07 septiembre 2012

Literatura artesana




Revividos

Ralph Barby

23 escalones, 2011. Selección "Pulp Ficción"

ISBN: 978-84-15104-80-3

106 páginas

3,5 €

 

 
Joaquín Blanes

A pesar del olvido y la mala memoria, todavía hay personas que se acuerdan de aquellos “bolsilibros” de Bruguera, los libros de a duro que primero vendían en los quioscos y luego intercambaban ávidamente lectores como mi abuelo, del que heredé una gran colección de estos libros.

Algunos recordamos a Clark Carrados o Curtis Garland, autores que tenían que firmar con pseudónimo anglosajón para ser más vistosos, para vender más, para que pareciera que nuestra literatura artesana venía de otros lares y era más internacional, más cosmopolita, más culta. Otros tuvieron que cambiarse el nombre por cuestiones políticas, pero esto es otra historia y además una historia negra de nuestra España más sucia.

Ralph Barby ha sido, durante años, uno de esos escritores que cambió su nombre original por un pseudónimo para poder publicar cerca de 1.000 novelas y y vender casi 15 millones de ejemplares, que no es moco de pavo, si dejamos de lado todos los 'Best Seller' que nos llegan de EE.UU. y que se venden como rosquillas a pesar de su calidad ínfima, basta recordar El código Da Vinci, insufrible libro infamemente escrito.

Ralph Barby es un autor sin duda de lo más prolífico, porque en una edad, digamos avanzada más allá de los cincuenta, sigue teniendo la energía y la vitalidad para escribir cada día algo nuevo, sin dejar que su imaginación envidiable se agote. Ha escrito todo tipo de libros y de géneros, desde el Western, haciendo sombra a Marcial Lafuente Estefanía, pasando por la Ciencia Ficción, por el terror, por la novela juvenil, hasta incluso, como es el caso, por tratar el tema de los zombies de una forma racional, siempre justificada; porque como él bien dice, un zombie no piensa, lo que no da juego para crear un personaje y en el espacio, resultaría ridículo sacar un revólver.

He leído y disfrutado de varios libros de Ralph mucho más que de algunas novedades que han recibido unas críticas honorables y que me han parecido un ladrillo insoportable. Ralph barby posee una agilidad en la descripción y en el diálogo que convierten sus novelas en pura adrenalina, porque además, es capaz de incluir puntos de giro en el momento oportuno. cuando sabe que el lector está empezando a sospechar de algo o de alguien, ¡zas!, rompe la dinámica y genera un punto de giro tan inopinado como alentador.

Contar de qué va esta novela es atentar contra la integridad de la emoción de lo desconocido, pero puedo adelantar que los seis personajes que aparecen en escena están tan bien definidos que, evidentemente, cada uno de ellos se moverá según su idiosincrasia. Dennis Hammon  es un rico ególatra, pero su mujer Laura puede llegar a ser peor que él. Así como Helen es una secretaria aparentemente poco atractiva pero con una delicadeza que llega a embaucar al fornido deportista Jack J. Jubal, digamos que el héroe más sensato de esta historia. Y luego está Erka, la ama de llaves, que como en todas las historias conocidas, como Rebeca o El jovencito Frankestein, resulta tan inquietante como misteriosa, siendo como es, aparentemente, una mujer sencilla.

Podríamos denominar esta historia como una historia de zombies, porque de algún modo los muertos vivientes están presentes y van a resultar de lo más temido; pero Ralph Barby tiene la cualidad admirable de dar una razón sólida a lo que en otras circunstancias sería una historia de zombies gratuita, como esa pesadez de The Walking Dead.

Es una lástima que la editorial 23 escalones fracasara en el intento de renovar los "bolsilibros" con la colección "Pulp Ficción", de la que sólo pudo editar tres números y que, de momento, parece estar en standby, a la espera de un golpe de suerte o de una nostálgica recuperación de lo que son unos libros verdaderamente entretenidos, de fácil y fugaz lectura, absorventes y de una calidad literaria que ya le gustaría tener a otros 'Best Sellers' de gran renombre y abultados números de venta pero carentes de una prosa cuidada y de un temática lo suficientemente interesante como para adentrarse en su lectura y no querer abandonarla, como le sucede a este libro del indomable Ralph Barby.

