05 abril 2013

Promesas como nubes


El país imaginado

Eduardo Berti

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15578-18-5

240 páginas

19,95 €

Introducción de Alberto Manguel

Premio Las Américas 2011


Antonio Rivero Taravillo

Con creciente frecuencia, afortunadamente, la difusión de los autores más valiosos de Hispanoamérica va siendo cada vez más una realidad en España, no siempre acompañada por la de los mejores del viejo reino –no se sabe aún por cuánto tiempo– allí. De entre los argentinos, que son todo un caudaloso Río de la Plata, Eduardo Berti es un caso destacado.

Afincado actualmente en España, donde ejerce de traductor literario y sigue acrecentado su obra propia, Berti es bonaerense de 1964 y autor de los cuentos reunidos en Los pájaros (1993 y 2003) y Lo inolvidable (2004), más las novelas Agua (1997), La mujer de Wakefield (1999), Todos los Funes (2004), La sombra del púgil (2008) y La vida imposible (2010). El país imaginado obtuvo el Premio Emecé en la Argentina y, nada más ser publicado en Impedimenta fue galardonado con el premio Las Américas, de cuyo jurado formaron parte autores como Jorge Volpi, Fernando Iwasaki o José Ovejero.

¿Tiene que escribir un novelista español siempre sobre la guerra civil, un mexicano sobre la revolución o el narcotráfico, un argentino sobre la Pampa? Lo saludable de una literatura, pasadas las dudas existenciales de la adolescencia, es alzar la mirada y proyectarla hacia otros paisajes. Berti lo ha hecho con esta China un tanto desvaída, de la que no construye una crónica política ni social sino, por tomarle prestado el título a Vicente Aleixandre, una historia del corazón.

Todo el libro parece estar escrito desde una serenidad consciente, con pleno y sobrio dominio de las dotes narrativas del autor, para producir un efecto de ensoñación, de opiáceo venial y delicado en el lector, que se queda con las ganas de conocer más de la protagonista y de su amiga idealizada, la misteriosa Xiaomei. Un lenguaje secreto, el amor que no se atreve a decir su nombre, la convivencia con los antepasados, a los que quizá sería mejor llamar entrepresentes… todo esto envuelve la deliciosa novela, llena de reflejos y correspondencias en las que hay misterios sobre las identidades, muerte y nupcias, opulencia y una muchacha que la protagonista quiere como esposa para su hermano: una criatura bella y pobre, “muy pobre, como la perfecta heroína de una novela lagrimosa” (lo que no es en absoluto, aunque emocione, El país imaginado).

Entrar mucho más en este libro es como golpear una porcelana, y romperla, para ver qué guarda. Fuera de reseñar los diálogos entre abuela y nieta más como monólogos a dos voces que como espiritismo, o el acierto en la elección de la voz de la protagonista (salvo esos diálogos, en cursiva, El país imaginado está narrado en su primera persona), el excesivo racionalizar del crítico sobre el arte solo proyectaría sombra en este libro que posee esa virtud que Oscar Wilde ponía por encima de todas: el encanto. Y Berti lo consigue con la sencillez de su atmósfera, contrapunto de lo que es más complejo: las zozobras de alma, la melancolía, la añoranza de lo que pudo ser y nos ronda como el cortejo fúnebre de nuestras ilusiones.

Hacia el final de la novela, la protagonista se queja, impugnando a Jorge Guillén: “El mundo está mal hecho, dije.” Y de inmediato añade: “El mundo no está mal hecho, me corrigió Xiaomei. El mundo es así: algo que promete hacerse y jamás se hace en forma definitiva.”

04 abril 2013

Esa dama alta y esquiva



Libre de la tormenta

Javier Sánchez Menéndez

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013

ISBN: 978-84-15039-86-0

10 €

182 páginas




Jesús Cotta


Libre de la tormenta, título sacado de un poema de nuestro Garcilaso, es el tercer libro de un proyecto más ambicioso titulado Fábula acerca de la grandeza de la poesía. Pero no es una poética. El mismo autor parece rechazar el concepto de poética, al menos el de poética convencional, la explicación que cada poeta da de su concepto de poesía. Una cosa es lo que el poeta entiende y otra cosa, según él, es la poesía. La poesía es algo tan alto, que es difícil que un poeta llegue siquiera a tocarla con la punta de los dedos. Pero este libro es, a su modo, también una poética, aunque en un género distinto del habitual.

