15 febrero 2013

Hay otros submundos, pero están en éste


Americana

Don DeLillo

Seix Barral, 2013. Colección "Biblioteca Formentor"

ISBN: 978-84-322-1473-8

504 páginas

22 €

Traducción de  Gian Castelli Gair



Fran G. Matute

Leer a Don DeLillo me produce siempre pereza y fascinación. Pereza porque no me suele gustar nada sobre lo que escribe. Es más, me atrevería a decir que ni siquiera me gusta cómo escribe. Se me hace un mundo meterme en la cabeza de este señor. Me aburre soberanamente, me deja exhausto leerlo. Pero tras el esfuerzo, llega la fascinación. Es como si hubiera llovido sobre mi cabeza y, al igual que en la "Cançó 7a en Colors" de Pau Riba, creciera hierba sobre ella. Y esta sensación tan ambigua alcanza su máximo esplendor con Americana (1971), su primera novela que ahora rescata Seix Barral.

Americana es, de alguna forma, la típica novela de debut de un escritor ambicioso. Y Don DeLillo siempre lo ha sido. Ha sido ambicioso en el sentido de que su literatura pretende diseccionar la realidad americana desde todos los ángulos posibles, con cierto hincapié en el aspecto cultural de la misma. DeLillo siempre ha sido un escritor preocupado por el norteamericano de clase media, por la familia (esa institución nuclear de la literatura USA) y por el lugar de éstos en el mundo. Pero, sinceramente, dudo que su obra se dirija a ese ciudadano o a esas familias burguesas. Su literatura no deja de tener un tono elitista y exageradamente crítico y Americana es la prueba definitiva de lo anterior. 

Es ésta la historia de un ejecutivo neoyorkino (David Bell) que realiza uno de esos viajes de la experiencia (sí, hemos leído ya tantos libros así...) a través de otros lugares de la geografía estadounidense, conociendo personalidades dispares que le abren la mente y desmontan sus axiomas sobre la vida occidental. Un personaje arrogante y asentado en su posición urbana y profesional, que tiene todo para triunfar y que termina subyugado por el resto de realidades, por las otras capas que conforman esa "Americana" a la que DeLillo se refiere en esta obra: un cúmulo de experiencias tan dispares que llevan al protagonista a participar, por ejemplo, en una orgía rural que siempre me ha recordado muchísimo a aquella controvertida escena incluida en el 'psyche-thriller' Plan diabólico (1966) de John Frankenheimer.

La técnica utilizada por DeLillo para escribir esta historia, este análisis reflexivo, es muy cinematográfica. Pero no porque la estructura de la novela tenga afinidades con un guión de cine o sus párrafos sean fácilmente transportables a imágenes, sino porque el medio que utiliza David Bell para darse cuenta de que hay otros mundos que habitan en este es rodar una especie de película sensorial sobre su viaje. Y a medida que repasa sus grabaciones va sumergiéndose en esas nuevas realidades. Se le ofrece la oportunidad de mirar desde fuera, con perspectiva. Esta visión de "extramuros" es también muy típica de la literatura norteamericana. Por ello es Americana un producto de la época que lidia con cierta originalidad el conflicto norteamericano de finales de los 60 y principios de los 70. Las convulsiones políticas, la sociedad de la cultura, la lucha de clases... todo es tratado de forma integrada en esta novela bipolar. 

Americana cuenta con muchos defectos de principiante y esto lo ha confesado hasta el propio DeLillo que, en ocasiones, reniega de esta novela por considerarla muy precaria y demasiado atrevida para un jovenzuelo que pretendía abrirse camino en la literatura. Pero leída con perspectiva, la novela es tremendamente acertada en sus reflexiones y capta a la perfección la confusión de la época.

Todos los temas que se tocan en Americana fueron desarrollados por DeLillo en sus posteriores obras, sobre todo en su descomunal -y aburridísima- Submundo (1997), que es como la hermana mayor de ésta. DeLillo nos muestra así, desde el primer segundo de su vida literaria, cuáles son sus obsesiones y de alguna forma le honra haber sido fiel a ellas. Una fidelidad que deben agradecer sus lectores, pues DeLillo es de los pocos escritores norteamericanos que se siguen esforzando por contextualizar a los suyos y, a riesgo de que su obra parezca en ocasiones demasiado monotemática, nadie le va a quitar a este ‘mogul’ de las letras el lugar que ya de por sí tiene asegurado en el limbo de la literatura mundial. Lean Americana y saquen a pasear sus verdes y floridas cabezas.