Recuperemos la memoria y la tradición de estos libros que dieron tantas horas de satisfacción a personas como mi abuelo y que siguen estando en una posición destacada, a pesar de nuestra mala memoria, ya que tienen una agilidad literaria que a más de uno le gustaría poseer.

06 septiembre 2012

Vivir sin troneras


Dura la lluvia que cae

Don Carpenter

Duomo, 2012

ISBN: 978-84-15355-16-8

362 páginas

21 €

Traducción de Ramón de España

Prólogo de George Pelecanos



Fran G. Matute

Dura la lluvia que cae (1966) es una obra aparentemente sencilla, un texto sin aspavientos estéticos o temáticos, y por ello es de difícil catalogación. Estamos ante la novela de debut de Don Carpenter, desconocido autor norteamericano -al menos por estos lares- que escribió esta potente historia de delincuencia juvenil y redenciones imposibles, que vio la luz justo cuando el movimiento ‘beat’ perdía fuelle y empezaba a despuntar la nueva ‘intelligentsia’ literaria americana. Así que Dura la lluvia que cae se nos queda en una especie de tierra de nadie si lo que queremos es contextualizarla dentro de algún movimiento histórico o cultural. Digamos, pues, que estamos ante una obra imponente y punto.
En el fondo, esta férrea novela tiene más en común con el ‘pulp’ que con la novela academicista, de ahí que se le asocie con el género negro más que nada. Pero si bien es cierto que en Dura la lluvia que cae hay crímenes, drogas, violencia y bajos fondos, no son elementos estos de los que se abuse en pos de la trama. No hay ‘exploitation’ en esta novela. Y tampoco sería justo afirmar que nos encontramos ante un producto meramente de consumo si tenemos en cuenta la profundidad de las reflexiones que inserta el malogrado Don Carpenter -se suicidó en 1995 emulando a su amigo Richard Brautigan, al ser incapaz de soportar por más tiempo las numerosas enfermedades que le aquejaban-, así como la calidad de la prosa que las sustenta.
Estamos pues ante un extraño híbrido temático. Nos atreveríamos a afirmar que lo que consigue Don Carpenter con esta obra es escribir una novela abiertamente norteamericana usando para ello los mimbres de la novela rusa por antonomasia. Dostoievsky está presente en Dura la lluvia que cae, no sólo porque la historia que plantea pivota sobre el crimen y el castigo, sobre la vida y el juego, sino porque se menciona al autor de Los hermanos Karamazov expresamente en el texto como símbolo de la culturización que ansía el protagonista de la novela.
Asimismo, Dura la lluvia que cae es una novela con un fuerte calado filosófico. Filosofía de la calle. De las salas de billar, que es donde transcurren gran parte de los acontecimientos de la novela. Pero Carpenter se ocupa de dar entidad a sus personajes, balas perdidas, tahúres de medio pelo engullidos por un sistema que aceptan y comprenden mejor que nadie, pues son ellos las víctimas y han decidido participar conociendo plenamente las reglas del juego. No hay aquí filosofía barata. No hay lamentaciones demagógicas. Sino una complejidad relacional, casi cósmica, de interconexiones entre los seres humanos en busca de estabilidad, de amor en definitiva, por muy manido y cursi que esto pueda sonar. De ahí que, indirectamente, se aluda al juego del billar como metáfora de dicha interconexión. La carambola como motor de la vida. El encuentro fortuito, el deambular sin sentido del ser humano sobre un tapete que no ofrece salidas fáciles, que no tiene troneras.
Carpenter ofrece, por tanto, un texto intachable lleno de personajes tridimensionales a los que tritura haciéndolos pasar por toda la maquinaria del sistema, ese pasapuré que son las instituciones sociales: desde el reformatorio a San Quintín pasando por las salas de billar, el mundo de la droga y la prostitución. Tiene esta novela ecos precursores de la obra carcelaria de Edward Bunker, así como similitudes estéticas con las novelas de Nelson Algren y el Cool Hand Luke (1965) de Donn Pearce (que, por cierto, alguien se debería preocupar de rescatar) y cómo no, con El buscavidas (1959) de Walter Tevis. Y no hemos podido dejar de canturrear el cancionero del primer Kris Kristofferson a medida que nos sumergíamos en esta odisea de jóvenes atrapados involuntariamente por su pasado.
En realidad, la publicación de Dura la lluvia que cae viene a cubrir el mismo hueco que ocupó hace un par de años el rescate de la exquisita Stoner (1965) de John Williams. De hecho, ambas obras fueron seleccionadas por la New York Review Books y a dicha institución se debe la feliz recuperación de estos textos aparentemente sencillos en su concepción y narración pero que esconden múltiples aristas interpretativas de eso que llamamos vida. Es este, a nuestro juicio, el gran don de la literatura norteamericana. Exponer los grandes temas de nuestra existencia desde la sencillez. Así que, déjenme tomar prestadas las palabras de mi compañero y amigo Dani Ruiz, al hilo de su valoración de la citada Stoner y afirmemos, sin más contemplaciones, que Dura la lluvia que cae es una de las mejores novelas que he leído este año. Y barrunto que en mucho tiempo.