Para acercarse a la poesía, prefiere el autor, por un lado, leer a los grandes como Dante, Rilke o Juan Ramón o la filosofía de Platón y, por otro, buscarla en medio de las cosas, las palabras y de la vida. En eso reside la virtud y a la vez el defecto del libro.

Virtud porque no manosea la poesía, no pretende que sea lo que él pretende. Tan solo sabe que es la estrella de su vida. La sitúa por encima del amor y de Dios (que él escribe con minúscula), como la única vía para captar la verdadera esencia de las cosas, como una quintaesencia de la vida que hay que aprender a encontrar donde menos uno lo espera y cuando ella quiere. Y defecto porque, si el libro quiere encarecer esa grandeza, no nos dice mucho de ella. Nos habla más bien de la pequeñez de los poetas en comparación con ella. A veces tiene uno la sensación de que pone a la poesía en todo lo alto para poder poner a los poetas en todo lo bajo. Nos dice que va a hablar de lo grande para acabar diciendo que lo grande no se puede explicar, sino solo sugerir y buscar. En vez de encarecer la grandeza de la poesía, que sería más bonito, encarece la pequeñez de los poetas, que no es tan bonito.

Pero, como en el defecto está la virtud, si hubiera sido al revés, no tendría el libro uno de sus encantos: el  de dar una colleja a los poetas por creerse sacerdotes dignos de tan alta señora. A los poetas les pasa como a los curas: que la idea que reverencian y predican es tan sumamente noble, que ellos, con sus miserias, sus ínfulas y sus mediocridades, nunca estarán a la altura. Esa es la maldición del poeta. Qué le vamos a hacer.  Y el autor tiene tan alto concepto de lo que debe ser un poeta, que condena a los poetas a defraudarlo y se condena a sí mismo, porque también él es poeta. Pero sobrelleva su maldición con dignidad y, aunque no nos lo dice, invita a los demás poetas a lo mismo. Aunque casi todos los poetas que conozco son mejores poetas cuanto mejores poetas son, también los hay (y no me estoy salvando de la quema) mendigos del reconocimiento ajeno y resentidos si no lo logran, porque saben que, en realidad, no hay justicia poética. Los más inseguros acaban pensando que no son buenos poetas y los más soberbios que todos son malos críticos. También hay alusiones a eso en el libro, aunque quiero decir que en esa pequeñez del poeta hay algo de grandeza, porque sabe que el reconocimiento ajeno no le va a dar dinero, sino solo a considerarlo digno de la Señora, la poesía.

Lo que piensa Guillermo de Occam de Dios, lo piensa él de la poesía: quien intente hablar de ella está hablando en realidad de otra cosa y quien pretenda haberla alcanzado se engaña, porque, en el mejor de los casos y únicamente si uno es un gran poeta, solo es posible atrapar dos o tres haces de su luz inefable a lo largo de la vida en una decena de poemas como mucho.

Esta actitud no es una mera pose, sino que la adopta él como poeta y como editor. Como poeta, porque su poesía es esa búsqueda, el desconcierto de no encontrar lo que buscaba y encontrarse siempre en el punto de partida. Y como editor, porque se complace en rechazar manuscritos de esos seres pedigüeños que son, según él, los poetas, que escriben más que leen, que encuentran más que buscan. Él prefiere buscar al poeta, pero no le gusta que el poeta lo busque a él, porque lo que él quiere es subir hasta el poeta que valga la pena y no que lo haga bajar quien no vale la pena. Es la poesía la que decide si publicar a un poeta es bajar o subir. La miseria del poeta es la grandeza del editor y viceversa.

El libro, con muchos endecasílabos escondidos en su prosa llana, tiene mucho de diario y de cuaderno de bitácora, pero sin depender de la inmediatez ni de la búsqueda de comentarios que tanto aqueja a tantos blogueros. Se dirige constantemente a un misterioso tú, que no es el lector y que contribuye a crear una distancia entre autor y lector, aunque no una lejanía, porque habla sin lirismos y desnudándose.
Muchas veces el lector se pierde con tanta referencia a asuntos personales y  en clave que solo el que lo conozca bien podría entender. A mucha gente eso le gusta. A mí no me acaba de convencer.

Escribir poesía es un juego de alto riesgo”, así que dejémonos de versitos. Es lo que viene a decirnos. “Amo la poesía. ¡Odio a los poetas!”, que es como decir: “Amo a Dios, pero no a los curas”. “Quiero morirme solo, entre libros y versos” es su particular repudio del mundo, no solo literario, sino también del político y el social. “Todo es mentira” es un estribillo que le da al libro un aire de desencanto y amargura.

