) ronda también los despachos en algunos momentos, en especial durante un descacharrante incidente relacionado con una paloma.

Otro referente del subgénero oficinista podría ser Bartleby, el escribiente de Melville, pero antes que una actitud nihilista y extintiva, frente al ambiente que lo rodea el oficinista de El frente ruso adopta una filosofía de mejoras y reformas más cercana a la de Ignatius J. Reilly y su “Cruzada por la Dignidad Mora”, pues aunque a priori pueda parecer sensato, todas sus iniciativas acaban teniendo consecuencias disparatadas.

Pese a contar con una trama jalonada por varios episodios, con personajes secundarios (esos padres, esos compañeros de trabajo, sobre todo la que acaba en ligue) y con una clara voluntad de hacer evolucionar al protagonista, tras leer esta novela me ha quedado una sensación de incompletitud difícilmente explicable. Trataré de argumentarlo diciendo que no sobra nada, nada de lo que hay está mal, pero faltan algunas cosas. La brevedad del libro parece apuntar a una “falta de cocción” más que a un propósito de concisión, si se me permite decirlo así. Queda por tanto por comprobar si Lalumière no ha querido o no ha sabido dejarnos con una obra más completa y con más peso específico, porque lo que podría haber sido un novelón de humor no pasa de una comedia ligera.

En conclusión, El frente ruso de Jean-Claude Lalumière no es un triunfo pleno, pero aunque pueda adolecer de los clásicos defectos de indeterminación atribuibles a una obra de debut, sus méritos sobrepasan de largo sus carencias, por lo que el sabor de boca que esta breve novelita satírica nos deja es mejorable, sí, pero así y todo ciertamente magnífico. Mucho talento en potencia que todavía no se ha desarrollado del todo, al que habrá que seguirle la pista atentamente.

05 enero 2012

Ruptura y juego

Fresa y herida

Berta García Faet

Instituto Leonés de Cultura, 2011. Colección "Provincia"

ISBN: 978-84-89410-21-2

63 páginas

6,24 €

Premio "Antonio González de Lama" por el Ayuntamiento de León, 2010



José M. López

A pesar de su juventud, Berta García Faet (1988) ha publicado varios y reconocidos libros de poesía. Y si nos proponemos echarle en cara algo a esta magnífica poeta, sería tan solo este aspecto: ser ofensivamente joven. Porque si sus textos cargados de frescura fueran escritos por un laureado veterano, afirmaríamos que nos ofrece una poesía novedosa y original, que sirve para abrir nuevo caminos. Pero de una chica de veintiún años siempre podremos caer en la tentación de decir que posee una escritura vacía, juguetona y propia de su edad. Pero yo no suelo leer las solapas de los libros ni pedir el DNI a los recién conocidos, así que no puedo más que mostrar mi asombro y admiración ante un libro que posee dos de los rasgos que considero esenciales en poesía: originalidad y autenticidad.

Uno de los esfuerzos que más aprecio de Fresa y herida es su perpetuo intento de desacralizar lo poético, de romper las expectativas del lector y exprimir el aspecto más lúdico de lo lírico. Por su manera de fusionar el humor y lo trascendental en sus páginas me parece estar leyendo a Oliverio Girondo o a Carlos Edmundo de Ory. Y es que esta autora esgrime todas las armas heredadas de las antiguas vanguardias, sobre todo del surrealismo y del dadaísmo, para dejar en el fondo de cada poema un poso de desesperación y nihilismo. Su afición por quebrar la solemnidad del poema le lleva a cierres abruptos y sorpresivos, que, además de romper el horizonte de expectativas del lector, esconden una postura tímida y poco dada al sentimentalismo fácil.

(...) Y sólo cuando mi deseo
se ha convertido en una inmensa bola
o en un pichón o conejo obeso y planetario,
lleno de estrías por seguir creciendo
hasta llegar al límite de su volumen posible,
sólo entonces,
cuando su tamaño ya no resulta plenamente asqueroso,
socialmente nocivo, sentimentalmente molesto,
lo mato
y me lo como.

(De “Deseo”)

La autora se niega a arrodillarse ante el altar de la denominada "poesía con mayúsculas", y "grafitea" las paredes de su templo con apelativos virulentos (idiota, nazi, cáncer, gusano), y con asépticos términos científicos (carótida, brontofóbica, astenia).

Sin embargo, esta actitud lúdico-rebelde no está reñida con la autenticidad, y la tensión a la que se ve sometida cada poema no le permite caer en el saco de lo vacuo o lo excesivamente formalista. La primera parte del libro (“Registros administrativos/ Fotografías de explosiones”) se enfrenta a la construcción de la identidad, y allí observamos cómo el “yo” expresa con sinceridad descarnada su enfado ante la imposibilidad de compaginar escritura y dicha, se reivindica como mujer pasional o se muestra incrédulo a la hora de encontrar la verdad a través de la ciencia:

(…) Sí: ya no se quiebra: tiraré
a la basura
mi manojo de cifras
y para aceptar tu invitación
sólo usaré pulsos de luz,
sólo usaré la alegría.
Sólo me queda ahora la alegría
y el atrevimiento de saltar a los abismos con tus ojos
vendados
con tus manos.
Volveremos a viajar por la cinta de Moebius
de la mano.

(De “Tímido reportaje testimonial sobre los debates de invierno”)

La segunda parte del libro (“Fundamentos aplicados/ Tratados de finales”) es más virulenta y enérgica, ya que se encuentran en el campo de batalla las circunstancias que preludian los finales, las que acaban con el amor: desde las manías de un “yo” patológicamente contradictorio, pasando por el rencor efusivo hacia el otro sexo, y terminando con el inevitable sentimiento de la despedida. Pero para esta poeta el final no es un fracaso, ya que el recuerdo impide que lo bello desaparezca:

(…) No hay por qué inquietarse: entra dentro
de mí, esa pelusa del puzzle:
lo que se acaba (lo triste)
no anula el suceso (lo bello) (…)

(De “Dos elegías funerales en adagio y viernes”)

La última parte (“Poética”) la forma un único poema, que reflexiona sobre el propio oficio de escribir. Aquí se proclama, coherente con el resto del libro, que en poesía todo cabe, y que en el folio, como en la fría mesa de disección, el poeta está obligado a mostrarlo todo, desde el corazón a las tripas, desde los esperanzadores preliminares amorosos hasta los repugnantes finales que dejan el salón repleto de vísceras y de destrozos:

(…) Este es el proceso. En síntesis:
saludos, y actos de amor,
actos crueles, y despedidas.
Luego
no hay propósito de enmienda:
sólo las piezas frías
que recoges del destrozo
y que en vano expones
en esta mesa.

(De “Naturaleza muerta en la mesa del comedor”)