05 septiembre 2012

Dependencias bernhardianas

Sara Mesa

Escribo esta reseña inmersa hasta el fondo en el universo Bernhard. Este verano he leído una decena de sus libros, devorándolos obsesivamente, y todavía sigo. Autor que me cautiva, que me perturba, que me hace querer saber más de su mundo, de su literatura, de su vida. Autor que derrumba gran parte de los prejuicios literarios establecidos, dando vueltas y vueltas sobre los mismos temas sin que por ello termine de agotarse. Autor visceral, peligroso si uno no pone la suficiente distancia. Como dijo su traductor Miguel Sáenz (Premio Nacional de Traducción), leer a Bernhard, además de poder cambiar la vida a una persona, produce dependencia, “y hay quien cree que no se trata sólo de una dependencia psicológica, sino también física”.

Como en este blog reseñamos novedades, me centraré en dos reediciones recientes de dos de sus más famosas novelas: Trastorno, de 1967, y El malogrado, de 1983, ambas tan recomendables como pudiera serlo cualquier otro libro del austríaco.

Trastorno

Thomas Bernhard

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-204-0747-0

201 páginas

17 €

Traducción de Miguel Sáenz



Trastorno es una de las primeras grandes novelas de Berhard, probablemente la que lo lanzó definitivamente a la fama (y también al ostracismo en su propio país). En ella se relatan las visitas de un médico en la región de la Estiria a través de la narración de su hijo, un joven estudiante que pasa con él el fin de semana. Al principio uno se acuerda de las visitas médicas que recogió Bulgakov en Morfina, aunque en este caso la ternura y comprensión hacia los enfermos queda excluida por completo. El mundo descrito por Bernhard es brutal y claustrofóbico: el paisaje de la alta montaña austríaca, con sus estrechos valles, cumbres nevadas, ríos tumultuosos y construcciones aisladas (molinos, pabellones de caza, transformadores de energía), alberga a una sociedad enferma en su conjunto. El mismo médico, se dice, “se había acostumbrado ya a ser víctima de una población básicamente enferma, propensa a la violencia y al desvarío”, o incluso, más concretamente, “los hombres de la Estira nororiental tienen características inconfundibles, una tendencia ilimitada a la mística de la consanguinidad, un ritmo de lenguaje y movimientos especialmente apáticos y abúlicos” (no es de extrañar que con afirmaciones de este tipo, que abundan en las novelas de Bernhard, el escritor se conviertiese de inmediato en un personaje 'non grato' en su propio país).