Son muy jugosas las reflexiones, que no se prodigan, en torno a lo que es estilo y calidad en poesía. Eso, viniendo de un editor que cuida al máximo la edición y que no busca el beneficio propio sino solo hacer un servicio a la poesía porque la ama, es valioso y de agradecer por parte de quienes nos afanamos, como él, en estar a la altura sabiendo que nunca lo conseguiremos. “El tono en la obra poética de un autor es una sucesión de matices purificados tras la eliminación de los desvíos”. Suscribo de pe a pa esa afirmación que yo jamás habría sabido poner eso en pie y que demuestra su buen hacer como lector y editor de poesía.

Un libro, en fin, cuyo mérito consiste en girar en torno a lo grande y cuyas limitaciones consisten en no transmitir la grandeza, aunque quizá sea mía la limitación si como crítico no he captado el hecho de que el autor no hace explícito el contenido de lo poético por deferencia al noble asunto al que ha dedicado su vida, su trabajo y su ingenio.

03 abril 2013

De ciudades y hombres


Ciudad abierta

Teju Cole

Acantilado, 2012

ISBN: 978-84-15277-92-7

295 páginas

22 €

Traducción de Marcelo Cohen



Rafael Suárez Plácido

Pasear, caminar y pensar siempre han sido consideradas actividades complementarias. Hay ejemplos (pienso en W. G. Sebald o en Peter Handke) de ilustres caminantes que empiezan a moverse y van dejando alas y espacio a su pensamiento y a su imaginación para así ir entretejiendo sus ficciones —o pseudoficciones. Podemos pensar, alejándonos algo más en el tiempo, en Walser o en Nietzsche o en Rousseau. Pero viajando hacia atrás en el tiempo, el mejor ejemplo sería más bien Sócrates que apenas sale de su propia ciudad en la que casi diariamente pasea y pregunta cosas a sus conciudadanos. Julius, el personaje de Ciudad abierta, sale cada atardecer  de su domicilio, en el campus de Columbia en Nueva York, a caminar y va repasando mentalmente algunos momentos de su vida que ni siquiera recordaba. El autor, Teju Cole, es muy joven, nació en 1975 en el estado de Michigan, en los Estados Unidos, pero pasó su infancia en Nigeria. Es fácil imaginar el contraste entre ambos países. Aun así, su antigua capital, Lagos, tiene algo más de ocho millones de habitantes y Nigeria es uno de los territorios con mayor estabilidad de su zona, pero el contraste es enorme. Julius es un negro mestizo, de piel clara, en Nigeria, mientras que en Europa o en los Estados Unidos es, simplemente, un negro más.

La “ciudad abierta” del título es Nueva York. ¿Es Nueva York realmente una ciudad abierta? Es complicado ver que cualquier ciudad de ese país lo sea, pero lo cierto es que —para empezar— casi el cuarenta por ciento de su población nació en el extranjero. Uno piensa en la isla de Ellis y en el centro de detenciones para inmigrantes ilegales donde Julius va como voluntario a visitar a un detenido africano; uno piensa en la película The visitor, de Thomas McCarthy y en que quizás fuera el mismo centro, pero no, allí debe haber muchos lugares como ese; uno piensa en que la mayoría de los personajes de la novela son de razas y culturas diferentes de la blanca que, normalmente, puebla la mayor parte de la literatura que conocemos; uno se imagina llegando a la gigantesca estatua de la Libertad: ¿es algo más que una excusa para hacerse una bonita fotografía?

