26 julio 2011

Las nubes nunca paran

El juego de las nubes

J. W. Goethe

Nórdica, 2011

ISBN: 978-84-92683-50-5

128 páginas

16,50 €

Traducción de Isabel Hernández

Ilustraciones de Fernando Vicente


Manolo Haro

En 1856, el artista Nadar, hastiado de retratar hormigas, se subió a un globo a fotografiar el hormiguero, a la sazón el París del II Imperio. Entre sus ilustres insectos se contaban el suicida Nerval, el sifilítico Baudelaire, los diaristas Goncourt, el polémico Manet y el cazador Turgénev. No llegó el titán Goethe a catar la desazón emocionantísima de verse suspendido en un aerostato. Ni siquiera conoció el daguerrotipo ni formó parte del elenco de genios inmortalizados por Nadar –las anacronías tienen estas trampas–, pero, salpimentado como estaba del deseo neoclásico de explicar el mundo racionalmente y del empuje romántico de ver en la Naturaleza la pulsión de una sola alma universal, sospecho que su poco conocida inquietud científica se habría machihembrado con su genio poético y habría dado lugar posiblemente a baladas sobre esas nubes que sobrevuelan nuestras cabezas y nos trastornan el humor según su forma, dimensión y color.

En el quinto y último tomo de las Obras Completas de Johann W. Goethe de la editorial Aguilar (con la traducción de Rafael Cansinos Assens, a veces controvertida, a veces decimonónicamente deliciosa, pero siempre admirable por el trabajo en la sombra que esconde) figura el epígrafe Estudios y curso de cultura, que aglutina a su vez estos otros: “Para la teoría de los colores”, “Para la metamorfosis de las plantas”, “Para la zoología”, “Para la meteorología” y, por último, “Para la geología”. Se trata de escritos en los que el escritor indaga sobre tales asuntos en una mezcla de erudición científico-literaria, autobiografía y crítica. La vasta curiosidad de Goethe en términos tan dispares y con una dedicación tan entusiasta hacia cuestiones que para nosotros pudieran resultar alejadas de sus quehaceres como escritor se explica con sus propias palabras: “las dos grandes ruedas motrices de toda la Naturaleza [son] el concepto de polaridad y de incremento, que corresponden, respectivamente, aquél a la materia en cuanto material, y este otro a la misma en cuanto se la piensa espiritualmente”. No podemos olvidar que la figura del autor del Fausto es un brazo poderosísimo que articula la pasión racionalista del Neoclasicismo y la deriva espiritual del 'Sturm und Drag' con la que se llega al Romanticismo. La Naturaleza es un enigma descifrable por dos vías: la científica y la artística. No podemos entender la una sin la otra. De ahí el sentido de su doble visión.

Esta hermosa edición que la editorial Nórdica ha denominado
El juego de las nubes viene a completar una ausencia que conocíamos los hipano-lectores por las palabras que el propio Goethe había dejado plasmadas en el epígrafe “Para la meteorología” citado más arriba: “solía yo anotar en mis diarios una serie de fenómenos atmosféricos o casos aislados principales; pero para coordinar lo experimentado faltábanme sentido y un punto de referencia científico. Hasta que su alteza real el gran duque mandara instalar un aparato propio para la Meteorología en la falda del monte Etter y llamara la atención sobre las formas de las nubes dibujadas por Howard, repartida bajo ciertos títulos, no dejé yo de evocar con la imaginación el recuerdo de lo que antaño notara, y volví a aplicar mi atención a cuanto digno de observarse se produjese en la atmósfera”. Precisamente estas son las notas que, tal como explica la traductora Isabel Hernández en el excelente y ameno epílogo que cierra el libro, tomó el alemán entre 1820 y 1825. El duque que se cita no es otro que Carlos Augusto de Weimar, el cual quiso convertir su ducado en un importante centro científico con su correspondiente “servicio de nubes”, en el que participaría activamente el escritor. El Howard citado es el inglés Luke Howard, autor de On The Modifications of Clouds (1803), obra que supuso para Goethe el báculo imprescindible para iniciar sus propias investigaciones.

Se ha de dejar claro que no estamos ante un texto literario. Su autor es un mero “notario del cielo” en sus diarios y un erudito –en ciertas ocasiones llevado por una prosa tendente a lo filosófico– en otro de los escritos que conforman el libro, “Ensayo de meteorología”. Sabemos del celo que pone Nórdica en editar su títulos. En esta ocasión ha contado con los hermosos dibujos del propio Goethe y con el trabajo del ilustrador Fernando Vicente, tal vez demasiado afectado en algunas de las ilustraciones, como si de una relectura '
pop' del pintor Caspar David Friedrich se tratara. Bello volumen para regalar a cuñados que se emboban mirando al cielo y/o a amantes de los objetos trabajados con amor. Como decían los Esclarecidos, “...es que las nubes nunca paran”.

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