14 febrero 2013

El autobús azul nos está llamando…



Jinetes en la tormenta

Diego A. Manrique

Espasa, 2013

ISBN: 978-84-670-0913-2

336 páginas

19,90 €



José María Moraga

El esnobismo es un fenómeno curioso: dicta que hay cosas inaceptables y otras buenas, pero por lo arbitrario y evanescente de las modas resulta complicado estar al día de la ortodoxia ‘cool’, y pocos campos tan esnobs y esclavos de la moda como la música popular llamada rock. Hay gente que dirá que le encanta la música y, preguntados, dirán que solo escuchan “la radio”. Hay otros que despreciarán a estos por ignorantes. Hay quien pensará que escuchar a Mumford & Sons es muy ‘cool’, hay quien los considerará unos vendidos. Hay quien lleva cuarenta años escuchando nada más que a los Beatles, y así sucesivamente… Servidor ha sufrido estos traumas: de adolescente quería ser guay (musicalmente) y escuchaba lo guay, pero también me avergonzaba en secreto porque flipaba con Luis Aguilé, Antonio Machín o Aznavour.

Y así seguí hasta que empecé a escuchar a Diego Manrique y su Ambigú en Radio 3, un programa en el que el periodista burgalés recomendaba música sin absolutamente ningún complejo, mezclando a Fela Kuti con Arctic Monkeys y hablando con el mismo respeto de Kiko Veneno, Fito Páez o Daddy Yankee. Y a él no se le podía acusar de “no entender” o de no tener criterio: Diego A. Manrique (como gusta de firmar) es en España una memoria viva del rock y todo lo que lo rodea. A su saber erudito une una inusitada facilidad para el epíteto y la frase feliz (cualidad que solo he visto superada en su compañero Chema Rey), lo que le convierte en un extraordinario divulgador del rock. Por si esto fuera poco, Manrique es también narrador homodiegético de sus vivencias rock: a menudo se coloca como personaje secundario en las epopeyas que narra o visibiliza su papel como entrevistador “autor”.

Su labor evangelizadora del rock la ha venido desarrollando Manrique desde hace décadas en la tele, la radio y (últimamente sobre todo) en la prensa escrita. Le faltaba el libro, ya que este crítico no ejerce de enciclopedista ‘à la’ Jordi Sierra i Fabra sino más bien de periodista ‘gonzo’, y siempre ha preferido la crónica, la opinión o la entrevista a otro tipo de obrones fasciculables. El mes pasado se publicó Jinetes en la tormenta, recopilación de artículos suyos aparecidos anteriormente en el diario El País y su órbita editorial, una auténtica delicia para los fans de la música rock, amén de una lección de redacción amena. Manrique es tan ameno que en ocasiones puede pecar de hacerse el gracioso. Otro pecadillo: el síndrome del “yo-yo-yo-yo y yo” (robo la frase a Manolo Haro), pero ¿quién puede culparle cuando dice que en tal año estuvo en tal o cual sitio con tal o cual artista si resulta que es verdad? Yo se lo perdono todo porque soy un poco fan de Diego Manrique (igual que él se confiesa fan de los Beatles, algo que hubiese censurado un Lester Bangs) y lo único que lamento del libro es que no sea un programa de radio y que no se pueda salpimentar las jugosas anécdotas que contiene con la música de los artistas a que hace referencia.

Jinetes en la tormenta comprende noventa artículos introducidos por entradillas nuevas escritas 'ad hoc'. Algunos son entrevistas, también hay obituarios, y todos repartidos entre seis bloques temáticos: “Venimos de África” (sobre música negra, oh sorpresa), “Raros, malditos, insumisos” (genios y figuras desde Syd Barrett a Yoko Ono), “Los colosos” (los que conocen vuestros padres), “Los mejores años de nuestra vida” (pop-rock español), “Así suenan las palmeras” (música exótica) y “La sacristía” (que abraza lo más bizarro del pop). En sus entretenidísimos textos Manrique no oculta sus filias y fobias. Así, a John Lennon, Bebe o The Doors se les perdona todo (el título del libro es la traducción del de una de las canciones más celebradas de estos últimos) mientras que se da cañita sorda a Led Zeppelin, Deep Purple o Coldplay, aunque siempre desde el respeto. La selección del canon de artistas incluidos en Jinetes en la tormenta será siempre un misterio: se comprende que no falten Elvis, Sinatra, Beatles, Stones, Dylan, Clash, Bob Marley o Police, pero ¿por qué no están invitados a la fiesta Aretha Franklin, AC/DC o Ray Charles? También es comprensible la voluntad de conectar con la música (léase “el público”) actual, de ahí la inclusión de Coldplay y Bebe, pero por esa regla de tres hubiéramos metido antes a Whitney Houston que a R. Kelly.