Teju Cole había publicado anteriormente una 'nouvelle', una novela corta, así que puede decirse que esta es su primera novela. Y se trata de una de las mejores novelas que he leído en los últimos años. Sí, la traducción de Marcelo Cohen sin duda ayuda, pero también que es una novela alejada de modas, sin concesiones. El personaje es un mar de dudas y no para de plantearse cuestiones que van de la construcción de su propia identidad a por qué no le va bien con su pareja. Le van pasando cosas: cada tarde sale a pasear y camina kilómetros. Entra en bares o museos o en tiendas y se encuentra con gente que se le acerca y le pregunta sobre algún tema que en él se vuelve relevante. Está trabajando como psiquiatra residente en un hospital en el campus de Columbia. ¿Un americano medio? No, ciertamente. En todo caso, sí un neoyorquino medio. La única persona a quien visita regularmente es al profesor Saito, su antiguo y anciano profesor de literatura inglesa pre shakesperiana, un 'nikkei' estadounidense que fue conducido a un campo de concentración cuando su país entró en guerra con Japón. Viaja a Bruselas, que sí podría haber sido en el imaginario europeo una ciudad abierta, y entabla una cierta amistad con Faruk, un encargado del locutorio desde el que mira su correo y hace algunas llamadas cada día. Faruk es un marroquí que ha leído a Walter Benjamin y que opina que Tahar Ben Jelloun cuenta las historias que el público europeo quiere leer, mientras que Mohamed Chukri cuenta historias más reales, con cosas que de verdad le interesa a la gente. Sí, le responde Julius, pero “¿qué editor occidental quiere un escritor marroquí o indio que no trate con la fantasía oriental o no satisfaga el deseo de la fantasía? Al fin y al cabo, para eso están India y Marruecos, para ser orientales.” Ahí se deja ver al autor de raza negra y orígenes africanos que pelea para ser algo más que eso durante toda la novela. Aunque al regresar a Nueva York, envía a su amigo Faruk Cosmopolitismo, de Kwame Anthony Appiah.

Los fantasmas del 11S están presentes a lo largo de toda la novela: Julius visita la zona cero y describe cómo era antes y cómo es ahora; aquel joven africano preso en el centro de detención dice que el abogado de oficio le dijo que si no hubiera sido por el 11S tendría alguna opción más de entrar al país; Faruk le transmite cierta simpatía matizada por algunas acciones de Al Qaeda. De todas formas, la sensación que Faruk producía en Bruselas, en el tranvía o en la calle, y que él describía como de sospecha, realmente —piensa Julius— no era de tal, sino de miedo. El miedo es más irracional e imprevisible que la sospecha y ahí el 11S tuvo mucho que decir.

De la cultura hispana, sí encontramos algunas breves referencias: ese joven africano del centro de detención entra en Europa a través de Ceuta, Julius ha leído a Borges y cita el cuadro El entierro del conde Orgaz y una amiga comenta la película El espíritu de la colmena, de Víctor Erice con cierta profundidad.

Pero más allá de las referencias culturales, lo que prefiero de este libro es el fluir libre del pensamiento, las dudas de un hombre que sabe, que conoce algunos mecanismos del alma humana, que tiene dificultades para relacionarse, que a veces desearía ser invisible y otras ser amado. En este libro hay amistad, amor, conocimiento y todo ello en una prosa que nos lleva de la mano, sin soltarnos, por las calles de una ciudad maravillosa.

02 abril 2013

Lea los renglones en blanco




Despacio

Remedios Zafra

Caballo de Troya, 2012

ISBN: 978-84-15451-10-5

190 páginas

13,90 €





Carolina León 

Usted que quiere saber algo sobre el libro de Remedios Zafra, puede empezar la lectura directamente en el tercer párrafo, pero: 

¿Qué libros se eligen para reseñar, cuando el tiempo que cada uno de nosotros puede arañar para estas actividades es tan poca cosa, cuando escribir una reseña implica un ejercicio de diálogo que ocupa unas cuantas horas y no le da la gana a una redactar cualquier cosa? ¿Es lícito dejar de lado los libros que nos molestan y quedarse con aquellos en los que se puede vivir? ¿Es demagógico? ¿Es peligroso para la cultura crítica dar el silencio a los que no nos gustan y ponerles voz sólo a los que nos parecen necesarios? 

Esto me he planteado antes de empezar a escribir de Despacio, el último artefacto de una autora que se ha convertido en prácticamente una amiga desde que leí su anterior Un cuerpo propio conectado: (Ciber) espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2010). Alguien a quien he entrevistado ya en tres ocasiones, y tengo por tanto pistas privilegiadas que no debería tener, en principio, una crítica.

Zafra no es conocida como autora de ficción, por ello me atraía mucho este volumen que publica Caballo de Troya. Esto de los géneros en la obra de Zafra no constituye en ningún caso departamentos estancos, sus libros juegan a redefinir estructuras y escrituras y se levantan, a menudo, desde la militancia del "yo", no como voz autoral indiscutida, sino como la asunción de una perspectiva, un tamiz de conocimiento. 