El comienzo de la novela (la muerte de una posadera a causa de un golpe que le atiza un minero borracho, sin motivo alguno) muestra desde el inicio la crueldad y el absurdo de la existencia. La vida rural es despojada de toda idealización (“en el campo, la brutalidad, lo mismo que la violencia, era la base de todo”), el sobrecogedor paisaje de la montaña excluye toda imagen de tranquilidad (“la Naturaleza, cuando más pura e imperturbada está, tanto más siniestra resulta”). La palabra “siniestro” se repite incansablemente: todo resulta siniestro, los personajes, los lugares, lo que sucede y lo que no llega a suceder pero se piensa. El mundo de la enfermedad -que tan bien conoció el propio Bernhard, devastado por males pulmonares toda su vida- es un mundo de miseria moral, y la medicina una ciencia sin humanidad y sin sentido, algo que reconoce el mismo médico: “no hay nada más siniestro que la medicina”, confiada “al azar y la insensibilidad total”.

En Trastorno aparecen todos los grandes temas bernhardianos: el suicidio, los dramas familiares, la figura de la hermana oprimida, la corrupción de los sistemas educativos, la búsqueda obsesiva del aislamiento para la consecución de un anhelo artístico que lleva a la locura. Sin embargo, a diferencia de otras de sus grandes novelas (Helada, La Calera o Corrección), el estilo, al menos en la primera parte, es más diáfano, carece de las repeticiones que caracterizan al autor y está construido con frases sencillas e incluso puntos y aparte, toda una rareza en su literatura. En la segunda parte, formada casi al completo por el discurso del príncipe Saurau (un noble decadente y trastornado, pero con destellos de genialidad), el estilo se adensa y se complica, con repeticiones y circunloquios, palabras marcadas, verbos de dicción situados de forma anómala: en definitiva, el ritmo asfixiante que se ha relacionado con la propia respiración enferma del autor.

Todo en la narrativa de Bernhard apela a la decadencia y a la putrefacción; el ritmo vital es perturbado, la calma es enfermiza, el aire siempre está estancado, o es tan frío que impide la respiración. Puede encontrarse, sin embargo, belleza en escenas como la de los pájaros exóticos estrangulados y dispuestos ordenadamente sobre un tablón para ser disecados, o en discursos de personajes tan dementes como lúcidos, siempre marcados por el deseo de suicidio, el aislamiento y la aniquilación. También hay, cómo no, humor, un humor soterrado y negrísimo que no es más que la otra cara de la tragedia, como el mismo príncipe Saurau admite: “el elemento cómico o divertido de los hombres se manifiesta más marcadamente en su sufrimiento, lo mismo que el sufrimiento se manifiesta en lo cómico…”, y también “cuando veo hombres, veo hombres desgraciados. Son personas que arrastran por las calles su sufrimiento y convierten así el mundo en una comedia que, naturalemente, hace reír”.

Opuestos encontrados: otro rasgo bernhardiano. Atracción y repulsión. Delicadeza y crueldad. Lucidez y locura. El discurso del príncipe Saurau es atrayente e inquietante por su capacidad de aunar lo estúpido con lo genial. Recorriendo con el médico y su hijo las murallas de su castillo, el príncipe monologa sin descanso. “En mi cabeza -dice- existe realmente una devastación inimaginable”. La fascinación que ejercen sus palabras sobre el hijo del médico es enorme, y apuntan a una extensión (o contagio) de su trastorno. Mucho cuidado.

El malogrado

Thomas Bernhard

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-204-0690-9

146 páginas

16 €

Traducción de Miguel Sáenz



El malogrado es una novela breve, que se lee de un tirón pero que tiene efectos duraderos, como casi todo Bernhard. Posterior a Trastorno, su estilo es ya plenamente reconocible: circular, obsesivo, fatigoso, trabado. Si uno prueba a leerlo en voz alta, se siente la asfixia: así vivía y respiraba Bernhard. El narrador, en este caso un hombre maduro, pianista en su juventud, rememora su relación con dos compañeros del pasado, estudiantes de piano: uno que alcanzó la fama por su genialidad (representado por el histórico Glenn Gould) y otro que acabó suicidándose, a pesar de su virtuosismo, precisamente por su falta de genalidad (Wertheimer, que representa al “malogrado”). La historia pivota sobre los tres extremos, y abarca temas como la obsesión por el arte, la necesidad de aislamiento y de autodestrucción, la desesperación y, cómo no, otra vez el suicidio.