Como el objeto de esta reseña no es decir lo que falta sino lo que sí se nos ofrece, haré hincapié en el carácter excepcional de testigo en primera persona que aporta Diego Manrique. Impagables sus descripciones de Willy DeVille o Jimmy Page, su papel catalizador en la difusión de la Movida (“nueva ola”, como a él le gusta llamarla) o sus lamentos sobre la suerte corrida por Enrique Urquijo, Antonio Vega, Amy Winehouse (¡y tantos otros!). Recomiendo Jinetes es la tormenta a todos los aficionados de la música sin complejos, la gente que se compra al menos un disco cada dos meses. Si la música te toca de pasada solo, a lo mejor parecerá que no es necesario saber tantos detalles acerca de Prince. Pero si te gusta el soul y tampoco te vas a leer la biografía de Etta James, tranquilo que Manrique sí se la ha leído, la ha visto en directo y no la entrevistó porque la diva lo dejó plantado, que si no…

Si en el Reino Unido tienen a Nik Cohn y en Estados Unidos a Greil Marcus, nosotros podemos decir sin ruborizarnos que tenemos a Diego Manrique, coño. A Manrique hay que quererlo, hay que leerlo, y después -como él mismo recomienda- hay que ponerse a escuchar música. Porque este libro no está pensado para tragárselo de una sentada: el orden temático permite seguir la disposición sugerida o ir picoteando aquí y allá según nos interese. Incluso si eres un fan de la música nivel Alta fidelidad te hará gracia este libro, aunque sea para disentir de él o enmendarle la plana. 

13 febrero 2013

Un tapiz con tapires


Guarani purahéi / Cantos guaraníes

VV. AA.

Impronta, 2012

ISBN: 978-84-940205-6-8

72 páginas

10 €

Edición de Cristian David López y José Luis García Martín



Antonio Rivero Taravillo

Quien visite las cataratas del Iguazú, entre la Argentina y el Brasil, se encontrará con unos simpáticos animales que le disputarán la comida o que desfilarán en sosegada hilera ante él como un tren antediluviano de mercancías con su cargamento de exotismo. Son los coatíes. También verá una selva espesa a la que se encaminan tras la pitanza. Tal vez se tope con otros mamíferos como los osos hormigueros o los tapires en medio de la fronda. Y allí, en una alta rama, un tucán huidizo; un tucán de verdad, de pluma y vuelo, no en una ilustración como las que los bebedores de cierta cerveza de Dublín estamos acostumbrados a disfrutar en la mercadotecnia añeja de la marca.

A menos de catorce kilómetros de distancia (de las cataratas, quiero decir; no del río Liffey, al que todos los caminos me conducen siempre) se halla la frontera del Paraguay, el país del que proceden los cantos de este libro y la lengua que los teje y que bautiza con más líquido (incluso vapor) del que se acostumbra a aquel impresionante conjunto de saltos de agua. “Agua grande” es precisamente lo que significa Iguazú en guaraní. Es el mundo que conoció en la cercana provincia argentina de Misiones Horacio Quiroga, muchos de cuyos cuentos huellan el territorio de los antiguos compositores de estos cantos, autores anónimos para los que nunca fue importante el sentido de propiedad sobre las palabras y cuyos nombres, en cualquier caso, habrá engullido el follaje hace ya mucho tiempo.