Por ello, he visto en las sucesivas lecturas de Despacio algo que no se puede llamar novela ni colección de relatos, sino quizá un artefacto con vocación de situarse en algún punto intermedio entre la pared del museo (objeto artístico) y la caja de herramientas (material para derribo). Entre el texto de análisis crítico de nuestro entorno y la colección de estampas costumbristas con cierto aroma de pos-modernidad (entiéndase sin ironía). 

“(...) sólo me queda esperar, en esta peculiar situación que vivo como un interludio siento estar recuperando el tino lento necesario para volver a leer y escribir “despacio”” (27). Los tiempos -por más que el inmovilismo sea marca de la industria, y en verdad se presencie más reacción formal que nunca- exigen cuestionamientos que implican más que llenar una ficción de contenidos como “crisis” o “desempleo”. En ese sentido, Despacio propone ventanas de nuevo sentido, de interpelación activa al lector, como por ejemplo cuando invita a leer los renglones “intencionadamente en blanco”. 

¿Qué es lícito narrar? La narradora aquí parte de una posición débil, como corresponde a un personaje hecho de la materia de cualquiera, la épica en el nivel cero. Tenemos un narrador cuyo gesto de partida es pararse, admitir lo evidente, decidirse por fin a marcharse “Allí”, a dar otro curso a su vida. Pero entonces se queda varada en el andén de una estación que ha sido abandonada por los ferrocarriles (de una empresa pública en la que se confía ciegamente). Se para, y escribe. 

A veces, basta con tomar una pequeña decisión, para que muchas fichas comiencen a caer en dominó inesperado. Ese pequeño gesto implica otros arranques: la necesidad de lentitud, la activación de la escritura, el valor político de pensar “despacio”, dar voz a cosas insignificantes que habitualmente son obviadas/silenciadas dentro de los cánones literarios...

Entonces, esa narradora nos ofrece una panorámica de cosas pequeñas, de seres anómalos que viven en ese “Aquí”, en transposición de tipo simbólico de cualquiera de nuestras sociedades. Una panorámica que funciona a base de breves escenas -relatos-, protagonizados por distintos personajes o situaciones, en las que Zafra va mostrando alegorías de nuestras dinámicas. Es el caso, por poner un ejemplo, de "Los gatos que se comen lo que no decimos”, un ejército bien cuidado de animales domésticos empleados en hacer desaparecer los deseos no expresados (que se nos atragantan).

En la galería de personajes del "Aquí", por su lado, cada cual podrá encontrar sus pequeñas historias favoritas: Orange / Blue, Grey ("laqueestapeor", uno de los hallazgos), A.D. ("apuntode"), Himeko Shiro, La pusilánime... Cada uno de estos pone en marcha diferentes estrategias para enfrentarse a la sustracción de la felicidad, la realización, la libertad, la paz; ausencia de trabajos, necesidad de admiración o cariño, invisibilidad social, imposibilidad de expresarse, desustanciación... Males de nuestro tiempo, metáforas de mucho de lo que vivimos. 

Hay historias mejor resueltas que otras, Despacio no es un libro apabullante ni redondo. El fraseo o el desarrollo del relato se hace circular o reiterativo en algunas ocasiones, y no parece ajustarse con la intención de algunos textos; mientras que en otros, la narración se disfraza de ensayo y nos obliga a "desapegarnos" como lectores. Hay momentos brillantes en la prosa y micro-cuentos tan deliciosos como “Contenida” o “Un hombre desaparece”, que me parecen argumentos de peso para guardar este libro en la estantería. Pero a ésta que escribe los "valores literarios" le resultan cada día menos válidos.

La hegemonía de la producción cultural capitalista, alabadora y replicadora de las estructuras de poder, no se agrieta con un libro ni con una crítica. Pero no es mucho más que esto lo que podemos oponer. No están los tiempos, probablemente, para manifiestos grandilocuentes -nos los quitaron de las manos, quemaron sus urgencias-, y en la reivindicación de lo pequeño, lo lento y la pluralidad de perspectivas, Despacio es un libro que sirve y, a ratos, enamora.

01 abril 2013

Jóvenes, guapas y tópicas





Las poseídas

Betina González

Tusquets, 2013. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-457-2

184 páginas

16 €

VIII Premio Tusquets Editores de Novela






José Martínez Ros


Situación del autor de la reseña ante esta novela: desconoce la obra previa de la autora, por lo que no tiene expectativas favorables o desfavorables hacia ella; no obstante, siente un profundo respeto hacia la trayectoria de la editorial que lo publica y hasta admira a alguno de los miembros del jurado que la ha premiado y que, por lo tanto (presuntamente), lo han escogido entre los originales presentados a dicho certamen.