Precisamente comienza la novela con una autocita: “Un suicidio largo tiempo calculado, pensé, no es un acto de desesperación espontáneo”, lo cual recuerda a las palabras del príncipe Saurau en Trastorno: “todo en la vida del suicida -ahora sabemos que durante toda su vida ha sido siempre un suicida, que ha llevado una vida de suicida- es causa o motivo de su suicidio”. El narrador bucea en la biografía de su ¿amigo? Wertheimer para concluir que, desde el inicio, estaba abocado a matarse. El malogrado se somete al proceso de aniquilación propio de otros personajes de Bernhard, como el Roithamer de Corrección, aunque desprovisto de su genialidad. Como él, deja cientos de miles de papeles escritos pero, a diferencia de él, nadie podrá estudiarlos, porque han sido quemados.

Los tres personajes se dedican a la música como una acción contra sus familias y contra el público, de una manera obsesiva y “monstruosa”, pero únicamente Glenn Gould alcanza la maestría, lo cual ocasiona la destrucción y el abandono de Wertheimer. El malogrado, “ese hombre de callejón sin salida”, como lo define el narrador, se convierte en un personaje déspota y demente, que tiraniza a su hermana en una relación que recuerda a la del matrimonio de La Calera.

Repetidamente se nombran las Variaciones Goldberg de Bach como detonante del suicidio del malogrado, y no es difícil atisbar una relación entre estas variaciones y la prosa repetitiva de la novela a partir del mismo tema de fondo: la obsesión artística y sus consecuencias. Las variaciones incluyen paisajes diferentes, entre otros el mesón en la alta montaña como lugar siniestro, conducido por una mujer embrutecida y lasciva (como sucedía ya en Helada), el pabellón de caza reconvertido en lugar para el encierro voluntario, y la ciudad de Salzsburgo, contra la que vuelve a cargar las tintas al considerarla como “contraria a todo lo que hay en el ser humano, al cual aniquila con el tiempo”.

Con todo, lo mejor de El malogrado es sin duda su impactante y simbólico final, un turbio desenlace para una historia de devastación que debe leerse sin temor porque, a pesar de todo, quién lo diría, supone una exaltación de la vida.

04 septiembre 2012

Amor por la escritura

La palabra heredada. Mis inicios como escritora

Eudora Welty

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15130-43-7

188 páginas

18,40 €

Traducción de Miguel Martínez-Lage

 

Coradino Vega
 
Nada académico, y en las antípodas de la insoportable terminología utilizada por los ‘cultural studies’ que cooptan las universidades norteamericanas desde hace un tiempo, este libro lo forman tres conferencias que impartió Eudora Welty en Harvard cuando ya había cumplido con creces los setenta años. Luego, publicado en 1984, se mantuvo meses en las listas de los libros más vendidos del New York Times. El malogrado Miguel Martínez-Lage se empeñó en volver a traducirlo para Impedimenta, pero falleció antes de terminar. El trabajo de esta editorial y de Elena Medel para publicarlo es tan exquisito como digno de reconocimiento. Desde luego, han sabido como nadie plasmar la sensible delicadeza de la autora de La hija del optimista: su labor parece una extensión natural de la prosa cuidada, serena y sutil de la menos gótica de la nómina de grandes escritores sureños en la que siempre se le ha encuadrado.
 