La lengua indígena, de transmisión oral, tuvo un primer cultivo como lengua escrita durante la época de las misiones jesuíticas, momento en que se normalizó el idioma y pasaron a la tradición elementos procedentes de la cosmovisión cristiana, como los demonios (que los hay en diferentes culturas) pero sobre todos los ángeles, que nacen del raigón judeocristiano y revolotean por algunos de los poemas antologados en este tapiz de versos. Hoy, el guaraní es lengua cooficial del Paraguay, y es hablado por casi toda la población del país

La belleza de estos poemas no se debe solo a la fauna que conjuran (jaguares, colibríes, los ya mencionados tapires) sino sobre todo a la poesía que encierran, con la presencia de los sueños, el amor y el desarraigo. Sin ser extensa la muestra, son varios los ejemplos que se pueden citar de cada una de estos temas. En “Canto del jaguar” hallamos lo inquietante onírico: “En la noche, de un salto, / entro en el corazón / de los que duermen / y no despiertan nunca.” En el poema “El verano” leemos que en el paraíso siempre se goza de esta estación para a continuación matizar: “Pero también allá / hay ángeles traidores / que abren la puerta a las alimañas /  del invierno / como tú, mi niña, cuando sonríes a otro / en medio del verano.” En “Más humanos”, finalmente, se presentan diferentes animales con actitudes propias de nuestra especie, y la voz del poeta cierra la composición con estos versos: “Con lápices de colores / yo lo voy dibujando todo / para que mi niño / en este cuarto oscuro, / en estas calles sucias / sin árboles ni cielo / sepa que allá en su país / hay hermosos animales / más humanos que el hombre.”

En alguna ocasión, la voz es femenina, como en tantas tradiciones populares. Así sucede con “La fiel servidora”. Pero predominan los guerreros, los cazadores, como el poeta venatorio que se lamenta en “Cuando tú me querías”. Tras dibujar un 'locus' o 'tempus amoenus' en que volvía con grandes piezas y era celebrado por los niños y había fiesta en la aldea y se danzaba, dice: “Ahora cazo sapos / y murciélagos negros / y hago encantamientos / y acaricio serpientes / y vivo en la oscuridad.” Y añade en la estrofa con que concluye: “Cuando tú me querías, / yo era el rey del mundo. / Ahora que no me quieres, / soy el señor de los infiernos.”

El joven Cristian David López (Lambaré, Paraguay, 1987) es poeta en las dos lenguas representadas en esta edición bilingüe y el reconocido José Luis García Martín lo es en español, así como traductor de varios idiomas entre los que no se hallaba hasta ahora el guaraní. El primero habrá proporcionado el conocimiento de primera mano de los originales, y el segundo el acabado, la calidad rítmica, marca de la casa que ya viene  demostrando desde hace lustros en versiones de poetas orientales o de diversa y plurilingüe estirpe. Lo que firman juntos aquí son eso, versiones, “recreación personal de poemas tradicionales” como dicen ellos; y lo cierto es que se leen tan bien que parecen desde siempre escritas no en la lengua que siguen utilizando seis millones de personas en territorios que no conocen el mar, sino en esta otra, transatlántica, que ya alcanza los quinientos (con los que se solapan los hablantes de aquella). Pequeño y grácil, este libro que liba en el néctar de una colorida flor, sabe a poco y se lee casi vertiginosamente. Me pregunto si es libro o colibrí.

12 febrero 2013

“Bailaremos sin parar… en el mundo entero”


Karnaval

Juan Francisco Ferré

Anagrama, 2012. Colección "Narrativas Hispánicas"

ISBN: 978-84-339-9755-5

536 páginas

24,90 €

Premio Herralde de Novela 2012


José Martínez Ros

Esperaba Karnaval, la nueva novela de Juan Francisco Ferré con muchísimo interés. Su anterior obra, Providence, me pareció deslumbrante: tan excesiva y delirante como ambiciosa, tan extravagante en el habitualmente pudibundo paisaje literario español como deudora de la mejor narrativa norteamericana contemporánea (David Foster Wallace, Thomas Pynchon). En Karnaval, flamante ganadora de la última edición del Premio Herralde, Ferré se atreve a novelar el caso de Dominique Strauss-Kahn, que cruzó las pantallas de televisión y las redacciones de los periódicos hace unos años: el todopoderoso director de FMI, una de las más altas instituciones del mundo globalizado, fue detenido y llevado a juicio por una empleada de origen africano de un lujoso hotel neoyorquino a la que, presuntamente, había intentado violar. Por si eso fuera poco, al tremendo morbo de la noticia se añadía el hecho de que DSK -como lo llama el omnipresente narrador de la novela- sonaba como candidato del partido socialista francés para enfrentarse en las siguientes elecciones a Nicolás Sarkozy, quien se convirtió en el máximo beneficiario del escándalo al ser elegido ante la incomparecencia de su más peligrosos rival. 