Después de la lectura, lo más positivo es: que Betina González, de la que duda que vuelva a leer otro libro, no escribe mal. Incluso, podría decirse que escribe bastante bien. Es capaz de transfigurarse de forma convincente en la narradora quinceañera. Sus virtudes lucen en varios pasajes donde un autor o autora más mediocre se habría estrellado sin remedio.

Por ejemplo:

a) Al contar de modo gélido y crudo, desprovisto de cualquier sentimentalismo, el primer escarceo sexual de una adolescente con un desconocido.
b) En un largo fragmento en el que explica las relaciones de poder entre los distintos subgrupos que se crean en el interior de colegio religioso de Buenos Aires que sirve de escenario de la novela. 
c) En un ciertamente intenso monólogo en el que una de las protagonistas relata diferentes hechos de su pasado. 

Betina González no es una mala escritora. De hecho, al nivel más básico, Las poseídas es una novela lo suficientemente amena (y breve) para que el autor de esta reseña la haya leído en un par de tardes. Y, sin embargo, mientras lo hacía no ha dejado de recordar esta cita del más importante narrador de nuestra lengua de las últimas décadas, que es, como todo el mundo sabe o debería saber, Roberto Bolaño: “Si la historia que narras es inane o está muerta o es archisabida, una estructura adecuada puede salvarla (aunque no por mucho tiempo, eso también hay que reconocerlo), en tanto que una historia muy buena, si está contenida en una estructura, digamos, periclitada, no la salva ni Dios.

El problema de Las poseídas es que a) no es una historia muy buena -más bien diría que es un relato alargado, con dos o tres episodios de relleno- y b) está contenida en una forma que estaba dejando de ser original en la época de Esquilo y Sófocles.
           
Veamos: ¿de qué va Las poseídas?

-Personaje narrador encerrado, mental y físicamente, en un espacio opresivo, rígido, asfixiante, etc. El colegio de las monjitas.
Reacción del autor de esta reseña: me suena.

-Llega de ninguna parte, o de un lugar exótico -en este caso la decadente Europa- la coprotagonista, que es una chica que tiene todas las virtudes activas de la que carece la narradora: es rebelde, apasionada, bella, inteligentísima, apasionada, etc.
Reacción del autor de esta reseña: os damos la bienvenida, viejos y queridos tópicos.

-Evidentemente, la narradora y la chica bella, atormentada y rebelde se harán amiguísimas porque sí, sin más justificación que la necesidad de la autora de insuflar algo de oxígeno a su agonizante novelilla, tanto que sus compañeras de clase llegarán a suponer que son lesbianas.
Reacción del autor de esta reseña: hubiera sido más interesante si se hubieran estado tirando -metafóricamente- de los pelos durante unas cuantas decenas de páginas. O que fueran de verdad lesbianas, qué demonios.

-La amistad entre la narradora y la chica bella, atormentada y rebelde cambiará profundamente a la primera, y su relación chocará contra las autoridades que rigen el espacio opresivo, rígido, etc. en el que se hayan recluidas. Lo que, por lo demás, es bastante lógico si se dedican al vandalismo, como las protagonistas de esta novela.
Reacción del autor de esta reseña :¡no me lo esperaba! ¡Increíble! ¡Lo nunca visto!

-Final trágico (para la chica apasionada, rebelde, bella, atormentada, etc.) y para la protagonista empieza “su verdadera vida”.
Reacción del autor de esta reseña: se desploma sobre su sofá y está a punto de aplastar a su pobre gata. Adopta posición fetal. Zzzzzzzzzzzzzz. Sonoros ronquidos.

Además de eso, hay un par de episodios de relleno un tanto aburridos, entre los que destaca una pequeña saga gótico-pampeña que intenta explicar por qué la chica apasionada, rebelde y atormentada es tan apasionada, rebelde y atormentada y cuyo final (también muy trágico y sanguinolento) ha hecho recordar al autor de esta reseña uno de sus relatos favoritos de todos los tiempos, "Elly" de William Faulkner, que curiosamente también está protagonizado por una adolescente con, digamos, inquietudes no convencionales.

Como el autor de esta reseña quiere acabarla de una manera constructiva, recomienda a la Sra. González la lectura de "Elly" de William Faulkner para que compruebe con sus propios ojos que es posible contar una historia de una adolescente problemática de una forma original e interesante e, incluso, genial, hoygan.