A diferencia de esa mayoría de artistas —pertenecientes en gran parte al viejo continente europeo— que, al contrario de lo que escribiera Emily Dickinson en uno de sus enigmáticos y sombríos poemas, acostumbran a fingir el espasmo y simular el pavor en sus testimonios memorialísticos, Eudora Welty participa de cierto buen humor anglosajón que es también un acto celebratorio: “Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida”. Pues al revés de lo que a menudo se estila en el mundo de la creación, los ensayos autobiográficos de esta excelente cuentista nacida en Jackson, Mississippi, rebosan gratitud, sinceridad y amor correspondido por unos padres que propiciaron su carrera literaria, que pusieron al alcance de la joven Welty los elementos fundamentales para que su mente proclive a la fantasía y la ensoñación se desarrollara mediante la escritura. No hay un ápice de rencor en estas páginas, pero tampoco de sentimentalismo. La septuagenaria Welty recuerda las cosas tal y como son, sin pizca de amargura, con la sabiduría de quien ya ha vivido lo suficiente, y salido de esa etapa en que uno está solamente centrado en sí mismo, como para comprender lo que es importante comprender en la vida. De esa evocación de la memoria van surgiendo los retales que, con el tiempo, conformaron una poética, la de Eudora Welty, que en ningún momento se nos impone, sino más bien: se enuncia con cierta sorpresa, como si al formularla con palabras la propia autora descubriera de qué materia está hecha su escritura: “Cada escritor ha de averiguar por sí mismo, imagino, sobre qué extraña base descansan sus creaciones”. Así, la cronología parece venir de la afición del padre por los relojes; la atmósfera de sus relatos, de la sensibilidad meteorológica de la niña; de su educación sensorial, la conciencia física de la palabra: y de esta forma va explorando de dónde proviene el acto de observar, de escuchar, cómo se encuentra una voz o cómo se llega a escribir como se escucha. Y junto a la protección del optimismo pragmático del padre y de la inteligencia compasiva de la madre, halla la necesidad de emancipación, como una consecuencia natural del clamor que le apremiaba a aprender insaciablemente, no siempre exenta de culpa:

“Cierta pasión por la independencia, no es de extrañar, se despertó en mí a edad muy temprana. Me costó mucho tiempo disponer de ella, pues amaba a quienes me protegían y anhelaba, sin remedio, devolverles esa sensación; pero nunca he logrado lidiar con mis remordimientos. En el acto y en el curso de la escritura de un relato, esos son los dos manantiales —uno luminoso, otro oscuro— que alimentan el arroyo.”

Estas tres conferencias narran también un mundo que ya no es, un tiempo de viajes en coche que duraban días, de lentos trenes que paraban en muchas estaciones, de vacaciones de verano y viajes junto al padre que, al tiempo que propiciaban el aislamiento gozoso para la lectura y la imaginación, muestran el suspense de conocer, poco a poco, un paisaje que a la autora se le revelará vivo, misterioso y palpitante:
 
“El mundo exterior constituye el ingrediente vital de mi vida interior […] Mi imaginación toma su fuerza y emprende su camino a partir de lo que veo y lo que oigo, lo que entiendo, lo que siento y lo que recuerdo del mundo”.   

El tiempo recobrado por Welty abarca desde su niñez, remontándose incluso a los antecedentes familiares, hasta el día que decidió coger un tren y presentarse en una editorial de Nueva York con sus fotografías y cuentos. Tuvo que volverse de vacío: las primeras muestras de interés por su trabajo llegarían más tarde, cuando el padre ya no estaba para ver cómo su hija conseguía aquello que siempre quiso. Ese reconocimiento, sin embargo, parece importar menos, cuando uno se sumerge en el mundo de Eudora Welty, que la felicidad del simple hecho de escribir en la máquina que le regaló ese mismo padre; que la hambrienta necesidad de atrapar la fugacidad de la vida, como hiciera en su trabajo de fotógrafa durante la Gran Depresión, también por medio de las palabras; o que el agradecimiento por disfrutar del amor por la escritura —tan parecido al que destila, por ejemplo, la prosa de Ana María Matute—, de su belleza y esmero, o de esa sacralidad que le aguardó desde el principio en la alegría que heredó de aquellos a quienes va dedicado este hermoso libro.

03 septiembre 2012

'Parole, parole, parole'



Todos tienen razón
Paolo Sorrentino
Anagrama, 2011. Colección "Panorama de Narrativas"
ISBN: 978-84-339-7571-3
368 páginas
19,50 €
Traducción de Xavier González Rovira