Ferré, que es un autor al que se le puede calificar con cualquier adjetivo excepto "tímido" o "miedoso", nos lleva rápidamente a la mente atormentada de DSK, a la de su mujer, sus múltiples amantes, uno de los detectives encargados del caso o la de la propia víctima ofreciéndonos un retablo grotesco de nuestro hipertecnificado e hipercapitalista mundo lleno de un humor feroz, inmisericorde. No obstante, pronto detectamos los problemas de esta novela con vocación de panfleto político, de sátira universal e impugnación absoluta: a pesar de los continuos cambios de perspectiva y escenarios, la novela no avanza, sino que permanece estática en el marasmo que es la mente de DSK; y a pesar de los múltiples protagonistas, tenemos la impresión de que siempre escuchamos la misma voz narrativa, un Ferré transfigurado en un dolorido DSK, siempre en el mismo tono acre y burlón, con la misma voluntad caricaturesca, de modo que, pasados unos centenares de páginas, acaba por resultar fatigosa. Y el DSK de Ferré no consigue (o al menos, a mí no me lo ha parecido) ser fascinante: sus ideas o pseudoideas morales se limitan a un revoltijo de Sade, Foucault y unos cuantos bien conocidos profetas de la postmodernidad; sus dogmas económicos y sociales no pasan de lugares comunes y podrían haber sido extraídos, sin problemas, del blog de Paul Krugman. Ferré, quizás, intenta que nos escandalicemos, pero a estas alturas, la sección económica de un periódico nacional es más subversiva (y gore) que todos los ensueños eróticos de Sade. 

Respecto a su estatismo, las novelas de Thomas Bernhard (por ejemplo, en alguna de sus oscuras e infinitamente recomendables obras maestras como Helada o Maestros antiguos, quizás la novela con la que más me he reído en mi vida) o, incluso, alguna de las incursiones narrativas de Beckett, a menudo carecen de acción en su sentido más tópico y típico, pero el discurso, la voz narrativa de sus protagonistas -casi siempre excluidos de la sociedad, automarginados, misántropos- era tan radical que se volvía absorbente. Como lector, he de afirmar que, en mi modestísima opinión, DSK es un fracaso: puede que fuera uno de los individuos más poderosos del planeta, pero eso no lo convierte automáticamente en un protagonista interesante, más bien todo lo contrario. El mejor capítulo de Karnaval es, sin duda, en el que Ferré, con el pretexto de un documental sobre el caso, saca a la palestra a Philip Roth, Camille Paglia, Michel Onfray y otra media docena de gurús de nuestro tiempo: la capacidad del autor para fingir la voz de todos ellos queda acreditada (ese capítulo en concreto es divertidísimo), así que no dejamos de lamentar que un escritor del innegable talento de Ferré malgaste tantas páginas en un tipo tan, taaaan aburrido. 

Karnaval es, en resumen, el retrato hecho pedazos de un monstruo demasiado vulgar.

11 febrero 2013

Los libros y la vida


¡Adiós, libros míos!

Kenzaburo Oé

Seix Barral, 2012. Colección "Biblioteca Formentor"

ISBN: 978-84-322-1012-9

385 páginas

20 €

Traducción de Terao Ryukichi



Rafael Suárez Plácido

En el título aparece explícitamente la despedida, que se puede entender en un doble sentido: se despide de sus libros (de los que ha escrito y publicado) y se despide también de sus “otros libros” (de los que ha leído que, quizás, han sido más importantes para él que los que escribió). Kenzaburo Oé es el escritor japonés vivo más respetado dentro y fuera de su país. Su literatura siempre se ha sustentado en una honda reflexión sobre la violencia y el descenso a los infiernos vivido. Si nació en 1935, aún no tiene edad para estar pensando en despedidas, de hecho es un activista en su país en algunas de las muchas causas perdidas que considera justas. Pero esta novela, ¡Adiós, libros míos!, es la segunda de una trilogía en la que conversa con algunos amigos para hacer un repaso de su vida, un ajuste de cuentas a una existencia convulsa: la primera infancia vinculada a la segunda guerra mundial, el sangriento desenlace de esta con los episodios de Hiroshima y Nagasaki —hace un par de años se publicó en España su ensayo sobre aquello: Cuadernos de Hiroshima (Anagrama)— , una juventud dura en el Japón de postguerra y el nacimiento de su primer hijo con una grave deficiencia: hidrocefalia, y para ir sobreviviendo a todo esto sólo tenía una cosa: sus libros (los que ha ido escribiendo, pero sobre todo los que ha ido leyendo). Además está pendiente la publicación también en Seix Barral del tercer volumen de la trilogía: El chico con la cara melancólica.

Además de los libros, se ha sustentado en los amigos que han ido falleciendo naturalmente, o no tanto. Recuerdo que en su novela anterior, Renacimiento, aparece uno de estos amigos, Goro, 'alter ego' de su cuñado y, sin embargo, amigo íntimo de Juzo Itami, actor y director de cine japonés. El motor de la novela es el aparente suicidio de Goro, que previamente le ha grabado unas cintas de audio a Kogito Choko, el correspondiente 'alter ego' de Oé, para que las escuche solo, cuando él ya no esté. A partir de ahí una serie de recuerdos hilvanados que van recorriendo la vida del autor. En este nuevo libro, el interlocutor es otro de sus amigos íntimos: el arquitecto Shigeru Tsubaki, con el que tuvo una relación casi familiar (hay momentos en que se insinúa que podrían ser hermanos de madre) que se ha cortado, por enfados o disputas que irán recordando durante la novela, varias veces. Ahora, tras una estancia de Kogito Choko en el hospital de la que no se aclaran los motivos, ambos pasan temporadas en una casa que este tiene en el campo, en principio para hablar de Literatura, de libros nuevos, de esa necesidad que siempre tiene un escritor de construir su gran obra.

Los autores esenciales para Kogito Choko son tres: T. S. Eliot, Yukio Mishima y Fiodor Dostoievsky. El primero en aparecer en el libro será el inglés T. S. Eliot. En realidad, la casa en la que pasan todo este tiempo se llama La casa Gerontion, en recuerdo al poema de Eliot (“Aquí estoy yo, un hombre viejo en un mes seco, / con un niño que me lea, esperando la lluvia.”). También todas las reflexiones sobre el paso del tiempo, la implicación del escritor en el mundo y la posibilidad o no de traducir con cierta solvencia los poemas de Eliot, la Poesía, son parte de esos diálogos que tienen los protagonistas con sus invitados. Eliot es un referente esencial en toda la obra de Oé. Su lectura le hizo reflexionar sobre temas que antes habían llamado a su puerta, pero es en estos poemas donde descubre que son temas universales.

Buena parte de la trama central de esta novela descansa en la interpretación que se hace de la vida y obra de Mishima, y si tienen sentidos acciones como la suya en la actualidad. En la carátula publicitaria que acompañaba la edición de Renacimiento, los de Seix Barral escribieron una cita muy elogiosa de Mishima sobre Oé. Es posible, no digo que no fuera así. Pero en esta novela se trata la disputa que ambos mantuvieron en su correspondencia privada y en artículos publicados en la prensa del momento. Al parecer Mishima le decía a Oé que no compartía en absoluto su viraje hacia la Literatura del Yo, y esto causó cierto revuelo entonces en Japón. De todas formas, esta anécdota se menciona varias veces en la novela, pero lo que interesa de Mishima es su final trágico. ¿De veras creía Mishima que iba a lograr que el ejército se pusiera de su parte en ese momento? ¿O fue más bien un acto espectacular que pretendía sumar seguidores para una causa presuntamente justa? Aparentemente el motivo es más el segundo y hacia ahí va a derivar la novela en su trama que no es este el momento de desvelar.

Siempre que se menciona a Oé se antepone a Dostoievsky. Los personajes bien trenzados, redondos, capaces de resultar verosímiles en las situaciones más aparentemente imposibles, serían una seña de identidad de ambos. La novela que aquí se disecciona es Los demonios. Las dos tramas tienen muchas cosas en común. Realmente, esta novela es plenamente metaliteraria: se construye una ficción a partir de otras ficciones leídas.

Uno a veces comprende lo que tratan de hacer los personajes; a veces se horroriza de comprender que asiente ante hechos que difícilmente podemos aceptar. Pero los personajes más jóvenes de la novela, atraídos y guiados por la personalidad brillante de los dos protagonistas principales y movidos también por su deseo, innato en la juventud formada, de cambiar el mundo, de mejorarlo, han dicho, han sentido, han vivido sensaciones que también uno se resiste a dejar de sentir.

Hay que leer a Kenzaburo Oé, aunque sea para ponerse frente a él y negar lo que estamos leyendo. Siempre nos mueve a pensar y no crean que nos lo pone fácil. Compruébenlo ustedes y ya me dirán.