Alejandro Luque
De Paolo Sorrentino, napolitano de 1970, ya conocíamos su capacidad para contar historias, pero hasta ahora sólo en la pantalla grande. Desde su brillante estreno en la dirección, L’uomo in più, hasta el éxito internacional de Il Divo, aquella visión de Andreotti pasada por un filtro grotesco, quedaba patente un dominio de los tiempos, un dibujo de los personajes y una fuerza visual al alcance de pocos cineastas jóvenes. Por eso, cuando se anunció su debut como escritor, muchos nos preguntamos si ese talento innegable resistiría la mudanza del celuloide al papel.
Después de leer Todos tienen razón, hay que responder que sí y no. Como protagonista de la novela, Sorrentino tiene el acierto de resucitar a Tony Pisapia, el cantante de L’uomo in più rebautizado ahora como Tony Pagoda, aquel 'crooner' que conoció la gloria y que acabó cantando en verbenas de pueblo. Son varios los rasgos que definen a Tony: cínico, pésimo esposo, adicto a la cocaína y aficionado al sexo de pago, narcisista… Pero sobre todo es un charlatán incontinente, de los de pilas Duracell. Y se dirige al lector en primera persona.
Este planteamiento le permite a Sorrentino arrancar de un modo magnífico. Pagoda tiene chispa, tiene pegada, se parece a esos tipos ocurrentes que uno se encuentra a veces en una barra con dos copas de más, y que disparatan sobre todo lo divino y lo humano para deleite de la parroquia. El personaje, imbuido de ese existencialismo de taberna, se gana al lector en las primeras páginas con frases saltarinas y jocosas. El espíritu de Pisapia sigue vivo: “Los hombres se dividen en dos categorías. Los que se ponen cómodos. Y se pudren. Y los otros. Yo formo parte de los otros”. Y a renglón seguido: “La vida es una fabulosa putada. ¿Pero en qué deberíamos concentrarnos? ¿En la putada? ¿O en lo de fabulosa?”.
¿Qué sucede conforme la historia avanza? Pues que Sorrentino se ha olvidado de que la literatura también es un sistema de compresión. Para demostrar que un personaje es muy erudito, no hace falta que nos dé una conferencia, ni uno gracioso tiene por qué agotar su repertorio de chistes. En este caso, una verborrea de cien páginas nos informa de que el narrador es un charlatán, pero el arte consistiría en transmitir la misma información en dos o tres páginas, o mejor aún, en dos o tres líneas. Porque, de lo contrario, se corre el peligro de cansar al lector, como cansan esos sénecas del vermú con sifón antes mencionados. Están bien para un ratito, pero una novela es otra cosa.
El ápice de la charlatanería es el capítulo titulado "Lección número uno sobre la seducción", un ejemplo paradigmático de morcilla, de texto injertado en medio de una narración sin otro objeto que engrosar el lomo del libro. Y la cosa sigue, sigue, exponiéndose temerariamente a aquello que Borges decía de algún ilustre narrador de largo aliento, creo que Víctor Hugo: “El lector hace rato que se ha marchado, y el tipo sigue hablando”.
Ahora bien: sería una pena que el lector se marchara, porque lo bueno de verdad empieza muy avanzada la novela. Tony Pagoda ha resurgido de sus cenizas, ha actuado ante su ídolo Sinatra sin que éste se haya quedado dormido, las cosas a su alrededor se han enrarecido y ha oído la llamada del horizonte: tras una pequeña gira por Brasil, decide no regresar a Italia y se afinca en Manaos y traba amistad con Alberto Ratto, devoto de Pagoda. Me limitaré a decir que las diez páginas del encuentro entre ambos son de lo más divertido que he leído en años, una especie de premio para quienes hayan llegado hasta ese punto.
Una oferta millonaria para que Tony vuelva a actuar en Italia, dieciocho años después, es el gancho con el que la historia va deslizándose suavemente hacia el desenlace. Por en medio, un retrato esquemático del berlusconismo, con todo su fondo de codicia, de pragmatismo y de miseria moral que ya constituyen casi un subgénero de la literatura italiana. Benévolamente se ha intentado comparar la escritura de Sorrentino con la de Gadda; yo creo que está más próxima a la narrativa visual, dura y ágil a un tiempo, de Tarantino y los Coen. En todo caso, el napolitano demuestra tener facultades para acometer empresas de mayor ambición y calado. Por ejemplo, para ensayar la gran novela de la Italia intervenida.